Madre “indígena” tierra

Por Florencia Freijo 

 

Los Pueblos Originarios históricamente se han encontrado en desventaja. Los abusos a sus derechos humanos son frecuentes y muchas de estas comunidades se encuentran en peligro de extinción. Dentro de estas minorías étnicas-poblacionales, las mujeres experimentan una doble violación de sus derechos, no solo por ser indígenas sino también por ser mujeres y estar arraigadas a una estructura dominante y excluyente en su condición de género: “Los sistemas de conocimiento de las mujeres indígenas, como esencia de su expresión e identidad cultural, se enfrentan, por una parte al etnocentrismo occidental, y por otra, al etnocentrismo basado en el dominio del hombre.” [1]

En América Latina y el Caribe existen aproximadamente entre 45 y 50 millones de personas indígenas, lo que equivale a un 10% del total de la población. Hay alrededor de 400 pueblos indígenas diferentes con diversos idiomas, cosmovisiones, modos de producción y organización. En ellos, el 59% son mujeres originarias, lo que equivale a una población de 26,5 millones (aproximadamente). [2]

El devenir de la globalización, caracterizado por el consumo desmedido, la destrucción de los suelos, el extractivismo no regulado de los recursos naturales y la implosión del cambio climático, ha afectado en mayor medida a los Pueblos Originarios, pero sobre todo a la mujer indígena, debido a su dependencia directa con la tierra y el tratamiento de la misma. La mujer originaria, desarrolla sus roles, a través del trabajo con la tierra, en la tierra están los recursos necesarios para el cumplimiento de las tareas asignadas dentro de su esquema cultural. Hay un arraigo físico pero sobre todo uno simbólico, si se modifica su territorio, se modifica la matriz de la dinámica de sus relaciones, donde surgen los procesos más relevantes: iniciaciones, celebraciones y cultos a la pachamama, su rol como curanderas, chamanas, su rol como transmisoras de la tradición, etc.  

 

Cuerpos, colonialismo y territorio

Es indispensable que la configuración en el mapa del acceso a la justicia y de comprensión cultural de las comunidades indígenas, tome como elemento esencial la pertenencia de sus tierras, ya que para ellos no es un espacio de explotación sino de encuentro con sus antepasados, supervivencia,  y de cuidado para las futuras generaciones. [3]

El poder obtener alimentos de calidad y/o materias primas propias de sus tierras es vital, dado que está vinculado a sus ciclos como mujeres (niñas-menstruación/ mujer-parto/ abuelas-chamanas); y a la utilización que hacen de ellos en esos momentos. El alimento, los recursos naturales, la tierra como el espacio de encuentro,  se percibe como un todo que hace a la salud integral de la comunidad. Por consiguiente, la problemática en los numerosos litigios territoriales indígenas, y la violación sistemática al derecho de preexistencia de los pueblos así como al consentimiento libre, previo e informado (Ver Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas)  constituyen además, un impedimento fundamental al derecho por el acceso a la salud.

La salud es definida como un “estar tranquilas”/bien-estar. La intranquilidad está asociada a las pérdidas de territorio y a los conflictos que generan el choque de culturas en donde las personas jóvenes de las comunidades adquieren prácticas criollas, provocando un desequilibrio en las dinámicas tradicionales dentro del pueblo. A ese desequilibrio ellas le llaman enfermedad. Esto lo describe bien un informe realizado sobre el Pueblo Enxet Sur, al suroeste de Paraguay, en la región del Gran Chaco [4], en donde en testimonios recolectados, las mujeres declaman “tierra y vivir tranquilas en nuestras tierras son la base para vivir bien”. Los procesos de pérdida del territorio, a causa de los intereses inmobiliarios y productivos del corporativismo, sumados a  la ausencia estatal y la corrupción, implosiona en las mujeres en lo que ellas definen como una situación de “enfermedad” o de “enfermedad colectiva”. Maria Toj Mendoza, del Pueblo Maya Kiche, Guatemala, dice: “quemaron nuestros bosques, destruyeron miles y miles de hogares. Quemaron nuestros maíces que para nosotros son sagrados. Quemaron nuestras cosechas, quemaron nuestra Madre Tierra y los que sobrevivimos quedamos afectados a nivel psicológico, físico y espiritual.” [5]

La creciente dependencia de los productos manufacturados y la escasez de alimentos tradicionales -que hacen además a la medicina tradicional- está relacionado a esta falta de acceso a tierras en cantidad y calidad, lo que genera como  consecuencia el deterioro de las poblaciones. Lo que sucede en el cuerpo de la comunidad como un todo, sucede en el cuerpo de la mujer como individuo, ellas no hablan de sí mismas, sino de sus familias, y al tomar decisiones, reflexionan sobre lo aprendido de las generaciones anteriores y el impacto que podría tener en las generaciones venideras.

A los conflictos en su territorio (que de por sí generan problemáticas en el acceso a la salud) se suma la renuncia continua de los gobiernos a ejercer la responsabilidad de cumplir con las necesidades de los servicios básicos y públicos en esta materia [6]. En Argentina, por ejemplo, entre un 80 a un 97% de personas de diversas comunidades originarias, no cuentan con algún servicio de prestación médica y/obra social (Población que se reconoce como indígena sin cobertura de obra social y/o plan de salud privado o mutual). Los problemas que sufren las mujeres indígenas están basados en la negación constante al derecho a la vida digna. La exposición a situaciones que vulneran su salud, a causa de su pobreza, etnia y condición de género, también es mayor, frente a la ausencia estatal: por ejemplo, diversas organizaciones dan cuenta de la vulnerabilidad de la mujer ante la transmisión del VIH, identificando una prevalencia en las comunidades indígenas y sus mujeres. Por ejemplo en el 2005, la mujer indígena en Australia era 18 veces más propensas a contraer el VIH que las mujeres no indígenas [7] “Las relaciones entre la pérdida de tierras, la pérdida de tradiciones, las estructuras económicas, la degradación del medio ambiente y las pobres condiciones de salud no pueden ser negadas”.[8]

 

El cuerpo de la mujer indígena como territorio de conquista

La mujer históricamente fue el bien de intercambio entre comunidades como patrimonio para la recomposición en los procesos de paz y conquista. La “penetración” simbólica y real en los cuerpos femeninos de las mujeres era una manera de sentar precedente y posicionarse en el Territorio. Pero también, sus cuerpos entendidos como bienes preciados estaban sujetos a la amenaza de violación, como manera simbólica de detentar la humillación a aquellas comunidades que se tenía como objetivo doblegar. Las disputas coloniales han ocurrido en el cuerpo de la mujer como en ningún otro lugar. Mujer y Territorio se constituyen como un mismo lugar de ocupación.

Imagen: obra de Paula Duro

En Argentina, la mujer indígena, carente de estructuras estatales de protección, relacionadas al acceso a la salud y a la justicia, al día de hoy se encuentra más vulnerable a las violaciones sexuales y al abuso. En el Informe del Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) del año 2015, las provincias que presentan una tasa más alta de violaciones son las del norte del país, con Salta, Jujuy, Chaco, Corrientes y Misiones con números preponderantes. Si estas provincias son las que tienen mayor cantidad de concentración de población indígena (sacando el caso de la provincia de Buenos Aires, que tiene su concentración por fenómenos migratorios); y paralelamente a esto se da que son provincias deficitarias en la instrumentación de las denuncias de este tipo, en los sistemas de salud, o en las agencias de protección contra la violencia. Podemos ver una relación directa en la alta tasa de violaciones, con la alta tasa de población de mujer indígena, seguido con las deficiencias en las estructuras de protección públicas.

Es menester mencionar que no existen estadísticas oficiales sobre la relación tasa de violación/abuso con tipo de población que denuncia. La falta histórica de estadísticas/relevamiento sobre los pueblos originarios y sus condiciones de vida, sumado a la ausencia de estadísticas fundamentales en materia de género y sus problemáticas, han propiciado el escenario para que la mujer indígena sufra todo tipo de vulneración a sus derechos. “La información y las estadísticas son un instrumento poderoso para crear una cultura de responsabilidad y para hacer realidad los derechos humanos.”

 

En este sentido en nuestro país, el caso de Juana, la niña wichi  de 12 años, oriunda de Salta, ha sido lamentablemente paradigmático, ya que constituye una línea de violaciones causales, dirigidas e intencionada por parte del Estado, y de la justicia patriarcal. Juana, perteneciente a la comunidad de Lhaka Honhat, quien poseía un retraso madurativo, fue violada por ocho hombres criollos. Los padres hicieron la denuncia pero nunca pudieron someterla a una cámara Gesell porque no había traductores de la lengua wichi “disponibles”. Se le negó el protocolo que facilita el cumplimiento de los derechos sexuales y reproductivos básicos, entre ellos la administración de la pastilla del día después que podría haber prevenido el embarazo que sufrió la niña. Al momento de la denuncia, no quisieron comprobar si efectivamente había habido una violación, esto quiere decir, que no se generaron pruebas de material genético que pudiera detener a los imputados. El faltante de material probatorio, sumado a  un embarazo con una fecha desfasada al momento de la violación denunciada, desataron la desidia institucional, que tuvo como corolario la desacreditación de lo constatado por el médico de la comunidad que había confirmado la violación a Juana. Pese a que los ocho hombres fueron reconocidos por una compañera de la comunidad que fue atacada junto a ella, las pruebas para la justicia nunca fueron suficientes. Los imputados quedaron libres, y Juana recién varios meses después de avanzado su embarazo, pudo acceder a un aborto dado que el feto sufría una anencefalia.

 

Números y políticas públicas: El camino hacia la igualdad

La mujer indígena se encuentra frente a una situación de desamparo institucional, generar las vías hacia la igualdad requiere disminuir las barreras de género, y de etnia. Aumentar la presencia de relevamientos demográficos que de cuenta de sus condiciones de vida, el mapeo institucional zonal que refleje el acceso a servicios públicos, sumado a trabajos interdisciplinarios con grupos focales, son vías permeables para garantizar derechos. Sin estadísticas claras, las personas se vuelven invisibles, y en esos agujeros es donde la política pública pierde alcance. La justicia y sus mecanismos, también deben fortalecerse, si tenemos en cuenta que la corrupción es lo que ha permitido el robo indiscriminado e ilegal de tierras ancestrales.  

La “cuestión indígena” tiene que dejar de observarse como esas historias lejanas que no tienen que ver con nosotros. Pues los intereses inescrupulosos de las corporaciones están ubicados en territorios originarios. Cuidar nuestra tierra radica en fortalecer a las mujeres de pueblos originarios, acompañarlas, que están siendo amenazadas, violentadas y asesinadas en su lucha. El feminismo sin duda tiene una materia pendiente que es la inclusión de las denuncias de las mujeres indígenas a la agenda, si bien esto está siendo canalizado por los movimiento afro-feministas, aún no es suficiente, pues el deterioro del medio ambiente es una cuestión fundamental que nos interpela contra el sistema capitalista y patriarcal.

Un punto que no fue abordado en este artículo, es la relación Mujer indígena/trabajo, que merece una sección aparte. La explotación laboral (y sexual, incluyendo la trata); es más permeable dado que a partir de las múltiples necesidades, se contratan como mano de obra barata, tal es el caso de las maquilas en México, o la explotación de mujeres migrantes indígenas en talleres clandestinos de costura. Las mujeres al perder sus tierras migran hacia trabajos en las ciudades o en los campos, mal pagos, informales y de estructuras esclavizantes.  Por esta razón, es fundamental que la mujer indígena esté en una agenda de emergencia, dentro del movimiento de mujeres. Es necesario alzar la voz de todas ellas.

La palabra, tiene un peso fundamental en el camino a la igualdad.  Pensemos que a ellas se les niega constantemente el derecho a ser escuchadas, al no tener intérpretes en sus lenguas, dado que el dominio de otra lengua que no sea la nativa, suele ser “propiedad” del hombre. Asegurar la palabra como herramienta en la de-construcción de las identidades, para que la misma sea más accesible, es fundamental para el encuentro de discursos plurales, y hacer visibles las denuncias de las mujeres indígenas en lucha.

 

Notas

[1] Foro permanente para cuestiones Indígenas. Informe del tercer periodo de sesiones 10 al 21 de mayo del 2004.

[2] Deruyttere A 1997; Meentzen A., 2000 Estas cifras son variables, porque obedecen al resultado de censos de población elaborados en base a definiciones de población indígena, bastante poco operativos y muchas veces cuestionables.

[3] Del Popolo, Fabiana y Ana María Oyarce (2006), “Población indígena de América Latina: perfil sociodemográfico en el marco de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo y de las Metas del Milenio”, en Pueblos indígenas y afrodescendientes de América Latina y el Caribe: información sociodemográfica para políticas y programas, colección Documentos de proyecto, N° 72 (LC/W.72), Santiago de Chile, CEPAL

[4] Investigación Coordinada por Alonso Cabello, Julia. “las mujeres indígenas del Pueblo Enxet Sur, y sus derechos sexuales y reproductivos.Tierra Viva. Paraguay (2015)

[5] Testimonio proporcionado en la Conferencia Mundial Contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formás conexas de Intolerancia de las Naciones Unidas realizada en Sudáfrica en el 2001 durante “Las mujeres en la intersección del racismo y otras opresiones: una audiencia de derechos humanos”, organizado por el Center for Women’s Global Leadership como parte de las actividades paralelas durante la conferencia// http://www.fimi-iiwf.org/archivos/8162f56478b843333dc95a1f5f381ab1.pdf

[6] Carolyn Stephens, John Porter, Clive Nettleton, Ruth Willis. “Disappearing, displaced, and undervalued: a call to action for Indigenous health worldwide,” Th e Lancet 367 (17 de Junio del 2006): 2019-2028; y MADRE, Organización Internacional de Mujeres pro Derechos Humanos, “La salud de las Mujeres en un Mundo Enfermo” (Septiembre del 2003): http://www.madre.org/articles/int/womenshealth.html

[7] Michael R. Wright, Carolien M. Giele, Phyll R. Dance and Sandra C. Thompson. “Fulfi lling prophecy? Sexually transmitted infections and HIV in Indigenous people in Western Australia,” The Medical Journal of Australia 183 (3) (2005); p.124-128

[8] La Carta de Toronto: Plan de Acción de los Pueblos Indígenas sobre el VIH/SIDA. PágN°46 http://www.fimi-iiwf.org/archivos/8162f56478b843333dc95a1f5f381ab1.pdf

[9]Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Informe sobre Desarrollo Humano 2000. Nueva York y Oxford: Oxford University Press, p. 10.

1 comentario

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *