Acerca de la pregunta ¿Qué es lo queer?

Por Moira Pérez

 

Hoy me convocan para decir qué es “lo queer”, y desde ya les adelanto, si llegaron aquí en busca de una definición, es una pregunta para la que no tengo respuesta. No soy la primera en notar que el fracaso puede ser una parte importante de la condición de queer. Voy a disimular esta deficiencia amparándome en el hecho de que la idea de definir “lo queer” es muy poco queer. Buscando en un diccionario etimológico, encontramos que “la palabra definir viene del latín definire formada por el prefijo de-, que tiene un valor resultativo e indica a veces una dirección desde arriba hacia abajo, y el verbo finire (terminar), de finis (final, término). La idea es poner límites o fronteras a algo, para separarlo de otras cosas ‘limítrofes’ y que no se confunda.” Desde una perspectiva filosófica, resulta más fructífero, en lugar de “poner límites”, pensar más bien algunas características de lo queer que me resultan interesantes, que creo que tienen potencial, y otras que considero inconducentes, peligrosas o incluso algo desagradables.

El potencial de lo queer

Hay muchas cosas de “queer” como categoría de análisis que me resultan interesantes. En términos filosóficos, el marco queer puede servir como una epistemología, y como una política. Es decir: nos da una serie de pautas para interpretar lo que nos rodea, y también una serie de pautas sobre cómo intervenir políticamente en eso mismo que estamos observando, con el objetivo de lograr un cambio. Digo que “puede servir” así, porque esto no tiene que ver con una concepción de qué es “esencialmente” “lo queer”, o qué debería ser para todas las personas, sino de cómo nos puede servir, algunas sugerencias a partir de cómo me sirvió a mí hasta ahora.

No creo que haya personas que son queer y personas que no. Creo que hay maneras de leer a las personas, sus acciones, sus omisiones, sus vínculos; que interpretan a esas personas, acciones, omisiones y vínculos como más o menos queer. Esto depende tanto del objeto, como del sujeto que interpreta (y hay muchas dificultades relacionadas con una atribución externa de “ser queer”, en las que no voy a entrar acá). Por el contrario, el momento en que queer pasa a ser una identidad en sentido metafísico (“yo soy queer”), es el momento en que determino qué es “lo queer”, y también determino que “vos no sos queer”. Entonces, desde esta perspectiva quisiera sugerir que queer no sólo no es una identidad, sino que no debe serlo nunca. Y tenemos que estar alertas a eso.

Es importante recordar que, en inglés, “queer” es un sustantivo, un adjetivo y un verbo. En todos los casos tiene que ver con el ámbito de lo raro, lo extraño, lo fuera de lugar. Parte de la riqueza de la noción es que excede en mucho a la fijeza de un sustantivo. Considero fundamental priorizar la comprensión de “queer” como verbo, en la medida en que nos ofrece algo más dinámico, más fluido, menos estático que pensar en “queer” como una identidad, o la teoría queer como una colección de libros que hay que leer.

Como epistemología, “queer” no es tanto un canon de textos (a la manera que estamos acostumbradxs, al menos en Filosofía que es la disciplina a la que me dedico, a pensar lxs autorxs o las corrientes), sino más bien una herramienta. Entiendo la teoría queer como una serie de herramientas, de instrumentos, para observar el mundo, interpretarlo, y actuar en él. Entiendo a la idea de queer como un punto de partida, no un lugar al cual querríamos llegar para sentirnos mejor con lo que ya sabemos. En la práctica, el pensamiento queer no tiene por qué consistir en una serie de contenidos que tenemos que transmitir en respeto de un canon consagrado de autorxs; más bien, quisiera pensarlo como una perspectiva que se ofrece para que todas las personas podamos interpretar nuestras propias experiencias cotidianas, y el mundo en el que vivimos, para hacerlo más vivible para todxs. Veamos un caso. Desde el pensamiento queer se ha señalado, entre otras cosas, cómo toda afirmación de una identidad fuerte se produce mediante una serie de exclusiones: para poder decir “ser mujer es esto”, por ejemplo, tenemos que considerar también qué no es ser mujer. ¿Cómo operamos estas exclusiones en nuestros propios modos de definirnos y de definir al resto de las personas? ¿Qué prácticas de violencia llevamos adelante, quizás sin darnos cuenta, cuando suponemos algo de nosotrxs mismxs y de lxs otrxs? Y, adicionalmente, ¿hasta qué punto podemos reconfortarnos en ese “sin darnos cuenta”?

En este sentido considero que el pensamiento queer, y las estrategias que ofrece, pueden ser aplicadas a un sinnúmero de situaciones y de pertenencias identitarias que van mucho más allá que el sexo, el género y la elección sexual. Hay toda una serie de aplicaciones que se pueden trabajar que superan este abordaje inicial de la teoría sobre lo sexual y el género. Entonces, desde el punto de vista epistemológico entiendo “queer” como el uso de ciertas herramientas que se fueron desarrollando a través de estos años para observar el mundo de manera diferente.

Esto me lleva al segundo punto, que es el de queer como una política. ¿Qué significa esto? Que el mismo ejercicio de “queerizar”, de cuestionar y cuestionarnos incansablemente, de buscar una genealogía para aquello que nos aplasta, puede -y, desde mi punto de vista, debe- hacer mucho más que quedarse sólo en la reflexión. Ese observar críticamente no es solamente “criticar”, al contrario de lo que se le ha reclamado más de una vez a la teoría queer (y a muchas otras corrientes contemporáneas): que desmantela y no tiene nada para ofrecer a cambio. Esta crítica no percibe que, además de ofrecer herramientas para el pensamiento crítico, el marco queer también ofrece modos de pensar y realizar mundos más vivibles, más inclusivos – y, a mi criterio, más interesantes.

Esto veo en la perspectiva queer, entonces: herramientas para observar críticamente, para observarnos críticamente, y para pensar y llevar adelante mundos diferentes, haciendo lo posible por no reproducir los problemas que quisiéramos resolver, y con atención a los descuidos que inevitablemente vamos a producir o reproducir.

Algunos problemas de lo queer, hoy

De lo dicho imagino que se desprenderá qué otros sentidos de lo “queer” me resultan sospechosos, inconducentes o incluso peligrosos. De todos modos, voy a desarrollarlo un poco más en lo que sigue. Cuando Teresa de Lauretis propone en el año 1990 el término “teoría queer”, es con una clara intención de contrahegemonía dentro del panorama académico de la época. De Lauretis decidió tomar el término “queer”, ya utilizado desde hacía algunos años por el activismo, porque según ella “transmitía un doble énfasis – sobre el trabajo conceptual y especulativo que conlleva la producción de discursos, y sobre el trabajo crítico necesario de deconstruir nuestros propios discursos y sus silencios construidos”. En este sentido, consideraba que unir las nociones de “teoría” y “queer” habilitaba, además del trabajo sobre la producción de discursos, “un proyecto político en el que el diálogo crítico proveería una mejor comprensión de la especificidad y parcialidad de nuestras respectivas historias, así como también lo que se juega en algunas luchas comunes”.

Tan sólo dos años después, De Lauretis rechaza el término que había acuñado (no “queer”, sino “teoría queer”): en la misma revista que había publicado su dossier inicialmente, expresa su “toma de distancia respecto de lo que, desde que lo propuse como una hipótesis de trabajo para los estudios gay lésbicos (…) se transformó muy rápidamente en una criatura conceptualmente vacua de la industria editorial”. Posteriormente, en “Queer texts, bad habits, and the issue of a future” (2011) De Lauretis agrega que los años que siguieron a aquella primera publicación, y la producción teórica que se enmarcó bajo este paraguas, le dieron a entender que la alianza a la que había aspirado en aquel entonces entre teoría y política, no sería posible bajo la denominación “teoría queer”. (Es importante aclarar que posteriormente la semióloga no sólo retomó el uso de la palabra, sino que además expresó posturas altamente repudiables en relación con, por ejemplo, las personas trans*).

¿Qué pasó con esa palabra? De Lauretis había propuesto el término “queer” aplicado a nuestra tarea (académica o político-activista) a partir de una doble funcionalidad: “sobre el trabajo conceptual y especulativo que conlleva la producción de discursos, y sobre el trabajo crítico necesario de deconstruir nuestros propios discursos y sus silencios construidos”. Tal vez debamos reconocer que esta segunda pata queer nos está faltando: el ejercicio permanente e inclaudicable de “deconstruir nuestros propios discursos y sus silencios construidos”. Esta tarea es una tarea teórica y política. Es más, es una tarea que debe poner en cuestión esta distinción entre teoría y política – si no para todas las teorías (otro debate a sostener), al menos para estas que se ocupan de temáticas tan impregnadas por lo político como son la abyección, la diferencia, y la normativización de la diferencia sexual, genérica y corporal.

Tal vez sea demasiado frecuente el olvido de esa segunda parte. El olvido de que no alcanzaba con decir “soy queer”; es más, nos olvidamos de que al usar ese “soy queer” como una afirmación, y no como una pregunta, estamos perdiendo lo que tenía de interesante (al menos desde mi punto de vista) la idea de “queer”.

Con frecuencia me cruzo con gente que, sabiendo a qué me dedico, me pregunta qué es “lo queer”. Y en general la información que circula tiene que ver con no ser o no sentirse parte de lo normal, ser marginal, rarx, disidente. Cuando pienso en estas marcas como afirmaciones de “lo queer”, no puedo evitar ver las limitaciones (las definiciones, claro, limitan: hablamos de “poner límites o fronteras a algo, generalmente desde arriba hacia abajo, para separarlo de otras cosas ‘limítrofes’ y que no se confunda”). Nuestro ser marginales, rarxs, disidentes, depende de con quién hablemos y en qué contexto. Efectivamente, bajo la primera “pata” de la propuesta de Teresa de Lauretis (un análisis de los discursos sociales que nos atraviesan), podemos encontrar que muchas de nuestras prácticas cotidianas pueden ser entendidas bajo esta definición. Pero pensémoslo desde la otra pata, la de “deconstruir nuestros propios discursos y sus silencios construidos”. Para esto, necesariamente tenemos que pensarlo como adjetivo o verbo, y no como sustantivo, es decir, relativo a nuestra sustancia. Pensado desde este lado, revisando críticamente nuestra condición de marginales, rarxs, disidentes, no podemos seguir silenciando las situaciones en las que no lo somos, los privilegios a los que accedemos, lo cual a su vez nos llevará a evaluar qué podemos hacer con ellos. Si no, “ser queer” termina siendo una especie de competencia para ver quién es el más abyecto, quién logra llegar más lejos de la norma (aclaro: no quién sufre la violencia de una norma que le es ajena, sino quién logra – intencionalmente – llegar más lejos de ella, tal vez por amor al arte, aunque tal vez sea como parte de un proyecto político). ¿Quiénes son nuestrxs interlocutorxs en esta competencia? ¿Está al servicio de la mejora en las condiciones de vida de otras personas, más allá de quienes “compiten” con nosotrxs? ¿Qué sucede allí con todas las oportunidades que me dan las capacidades que sí tengo, los ámbitos en los que no somos “desposeídxs”?

Por todo esto, quisiera sugerir que, si vamos a seguir pensándonos desde la categoría de “queer”, es urgente recuperar ese eje de autocrítica y conciencia política, para dejar un poco de lado nuestra necesidad de sentirnos rarxs, y hacer algo con eso que tenemos, desde un proyecto subversivo de solidaridad, horizontalidad, y coherencia.

 

* Moira Pérez es doctora en Filosofía, docente e investigadora en teoría queer y filosofía práctica. Co-fundadora de la Red Argentina de Mujeres en Filosofía 

 

 

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