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Alemania y el mito de la igualdad de género

Por Justina Lee

 

“Feminismo” en Alemania es casi mala palabra. Es muy llamativo descubrir esto en el país en donde Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Lily Braun, Hans Carolan y otras tantas mujeres marcaron la historia del movimiento. Lo que parecería prevalecer acá en Alemania es la idea de que el feminismo “es muy radical” y no es “necesario”. “No hace falta”. Uno de los argumentos más comunes en las calles de Berlín es “Merkel ist eine Frau” (“Merkel es una mujer”). El hecho de que la primera mandataria sea mujer pareciera que basta para barrer las discusiones de género de la mesa.

El problema con este argumento es que si bien Alemania es liderada por una de las mujeres más poderosas del mundo, es uno de los países con mayor brecha de género en la región. Con excelentes asesores de imagen, en casi todas sus campañas electorales la estratega de Merkel evitó el término “feminista”, lo cual la hubiera expuesto a perder votos. Y, aún más, la canciller no ha usado su posición para visibilizar los puntos en los cuales las mujeres aún se encuentran desfavorecidas en Alemania.

Según Alex Wischnewski y Marlene Pardeller, impulsoras del #KeineMehr inspirado en el #NiUnaMenos de Argentina, “hay un mito fuertemente arraigado en el que se cree que la igualdad de derechos entre varones y mujeres ya fue alcanzada”. Lo que más sorprende en relación a esto es que en Alemania hay en promedio un intento de femicidio por día dentro de los hogares y ni siquiera se los reconoce como tal. La justicia lo caratula como “drama de relaciones” o “tragedia familiar”: el término “femicidio” no está divulgado y la justicia alemana no tiene en cuenta aquellos femicidios que ocurren fuera de los hogares.

Los restos del muro de Berlín recuerdan que hasta hace no más de 28 años, la ciudad y el país estaban divididos y la situación de la mujer también. En el lado capitalista, la gran mayoría de las mujeres no accedía a trabajos remunerados. Es más, hasta 1977 tenían que pedirle — por ley— autorización a sus maridos para trabajar fuera de sus casas. Es así como el patriarcado las empujaba a ocuparse de las tareas reproductivas. Mientras tanto, en la zona comunista, las mujeres se podían desarrollar profesionalmente y llegar a ocupar cargos tradicionalmente masculinos, como conductoras de transporte público u operadoras de grúa, y hasta incluso desarrollar carreras en el campo de la física y la química. Esto era posible principalmente porque las tareas del cuidado que, si bien estaban a cargo mayoritariamente de las mujeres, se realizaban en el sector público, de forma comunitaria.

Hoy, a casi tres décadas de la unificación, el escenario del país es muy distinto. Sin embargo, la situación de las mujeres se asemeja en muchos aspectos a la imperante en la Alemania capitalista. De acuerdo a los datos que brinda la Oficina Federal de Estadísticas de Alemania (en alemán: Statistisches Bundesamt”), el 70% de las mujeres trabaja remuneradamente, y solo el 12% de las que tienen hijos menores de 3 años trabajan a tiempo completo. Considerando este factor, junto a otras variables, nos encontramos con que la brecha salarial de género alcanza el 21%. Esta cifra posiciona a Alemania dentro de las tres brechas más altas en la Unión Europea junto a República Checa y Estonia (la media europea es del 16%).

Parte de las diferencias salariales se pueden explicar por factores que se pueden medir: niveles de educación, experiencia laboral para cierto puesto de trabajo, antigüedad en trabajos anteriores, horas trabajadas, entre otros. A esto lo llamamos “la brecha explicada”. Y, por otro lado, existen variables que no se pueden aislar ni observar fácilmente. Estos son los factores del mercado laboral que hacen que las mujeres ganen menos que los varones por el mismo trabajo. Esto es “la brecha no explicada” o la brecha por pura discriminación.  

Por un lado, la brecha explicada está compuesta mayoritariamente por la falta de mujeres en cargos directivos, cuya presencia ha caído en varios sectores. De acuerdo a la fundación AllBright, el 93% de los miembros del consejo ejecutivo de las 160 empresas alemanas que cotizan en bolsa son varones. A esta variable se le suma que las mujeres son la mayoría en los trabajos part-time o en sectores informales, y también trabajan en los empleos peores pagos. Los datos del Bundesamt arrojan que el 47,8% de las mujeres realizan trabajos de medio tiempo, mientras que solo el 10,8% de los varones tienen este tipo de empleo. Por otro lado, la brecha por pura discriminación ronda el 6%. Es decir que por el mismo trabajo y las mismas horas, las mujeres cobran en promedio un 6% menos que sus pares varones.

La brecha salarial y las asimetrías en el mercado laboral, junto al componente cultural de creer que las mujeres son las más idóneas para realizar las tareas domésticas, interrumpe sus carreras profesionales y las empuja a quedarse en sus casas a hacerse cargo de las tareas reproductivas. De acuerdo a la Encuesta del Uso del Tiempo de la Bundesamt, las mujeres dedican el doble del tiempo que sus pares varones al trabajo doméstico no remunerado, teniendo en cuenta que en Alemania se trabaja un 35% más en el sector no remunerado que en el sector remunerado. En este sentido, las mujeres tienen menos tiempo disponible para estudiar, formarse o trabajar a tiempo completo, lo que refuerza las demás desigualdades. Todos estos datos indican que un gran número de mujeres dependen económicamente de sus parejas.

Todo esto forma parte de lo que entendemos por violencia económica, esto es “todas aquellas prácticas que impactan negativamente y afectan la subsistencia económica de una persona. Dentro del contexto de la violencia de género, este concepto suele estar acotado a varones que administran o ejercen un control sobre el ingreso de su pareja como herramienta para su manipulación y dominio. Sin embargo, es posible entender esta problemática de manera más amplia, dado que la mayoría de las mujeres son víctimas de violencia económica, ya que todas participan de un sistema social y económico que no les permite tener las mismas oportunidades ni condiciones que sus pares varones, dejándolas en una situación de mayor vulnerabilidad.” (Botto, Brosio; 2017) Por lo tanto, esta situación hace que se vean seriamente limitadas a la hora de tomar decisiones acerca de su vida profesional y/o privada.

De esta manera, la violencia económica, potenciada en muchos casos con violencia física y psicológica deja a la mujer en una situación, en muchos casos, de peligro. De acuerdo con la información que brinda la Oficina Federal de Investigación Criminal de Alemania (en alemán: “Bundeskriminalamt”), en 2016, aunque escasean los datos de femicidios fuera de los hogares, 158 mujeres fueron asesinadas por sus parejas actuales o anteriores. A la vez, hubo 211 intentos de femicidio, pero las víctimas sobrevivieron. Se sospecha que los números son aun mayores, de acuerdo a la información que han brindado refugios que asisten mujeres por violencia de género.

De cara al Paro Internacional de Mujeres, el #8M, organizaciones feministas independientes como el #KeineMehr intentan desenmascarar el mito de que la igualdad fue alcanzada, difundiendo el término femicidio para dejar de invisibilizarlo y alertar sobre estos números preocupantes. Lilly Schön, integrante de la institución alemana “Economía, Feminismo y Ciencia”, dice: “Es grave lo que está pasando en nuestro país, el feminismo está muy institucionalizado y apagado; tenemos que salir más a las calles para poder visibilizar el machismo”. Alemania y Europa en general están muy atrasados con la excusa de que son países mayoritariamente ricos, pero la realidad es que tienen muchísimo que aprender de las luchas feministas en Latinoamérica y es hora de que lo hagan.

 

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