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Apuntes ecofeministas para pensar la(s) pandemia(s)

El ecofeminismo es una rama del feminismo que plantea la necesidad de repensar las relaciones entre las personas y con nuestro entorno natural de forma no jerárquica. En clave ecofeminista, esta nota recorre los vínculos entre ambiente y enfermedades emergentes, como la COVID-19, y algunas de las consecuencias socioambientales de la pandemia actual. La idea es sentar algunos pisos de acuerdo para poder construir un futuro vivible y deseable para todas, todos y todes a partir de preguntas como: ¿Qué relación podrían tener las crisis ecológica y climática con la COVID-19? ¿Podría considerarse que una mejora en el ambiente es el principal saldo positivo de la situación? ¿Cómo se relacionan entre sí las desigualdades expuestas por la pandemia?  

Por Florencia Cicchini*

Crisis ecológica: ¿el caldo de cultivo de las pandemias?

Pese a que aún no hay consenso sobre el origen del virus causante de la pandemia actual de coronavirus, lo que está claro es que es una enfermedad zoonótica emergente. Zoonótica, porque el patógeno -en este caso un virus- se transmite de animales no humanos a humanos, dando un salto de una especie a otra. Emergente, porque es nueva en humanes y es causada por un microorganismo de evolución reciente. No es la primera vez que sucede esto, otros ejemplos de este tipo de enfermedades son la gripe aviar y la porcina, solo que estas dos son causadas por virus que saltaron al humano desde animales domésticos, mientras que se cree que el virus de la COVID-19 proviene de fauna silvestre, específicamente, de pangolines y murciélagos.

Los virus existen desde siempre, o al menos tan “siempre” como antes de que haya cualquier ser vivo en la tierra. El problema es que, como ya señalaba el reporte Fronteras de 2016 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en los últimos 65 años se viene observando que las enfermedades infecciosas emergen cada vez más rápido y que, además, la profundización del cambio climático probablemente aumente la frecuencia con la que estas enfermedades se convierten en epidemias.

Algunos de los factores que favorecen la proliferación de nuevas enfermedades zoonóticas son: cambios en el uso del suelo, cambio climático, pérdida de biodiversidad, intensificación de la producción agropecuaria, uso excesivo de antibióticos. 

Un factor de cambio ambiental clave que incide en la emergencia de enfermedades es la modificación en el uso del suelo, por ejemplo, a partir de la deforestación para dar lugar a cultivos o ganadería y el relleno de humedales asociado a la urbanización. Estos cambios en el uso del suelo favorecen que los patógenos pasen de la fauna silvestre a les humanes. Por un lado, porque al aumentar la presencia humana en ecosistemas que estaban menos intervenidos hay más posibilidades de que un animal silvestre entre en contacto directo con algún humane o con animales domésticos. Por otro lado, porque esta modificación en los usos del suelo en general implica una pérdida de biodiversidad, que, frecuentemente, funciona como una barrera que disminuye la transmisión de enfermedades

Hoy en día, los cambios en el uso del suelo, la sobreexplotación de especies (por ejemplo, a través de la pesca), el cambio climático, la contaminación y la introducción de especies invasoras son las principales causas directas de pérdida de biodiversidad de especies y complejidad de los ecosistemas. Para poner esto en números, el reporte de 2019 de la evaluación global de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos realizada por el IPBES indica que la tasa de extinción de especies actual es entre decenas y cientos de veces mayor que la de los últimos diez millones de años. 

Por otro lado, también hay cambios en las poblaciones de animales que favorecen la emergencia de enfermedades, como la intensificación de la producción ganadera. Básicamente, el modelo de producción industrial implica -además de una crueldad inimaginable- un hacinamiento extremo de los animales. Esto facilita la transmisión de patógenos por el mayor contacto entre el ganado, que, además, no tiene una diversidad genética que ayude a evitar la propagación de enfermedades porque todos los individuos son muy similares entre sí. Si a todo esto le sumamos que los patógenos mutan y se adaptan a gran velocidad y que el uso excesivo y poco regulado de antibióticos facilita la proliferación de bacterias resistentes a los medicamentos, tenemos un panorama general de algunos de los factores que favorecen la emergencia de enfermedades. 

Sin el pan y sin la torta: la degradación ambiental no quita la desigualdad

Reducir estos factores de cambio asociados a actividades humanas es fundamental si queremos que haya menos chances de que emerjan nuevas enfermedades y de que estas se conviertan en futuras epidemias y pandemias. Para eso, es necesario atacar lo que hay detrás de los mismos: un modelo de producción, reproducción y consumo que promete progreso pero reproduce y amplía desigualdades sociales a la vez que se superan ampliamente los límites ecológicos del planeta. Algunas cifras que ilustran esto reunidas por OXFAM en el 2018 son: el 1% más rico de la población mundial concentró el 82% de la riqueza generada en 2017, acumulando así más riqueza que el otro 99% de la población. Ese mismo año, se registró el mayor aumento de la historia en el número de milmillonarios, de los cuales nueve de cada diez son hombres; mientras tanto, la riqueza del 50% más pobre del mundo no aumentó para nada. Además, las mujeres predominan en los puestos de trabajo más precarizados y se encargan mayoritariamente de las tareas de cuidado no remuneradas, lo que se relaciona directamente con la feminización de la pobreza a nivel global. 

América Latina en particular es la región más desigual del planeta: el 10% de la población concentra el 71% de la riqueza y solamente tributa el 5,4% de su renta, mientras que en algunos países de Europa este porcentaje supera el 20%.  Por otro lado, la degradación ambiental impacta particularmente de forma negativa en los medios de vida, bienestar y salud de las comunidades originarias, que, paradójicamente, habitan sus territorios de forma mucho menos  degradante para la naturaleza. 

Si no se toman acciones contundentes para transformar esta realidad, las consecuencias de la crisis ecológica y climática seguirán cayendo desproporcionadamente sobre las poblaciones y personas más marginadas y empobrecidas. No hace falta ir al futuro para verlo: muchos de las consecuencias de la pandemia que se mencionan en esta nota impactan desproporcionadamente según la clase, el género y la etnia. 

Para contaminar hay que tener con qué

Así como la distribución de la riqueza es desigual, también lo son las contribuciones a las problemáticas climáticas y ecológicas en función de los hábitos de consumo. Dos ejemplos claros sobre esto giran en torno a las emisiones de gases de efecto invernadero -grandes causantes de la crisis climática- y a la contaminación del aire. En cuanto a las emisiones, tal como se observa en el gráfico debajo, se calcula que el 50% más pobre de la población mundial sólo genera alrededor del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de los hábitos de consumo, mientras que el 10% más rico genera el 50% de las mismas. 

Fuente: OXFAM, 2015

En cuanto a la contaminación del aire por partículas finas (como la que se produce, por ejemplo, al quemar carbón para generar electricidad), este estudio cuantifica la exposición de distintos grupos racializados en Estados Unidos, lo relaciona con la cantidad de contaminación que es producida por cada grupo y concluye quees causada desproporcionadamente por el consumo de bienes y servicios de personas blancas no hispanas, mientras que es inhalada desproporcionadamente por negres e hispanes. En concreto, las personas blancas no hispanas están expuestas a un 17% menos de la contaminación que producen, mientras que personas hispanas y negras están expuestas respectivamente a un 63% y 56% más de la contaminación que generan. Por esto, las exigencias de justicia ambiental, justicia social, justicia de género y justicia racial no son reclamos que circulen por carriles paralelos. Las lógicas de exclusión, explotación y privilegios que hay detrás de cada una de estas injusticias están interconectadas: no se puede enfrentar una y hacer caso omiso de las otras.

El ambiente, ¿beneficiado por las medidas de aislamiento? 

Las medidas de aislamiento y cese de muchas de las actividades industriales tomadas por la mayor parte de los países del mundo, tuvieron como consecuencia una marcada reducción en la contaminación del aire, como bien explica esta nota en El Gato y la Caja. Principalmente, hubo una reducción de la concentración de dióxido de nitrógeno (NO2), un gas que no contribuye al calentamiento global porque no es un gas de efecto invernadero, pero que es sumamente tóxico. Este gas daña los pulmones al ser inhalado y, por lo tanto, favorece enfermedades respiratorias y reduce la capacidad de respuesta a infecciones. La reducción de la concentración de NO2 fue de entre un 20 y un 50%, variando según las ciudades y países en cuestión, y se asocia con la disminución de la movilidad y la caída en el consumo de combustibles fósiles. La disminución de los niveles de NO2, más una esperable reducción de las partículas finas en la atmósfera, que tienen aún más impacto negativo en la salud respiratoria, podría ser una buena noticia en términos de salud, ya que aproximadamente 8,8 millones de personas mueren de forma prematura cada año debido a la contaminación del aire. 

Esto prueba que tanto el transporte como ciertas actividades industriales impactan negativamente en la calidad del aire, que esto representa un problema serio para la salud humana y que se pueden tomar acciones que modifiquen esta situación. Lo malo (ya tenía que llegar), es que los niveles de NO2 cambian tan rápido que, si se retoma el esquema de movilidad pre-pandemia, su concentración en el aire va a subir de forma inmediata. O sea, para abordar estos problemas se necesitan medidas de largo plazo y que, además, contemplen las diferencias de cada quién en las posibilidades de reducir su movilidad (por ejemplo, trabajando desde casa) y usar transportes no contaminantes.

Otro dato muy relevante en términos ambientales es que, en lo que va del año, las emisiones de dióxido de carbono (CO2), principal gas de efecto invernadero, se redujeron en más de un 8%. Esta reducción es similar a la reducción anual necesaria para cumplir con los objetivos del Acuerdo de París de 2015, que pretende limitar el aumento global de temperatura entre 1,5 y 2°C en relación con los niveles previos a la revolución industrial. Pero (sí, otro pero), si la vuelta a las actividades comerciales, industriales y de transporte se da en base a energía proveniente predominantemente de combustibles fósiles, se espera que las emisiones vuelvan a aumentar abruptamente, tal como se observa en el siguiente gráfico y como sucedió después de la recesión económica de 2008. 

¿La V es siempre victoriosa? Proyección general de las emisiones de gases de efecto invernadero ante el cese de las medidas de confinamiento y freno de las actividades industriales

Fuente: Tollefson, 2020

Por otro lado, pese a estas reducciones en las emisiones, en abril se registró la concentración promedio de CO2 en la atmósfera más alta de los últimos 800.000 años: 416,21 partes por millón. ¿Cómo puede ser? Porque los gases de efecto invernadero son acumulativos, quedan en la atmósfera durante siglos. Es decir que, al reducir las emisiones, no disminuyen los gases en la atmósfera, sino que se acumulan más lentamente. Esto suele explicarse con una analogía simple: un balde llenándose con agua de la canilla. Para evitar que el balde siga acumulando agua, no alcanza con cerrar el grifo un ratito y después volver a abrirlo. En el portal ¿Ahora qué? detallan muy bien porqué pasa esto y qué acciones se deberían tomar. 

Actividades ¿esenciales para quién?

Sumando a que la reducción de la contaminación y las emisiones de gases de efecto invernadero es totalmente pasajera, si queremos medir el impacto ambiental de la pandemia debemos considerar que las actividades extractivas en la región no tuvieron cuarentena. En Argentina, por ejemplo, la deforestación y la quema de pastizales y espacios verdes se incrementó. Según Greenpeace, a pesar de la cuarentena, en el primer semestre del año se desmontaron 38.852 ha. en las provincias de Santiago del Estero, Salta, Formosa y Chaco. Son 2.000 ha. más que en el mismo período del 2019 y una superficie equivalente a casi dos veces la de la Ciudad de Buenos Aires. Mientras tanto, en el Delta del Paraná fueron detectados hasta ahora más de 3.700 focos de posibles incendios intencionales, lo que supera los registros de los últimos nueve años. Según indican investigadoras del 3iA-UNSAM, estas quemas se dan para hacer lugar a la ganadería y afectan tanto a la biodiversidad como a la diversidad de usos del suelo y modos de vida de quienes habitan las islas. En el conurbano bonaerense, algunos de los pocos espacios verdes y públicos que quedan en el medio de la gran mancha urbana están ardiendo por fuegos intencionales, incluso teniendo estatus de reservas naturales, como las reservas de Ciudad Evita, Santa Catalina y Gregorio de Laferrere. Allí, organizaciones vecinales locales se organizan para defender esos valiosos remanentes de espacios naturales en un contexto en el que ninguno de los partidos alcanza la recomendación de la OMS de que todas las personas tengan a 300 m. o menos un espacio verde de al menos media manzana.

Lo que se expuso y se profundizó

Al poner en la balanza todo esto, es -de mínima- incorrecto e irresponsable plantear que la pandemia es “un respiro para el planeta” o “una oportunidad de la naturaleza para recuperarse de todo nuestro daño”. Además, tampoco podemos hablar de beneficios ambientales de la pandemia, porque como humanes somos parte de la naturaleza. Entonces, resulta difícil andar festejando si se tienen en cuenta datos que reflejan cómo las desigualdades previas se exponen y profundizan en el contexto actual:

Ecofeminismo para un futuro vivible y deseable

Los feminismos, con toda su experiencia teórica y práctica y su capacidad de movilización y visibilización de injusticias a nivel mundial, tienen mucho que aportar en la tarea de analizar y mostrar realidades complejas y construir futuros deseables, justos, igualitarios, diversos, vivibles y gozables para todes. En este sentido, el encuentro entre feminismo y preocupaciones ecológicas empezó a visibilizarse con fuerza en la década de 1970 y fue nombrado ecofeminismo por la francesa Françoise D’Eaubonne. Así como el movimiento feminista en general, el feminismo con conciencia ecológica o ecofeminismo tiene distintas corrientes que debaten entre sí y hacen foco en diversos aspectos de las problemáticas ambientales. 

En líneas generales, el planteo del ecofeminismo es que la degradación ambiental y la opresión de las mujeres tienen varios puntos en común. Además, pone en evidencia que el género, junto a otras categorías como la clase y la etnia, son variables críticas para el acceso y control de los recursos y la distribución del trabajo no remunerado asociado a los cuidados. Esta distribución desigual suele favorecer a los varones, lo que se relaciona con que los sujetos de los feminismos sean, en líneas generales, más vulnerables a las crisis ecológica y climática. En la actualidad, podemos pensar como ecofeministas las prácticas en defensa del ambiente de indígenas, campesinas y de mujeres de otras comunidades que se organizan frente a proyectos extractivos tanto en el ámbito rural como en el urbano y que, en el interín, cuestionan las lógicas patriarcales con las que se enfrentan día a día. 

El ecofeminismo está presente en todas las luchas en las que poner el cuerpo en defensa del ambiente y el territorio es la defensa de la vida misma. Si tenemos en cuenta que más de la mitad de los asesinatos contra activistas ambientales cometidos durante 2018 se dio en Latinoamérica, la literalidad de la expresión resulta abrumadora y vemos que no se trata sólo de establecer paralelismos teóricos entre la concepción de la naturaleza y la capacidad reproductiva como materias primas.

Necesidad y urgencia: la sostenibilidad de la vida

La pandemia es una muestra de que es urgente la transición hacia formas de producción, reproducción y consumo que pongan en el centro la sostenibilidad de la vida humana y no humana en el presente y el futuro. El sistema actual se sostiene en gran parte por la explotación sin límite de la naturaleza, que no reconoce los ciclos y procesos de la materia y energía ni los límites planetarios, y por la realización de tareas de cuidado no remuneradas, principalmente por manos de mujeres e identidades feminizadas, racializadas y empobrecidas.

Poner la vida en el centro requiere un reconocimiento generalizado de la interdependencia y la ecodependencia. Es decir, un reconocimiento de que sin el cuidado entre las personas y el cuidado del ambiente es imposible sostener la vida y que, entonces, es urgente universalizar la ética y los principios del cuidado. Redistribuir de forma justa los cuidados y revalorizarlos es cada vez más urgente ya que, como evidencia esta pandemia, las consecuencias de la crisis ecológica y climática los hacen más y más necesarios. En un contexto en el que está en disputa cómo será la vida después del coronavirus y qué políticas públicas son necesarias, toman relevancia ideas como la creación de sistemas nacionales de cuidados, impuestos a la riqueza y salarios universales, rescates de empresas con fuertes cláusulas ecológicas, la profundización de la transición hacia matrices energéticas basadas en fuentes renovables no convencionales, el fortalecimiento de la implementación de las normativas ambientales ya existentes, la priorización de la movilidad no motorizada (bicicleta y caminata) y del transporte público eléctrico y el fortalecimiento de la agricultura familiar, campesina e indígena agroecológica mediante el acceso a la tierra y el abastecimiento del sector público, entre otras tantas medidas que no sólo son necesarias sino también urgentes. 

En este camino, para poder delinear propuestas integrales y que incorporen la complejidad de las interacciones entre lo ecológico, lo social y lo económico, es fundamental recuperar la crítica feminista a los dualismos jerarquizados de la modernidad como sociedad-naturaleza, varón-mujer, razón-emoción y mente-cuerpo. Por último, podemos decir que, así como lo personal es político, lo ambiental, también. La acción en materia ambiental tiene que incorporar la preocupación por las desigualdades de género, clase, etnia, identidad racial, orientación sexual, edad, etc.. Para esto, es fundamental aumentar la multiplicidad y diversidad de voces en la construcción de conocimiento y en la toma de decisiones, a partir de involucrar a los distintos actores alrededor de cada problemática. Solo así la transición hacia un nuevo paradigma ecológico, social y económico va a darse de forma justa, apuntando al bienestar y buen vivir de las grandes mayorías y no solo de un puñado de gente con recursos -principalmente, varones cis-. Los temas ambientales no son ni pueden ser preocupación exclusiva de personas privilegiadas, porque la satisfacción de las necesidades básicas de toda la población depende estrechamente de la salud ecosistémica y animal y de la justicia ambiental.

  • Bióloga (UBA) y maestranda en Ciencias de la Sostenibilidad (UNAM). 
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