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Angela Merkel, un símbolo contradictorio para las mujeres alemanas

Por Mercedes D’Alessandro

El próximo 24 de septiembre hay elecciones en Alemania y Ángela Merkel es la favorita. Ella es la primera mujer en acceder al gobierno alemán y, de ganar, este sería su cuarto mandato. En 2017, hubo tan solo 15 mujeres entre los líderes de todo el mundo por lo que Merkel, sin dudas es un símbolo cuando se habla de romper el techo de cristal.

La semana pasada, el periódico estadounidense The New York Times (NYT) publicó como nota de tapa un extenso artículo sobre la participación política y económica de las mujeres en ese país. “Alemania, que ha sido liderado por una mujer por 12 años, tiene un problema con las mujeres”, se resalta allí. Aún cuando Merkel ha sido un role model para muchas, la representación femenina en el parlamento está en torno al 37%, dejando al país es en puesto 21 del ranking Woman in Parliaments. En el sector privado, la situación no es mucho mejor. NYT resalta que “hay más CEOs llamados Thomas (7) que mujeres CEO (3) en las 160 empresas más importantes de Alemania. El 94 por ciento de los miembros de la junta ejecutiva de estas empresas son varones. Casi 3 de cada 4 de las corporaciones no tienen mujeres en sus equipos.” Además, en las medianas empresas -que son la columna vertebral de la exportación alemana- menos del 4 por ciento de los puestos ejecutivos están ocupados por mujeres.

Durante el mandato de Merkel, ha habido avances en las llamadas políticas de cuidado. Las escuelas, que tradicionalmente cerraban a la hora del almuerzo, han aumentado gradualmente sus horas. Esto fue central para posibilitar que muchas madres puedan salir a trabajar fuera de su hogar. Además, se introdujo un permiso parental pago que induce a los padres a tomar por lo menos dos meses de licencia. Hace poco, el gobierno aprobó una ley que obliga a las grandes empresas a reemplazar a los miembros salientes de sus juntas con mujeres hasta constituir por lo menos el 30 por ciento.

Sin embargo, y a pesar de estas medidas, según reseña Katrin Bennhold, sigue respirándose un extendido prejuicio contra las mujeres que trabajan y especialmente las madres trabajadoras. La brecha salarial entre varones y mujeres está en torno al 21 por ciento, aún cuando la media europea es de 16 por ciento. Bennhold relata además cómo, “antes de la caída del muro de Berlin, las madres del lado oriental conducían grúas o estudiaban física. Hasta 1977, las esposas que vivían del lado occidental necesitaban el permiso de sus maridos para trabajar. Para entonces, en el Este tenían un año de permiso de maternidad pagado y horas de trabajo más cortas si amamantaban. Cuando cayó el Muro en 1989, el empleo femenino en el este estaba cerca del 90 por ciento; en el oeste era 55 por ciento. Hoy, más del 70 por ciento de las mujeres alemanas trabajan pero sólo el 12 por ciento de las que tienen niños menores de 3 años lo hacen a tiempo completo.” Incluso, entre las mujeres que han podido romper el techo de cristal, la mayoría no tiene hijos, como es el caso de la misma Merkel.

Es decir, tal como señala el título de la nota de NYT, Merkel es un símbolo contradictorio para las reivindicaciones feministas. Al tiempo que se constituye como un símbolo de mujeres en el poder,  y de hecho de las personas más poderosas en todo el mundo, no ha significado un avance sustancial para las alemanas. Es toda una muestra de por qué no alcanza con ser mujer, sino que es necesaria una perspectiva de género.

Podés leer la nota completa aquí (en inglés).

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