Bienvenida al mundo del trabajo remunerado

Por Florencia Merino – Economista (UBA)

Al observar la historia de la participación de las mujeres argentinas en el mundo del trabajo remunerado, los datos muestran que la decisión de cambiar el estilo de vida responde fuertemente al ciclo económico. Las mujeres, al percibir un entramado productivo roto consecuencia de escenarios económicos críticos, sintieron la exigencia de ofrecer su fuerza de trabajo a cambio de contraprestación monetaria.  No sólo la composición del mercado laboral cambió, sino también el rol social de la mujer se redefinió.

Hacia finales del S.XIX, la tasa de actividad femenina(1)  fue de casi 55% en Buenos Aires(2) , porcentaje que no se observaría nuevamente en más de un siglo después. La actividad rural demandaba el trabajo de todos los miembros de la familia –niños y mujeres incluidos. Las nuevas técnicas revolucionaron el sector agrícola, lo que permitió mejorar la productividad y a la vez expulsar mano de obra campesina hacia las urbes. La metamorfosis de la estructura económica reorganizó la dinámica familiar y la tasa de actividad femenina cayó. Así, a mediados del siglo anterior, la tasa de actividad femenina tocó un piso de apenas por encima del 20%.

A partir de 1945, la inflación se aceleró notablemente hasta lograr tasas de dos dígitos, algo que no se observaba desde 1918. Éste fenómeno resultó un punto de quiebre en la evolución de la participación femenina en el mercado laboral. Los precios escalaron a tasas más altas a partir de mediados de los ’70 y la situación colapsó para finales de la década del 80 con el estallido de la hiperinflación. En paralelo, la tasa de actividad femenina creció de manera sostenida, subordinada a una estrategia familiar que se basó en complementar la insuficiencia del ingreso que proveía el “jefe del hogar”.

Durante la década del 90, aunque la inflación amainó tras la implementación de la Ley de Convertibilidad, la participación de las mujeres trabajadoras no retrocedió. El mercado de trabajo experimentó mala salud: el desempleo y la informalidad se elevaron. Al acercarse a los dos mil, la proporción de desempleados rozó el 20% del total de participantes del mercado laboral. La familia, al percibir destrucción del entramado productivo y de los consensos sociales, reordenó sus expectativas de acuerdo a las nuevas posibilidades de trabajo. La mujer se convirtió en un amortiguador de la crisis en la economía doméstica o hasta incluso funcionó como una base de sustento completo.

Según datos del censo de 2001 y con la crisis asomándose, la proporción de mujeres empleadas logró alcanzar el 48%. Una década después, el último censo reveló que el porcentaje ascendió hasta casi 59%. Si bien la economía repuntó antes del 2010, éstas mujeres quedaron inmersas en la nueva organización social, hasta quizás olvidando las causas de cómo se llegó a esa dinámica. Pese a que fue la urgencia y la necesidad lo que motivó en principio a que muchas mujeres argentinas busquen empleo remunerado, permitió a la vez acceder a una oportunidad que previamente no existía.

Otros factores importantes desdibujaron la división de roles en la que el varón trabaja por dinero y la mujer, en su casa, por amor. A principios de 1960, la aparición de la píldora anticonceptiva permitió bajar paulatinamente la tasa de natalidad y, en simultáneo, liberar fuerza de trabajo femenina para ser ofrecida(3). En tanto, desde que en 1987 la ley dispuso la posibilidad del divorcio sin el consentimiento del otro, muchas mujeres necesitaron acceder a un trabajo remunerado. Otro fenómeno que reforzó la aceleración de la participación laboral femenina fue que cada vez más mujeres se educaron y proyectaron su vida específicamente para trabajar(4).

¿Por qué esas mujeres tuvieron que esperar a una situación tan crítica para hacer cosas que mayormente hacían los varones, como es trabajar fuera de casa y recibir un salario por ello? ¿Se sintieron obligadas a hacerlo? ¿Quisieron hacerlo igualmente y no pudieron? ¿Se hubieran incorporado si la economía no hubiera tambaleado? No hay contrafáctico para responder estas inquietudes.

 

 

(1) Entendida como la proporción de la población económicamente activa (PEA) respecto a la población total.

(2) Se utiliza GBA como variable de control o parámetro, representando la dinámica y tendencia del país por concentrar la mayor densidad de población en el período estudiado (1895-2010). Sin embargo se advierte la heterogeneidad de datos respecto al resto de las provincias como así también la existencia de rezagos temporales con las mismas.  El resto del país sigue la misma evolución, aunque con un rezago temporal de aproximadamente 10 a 15 años según el grado de desarrollo de la región.

(3) De acuerdo a la Teoría de la Transición Demográfica, las poblaciones crecerán cada vez menos -debido a que la natalidad caerá- pero serán más longevas.  Los avances en salud -como la píldora anticonceptiva- e higiene, las innovaciones tecnológicas y la agilización del transporte modernizan la sociedad. Un nuevo orden demográfico emerge que, a su vez, propone cambios en la estructura económica.

(4) Tal fenómeno no resulta homogéneo en el país: se observa en los centros urbanos más importantes en detrimento de las regiones de menor desarrollo relativo -como en el NOA y NEA.

 

Podes escribirle a la autora a  flor.merino@live.com

 

Bibliografía:

  • ¿Brechas que se cierran? Aumento y desaceleración de la participación laboral femenina en América Latina. CEDLAS. Gasparini, Leonardo; Marchionni, Mariana.
  • Dos siglos de economía argentina. Edición Bicentenario, 2010. Fundación Norte y Sur.  Ferreres, Orlando J.
  • Un estudio acerca del comportamiento demográfico en el NOA, 2017. Martinez, G. Ricardo; Merino, M. Florencia
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