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¿Qué es una familia? Lo personal es político en el #ENMChaco

Por Estefanía Pozzo

“¿Qué es una familia?”, pensé después de escucharla. Ella contó su historia, y yo me quedé pensando. “¿Qué es una familia? ¿Qué es?” Todas la escuchamos calladas. Ella contó:

  • Tengo cinco hijos. Los más grandes son varones. Entonces, como todos trabajamos y además estudiamos, hice una lista. A uno le toca barrer, a otro le toca lavar los platos, y así. Organizar las tareas de la casa. Resulta que me denunciaron por eso. Vino una asistente social y les preguntó a los chicos si estaban bien atendidos. El más grande le dijo que sí, porque no pasaba hambre y le parecía bien que todos colaboremos porque todos estudiábamos y trabajábamos.

¿Saben cómo suena la sororidad? Como un aplauso. Ella terminó de contar eso, una anécdota de su mundo íntimo vulnerado por el ojo de un varón que se horroriza porque la madre se va, deja a los chicos solos y encima los hace barrer el polvo de la casa, y el resto de las mujeres que la escuchábamos la aplaudimos. “No hiciste nada malo, compañera. Yo también hago lo mismo en mi casa”. ¿Saben lo que es la sororidad? Esa respuesta colectiva fue sororidad.

El Encuentro Nacional de Mujeres funciona a través de talleres. Este año fueron 71. La compañera que contó esta anécdota participaba del taller de Mujeres y Organizaciones Productivas, Cooperativas y Economía Popular. Es de Santiago del Estero. Forma parte de una cooperativa productiva y hace dulces a partir de la algarroba, el mistol y el chañar.

“La economía popular es otra economía. Hay que reivindicar a las cooperativas como otro sistema por fuera del capitalismo. Hay que empezar también a formar consumidores, porque ¿cuánta cantidad de cosas inútiles consumimos habitualmente?”. Primer cuestionamiento político.

“En los últimos años se ha profundizado el modelo extractivista y agroexportador, que corre la frontera agropecuaria y envenena poblaciones enteras”. Segundo cuestionamiento político.

“Cuando una mujer sale de su casa, no vuelve. En la economía popular, la mujer es la que para la olla, porque es la primera que se organiza ante una crisis”. Tercer posicionamiento político.

Los debates en los talleres son horizontales. Alguien pide la palabra, se anota la lista de oradoras, y cada una va contando su situación particular. A partir de esos intercambios, cada una se transforma. Se ejercita la escucha, el pensamiento y la construcción colectiva.

Pero además de ser un espacio profundamente político, en donde las mujeres construyen conocimiento colectivo a través de la discusión, es una experiencia de vida transformadora. A lo mejor para alguna mujer es la posibilidad de decir algo guardado hace años y encontrar contención en mujeres que no conoce, pero que sabe que escuchan. Por supuesto que hay otros talleres más intensos, en donde las posiciones políticas y la militancia en organizaciones complejiza las interacciones. Lo bueno es que siempre, alguna, recuerda las modalidades de intercambio. Lo importante es la horizontalidad.

Sigo escuchando. Las compañeras denuncian que en este último año la cantidad de pibes y pibas en los comedores aumentó. Y no estamos hablando de Buenos Aires o del conurbano. Estamos hablando en los barrios pobres de Corrientes, en los merenderos de Santiago del Estero, o en los de Lanús.

“Necesitamos la emergencia alimentaria. En Mar del Plata hicimos un relevamiento y el 43% de lxs chicxs que vienen a nuestros comedores están malnutridos, pero no porque estén desnutridos, sino porque tienen sobrepeso y obesidad. La alimentación que tienen es de poca calidad, porque mandan muchas harinas y azúcares. Cuesta mucho conseguir verduras o carnes”, cuenta otra compañera.

La organización de las mujeres, entonces, se vuelve un tema central en los barrios más vulnerables. “Tenemos un conocimiento naturalizado: ante la primera situación de dificultad, siempre acudimos a otra mujer para armar alguna red productiva. Siempre lo hacemos nosotras”.

¿Qué pasa con el Estado? Demoras. Burocracia. Impedimentos. Las quejas se multiplican. Para poder funcionar efectivamente como cooperativa hay que pedir la personería jurídica, iniciar trámites largos, pagar a contadores para hacer balances, armar actas, volver a presentar más papeles. El Estado, aseguran, ya no brinda asesoramiento técnico. Se tienen que pagar todo ellas mismas. ¿Qué dirá la administración nacional a estos pedidos? ¿Y si sumamos que la perspectiva para 2018 es recortar los gastos para contener el déficit fiscal, qué panorama hay? Sordera.

Lo personal es político. No hay mejor definición que esa frase para resumir la experiencia de los talleres. “¿Qué es una familia?”, sigo pensando ya de vuelta, en mi casa. Esa pregunta me quedó flotando en un taller de cooperativismo. Hay relaciones conceptuales que más que coincidencias, son conclusiones. Entonces, ¿qué es una familia?.

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Viva y furiosa #ENMChaco2017

Por Lucía Espiñeira

“¿Sabés que probablemente no nos podamos bañar, no?” fue lo que le dije a mi amiga Mica el día anterior a viajar al Encuentro Nacional de Mujeres número 32. Primera vez para ella, tercera para mí: cuestiones de higiene, infraestructura y confort pasan a un segundo plano cuando llega la instancia más masiva e impactante del movimiento de mujeres de la región.
Resistencia nos recibió el sábado 14 de octubre con calidez y buena predisposición a pesar de su escasa preparación turística y baja densidad poblacional en comparación con otras ciudades importantes donde celebramos encuentros anteriores. La falta de electricidad y agua en algunas escuelas no pudo con la fuerza de más de 50.000 mujeres que salieron a luchar y reclamar por sus derechos este fin de semana largo.
El foco que atrajo toda la energía de esta fiesta feminista fue la plaza central, que se colmó de puestos de vendedorxs independientes que ofrecían los más variados pins, parches, remeras, copas menstruales, comida etc. Allí también se organizaron actividades, bailes e intervenciones artísticas, donde se pudo sentir la unión entre mujeres de diferentes partes del país y América Latina. Algunas, incluso, llevaron a sus hijas para vivenciar el encuentro juntas, por lo que se veía la presencia de mujeres de todas las edades.
Entre los 71 talleres organizados este año, decidimos participar de “Mujeres y Trabajo Sexual”. Para la sorpresa de muchas, las protagonistas fuimos las jóvenes, curiosas y abiertas. Fuimos partícipes de todo tipo de debates sobre este tema (discusiones que seguirán latentes cuando lleguemos a nuestras ciudades) que atraviesa al feminismo hoy.
La marcha nos encontró alegres, enérgicas y furiosas contra el patriarcado durante 35 cuadras del centro de la ciudad. Resistencia nos acompañó y permitió resistir mientras conformábamos una marea de pañuelos verdes. No hubo presencia policial y la tan temida represión nunca llegó. Pura energía y adrenalina condensada en el seno de un Encuentro que refleja que el movimiento de mujeres tiene todavía mucho que expresar. Nos vemos en un año.

 

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“El capitalismo tiene un socio oculto: la mujer que realiza los trabajos domésticos no remunerados”

Entrevista de Ana Requera Aguilar a Mercedes D’Alessandro para Diario.es

Es una de las economistas feministas que más repercusión ha tenido en los últimos años. Mercedes D’Alessandro, argentina, doctora en Economía, profesora en varias universidades y divulgadora económica, lanzó en 2015 el portal Economía Femini(s)ta. La página web, que se nutre del trabajo de un equipo de economistas, pero también de expertas de otras disciplinas, ha conseguido situar la economía con perspectiva de género en la agenda pública latinoamericana y ganarse las redes sociales. D’Alessandro, que vive en Nueva York, ha publicado recientemente Economía Feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour).

En los últimos dos años ha habido muchas movilizaciones de mujeres en diferentes partes del mundo. Aunque cada país tiene sus características, parece claro que hay una serie de problemas que les suceden a las mujeres en todas partes. ¿Cómo es posible que la brecha salarial, el techo de cristal o la precariedad sean nuestro día a día en todo el mundo?

Hay un tema central que explica que sucedan todos los demás: la asimétrica distribución del trabajo doméstico no remunerado. Son estas tareas del hogar, como limpiar, hacer las compras, cocinar y cuidar a niños, niñas y adultos, las que recaen mayoritariamente en las mujeres. Y no son tareas que lleven cinco o diez minutos. En Argentina, por ejemplo, dedican un promedio de seis horas diarias. Estamos hablando de que hay un montón de trabajo no remunerado que aparece dentro de la esfera de lo privado y lo personal pero que, sin embargo, es fundamental para que funcione el sistema productivo en el que vivimos. Alguien que tiene que ir a trabajar todos los días necesita todas estas tareas resueltas.

Esto es algo que culturalmente las mujeres hemos llevado adelante. En la generación de nuestras madres y abuelas las profesionales eran la excepción y no la regla, el resto eran amas de casa. Hoy el ama de casa de los 60 full time (a tiempo completo) es algo que ha quedado fuera de la dinámica pero la sociedad nos sigue tratando así.

¿Nos trata así y por eso nos considera trabajadoras de segunda?

Cuando una mira por qué hay  brecha salarial suele encontrar que, por un lado, las mujeres eligen tareas que pagan peor, ligadas a los cuidados. Por otro lado, trabajamos menos horas en el mercado, especialmente las mujeres que son madres. En todas las economías vemos que cuando las mujeres empiezan a tener hijos dejan de trabajar remuneradamente y se quedan en los hogares, eso les hace perder sus carreras profesionales, toman medias jornadas, no les ofrecen ascensos o mayores responsabilidades… Por eso, el tema central tiene que ver con la asimetría de los cuidados y con una cultura que asigna eso a las mujeres.

Podemos decir entonces que la economía se ha construido sobre un modelo que ha ignorado una parte de la realidad.

Exacto. Hay una economista estadounidense que dice que el capitalismo tiene un socio oculto: la mujer que realiza los trabajos domésticos no remunerados porque realiza los trabajos indispensables para que el sistema funcione sin ningún tipo de retribución.

¿Y hasta qué punto es el capitalismo un aliado necesario del patriarcado, de que esta sea la situación de las mujeres? Usted misma dice que ninguno de los modelos económicos han tenido en cuenta esta parte de la realidad.

El problema es que el capitalismo y las luchas feministas si bien nos beneficiaron en el sentido de que somos más independientes, por ejemplo, al mismo tiempo nos incluye en un sistema de trabajo que no es el paraíso de nadie, ni de mujeres ni de varones, y al que entramos además en desigualdad de condiciones.

En Argentina, y es algo recurrente en toda América Latina, la mayoría de mujeres que trabajan lo hacen como empleadas domésticas. Es decir, una mujer de clase media que tiene ingresos y una vida profesional lo hace dejando una vacante en sus tareas del hogar y lo que hace es contratar a otra mujer para que las haga. Ahí tenemos un problema porque las mujeres profesionales hoy se pueden liberar de las tareas del hogar a costa de contratar a otras mujeres, en general, en condiciones muy malas. La forma de avanzar de unas mujeres es a costa de que otras tengan trabajos mal pagados.

Entonces algo falla en la ecuación, ¿son los hombres, que no asumen su parte de los cuidados?

Dentro de casa no hace falta una ley para que las tareas se distribuyan de forma más homogénea. Pero necesitamos que el Estado se comprometa y que, por ejemplo, la gente pueda acceder a guarderías o jardines de infancia, a espacios de escolarización, de recreo, a geriátricos… Esto facilita muchísimo la inserción laboral de las mujeres.

Muchas expertas hablan de que vivimos una crisis global de cuidados que puede ir a peor. ¿Cree que existe esa crisis?

Sí, absolutamente. No hay una suficiente provisión de servicios públicos de cuidados. Las personas que tienen que apelar a esos servicios terminan haciéndolo a servicios mercantilizados que suelen emplear a personas con pésimas condiciones. La única forma de acceder a ellos es que estén precarizados y mal pagados. Es muy importante, primero, reconocer que existen estos trabajos porque no hay estadísticas públicas sobre esto. En la mayoría de países no se miden los trabajos de cuidados y es muy difícil que a la hora de planear políticas se tomen en cuenta variables que influyan en los presupuestos y programas. Si no se visibiliza y cuantifica un problema, tampoco aparece como algo a solucionar. Los cuidados quedan fuera de lo que la economía toma como propio.

Sin embargo, mientras algunos organismos internacionales publican informes sobre los efectos positivos en la economía que tendría que más mujeres trabajaran, ¿no es una trampa que mientras vivimos en sociedades así nos empujen a un mercado laboral que nos maltrata?

Claro, el problema es que esto acaba derivando en una doble jornada laboral, dentro y fuera del hogar. La economista argentina Valeria Esquivel habla de la pobreza de tiempo. Con las encuestas de uso del tiempo muestra que las mujeres más pobres dedican siete horas a los trabajos pagados y otra siete a los no pagados, es decir, 14 horas de trabajo. Realmente estas jornadas afectan al tiempo libre y de descanso y esto genera una pobreza que no tiene que ver solo con el dinero.

Muchas economistas feministas plantean el problema de la sostenibilidad de la vida, para qué se vive, el objetivo es generar ganancia o generar bienestar. Cuando una mujer quiere participar políticamente de alguna manera o comprometerse se le suma una tercera jornada laboral. Las sindicalistas suelen decirnos que no llegan a las reuniones porque tienen jornadas de ocho horas, dos horas de ida y vuelta a casa, tienen que correr a la escuela a por los chicos… Los varones tienden mucho a hacer networking y en esos ámbitos las mujeres o llegan tarde o nunca llegan.

Habla de la falta de indicadores y estadísticas y de que eso es un problema. Plantea también la necesidad de incluir indicadores económicos LGTBIQ. ¿Qué sería necesario medir?

Por ejemplo, en un distrito de Buenos Aires se hizo una prueba piloto en la población trans. Se encontraron cosas interesantísimas: de 400 personas solo el 1% tiene un trabajo formal y solo el 2% terminó la educación universitaria. Y es diferente la situación de los varones trans que la de las mujeres trans. Resulta que en Argentina se llevó adelante la ley de cupo laboral trans para obligar al Estado a contratarlas. Pero no hay personas que cumplan con los requisitos que pidió el Estado para formar parte del cupo, es decir, estás generando una ley que no permite a las personas destinatarias acceder a ella. Lo que está invisibilizado en los datos está invisibilizado en las políticas.

En Economía Femini(s)ta han puesto en marcha la iniciativa Menstruacción, ¿en qué consiste? 

Consiste en tres puntos: pedir la eliminación de los impuestos a estos productos –tampones, toallitas y copas menstruales– que en Argentina es del 21% porque consideramos que es un bien de primera necesidad que toda mujer va a necesitar comprar. Pedimos provisión gratuita para las personas de bajos recursos porque anualmente pueden suponer unos 100 dólares, y mejorar las investigaciones sobre el tema, porque en los últimos años ha habido estudios que han encontrado rastros de glifosatos y no puede ser que no tengamos más información sobre los efectos que pueden tener. La campaña también apunta a desestigmatizar, a mostrar que la menstruación es parte de nuestra experiencia cotidiana y que acceder a estos productos es una cuestión de salud.

Y volviendo al principio, a los paros de mujeres y las protestas por la brecha salarial, la violencia de género, los cuidados, la Women’s March… ¿cree que es el inicio de un proceso irreversible en el sentido de que estos temas están ya en la agenda como quizá nunca lo habían estado?

Yo soy optimista.  Hay muchas cosas resonando, muchas mujeres y varones que se dieron cuenta de algo y que a partir de ahí cambiaron su forma de concebir las cosas. Culturalmente hay un antes y un después, hay un fervor feminista que no había desde hacía mucho tiempo. No podemos decir que es la primera vez en la historia que sucede porque eso sería olvidarnos de toda la lucha que ha habido en el pasado, pero sí hay una nueva efervescencia. Lo que sí hay también son gobiernos muy conservadores.

Todas las cosas que hemos ganado en luchas anteriores se tambalean a veces, con lo cual no podemos dormirnos y descansar en que muchas gentes usen remeras (camisetas) que dicen feministas. Tenemos que seguir muy atentas porque cada conquista cuesta mucho mantenerla. Y hay un tema que va más allá que es la violencia de género, que tiene una parte de violencia económica muy importante: muchas mujeres no se pueden ir del hogar porque no tienen a dónde, no tienen trabajo, no tienen recursos. 

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#MenstruAccion en el mundo: construyendo un feminismo del 99%

por Msc. Agostina Mileo (a.k.a La Barbie Científica)

 

El 8 de marzo de 2017 los lugares de trabajo de todo el mundo se vaciaron y las calles se llenaron. El paro internacional de mujeres nos convocó a todas. Europeas, asiáticas, latinas, de todas las orientaciones sexuales e identidades de género nos unimos para reclamarle a nuestros gobiernos la implementación de políticas públicas que eliminen las desigualdades de género. Ese día, desde Economía Femini(s)ta lanzamos la campaña #MenstruAccion.

La iniciativa buscó visibilizar la menstruación como un factor de desigualdad. Los productos de gestión menstrual no son opcionales, la mancha de sangre impide habitar el espacio público con comodidad y si queremos cumplir con nuestras obligaciones tenemos que hacerlo sin que se note que estamos menstruando.

En Argentina, la brecha salarial promedio es del 27%, alrededor de un 40% de las mujeres empleadas cobra menos de 10000 pesos y el costo estimado de gestionar la menstruación en 2017 mediante la compra de toallitas y tampones es de entre 700 y 1200 pesos. El gasto no es optativo e impacta de manera diferencial sobre ingresos que son de por sí menores. Por eso, el primer reclamo de la campaña es la quita del IVA de los productos de gestión menstrual, ya que son productos de primera necesidad y el impuesto sobre ellos crea una desventaja real para quienes menstruamos. Por otro lado, en un contexto en el que la mayoría de las personas pobres son mujeres, no poder adquirir los medios para gestionar la menstruación es un factor de ausentismo escolar y laboral. Las personas en edad escolar que no pueden acceder a productos que les garanticen no mancharse en clase dejan de ir durante los días de sangrado. Estas personas también son propensas a incurrir en prácticas poco sanitarias para gestionar su menstruación, que generan mayores riesgos de infecciones e infertilidad. El segundo reclamo busca reparar esta situación exigiendo la distribución gratuita de métodos de gestión menstrual en escuelas, cárceles y otros espacios comunitarios. El impacto de la dificultad de acceso a la gestión menstrual es invisibilizado sistemáticamente mediante la construcción de un tabú y un estigma respecto a la menstruación que la sitúa en un lugar vergonzoso. Esto tiene consecuencias también en la producción de conocimiento y la circulación de información. No hay información fidedigna sobre las consecuencias de la exposición química a largo plazo por vía vaginal derivada del uso de toallitas y tampones, informes de impacto ambiental por el desmonte de selva nativa para el cultivo de pinos de los que se extrae la materia prima de estos productos o estadísticas sobre ausentismo escolar por falta de acceso a métodos de gestión menstrual. El tercer reclamo, entonces, es la realización de investigación y la socialización de datos que permitan tomar decisiones tanto públicas como privadas respecto a la gestión menstrual.

Casi 6 meses después del lanzamiento de #MenstruAccion ya se han presentado 7 proyectos de ley (a nivel nacional y provincial) para la provisión gratuita y la quita del IVA  en Provincia de Buenos Aires, Rosario, Viedma, Ciudad de Buenos Aires y se ha logrado incluir tampones en la lista de productos con precios cuidados en toda Argentina. Sin embargo, este no es un reclamo solamente local. #MenstruAccion, en el espíritu de cooperación internacional en el que nació, se suma a un tendencia global que busca la utilización de recursos gubernamentales para atacar este factor de desigualdad.

En Estados Unidos la Ciudad de Nueva York ya aprobó un plan de provisión gratuita en espacios comunitarios y recientemente el organismo encargado de regular las cárceles emitió un memo para que esto se replique en todos los establecimientos del país. Además, son varios los estados que han quitado el impuesto a los productos de gestión menstrual y otros tantos planean hacerlo próximamente, sumándose a la tendencia regional encabezada por Canadá, que quitó el impuesto en 2015 a partir de una campaña que juntó casi 74000 firmas. En Kenya, donde hace ya una década el impuesto fue removido y el Presidente firmó un acta para garantizar la provisión gratuita en escuelas. Botswana recientemente aprobó una moción parlamentaria para sumarse a la lista de países africanos que proveen toallitas en las escuelas para evitar el ausentismo. En esta dirección, Escocia lanzó este año un programa piloto de provisión gratuita en la región de Aberdeen, que de dar resultados positivos se replicaría en todo el país.  En latinoamérica, la campaña colombiana Menstruación Libre de Impuestos consiguió bajarlos del 16% al 5%, aunque esto no tuvo impacto en el precio final de los productos dado que los fabricantes subieron el precio.

La creación de políticas públicas que ataquen directamente las desigualdades producidas por la restricción de acceso a la gestión menstrual es un eje fundamental en el camino a instalar nociones inclusivas en la sociedad. Para lograr la equidad debemos atacar la idea de que los cuerpos femeninos son inferiores identificando cómo esta creencia se refleja en el funcionamiento de las instituciones. #MenstruAccion es parte de un camino que busca desarmar el sexismo en todo el mundo. Queremos que la menstruación deje de ser “cosa de mujeres” para ser un tema de Estado a la hora de pensar cómo garantizar igualdad de oportunidades para todos.

 

Otro año sin ganadora de Nobel de Economía

Richard Thaler, un estadounidense, recibió hoy el premio Nobel de Economía. Desde 1969 en que se entregó el primero de estos reconocimientos hasta ahora, lo recibieron unos 75 varones y una sola mujer lo ganó: Elinor Ostrom, politóloga estadounidense que compartió el reconocimiento con Oliver Williamson. Pero no es solo en los Nobel, en 2015 la revista The Economist presentó un ranking de los 25 economistas más influyentes en el mundo en la que no incluía una sola mujer. El fenómeno es curioso porque no faltan mujeres en esta rama de la ciencia. En los Estados Unidos, alrededor del 35 por ciento de los doctores y el 40 por ciento de los masters en Economía son mujeres. En la Argentina se da algo similar. En la carrera de Economía de la Universidad de Buenos Aires (la más grande del país) la composición en las aulas es bastante pareja y desde hace varias décadas, aunque ellas no llegan al 15 por ciento de los profesores titulares y asociados. El techo de cristal también está instalado en este terreno, así como los estereotipos y el machismo. Si consideramos todas las disciplinas que reciben el premio Nobel, son unos 844 varones premiados frente a tan solo 49 mujeres ganadoras, lo que equivale a menos del 6% del total.

 

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¿Con los ojos cerrados ves mejor? Sobre las mujeres y las matemáticas

Por Paloma Urtizberea García

 

Estoy por terminar la Licenciatura en Física. Y, aunque no es lo que más me identifica (antes podemos hablar de que mido menos de un metro cincuenta o de que soy un poco mandona), suele ser lo más llamativo. No tanto por la disciplina , sino por ser mujer y dedicarme a eso. “Ah, debes ser la única”, es la primera frase que escucho cuando me preguntan qué hago de mi vida. No, no soy la única. Somos pocas, sí, pero no soy la única.  Dado el panorama, pensar por qué somos pocas es casi una reflexión obligada , en la que enseguida se viene a mi mente esta foto, una de las más conocidas de la historia de la ciencia:

Conferencia de Solvay, Bruselas, 1927

 

17 de los 29 retratados son premios Nobel. Todos determinaron el curso de la física moderna e hicieron aportes que cambiaron nuestra visión del Universo, en gran parte vigente hasta el día de hoy. Pero detengámonos un segundo y miremos con atención: ¿cuántas mujeres vemos? Una. Sólo una. Marie Curie, probablemente la física más extraordinaria que existió hasta el momento, ganadora no de uno, sino de dos premios Nobel y poseedora de una inteligencia que admiro. Si hubiera que hacer un “sin repetir y sin soplar” de matemáticas, físicas e ingenieras, estoy segura de que se podría ganar nombrando tan solo a diez. Y el problema no es su ausencia, o la calidad de sus aportes, sino la dificultad para conocerlas.

 

Nunca me había considerado feminista, no por rechazo al término sino por desconocimiento. Recién cuando empecé a sentir trabas en mi quehacer laboral cotidiano, sólo por ser mujer, entendí la necesidad de las feministas cada vez seamos más y lo digamos en voz alta. Porque si ser mujer significa que las preguntas que me hago son menos válidas que las de un hombre, que las conclusiones que saco deben ser puestas en duda más que las de cualquier varón, y en especial, que mi profesión “no es para mí”, entonces tenemos un problema. No es el mismo que tuvo Marie Curie en su época, pero seguimos teniendo un problema. Y el primer paso para solucionarlo es tratar de entenderlo. ¿Por qué vivimos en una sociedad que sigue fomentando estereotipos? ¿Por qué en 2017 seguimos teniendo que luchar por un espacio que siempre debió ser de todos?

 

Desde esa foto hasta hoy, las cosas en ciencia cambiaron bastante. La situación de la mujer en el mundo no es hoy la misma que la de 1927. Marie no era aceptada en la Academia de las Ciencias por mujer, y pensar en ese tipo de prohibiciones en el siglo XXI es casi inimaginable. Aunque las limitaciones, el techo de cristal y el bajo porcentaje de mujeres en STEM sigue siendo igual de preocupante. ¿Por qué somos pocas las físicas, matemáticas o ingenieras? ¿Por qué persistimos en la idea de que hay ciertas disciplinas que son cosa de varón? Hay buenos argumentos al respecto, tanto desde la perspectiva biológica como de la socio-cultural, pero no terminan de convencerme. Siempre que el determinismo biológico (área del conocimiento que describe la creencia de que el comportamiento humano es controlado por la carga genética de un individuo) se interpone en la discusión el terreno se hace pantanoso. Es cierto, hay limitaciones biológicas, las tenemos todos. Pero hasta ahora, no hay evidencia que muestre que mi capacidad cognitiva, mi habilidad analítica o mi destreza lógica sea inferior a la de los  hombres sólo por ser mujer.

 

Si nos metemos en el aún más pantanoso terreno de las preferencias, empieza a pesar el contexto social, la evolución histórica de la humanidad, y entender la biología empieza a ser mucho más complejo que entender el cuerpo. Podría ser que los cerebros de las mujeres, al ser estudiados, reflejaran menos interés o placer que el de los hombres al ver una operación matemática compleja. Eso puede llevar a la realidad de que sean menos las mujeres que decidan  estudiar ciencias duras e ingenierías. Ahora, ¿cómo se generan el interés y el placer por las cuentas? ¿Qué pasa si es la idea de que no son lo suficientemente “brillantes” o que no son “tan buenas” en matemática como los hombres la que las lleva a creer que carreras “duras” no son lo suyo?

En una reseña publicada por Harvard en 2005, Elizabeth  Spelke, psicóloga cognitiva directora  del Departamento de Estudios del Desarrollo del área de psicología concluyó que no hay evidencia para suponer algún tipo de diferencia de género en la capacidad matemática. Estudios de neuroimágenes y de comportamiento de la cognición tanto en adultos como en niños y niñas sugieren que el talento para la matemática y el pensamiento científico tienen una base genética considerable independiente del género.

Las diferencias de género en la performance en matemática se ven a partir de la adolescencia, momento en el que los roles de género ya han sido asumidos y el contexto social  marca las reglas del juego. A esa altura del partido, en la que están a punto de ingresar a la universidad, tanto hombres como mujeres ya han definido sus intereses y orientado sus prioridades en base a múltiples factores externos que, como vimos, son ajenos a una capacidad cognitiva diferenciable.

Un estudio de la Universidad de Princeton publicado por la revista Science en enero de 2015 sugiere que en el imaginario popular determinadas áreas del conocimiento, tales como la matemática, la física y la filosofía requieren determinados atributos innatos como inteligencia o brillantez, mientras que otras son más conocidas por requerir empatía o capacidad de esfuerzo. El trabajo sugiere una correlación entre aquellas áreas para las que creemos que se necesita cierto talento innato y el hecho de que los departamentos académicos de dichas áreas cuenten con menores porcentajes de mujeres desempeñando funciones.


En Argentina, los datos escasean. El último reporte de mujeres en física es del 2000 y tampoco hay datos sobre la situación universitaria de las ciencias exactas ni ingenierías desde 2013. No hay datos sobre infancia y género ni sobre desempeño según área académica diferenciado por género en la primera infancia. Este hecho dificulta la capacidad de acción en el área. ¿Cómo pensar estrategias de intervención si la información escasea? ¿Cómo plantear soluciones a un problema que supone un complejo entramado del que poco sabemos y poco nos preguntamos? Todo indica que el camino a recorrer es largo y queda mucho por investigar, aún más por hacer. Las mujeres en ciencia no superan el 30% en ninguna parte del mundo, y el porcentaje se reduce si hablamos de mujeres ocupando cargos de alta jerarquía.

En el último tiempo varios medios de comunicación cubrieron el tema adjudicando el problema a una falta de estímulo en la adolescencia además de una falta de modelos representativos (en general los científicos que estudiamos en la escuela son varones). Hoy vemos que el problema supone un entramado mucho más complejo, en el que los estereotipos están presentes en la propia construcción de conocimiento científico. La importancia de que seamos más las mujeres que trabajemos en áreas STEM es vital para sumar diversidad y una nueva perspectiva al área, que permita que la ciencia, que es la manera más confiable que tenemos de conocer las cosas, no refleje solamente la manera de ver el mundo de los varones.

Hacen falta más chicas mostrando que se puede tener una carrera exitosa en las ciencias exactas, disfrutarlo y que mujeres y matemática son dos palabras que pueden ir en una misma oración.