Ni relojes, ni medias, ni calzones, para este día del padre: licencia de paternidad para los varones!

Por Mercedes D’Alessandro

Solo el 43 por ciento de los países del mundo cuenta con una licencia de paternidad paga. En la Argentina son 2 días, uno posterior al nacimiento y el otro podrá ser utilizado con posterioridad si así lo requiere la inscripción del nacimiento (dice la ley). En Paraguay les otorgan 3 días y en Brasil son 5. El feliz y flamante padre tiene laboralmente habilitado el día del parto, le dará un par de palmaditas al bebé, hará algún mandado y al trabajo de nuevo. Eso es lo que el Estado y las empresas entienden de la figura paterna en un momento tan importante de la vida de una persona. Y eso es lo que refuerza luego una configuración de roles en la crianza y los cuidados asimétrica que produce una serie larga de desigualdades entre varones y mujeres.

Existen experiencias alentadoras en torno a esta cuestión que vienen de los países nórdicos, donde se utilizan licencias compartidas que buscan modificar esa distribución tradicional de roles dentro del hogar anacrónica, parte de un mundo laboral del pasado. Las mujeres tienen días durante el embarazo y después del parto, luego llega el turno del padre que también disfruta de unos meses. En 1974, Suecia fue el primer país en ofrecer una “licencia para ser papá”. Al principio, los días eran transferibles. Eso no funcionó porque los beneficiarios, acostumbrados a un esquema diferente, les pasaban sus días a sus parejas. Esto derivó en la introducción de cuotas obligatorias que se otorgan a padres y otras a las madres (e intransferibles, si no los toman los pierden). Hoy el 90 por ciento de los padres se toma sus días. En Japón también existen este tipo de licencias, aún no obligatorias. En 2015 solo 2 por ciento de los padres japoneses habían hecho uso de ellas. Es que los estereotipos largamente arraigados hacen que aún sea difícil para los varones quedarse en casa a cuidar a los chicos. Es como si fuera algo erróneo, anómalo, como si estuvieran haciendo una tarea exclusiva y central de la mamá. La experiencia de Canadá, también con licencias extensas, muestra que cuando los papás se toman la licencia, aumenta su participación en las tareas del hogar en un 23 por ciento.

Horarios más flexibles en el trabajo también contribuyen a hacer más llevaderos los primeros meses y mejorar la calidad de vida de las familias. El combo se agranda con sistemas de jardines maternales (gratuitos o accesibles) que permiten a los padres continuar con su vida laboral sin que eso los obligue a duplicar sus jornadas y terminar exhaustos o a gastar fortunas en contratar niñeras y empleadas domésticas. La mayoría de los especialistas en el tema argumentan que abordar esta cuestión de conjunto es mejor que una licencia larga para la madre porque si no, se termina reforzando esa organización en la cual la mujer es la encargada y/o responsable principal del cuidado de los hijos y el varón solo cumple un rol secundario. Los siglos de cultura de macho proveedor atacan desde todos lados a varones y mujeres.

En el día del padre, qué mejor que proponer a los papás pelear por ese derecho a participar de los cuidados, desarmando estereotipos de género y avanzando en el camino de una sociedad igualitaria.

 

Publicada en BAE.

De techos de cristal y pisos pegajosos

Por Magalí Brosio

 

 

Resulta innegable que en la actualidad la agenda de géneros (o al menos una parte de ella) ha ganado peso a nivel global. Hoy en día, incluso los grandes conglomerados de medios o los organismos internacionales que históricamente menos preocupaciones de índole social mostraron parecen estar de acuerdo en que los “problemas de las mujeres” deben ser abordados con urgencia (aunque aquellos vinculados a la población LGBTTTIQ aún no gozan de tal jerarquía y continúan siendo postergados). Sin embargo, si bien este proceso ha sido progresivo para los movimientos feministas en muchos sentidos, no ha sido gratuito. La masividad conseguida a través de los segmentos más reticentes dentro de las esferas políticas y económicas ha tenido el costo de lavar las líneas y reivindicaciones históricas del feminismo para poder hacerlas “tolerables” (y en ocasiones incluso funcionales) para éstos.

Esto se ve claramente, por ejemplo, en la lucha por romper los “techos de cristal” aislada de un programa más amplio. Dentro de la literatura de la economía feminista, se denomina “techo de cristal” a una serie de barreras invisibles que impiden que las mujeres asciendan a puestos jerárquicos y de decisión en una figurativa escalera organizacional. Según un relevamiento realizado por Glue Consulting, en Argentina sólo el 4% de las empresas está dirigido por mujeres. Esto no es un fenómeno exclusivamente local: en la lista de CEOs de las 500 empresas más grandes del mundo solamente aparecen veinte mujeres (que representan también un 4%). Tampoco es algo que suceda solamente en el sector privado: la academia, los sindicatos, los partidos políticos y el sector público en general exhiben asimetrías notorias entre los lugares que ocupan varones y mujeres.

Cuando se exploran las causas de estos “techos de cristal”, si bien hay una multiplicidad de factores que contribuyen al fenómeno, se hace evidente que la asimétrica distribución del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado se encuentra en el núcleo mismo de la problemática. Es que las mujeres han logrado insertarse en el mercado laboral (aunque aún en peores condiciones que sus pares varones), pero este proceso se ha dado sin una redistribución más equitativa de las tareas hogareñas. Así, de acuerdo con los datos de la Encuesta de Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo realizada por el Indec en 2013 (único dato a nivel nacional del que disponemos ya que no se realiza este tipo de relevamientos de manera periódica), el 88,9% de las mujeres participan en este tipo de labores, a las cuales les dedican 6,4 horas diarias. Entre los varones, sólo un 57,9% declara haber realizado trabajo doméstico y por un total de 3,4 horas. Esta asimetría difícilmente sea producto de una desigual repartición del trabajo remunerado: las mujeres empleadas full time fuera de su hogar, por ejemplo, dedican incluso más tiempo a este tipo de labores que los varones no ocupados. De esta manera, la explicación que se presenta como más plausible es aquella vinculada con los roles y estereotipos de género que aún perduran. En este sentido, una investigación realizada por Gallup y la Organización Internacional del Trabajo mostró que aún en 2017, el 37% de los varones encuestados prefería que las mujeres de su familia se “quedaran en casa”.

Así, que una mujer avance en su carrera laboral implica necesariamente que “deje vacantes” las tareas domésticas que la sociedad le impuso. Entre las economistas feministas se suele hablar de “crisis del cuidado” para referirse al problema del trabajo de cuidados que queda “desorganizado” a partir del ingreso de las mujeres al mercado. Y ante la ausencia de políticas públicas que contribuyan a resolverlo, para aquellas que aspiran a ascender en la escala laboral se les presenta como única solución recurrir a la mercantilización del cuidado, que quedará justamente en manos de otras mujeres.

Sin embargo, la asimétrica distribución de las labores en el hogar no es solamente problemática para las mujeres que intentan acceder a cargos jerárquicos. Los “techos de cristal” se complementan con otro fenómeno que goza de menor fama (y cuenta con un nombre con bastante menos glamour) conocido en la literatura como “pisos pegajosos”, que hace referencia al proceso mediante el cual las mujeres tienden a quedar “estancadas” en los puestos de trabajo de menor calificación. Este tipo de empleos se caracterizan por ser de baja calidad, part time, a menudo informales y con salarios bajos; pero para muchas mujeres ésta constituye la única posibilidad de “conciliar” sus infinitas obligaciones hogareñas con la necesidad de acceder a algún tipo de ingreso, por más escaso que sea.

El ejemplo típico de este tipo de empleo es el trabajo doméstico remunerado. De acuerdo con datos del último trimestre de 2016, en Argentina este sector concentra a un 18% de las mujeres ocupadas y a un 22% del total de trabajadoras asalariadas. Entre estas últimas, y a pesar de las acciones dirigidas a la formalización de estos puestos de trabajo, la tasa de no registro asciende hasta un 76% (más del doble que la media de la economía), lo cual implica que tres de cada cuatro trabajadoras domésticas carecen de derechos básicos como aportes a la seguridad social, licencias por maternidad, aguinaldo, vacaciones pagas, etc. Entre quienes están empleadas en esta actividad, un 41% son migrantes, especialmente provenientes de otras provincias de Argentina y de países limítrofes y el 63% tiene el secundario incompleto o un nivel de formación incluso inferior. En relación con su rol familiar, un 42% se constituye como jefas de hogar (la mayoría de ellas son solteras, divorciadas o viudas).

De esta manera, queda claro que mientras no haya una redefinición del rol del Estado a través de políticas públicas que permitan una verdadera redistribución social radical de las tareas domésticas y de cuidado, la contrapartida de más mujeres CEO es necesariamente muchas otras ocupándose de este tipo de labores, a menudo en condiciones precarias. El feminismo nos enseña que la lucha por un mundo más justo e igualitario no puede desembocar en liberación para algunas a costa de más opresión para muchas otras. Así, romper los techos de cristal es, sin duda, una tarea fundamental del feminismo, pero esto poco nos acercará a una sociedad más equitativa si no está acompañado por una comprensión completa del panorama y por una exigencia de una redistribución más justa del trabajo doméstico y de cuidados.

 

Bienvenida al mundo del trabajo remunerado

Por Florencia Merino – Economista (UBA)

Al observar la historia de la participación de las mujeres argentinas en el mundo del trabajo remunerado, los datos muestran que la decisión de cambiar el estilo de vida responde fuertemente al ciclo económico. Las mujeres, al percibir un entramado productivo roto consecuencia de escenarios económicos críticos, sintieron la exigencia de ofrecer su fuerza de trabajo a cambio de contraprestación monetaria.  No sólo la composición del mercado laboral cambió, sino también el rol social de la mujer se redefinió.

Hacia finales del S.XIX, la tasa de actividad femenina(1)  fue de casi 55% en Buenos Aires(2) , porcentaje que no se observaría nuevamente en más de un siglo después. La actividad rural demandaba el trabajo de todos los miembros de la familia –niños y mujeres incluidos. Las nuevas técnicas revolucionaron el sector agrícola, lo que permitió mejorar la productividad y a la vez expulsar mano de obra campesina hacia las urbes. La metamorfosis de la estructura económica reorganizó la dinámica familiar y la tasa de actividad femenina cayó. Así, a mediados del siglo anterior, la tasa de actividad femenina tocó un piso de apenas por encima del 20%.

A partir de 1945, la inflación se aceleró notablemente hasta lograr tasas de dos dígitos, algo que no se observaba desde 1918. Éste fenómeno resultó un punto de quiebre en la evolución de la participación femenina en el mercado laboral. Los precios escalaron a tasas más altas a partir de mediados de los ’70 y la situación colapsó para finales de la década del 80 con el estallido de la hiperinflación. En paralelo, la tasa de actividad femenina creció de manera sostenida, subordinada a una estrategia familiar que se basó en complementar la insuficiencia del ingreso que proveía el “jefe del hogar”.

Durante la década del 90, aunque la inflación amainó tras la implementación de la Ley de Convertibilidad, la participación de las mujeres trabajadoras no retrocedió. El mercado de trabajo experimentó mala salud: el desempleo y la informalidad se elevaron. Al acercarse a los dos mil, la proporción de desempleados rozó el 20% del total de participantes del mercado laboral. La familia, al percibir destrucción del entramado productivo y de los consensos sociales, reordenó sus expectativas de acuerdo a las nuevas posibilidades de trabajo. La mujer se convirtió en un amortiguador de la crisis en la economía doméstica o hasta incluso funcionó como una base de sustento completo.

Según datos del censo de 2001 y con la crisis asomándose, la proporción de mujeres empleadas logró alcanzar el 48%. Una década después, el último censo reveló que el porcentaje ascendió hasta casi 59%. Si bien la economía repuntó antes del 2010, éstas mujeres quedaron inmersas en la nueva organización social, hasta quizás olvidando las causas de cómo se llegó a esa dinámica. Pese a que fue la urgencia y la necesidad lo que motivó en principio a que muchas mujeres argentinas busquen empleo remunerado, permitió a la vez acceder a una oportunidad que previamente no existía.

Otros factores importantes desdibujaron la división de roles en la que el varón trabaja por dinero y la mujer, en su casa, por amor. A principios de 1960, la aparición de la píldora anticonceptiva permitió bajar paulatinamente la tasa de natalidad y, en simultáneo, liberar fuerza de trabajo femenina para ser ofrecida(3). En tanto, desde que en 1987 la ley dispuso la posibilidad del divorcio sin el consentimiento del otro, muchas mujeres necesitaron acceder a un trabajo remunerado. Otro fenómeno que reforzó la aceleración de la participación laboral femenina fue que cada vez más mujeres se educaron y proyectaron su vida específicamente para trabajar(4).

¿Por qué esas mujeres tuvieron que esperar a una situación tan crítica para hacer cosas que mayormente hacían los varones, como es trabajar fuera de casa y recibir un salario por ello? ¿Se sintieron obligadas a hacerlo? ¿Quisieron hacerlo igualmente y no pudieron? ¿Se hubieran incorporado si la economía no hubiera tambaleado? No hay contrafáctico para responder estas inquietudes.

 

 

(1) Entendida como la proporción de la población económicamente activa (PEA) respecto a la población total.

(2) Se utiliza GBA como variable de control o parámetro, representando la dinámica y tendencia del país por concentrar la mayor densidad de población en el período estudiado (1895-2010). Sin embargo se advierte la heterogeneidad de datos respecto al resto de las provincias como así también la existencia de rezagos temporales con las mismas.  El resto del país sigue la misma evolución, aunque con un rezago temporal de aproximadamente 10 a 15 años según el grado de desarrollo de la región.

(3) De acuerdo a la Teoría de la Transición Demográfica, las poblaciones crecerán cada vez menos -debido a que la natalidad caerá- pero serán más longevas.  Los avances en salud -como la píldora anticonceptiva- e higiene, las innovaciones tecnológicas y la agilización del transporte modernizan la sociedad. Un nuevo orden demográfico emerge que, a su vez, propone cambios en la estructura económica.

(4) Tal fenómeno no resulta homogéneo en el país: se observa en los centros urbanos más importantes en detrimento de las regiones de menor desarrollo relativo -como en el NOA y NEA.

 

Podes escribirle a la autora a  flor.merino@live.com

 

Bibliografía:

  • ¿Brechas que se cierran? Aumento y desaceleración de la participación laboral femenina en América Latina. CEDLAS. Gasparini, Leonardo; Marchionni, Mariana.
  • Dos siglos de economía argentina. Edición Bicentenario, 2010. Fundación Norte y Sur.  Ferreres, Orlando J.
  • Un estudio acerca del comportamiento demográfico en el NOA, 2017. Martinez, G. Ricardo; Merino, M. Florencia

Deprimidas y abandonadas. Es hora de hablar de nuestra salud mental.

Por Laura F. Belli y Danila Suárez Tomé*

 

 

El tema prioritario elegido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) para este 7 de abril, Día Mundial de la Salud 2017, es la depresión. La depresión es un trastorno mental que afecta en todos los países a personas de todas las edades, condiciones sociales y profesiones. Este trastorno es actualmente la principal causa de problemas de salud y discapacidad en todo el mundo. Sólo en la Región de las Américas se estima que afecta a cerca de 50 millones de personas (el 5% de la población). En el mundo, más de 300 millones de personas viven con depresión –cifra que tuvo un aumento de más del 18% entre 2005 y 2015.

La depresión es una enfermedad que se caracteriza principalmente por una tristeza persistente y por la pérdida de interés en las actividades de las que normalmente se disfruta. No sólo genera malestar emocional, sino que también repercute en la capacidad de las personas de llevar a cabo tareas cotidianas. Además, como muchos otros trastornos similares, posee un fuerte impacto negativo en las relaciones personales con familiares, amistades y colegas. Las personas que la sufren a menudo cargan también con el estigma social de padecer un trastorno mental. En otros casos, se minimiza esta condición de salud reduciéndola equivocadamente a la simple “falta de voluntad” para lograr “estar bien”. La falta de apoyo a las personas con trastornos mentales, junto con el miedo al estigma social, impiden que muchos/as accedan al tratamiento que necesitan para vivir vidas saludables y productivas (incluso en los países de altos ingresos, casi la mitad de las personas con depresión no reciben tratamiento).   

 

La depresión también es una cuestión de género

Como muchos otros problemas de salud, la depresión afecta de manera diferente a mujeres y a varones. El género determina el impacto que los condicionantes socioeconómicos poseen sobre la salud de varones y mujeres, así como también su susceptibilidad y exposición a riesgos específicos en relación con la salud mental.

En primer lugar, la depresión es más común en las mujeres que en los varones. En 2010 su prevalencia global anual fue de 5,5% y 3,2% respectivamente, lo que representa una incidencia 1.7 veces mayor en las mujeres. Además, los trastornos depresivos representan cerca del 41,9% de la discapacidad por trastornos neuropsiquiátricos en las mujeres, en comparación con el 29,3% entre los hombres. Estas cifras responden a diferencias en los factores socioeconómicos, acceso a la educación y violencia contra las mujeres, pero también a factores biológicos propios de los cuerpos femeninos.

Las experiencias de vida de las mujeres las predisponen a mayor riesgo de sufrir de depresión ya que esta condición está fuertemente relacionada con los factores de riesgo interconectados y las experiencias y eventos negativos sufridos a lo largo de la vida (como la violencia de género, la pobreza, la desnutrición, la desigualdad de ingresos, el estatus social bajo y subordinado al de los varones y la responsabilidad constante de estar al cuidado de los demás). Existe una relación reconocida entre la frecuencia y gravedad de estos hechos y la frecuencia y gravedad de los problemas de salud mental en las mujeres.  

En segundo lugar, el sesgo de género en salud hace que -en lo relacionado con trastornos psicológicos- los/as profesionales de la salud sean más propensos/as a diagnosticar la depresión en las mujeres en comparación con los hombres, incluso cuando tienen puntuaciones similares en las medidas estandarizadas de la depresión o presentan síntomas idénticos, haciendo que reciban en mayor medida tratamientos con psicotrópicos (cosa que, veremos más adelante, presenta varios problemas). Lo paradójico es que, al mismo tiempo, muchas mujeres nunca son correctamente diagnosticadas ya que muchos de los síntomas que refieren son tomados como “problemas emocionales” relacionados con su condición de mujer e ignorados por muchos/as profesionales.

En tercer lugar, en muchos países del mundo la comunicación entre las mujeres y los profesionales de la salud (especialmente si se trata de médicos o enfermeros varones) es en extremo difícil. Las desigualdades de género dificultan que las mujeres sientan temor de mencionar que sufren una aflicción psicológica ya que no haría más que reforzar el estigma sufrido por ser mujer.

En cuarto lugar, las mujeres tienen una mayor predisposición genética que los varones a sufrir de depresión. Sumado a cuestiones hormonales, especialmente durante el embarazo, parto y en la menopausia, existe un mayor riesgo de desarrollar el trastorno.

 

Las mujeres y los antidepresivos

Las mujeres están subrepresentadas en los ensayos e investigaciones clínicas de drogas para tratar la depresión. Teniendo en cuenta que las diferencias biológicas entre las mujeres y los varones afectan la salud de diferente manera, esta disparidad influye también en los efectos que las drogas contra la depresión tienen sobre sus cuerpos. Los varones y las mujeres pueden diferir en su respuesta a los medicamentos por varias razones: diferencias en la farmacocinética, la farmacodinámica, los efectos del ciclo menstrual y los efectos de tomarlos junto con anticonceptivos orales. Si bien en los últimos años muchos estudios sobre tratamientos para la depresión incluyen mujeres entre sus participantes, no se examinan los resultados por género. Entender cómo las mujeres difieren de los varones en respuesta al tratamiento es fundamental para mejorar la eficacia del tratamiento.

Al tiempo que aumenta el porcentaje de personas con depresión en el mundo, aumenta también el porcentaje de mujeres embarazadas que consumen antidepresivos. Es claro que el beneficio de cualquier medicamento tomado durante el embarazo debe superar el riesgo, sin embargo, con la falta de buenos datos para evaluar el costo beneficio, muchas mujeres a menudo se ven obligadas a tomar una decisión que podría ser perjudicial para ellas o para el feto (el caso del antidepresivo Paxil es un ejemplo de esto: aprobado en 1992, recién en 2005 se emitió una advertencia de que estaba asociado con defectos de nacimiento en los fetos).

 

Las voces de las mujeres que sufren de depresión posparto son a menudo silenciosas

La depresión posparto es tan frecuente como desconocida: afecta a una de cada seis mujeres que dan a luz y pocas hablan de ello. Se puede presentar poco después del parto o hasta un año más tarde. Además de los síntomas comunes a la depresión, la depresión posparto también puede manifestarse como un profundo sentimiento de agobio, falta de lazos afectivos con el/la bebé, llanto persistente sin motivo aparente y dudas sobre la capacidad de cuidar de una misma y del/la  bebé.

Las mujeres no hablan de este tema por varios factores, principalmente por desconocimiento. Al ser la depresión posparto una condición tabú, muchas puérperas al enfrentarse con sus síntomas se culpabilizan por no sentirse felices y bien en un momento en el cual creen que deberían hacerlo. Este miedo de “ser malas madres” o de lo que los demás puedan pensar sobre ellas hace que callen lo que les sucede, lo cual no permite que se detecte el trastorno.

Las mujeres con depresión posparto tienden a sufrir los síntomas durante bastante tiempo antes de reconocerlos como tales y buscar ayuda. Incluso muchas nunca lo logran ni reciben la ayuda necesaria, sosteniendo la esperanza de que los síntomas se disipen con el tiempo. Muchas eligen sufrir solas, incapaces de hablar con sus amigas, pareja u obstetra sobre lo que está sucediendo por miedo a ser hospitalizadas o separadas de su bebé. A menudo luchan con esta decisión, sabiendo que al no buscar ayuda se ponen a sí mismas ya su nuevo bebé en peligro. Sin embargo, el miedo a romper el silencio es más fuerte.

De lo que tampoco se habla es de que sin tratamiento, la depresión posparto puede durar mesdees o incluso años y puede afectar tanto la salud de la mujer como la del recién nacido. Además, aumenta el riesgo de suicidio. Es importante saber que no hay que culpabilizarse, que le sucede a muchas mujeres y que puede tratarse con ayuda profesional (incluso hay medicamentos seguros durante la lactancia materna para mejorar esta condición).

 

 

La necesidad de invertir en salud mental

Un factor más a tener en cuenta, además de todo lo expuesto, es la inversión en salud mental. En muchos países esta inversión es o bien nula o bien escasa: en promedio, sólo el 3% de los presupuestos de salud los países a nivel global se destina a salud mental. En los países con ingresos más altos, el promedio de inversión es de un 5%, y sin embargo casi el 50% de las personas con depresión no reciben tratamiento. En los países de menores ingresos, el presupuesto destinado a salud mental es del 1% o menor en promedio.

Invertir en salud mental beneficia el desarrollo económico de los individuos, las empresas y los estados, mientras que la desinversión es costosa. Según se ha podido calcular, cada dólar que se invierte en la ampliación del tratamiento para depresión y trastornos asociados como la ansiedad, tiene una retribución de 4 dólares gracias a mejoras en la salud y, concomitantemente, la mejora en la capacidad de trabajo. Por el contrario, sobre 36 países entre 2016 a 2030, la falta de inversión y ampliación de acceso a la atención de la depresión y la ansiedad dieron como resultado una pérdida económica global de un billón de dólares por cada año. Las personas pierden financieramente cuando no pueden trabajar y los/as empleadores/as sufren pérdidas cuando sus empleados/as son incapaces de trabajar o bajan su nivel de producción.

En las Américas, casi 7 de cada 10 personas con depresión no reciben el tratamiento que necesitan. Desde la OPS/OMS Dévora Kestel (jefa de la Unidad de Salud Mental y Abuso de Sustancias) dijo: “Debemos actuar ahora para cerrar la brecha que separa a las personas con trastornos mentales de los servicios de salud que necesitan”.
* Danila Suárez Tomé es doctoranda en Filosofía y Laura Belli es doctora en Filosofía.

La atípica familia tipo

Por Mercedes D’Alessandro en la columna “Brotes rosas. Sembrando ideas para una sociedad igualitaria”

Los supersónicos, serie animada futurista de los sesenta, presentaba cada capítulo con una introducción que, vista desde hoy, ha quedado como un estereotipo de museo. El papá maneja un auto volador y eyecta con un botón a cada hijo (nena y nene) hacia la escuela; luego, saca la billetera, le extiende la mano con dólares a su esposa, quien los esquiva para agarrar la billetera completa y salir volando en su cápsula transparente al shopping. El papá supersónico continúa el viaje hasta llegar a su trabajo, el auto se convierte en maletín y una cinta transportadora lo deposita sonriente en su silla de la oficina espacial. De este futuro imaginario solo nos queda la promesa de autos inteligentes de Tesla; todo el resto ha cambiado radicalmente.

Un estudio de Heather Boushey (2016) muestra que en 1960, en los Estados Unidos, el 65% de los niños menores de 15 años vivía en una familia supersónica con padres casados en la que el papá trabajaba y la mamá era ama de casa; sólo el 18% tenía padres casados y ambos trabajando fuera del hogar. Uno de cada 350 niños vivía con una madre soltera. En cincuenta años esta imagen se transformó: hoy sólo el 22% de estos niños estadounidenses viven en una familia en la que el padre es quien sale a ganarse el pan y la madre es ama de casa full time. Un cuarto de ellos viven sólo con su mamá (la mitad, además, son madres solteras). Un tercio de esos niños tienen padres casados y que trabajan ambos fuera del hogar. Es muy difícil hablar de una familia típica en el sentido de los 60.

A su vez, los hogares con jefa de hogar también tienen una brecha de ingreso con respecto a los que tienen jefatura masculina. Se estima que los ingresos de esos hogares rondan sólo entre el 71 y el 82% de los últimos. El conurbano de Buenos Aires es en donde más hogares a cargo de mujeres hay, alcanzando el 48% del total. Y es entre estas familias en donde más impacta la pobreza. No sólo porque hay un único ingreso, sino porque además las mujeres con hijos tienen dificultades para conseguir trabajos full time y bien remunerados. El cuidado de niños y ancianos y las tareas del hogar demandan gran parte de su jornada.

Otros obstáculos que enfrentan todas estas mujeres son estructuras laborales y un Estado que aún conciben a las familias de acuerdo con el modelo supersónico.

La salud de las mujeres en el mundo

Por Laura F Belli*

 

 

Ser mujer no sólo incide en nuestra economía, los puestos a los que podemos acceder o en nuestras responsabilidades familiares, también tiene un impacto significativo en nuestra salud. Como resultado de diferencias tanto biológicas como relacionadas con el género, la salud de mujeres y niñas es para la Organización Mundial de la Salud (OMS) un motivo de preocupación prioritario.

Mujeres y varones afrontan muchos problemas de salud semejantes, pero algunas diferencias son de tal magnitud que la salud de las primeras se ve más afectada. Hay situaciones que son exclusivamente femeninas y solo las mujeres experimentan sus repercusiones negativas (como el embarazo y el parto) y hay otros problemas afectan tanto a varones como a mujeres, pero tienen un efecto mayor o diferente en nosotras (como el caso del VIH) que requieren de respuestas adaptadas específicamente a nuestras necesidades. Las desigualdades de género, en materia de educación, ingresos y empleo, limitan el acceso a los cuidados en salud.

Si bien las mujeres solemos vivir más años (73,8 años para las mujeres y 69,1 años para los varones aproximadamente), eso no asegura que tengamos una buena calidad de vida. Además, en la mayoría de las regiones del mundo, especialmente en los países en desarrollo, nos vemos perjudicadas por la discriminación de género basada en factores socioculturales. Si bien en los últimos decenios, en relación con la atención médica a mujeres, se han logrado ciertos progresos (la mortalidad materna a escala global cayó casi un 44% por ciento desde 1990) la desigualdad sigue impactando en la atención en salud: en 2015, la tasa de mortalidad materna (MMR) -el número de muertes maternas por 100.000 nacidos vivos- se estimó en 216 a nivel mundial (más del 40% de los nacimientos en África y en el Sudeste Asiática no fueron atendidos por personal sanitario capacitado). En Argentina es de 52 mujeres por cada 100.000 nacidos vivos. Casi todas estas muertes ocurrieron en entornos de bajos recursos y podrían haberse evitado .  

La problemas en el acceso a salud sexual y reproductiva son los más profundos: 44 por cada 1.000 mujeres de entre 15 y 19 años han tenido al menos un embarazo. Este número es cinco veces mayor en los países de ingresos bajos que en los países de ingresos altos (en 2014 más de 700 millones de mujeres fueron casadas antes de los 18 años de edad; de ellas, cerca de 250 millones antes de los 15 años).

Si bien se han registrado avances en la Región de las Américas y en todo el mundo en relación con la salud de mujeres, esa transición ha sido lenta y compleja. La falta de datos desglosados sobre salud sigue ocultando disparidades en ámbitos como los de las muertes provocadas por abortos (especialmente en los países en que  la práctica no es es legal), enfermedades cardiovasculares, diabetes y accidentes de tránsito.  

 

Las mujeres tenemos mayores gastos de salud que los hombres

Las mujeres consumimos más servicios de salud que los varones. Sin embargo, esto no constituye necesariamente un privilegio. Tiene que ver con diferentes tipos de necesidades de atención, diferencias con respecto al reconocimiento de los síntomas, percepción de
la enfermedad y conducta de búsqueda de atención (el ejercicio del rol de “cuidadoras” de la salud hacen que aprendamos a detectar síntomas de enfermedad y sepamos manejarnos mejor que los varones en relación con los procesos formales o informales de cuidado de la salud).

Las mujeres tenemos una necesidad mayor de hacer uso de servicios de salud dado que las funciones reproductivas generan un conjunto de necesidades particulares de atención (desde anticoncepción hasta embarazo, pasando por parto y puerperio y llegando a la menopausia). Además, en comparación con los varones tenemos tasas más altas de morbilidad y discapacidad a lo largo de la vida y, dado que también nuestra expectativa de vida es más alta, tenemos mayores probabilidades de sufrir enfermedades crónicas asociadas con la edad.

Como puede verse con claridad, la salud no es un asunto privado sino público, es un aspecto central para el desarrollo de un país. El estado de salud de la población de un país o una región no depende exclusivamente del modelo de prevención y atención de enfermedades o de las oportunidades de acceso a los servicios médicos. Existen otros factores que poseen una gran incidencia sobre el estado de salud de la población como la condición de género, el acceso a la educación, las oportunidades de empleo decente y la distribución del ingreso. Por nuestro mayor nivel de necesidad, como grupo social, consumimos más servicios y debemos pagar más que los hombres para mantener nuestra salud. Esta desigualdad se profundiza al considerar la menor capacidad económica que, también como grupo, tenemos frente a los varones.

La economía influye directamente en la calidad de los cuidados de salud. A pesar de que en las últimas décadas se ha avanzado a nivel mundial en materia de educación de las niñas, aún persiste una gran diferencia entre ambos sexos por lo que respecta a la educación superior, el acceso al empleo y la igualdad de paga. A nivel mundial las mujeres estamos menos protegidas en los lugares de trabajo y gozamos de menos beneficios que los varones. Además, en mayor medida que ellos, las condiciones de trabajo son más precarizadas y ponen en riesgo nuestra salud y seguridad. Por causa de estas desigualdades (por ser más pobres, sufrir el desempleo en mayor medida, acceder sólo a trabajos de medio tiempo o en el sector informal) no tenemos el mismo nivel de acceso a prestaciones sanitarias. Es por ello que eliminar la brecha salarial es un factor clave para poder mejorar la salud de todas las mujeres del mundo.

En la región de las Américas la participación de las mujeres en el mercado laboral es de 53% en las zonas urbanas, frente a un 77% en el caso de los varones. Además, el 79% de las mujeres con empleo trabajan en los sectores de baja productividad o informales, donde el  acceso a la protección social es bajo o inexistente.Sumado a eso, las mujeres realizamos entre el 71% y el 86% del total del trabajo no remunerado, lo cual limita nuestras oportunidades de formar parte del sector formal de la economía y de tener mejores sueldos, con prestaciones como la jubilación y el seguro de salud. El número de mujeres empleadas es menor al de los varones, pero trabajamos más horas y recibimos menor paga.

No deja de resultar paradójico, sin embargo, que los mismos sistemas de salud que con frecuencia desatienden nuestras necesidades, en gran medida se sostienen gracias a que las mujeres cumplimos la función de cuidadoras principales de nuestras familias (sin recibir apoyo, reconocimiento ni remuneración) y como prestadoras de asistencia sanitaria tanto en el sector informal como en el formal. Y si bien constituímos  la columna vertebral del sistema sanitario, pocas veces ocupamos puestos de decisión: de las ocho personas que han ejercido el cargo de dirección de la Organización Mundial de la Salud, sólo dos han sido mujeres (Gro Harlem Brundtland de 1998 a 2003 y la actual directora general, Margaret Chan). A nivel regional el panorama se replica: sólo las últimas dos directoras de la Organización panamericana de la Salud son mujeres (Mirta Roses Periago y la actual directora Carissa F. Etienne).

Si bien los problemas de salud que afrontamos las mujeres muestran rasgos comunes en todo el mundo, se pueden observar variaciones determinadas según las diferentes condiciones de vida. En los países de ingresos elevados la expectativa de vida es mayor y se presenta menor morbi-mortalidad que en los países de ingresos bajos (además la mayor parte de las muertes en los primeros países son de mujeres de más de 60 años, mientras que en los países más pobres la mayoría de las defunciones de mujeres corresponden a adolescentes y adultas jóvenes).

 

La necesidad de equidad de género en salud

La consideración de los factores de género es absolutamente relevante en el análisis de la igualdad en el acceso a los servicios de salud. La equidad de género en salud no se traduce en tasas simétricas de mortalidad y morbilidad en mujeres y varones, sino que apunta a la eliminación de la desigualdad en las oportunidades de acceso a la salud y a evitar enfermedades, discapacidades o muertes de mujeres por causas prevenibles.

No alcanza con ofrecer iguales recursos y servicios para varones y mujeres: debemos exigir que se preste atención a nuestras necesidades particulares como mujeres y de acuerdo a cada contexto socioeconómico. Desde una perspectiva de género, el eje del análisis de la atención de la salud debe estar puesto en el impacto de la división por sexo del trabajo y el acceso a empleos y calidad de vida que posibilitan el pago de servicios salud o la participación en seguros de salud públicos o privados.

Si se quiere mejorar la salud de las mujeres en las mujeres en todo el mundo es importante identificar desigualdades de género en el acceso a los servicios de salud y su financiamiento, no perder de vista la relación entre estas desigualdades y otros factores socioeconómicos y evaluar examinar la relación entre estas desigualdades y las diferentes modalidades de la atención en salud.

* Bioeticista – Doctora en filosofía (UBA)