Es ley la paridad de género en las listas nacionales: 50% de las candidaturas para las mujeres

¡HISTÓRICO!

ES LEY LA PARIDAD DE GÉNERO EN LISTAS NACIONALES: 50% DE LAS CANDIDATURAS PARA MUJERES

Por una holgada mayoría (165 votos a favor contra 4 negativos y 2 abstenciones), la Cámara de Diputados de la Nación aprobó y convirtió en ley la denominada paridad de género para la integración de las listas de candidatos legislativos en la jurisdicción nacional. De esta manera, las listas deberán tener, a partir de 2019, el 50 por ciento de candidatas mujeres.

 

Sororidad y praxis política feminista

Por Danila Suárez Tomé

 

Me imagino que a todas nos pasó, al menos alguna vez, que nos preguntaran: ¿y vos cuándo te hiciste feminista? Algunas de nosotras tendrán respuestas bien puntuales, otras dirán que fue un proceso y algunas dirán que fueron “feministas desde que nacieron”. Pero creo que todas en general podemos estar de acuerdo en que el feminismo apareció en nuestro horizonte allí cuando el mundo ya se nos hacía demasiado difícil y el encuentro con otras mujeres nos permitió ver por qué esto era así. Como dice Mercedes D’Alessandro en su libro Economía Feminista parafraseando a Simone de Beauvoir, “no se nace feminista, se llega a serlo”. Si bien algunas de nosotras pudimos haber vivido el mundo con más libertad que otras, creo que la toma de conciencia feminista, ese “ponernos las gafas violetas” como se dice, nos lleva a pensar el feminismo mucho más allá de nuestras experiencias personales. Adquirir conciencia feminista significa comenzar a pensarnos de modo colectivo. Sin dudas eso suena lindo en palabras. Pero cualquiera sabe que ponerse de acuerdo entre más de dos personas es siempre un dolor de cabezas, y ¿por qué entre feministas sería, en principio, algo distinto? Sin embargo, este es el desafío que nos presenta el ideal de la sororidad. Me gustaría pensar un rato con ustedes este concepto trayendo al escenario a algunas mujeres que lo han pensado antes que nosotras.  

Simone de Beauvoir sostiene en El segundo sexo que las mujeres, a diferencia de otros colectivos, nunca han dicho “nosotras”. Según la filósofa francesa, esto es así porque la mujer nunca estuvo en la posición de sujeto, si no que ella ha sido siempre “la otra” del varón — para quienes no hayan leído el libro, esta es la importante tesis que sostiene. Las mujeres, escribe Beauvoir en 1949, carecieron siempre de los medios concretos para congregarse en una unidad, en una comunidad de sujetas. ¿Por qué? Porque históricamente las mujeres han sido recluidas al dominio de lo doméstico y encerradas en sus casas separadas las unas de las otras. Además, han sido enfrentadas entre sí y se les ha hecho creer, mediante el ideal del amor romántico y de la maternidad como destino, que sus vida serían dotadas de sentido gracias al varón con el que se casaran, los hijos que tuvieran y la casa que adornaran.

El vínculo que une a las mujeres a sus opresores no es comparable a ningún otro, dice Beauvoir. Por eso se insiste en que la opresión de la mujer es un tipo de opresión particular que merece su análisis específico. Este análisis es el que ha emprendido el feminismo teórico desde hace varias décadas, el cual nos ha permitido ver cómo funcionan los mecanismos de opresión e inferiorización de las mujeres. Ahora bien, sin la formación de una comunidad, de un “nosotras”, la liberación es imposible. La sororidad es un concepto que viene a intentar dar cuenta de cómo generar una nueva ética y una nueva política feministas que puedan dar lugar a la conformación de una comunidad de mujeres, que si bien no tiene por qué ser homogénea, pueda constituirse de modo armónico y eficaz.

Antes que nada, establezcamos, mediante una definición léxica y una genealogía del término, que “sororidad” proviene del latín “soror, sororis, hermana, e-idad, relativo a, calidad de”. Se relaciona con el concepto de affidamento acuñado por el Colectivo de la Librería de Mujeres de Milán al propiciar la confianza, el reconocimiento recíproco de la autoridad y el apoyo entre mujeres. Por lo tanto, es un concepto nacido dentro de lo que se conoció en la década de los 80 como el “feminismo de la diferencia” que era, en pocas palabras, un feminismo que exaltaba la diferencia sexual en favor de las mujeres y lo femenino. Este concepto es retomado por Marcela Lagarde, una investigadora feminista mexicana, en un texto ya clásico que se titula “Pacto entre mujeres” y ese fue el pie para su popularización en Latinoamérica.

Ponerse las gafas violetas, volverse feminista, implica desaprender algo viejo y aprender algo nuevo, pero ese algo nuevo es algo a construir. El pacto entre mujeres, este pacto sororo, dentro del movimiento feminista ya viene construyendo una forma distinta de ser políticas y de hacer política. Todas sabemos que el movimiento de mujeres es un movimiento heterogéneo, sin estructura vertical y profundamente móvil. De acuerdo a Lagarde, frente a los pactos a la usanza masculina (las formas excluyentes, sectarias, supremacistas y violentas de enfrentar la disidencia y los conflictos), la sororidad emerge como alternativa. La sororidad permite a las mujeres, según Lagarde, la identificación positiva de género, el reconocimiento, la agregación en sintonía y la alianza. La sororidad, entonces, es un concepto político. En otros términos, es un modo feminista de hacer política.

Ahora bien, no hay que entender que esta sororidad se encuentra basada en alguna forma natural de “solidaridad femenina”, que pudiera sugerirnos que existe una esencia femenina que compartimos y que debemos descubrir y poner en acción. No, ya hemos dejado atrás esos esencialismos que nos perjudicaron. Es evidente que las relaciones entre mujeres son complejas y están atravesadas por numerosas dificultades. No nos olvidemos que somos, ante todo, personas. Somos conscientes de que esta solidaridad natural no existe y de que, a la vez, la dispersión entre las mujeres refuerza la dinámica sexista de la sociedad. De ahí surge, dice Lagarde, la conciencia de la necesidad de la unidad de las mujeres para tener mayor poder de incidencia y la necesidad de desmontar la confrontación misógina entre nosotras.

La sororidad no es un llamado a amarnos entre todas, llevarnos bien a la fuerza, no criticar ideas y acciones o tener desacuerdos con otras mujeres No. Ese es un malentendido que, en definitiva, nos lleva a sobrecargarnos con normas imposibles de cumplir y a evitar debates y discusiones, que son el motor de todo cambio. La sororidad nos habla de crear pactos de coyuntura en los que podamos encontrarnos cada vez más mujeres; de generar nuevos vínculos entre nosotras y en relación también con otros grupos y otras luchas; de incluir nuevas subjetividades, también, porque no todas las personas que vivimos la opresión patriarcal nos reconocemos mujeres; de ir alcanzando objetivos consensuados en acuerdos fundamentales; de potenciar las diferencias para no violentar la pluralidad con el ideal de lo homogéneo. La sororidad, en definitiva, es un pacto político entre pares, en donde quienes pactan son, justamente, quienes nunca antes habían podido pactar y que, a causa de eso, quedaron por fuera del terreno de lo público y de la arena política.

Una vez, en otro panel en el que me encontraba hablando de sororidad, me preguntaron si acaso este ideal no era algo demasiado imposible de alcanzar que, en definitiva, nos terminaba causando una gran frustración, en tanto y en cuanto los problemas, discusiones y diferencias que atraviesan al feminismo parecen ser irreparables. Y es cierto, a veces nos abrumamos y creemos que es imposible seguir avanzando. Pero podemos pensarlo desde otro lado: el pensamiento único y la ausencia de conflictos es una situación reservada para quienes sostienen el status quo y se ven beneficiados por él. Cuando lo que queremos es cambiar el mundo, cuando está todo por hacer  y construir, cuando elegimos caminos no violentos y tomamos a la diversidad como un valor, es natural que las cosas no sean tan simples y cómodas. Les propongo que tomemos estas dificultades que experimentamos en nuestro tránsito por el feminismo como un síntoma de salud, de movimiento y de potencia de cambio, y a la sororidad como un ideal regulativo que debemos tener presente en cada acción feminista, aunque nos parezca (y hasta sea) inalcanzable.  

Me gustaría cerrar esta intervención con un texto de la activista, luchadora y educadora popular feminista Claudia Korol publicado en A nuestras amigas. Sobre la amistad política entre mujeres. Rescato la palabra de Claudia, como también lo hice con Beauvoir y Lagarde, porque la sororidad también nos habla de una voz múltiple y un pensamiento conjunto. Y siempre es un gran acto feminista dar reconocimiento y traer al encuentro las voces de las mujeres que admiramos.

 

“Hay un feminismo autónomo. Hay un feminismo institucional. Hay un feminismo académico. Hay un feminismo decolonial. Hay un feminismo del sur. Hay un feminismo comunitario. Hay un feminismo negro. Hay un feminismo campesino. Hay un feminismo popular.
Hay muchos modos de feminismos, y hay feminismos que son de muchos modos. Modos y no modas, los feminismos atraviesan el siglo XX, arrancando del siglo XIX, y proyectándose hacia el siglo XXI y seguramente más allá de él… revolucionándose, cuestionándose, haciendo nuevas prácticas que a su vez saltan las tranqueras ideológicas dogmatizadas, y burlan a las burocracias que administran las teorías.
Los feminismos no son el reverso del machismo. En cualquiera de sus versiones, están promoviendo emancipaciones y no opresiones. Los feminismos no son modos de intervención política fundados en la violencia. Son experiencias de solidaridad, buscando liberarse/liberarnos de las muchas violencias que sufrimos.
Hay muchos feminismos que nos reconocemos en variadas prácticas. De estos y otros posibles feminismos, yo elijo al feminismo compañero de las feministas compañeras. Elijo esas maneras de ser feministas que tienen como signo de identidad principal el acompañar. Se llaman socorristas. Se llaman mujeres de la campaña contra las violencias, de mujeres que luchan por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, contra las redes de prostitución y trata, contra los pedófilos y los abusadores.
Se trata de las feministas compañeras que no hacen del individualismo posmoderno una moda, sino que se buscan y nos buscamos para sabernos cerca. Que nos encontramos en muchas esquinas, y nos reconocemos en el modo de abrazarnos. Las feministas compañeras que andamos los barrios, los juzgados, las plazas, las casas, los comedores populares, los piquetes, las huertas, los campos, las cárceles, las comisarías, las radios, los periódicos. Somos las que decimos y gritamos que no estamos solas. Que si tocan a una nos tocan a todas. Somos el cuerpo del Ni una menos que se vino gestando en esta larga historia de más de un siglo.
Feministas compañeras. Las que nos llamamos cuando no sabemos cómo seguir andando con las heridas abiertas. Las que nos acompañamos cuando no sabemos cómo hacer la denuncia en comisarías donde lxs canas se ríen de nosotras, en juzgados indiferentes, en medios de comunicación que nos invisibilizan o estigmatizan. Feministas compañeras. Haciendo el aguante en las duras y en las maduras. Escrachando a los feminicidas. Inquietando a los machistas. Acusando a los pedófilos. Interpelando a los violentos que están en nuestros trabajos, universidades, movimientos, aunque se presenten en el mundo como los mismísimos hombres nuevos. Audaces, valientes, tiernas, rabiosas, lúdicas, las feministas compañeras nos ayudaron alguna vez a salir del lugar de víctimas, para volvernos sujetas en la historia. Sujetas no sujetadas. Mujeres que recreamos la solidaridad, haciéndonos fuertes en el camino compartido. Feministas compañeras, activistas, luchadoras populares. Mujeres siempre pero siempre al pie del cañón. Tendiendo la mano a todas y a todos quienes sufrimos distintas opresiones. Feministas libertarias, de abajo y a la izquierda. Cuerpos disidentes del heteropatriarcado, que se reinventan a sí mismos, en el amor, en la lucha, en el placer, en la libertad. Cuerpos territorios de la dignidad y de la rebeldía. Feministas en bandadas disparando al patriarcado. Disidencias aladas, acompañando el vuelo.”

 

Claudia Korol, El feminismo compañero de las compañeras feministas, 2016

Editoriales de Graves y Agudas para cada sesión de la Locademia

A continuación te dejamos lo que nos compartieron las compañeras de Graves y Agudas en cada una de las presentaciones de Locademia de Feministas

 

Juntas nos sabemos poderosas | Editorial 19 de octubre

Hoy somos parte de una movida que busca formarnos y de-formarnos desde una perspectiva académica. Desde Graves y agudas acompañamos a Locademia de feministas recién llegadas del ENM para multiplicar y expandir la voz de las mujeres. Elegimos hacerlo desde el territorio. No nos instalamos en una burbuja, sino que nos inmiscuimos en el corazón de la movida… podríamos hacer un móvil o una entrevista, pero consideramos que el movimiento político feminista es el de la cercanía, el del encuentro, el de acompañarnos, porque juntas nos sabemos poderosas.

Los movimientos feministas de Argentina están mostrando otra forma de tomar el espacio público y vamos copando lugares que nos han sido históricamente negados. La formación académica es uno de estos espacios en donde aún necesitamos instalar nuestra voz. No somos objetos de estudio, sino productoras de conocimiento. Un conocimiento sobre nosotras mismas que circula gracias a la cercanía, a la empatía y las alianzas sororas. Desde hoy y durante cuatro jueves sacamos una vez más la radio al espacio público.

Mariel Giménez (Graves y agudas) – En audio aquí

Hacer mierda al patriarcado | Editorial 26 de octubre

Esta semana, Ariana Charrúa, microfonista del canal A24, decidió denunciar a un acosador. Gracias a la denuncia de Ariana, quien recibió agravios y agresiones en las redes sociales durante varios días y a pesar de eso mostró pruebas del acoso. Sofía Rigler, una maquilladora del mismo canal, reveló que este acosador le tocó la cola en dos oportunidades, pero que no se había animado a decir nada hasta ahora. Gracias a ellas, también Malena Dip, que trabajó con este acosador hace 8 años, reveló que fue víctima de situaciones similares y dio su testimonio: “Cuando tuve mi entrevista de trabajo fui con el currículum y me dijo que no hacía falta que leyera el CV, que me contrataba porque era linda”, contó. Eso fue seguido de amenazas, abusos de poder y otras actitudes misóginas que terminaron con su renuncia.

Pero eso no bastó. También Federica Guibelalde, ex locutora de La Batidora y El exprimidor, rompió el silencio y confesó, después de muchos años, que sufrió acosos y renunció porque no soportó más la situación, además de expresar su solidaridad con Ariana Charrúa y reconocer su la valentía. “Empecé a trabajar muy joven y recién recibida tuve que vivir mi propio tormento en el ámbito laboral porque las conductas machistas las asumíamos como normales”, dijo. “El motivo de este pequeño testimonio es acompañar la lucha por los derechos de la mujer, hoy como madre de cuatro nenas”, agregó.

LAS PIBAS NO NOS CALLAMOS MÁS. No aguantamos más, no nos hacemos más las boludas, no dejamos pasar más los abusos, acosos y violencias que sufrimos en la calle, en el trabajo, y en la propia casa, con la excusa de que son normales, inevitables…de que es lo que nos toca por tener cuerpos feminizados.

Pero para eso, las pibas necesitamos más voz. Y los medios de comunicación aún sostienen lógicas patriarcales que nos obligan a tener lugares secundarios, menores, a cobrar menos, trabajar más, tener que renunciar por ser madres o sentir que algo nos falta para llegar a puestos de poder, como sí llegan nuestros compañeros varones. Lo sufrimos especialmente las más jóvenes. En los medios, las voces de varones superan ampliamente a las de mujeres, las discusiones sobre política o economía nos aparecen vedadas, o nos tenemos que resignar a dar el tiempo, la humedad, el tránsito…  

Según relevamientos internacionales realizados desde 1995 por la WACC: “Sólo el 24% de las noticias que circulan en tele, radio gráfica y redes sociales a nivel global tienen a mujeres como protagonistas. Además, cuando aparecemos, mayoritariamente lo hacemos como víctimas. No como especialistas de política, de economía”.

Según un monitoreo reciente de Nos Quemaron Por Brujas, en las radios argentinas pueden pasar 50 minutos sin que se escuche la voz de una mujer. Y entre las 6 y las 10 de la mañana, en AM y FM se escuchan sobre todo voces de varones: el 69% por ciento de los programas son conducidos por hombres.

Los estereotipos de género siguen vivos en los medios, que construyen y son parte de una desigualdad estructural que es política y es simbólica.

Para cambiar esta situación, necesitamos MÁS feministas en los medios, MÁS perspectiva de género en los abordajes, MÁS trabajo para periodistas mujeres…

Las feministas tomamos los medios y nos metemos en donde nos mandaban a callar.

Frente a los discursos que nos construyen como “fanáticas de los boliches”, “fiesteras” para desacreditar nuestras voces y para justificar nuestras muertes, decimos ya no más. Frente a los pactos entre machos que mantienen silenciadas a las mujeres que han sufrido acoso en los medios, manteniendo por detrás prácticas que sostienen y mantienen la opresión a mujeres, travas, trans y lesbianas y que al acosador lo perdonan o evitan denunciarlo. Nosotras escribimos, hablamos y contamos nuestras propias historias. Nos formamos, aprendemos las tecnologías necesarias para multiplicar nuestras voces y tenemos la ambición de hacer mierda al patriarcado, ni más ni menos.

Desde Graves y Agudas estamos nuevamente en Locademia de feministas para hablar de nosotras, de nuestras voces, de todo lo que hace falta que rompamos y sigamos rompiendo…

Vanina Pikholc (Graves y agudas) – En audio ACÁ

 

Interviniendo el espacio público estamos tomando espacios de poder | Editorial 02 de noviembre

Aparece lo íntimo, lo único, el mundo interior, lo subjetivo, “lo privado” como aparte, separado de la dimensión pública. ¡Mentira!

Esta mentira sostiene que en la vereda de enfrente, de manera opuesta, aparece “lo público”, lo político. Lo público podría ser lo que mi cuerpo enuncia por su sola presencia en el espacio público.

Estoy en la parada esperando el bondi para ir al colegio. Tengo 12 años. Me auto percibo como una chica. Pasa uno y me grita algo sobre mis tetas. ¿Qué puedo hacer? El hecho de estar ahí parada, a los ojos de todos, que mis tetas apenas se asomen como un bulto en mi remera las hace pasibles de ser señaladas. No puedo hacer nada para evitarlo. Estoy ahí parada siendo una chica, ¿qué otra cosa puedo hacer? Estoy ahí anunciado mi feminidad. Ese discurso de mi cuerpo atrae a otros discursos… el de esos tipos que me han gritado que me cogen y cómo, cuando aún iba a la primaria. Eso que mi cuerpo enuncia, es en mi caso mi feminidad, pero hablamos de cualquier cuerpo que no sea el del hombre-blanco-heterosexual. “El sujeto masculino se torna modelo de lo humano y sujeto de enunciación paradigmático de la esfera pública”, dice – quién si no, Rita Segato. Todo aquello que no entre en ese paradigma se disciplina a gritos, a toqueteadas, a palazos, a violaciones, a torturas y muertes. ¿Aceptamos que ese es nuestro lugar en la esfera pública? No. No aceptamos que la dimensión política que ocupamos deba ser disciplinada.

También nuestra política es distinta. Rita habla de recuperar un tipo de politicidad: hacer política en el espacio vincular, de contacto estrecho, de cercanías. Rescatar la apreciación de nuestra corporalidad; rescatar la forma de hacer política de las mujeres, desde la cercanía. La política de las mujeres apunta a destruir esta aparente dualidad entre lo público y lo privado que reposa sobre nuestros cuerpos, para construir otro tipo de enunciación posible, en la que se jueguen lo íntimo y lo público.

Esto pasa en los Encuentros Nacionales de Mujeres, Lesbianas y Trans, esto pasa acá en Locademia de Feministas, donde nos juntamos, nos acercamos, promovemos un espacio de encuentro en el que nos mirados las miradas, hacemos preguntas. Estamos tomando otro rol en espacio público. La queja es que “ya no se puede decir nada,  que saltan las feministas estas….”. Te gritan que sos una loca cuando respondes a los acosos en la calle. Mujeres arman talleres de autodefensa, para que no quede ninguna agresión sin respuesta. Y esta construcción de nuestro papel en el espacio público, nuestra intervención activa es sobre la base del encuentro, de sabernos juntas y poderosas, de validarnos, escuchar nuestros relatos, empatizar.  

Interviniendo el espacio público estamos tomando espacios de poder. Porque el poder no se pide, se arrebata. A veces no somos conscientes que nuestra sola presencia en un espacio en el que no se espera que haya “no-hombres”, es disruptiva. Planteamos un conflicto ahí. Rompemos una lógica naturalizada, en la que las trayectorias no masculinas no existen.

¿Qué va a pasar en el mundo, el día que no temamos salir a la noche? ¿Te imaginas? No hay duda de que nadie se perjudica en eso, de que sería un mundo mejor. No viajamos solas si vamos con amigas. No hay mujeres solas si están juntas. No espacios públicos en los que las mujeres, lesbianas, travestis y trans no deberíamos estar.

Mariel Giménez (Graves y agudas) – En audio AQUÍ.

 

La fuerza de empujarnos de a muchas | Editorial 09 de noviembre

Las mujeres somos competitivas, entre nosotras. Casi como modo eliminación; a la otra la elimino, la anulo. Hablamos mal unas de las otras, como una característica muy propia de nosotras. Somos así, bichas, víboras, zorras, yeguas… toda la fauna existente.

“Nos sacamos el cuero”, “nos escaneamos sin ningún tipo de códigos”, nos fijamos en la otra para encontrar sus defectos y fallas, y jamás decírselo.. o decírselo por lo bajo a nuestras amigas. Somos las reinas del odio implícito; de los mensajes cifrados, de manejar el odio con diplomacia e hipocresía.

Las mujeres nos escudriñamos en busca de defectos. Sólo observamos a otras mujeres para criticarlas, porque son amenazantes. La celulitis, la ropa que se pone, demasiado gorda, demasiado flaca, demasiado puta, demasiado santa. Otra mujer es competencia. ¿Y por qué competimos? por la atención de los hombres, claro. No tenemos reparos en hundirnos entre nosotras, según los discursos que nos atraviesan desde niñas.

Desde chicas, nos confinan a la cocina de juguete y a las muñecas. Nos proponen ideales inalcanzables desde los cuales seremos juzgadas el resto de nuestras vidas. Y este engranaje se construye cagándonos la cabeza una a una. La conquista es de a una. Confinadas en lo doméstico, en la esfera de lo privado, todo lo que nos invite a salir de ahí es amenazante, peligroso o competitivo, un espacio donde debemos cuidarnos o seremos responsables de lo que nos pase.

Cuando decidimos dejar estas estructuras atrás, cuando nos animamos a explorar lo que no nos es permitido, encontramos a otras mujeres que nos inspiran. Encontramos pares a las cuales admiramos y con un vínculo tan íntimo y tan cercano, donde la adoración tiene el lugar en los espacios compartidos y no en un tótem inalcanzable. Descubrimos la admiración a las amigas, lo hermoso de tener a tus ídolas tan cerca. Ese aprendizaje se da en el encuentro íntimo, en la cercanía. Nos nutrimos de las experiencias y empezamos a darnos cuenta que lo que le pasó a una, le pasó a muchas; sólo faltaban los puentes que nos unieran.

Si nos quedábamos en casa, en la cocina, si no nos hubiéramos reunido en espacios que creamos para descomprimir la opresión sentida en otros ámbitos, no habríamos descubierto las múltiples posibilidades que tenemos de vincularnos, el potencial de una mirada empática y la fuerza en empujarnos de a muchas.

Creamos, con mucho esfuerzo, espacios para nosotras, en los que transitar nuestras experiencias compartidas, y donde podamos hacer carne algo que nos fue velado durante mucho tiempo: ser unidas, armar proyectos con pares, amarnos entre mujeres.

La competencia nos dice que hay un sólo lugar para muchas interesadas. La sororidad nos enseña que hay lugar para todas, pero que esos lugares hay que conquistarlos. Brujas, locas… un grupo de mujeres que saben poderosas siempre es peligroso.

Mariel Giménez (Graves y agudas) – En audio ACÁ.

 

 Graves y agudas – @gravesyagudas

 

 

 

Chile elige

Hoy ‪Michelle Bachelet es la única mujer al mando de un país en toda América. Cuando finalice su mandato el año próximo probablemente no quede ninguna.

Uno de los cambios más importantes para estas elecciones es la “Ley de Cuotas”, que obliga a los partidos políticos y pactos electorales a tener al menos un 40% de candidatas mujeres. Esta ley permitió que el porcentaje de mujeres compitiendo por un escaño en el Congreso llegue al 41,3%, lo que constituye un enorme avance considerando que en las elecciones realizadas entre 1989 y 2013, las mujeres nunca fueron más del 20%. En la actualidad, en Chile solo el 15,8% de las bancas del Congreso están ocupadas por mujeres. Valor muy debajo del promedio de la región que se sitúa en 25%. Del total de 120 diputados en Chile, 19 son mujeres. En el Senado, sólo seis de 38 ocupan una silla parlamentaria. En el último año se han avanzado con cuestiones muy importantes en relación a la agenda de género como la despenalización del aborto por tres causales y el matrimonio igualitario.

Las encuestas sobre las elecciones de este domingo dan como favorito al ex presidente Sebastián Piñera. El avance de este candidato y las ideas que representa pueden significar un revés no solo en términos de género sino también en términos de inclusión económica.

 

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Una reforma laboral que amplifica la desigualdad de género

Por Mercedes D’Alessandro

 

Las mujeres no están sentadas a la mesa de negociación de la reforma laboral (en ninguno de los lados del mostrador), ni aparecen sus problemas de empleo y precarización enunciados siquiera en el texto del proyecto. La comunidad LGBTIQ tampoco está incluida en las discusiones que tendrán los funcionarios públicos, sindicatos y el gobierno en torno a las condiciones de empleo que se están proponiendo para los próximos años.

Las mujeres sufren mayores niveles de desempleo (superan el 10%) y precarización laboral, ganan en promedio un 27% menos que sus pares, brecha que se amplía para quienes están precarizadas alcanzando un 40%. Si además consideramos que el 60% de lxs desocupadxs son jóvenes menores de treinta años y, que entre ellxs la mayoría son mujeres (en algunas provincias superan el 25% de desempleo), el panorama no puede ser más desolador. Sin embargo, en el documento borrador que circuló en los últimos días no se observa ningún tipo de reflexión en torno a esta posición desigual de las mujeres en el mercado de trabajo. Incluso, por el carácter mismo de la reforma, se omite al personal de casas particulares, que constituye casi el 20% de las trabajadoras ocupadas y que son quienes sufren los mayores niveles de informalidad y los salarios más bajos de la economía. Las travestis y personas trans, cuyos niveles de inserción laboral son dramáticos, y donde los escasos estudios que hay sobre ellxs muestran que tan solo el 1% de esta población consigue un empleo formal, tampoco tienen un apartado o línea especial que dé cuenta de la situación. A su vez, la definición de trabajo que aparece contenida en el texto no solo iguala a trabajadores y empleadores, como si no hubiese relaciones de fuerza de por medio, sino que además deja de lado el conjunto de los trabajos domésticos y de cuidado no remunerados, que son la clave de la desigualdad de género. Estas variables que no se consideran a la hora de pensar una reformulación de las condiciones de empleo hacen que la desigualdad solamente se siga reproduciendo y ampliando.

Las propuestas que se encuentran en la reforma laboral presentada por el gobierno incluyen varios elementos que van en contra de los derechos de lxs trabajadorxs. El primer párrafo del documento borrador deja en claro el objetivo: “promover la liberación de las fuerzas de la producción y del trabajo de todos aquellos mecanismos regulatorios y fenómenos distorsivos que impidan el desarrollo de las empresas como comunidades productivas innovadoras, eficientes y competitivas”. ¿Cuáles son los mecanismos regulatorios o distorsivos? ¿En qué consiste la eficiencia y competitividad? La respuesta es bastante simple: se trata de bajar costos laborales y debilitar el poder de los sindicatos. El reduccionismo deja mucho que desear. No se problematizan las condiciones actuales de ocupación, en un país en el cual  hace seis años que no se crea empleo ni tampoco se hace referencia al futuro del trabajo en un mundo que tiende a mayores niveles de desempleo producto del avance de la automatización. Se eluden problemas estructurales como el hecho de que la mitad de lxs niñxs viva en hogares pobres y la incidencia que tendrá esta situación en su acceso al mercado de trabajo, por solo mencionar algunos de los tantos tópicos sobre los cuales podríamos estar debatiendo.

El problema de la precarización laboral es una cuestión central en la estructura productiva argentina. Se estima que hay unos 5.7 millones de trabajadores informales (dato EPH, 1er trimestre 2017), quienes representan más de un tercio de lxs trabajadorxs totales. En el Noroeste, la informalidad laboral alcanza el 40%. Las experiencias anteriores de reforma para “incentivar la formalización” a través de descuentos a las patronales no han tenido éxito. Al mismo tiempo, se habilita una especie de puerta giratoria: se puede contratar más fácilmente así como despedir sin mayores costos. La reforma reduce la base sobre la que se calculan indemnizaciones por despidos, propone no pagar horas extras a partir de la generación de un banco de horas, permite la modificación de los contratos por parte de los empleadores y cambia las condiciones en las que el empleador puede decidir discontinuar o constituir un contrato. A su vez, la creación de figuras de trabajadorxs independientes y algunas líneas destinadas a debilitar a los sindicatos trasluce la intención de ir en contra de las negociaciones colectivas. En todo caso, incluso podríamos pensar en que se estarían legitimando nuevas formas de precarización. Los números, que parecen ser la obsesión de muchos, mejorarían en las apariencias aunque las condiciones laborales en sí mismas no mostrarían grandes avances.

En el único apartado en que aparece algo que podríamos retomar desde la perspectiva de género, es el de la licencia por paternidad, la cual se extiende de dos a quince días. Sin embargo, en el marco de una reforma que no contempla el trabajo doméstico no remunerado, que no se propone implementar un sistema de cuidados o brindar herramientas para conciliar la vida familiar y laboral de lxs trabajadorxs, ese aumento tiene gusto a poco y nada. Solo uno de cada dos trabajadores podría acceder a estos beneficios. Por otro lado, los bancos de horas, que se plantean como un recurso flexible en el que los trabajadores pueden acumular jornadas de diez horas un día y luego compensar con seis horas otro día, es una fórmula que atenta no sólo con el pago de horas extra, sino también va en contra de las demandas de jornadas compatibles con las responsabilidades hogareñas de las personas, sobre todo de las trabajadoras mujeres, sobre las cuales recaen asimétricamente los trabajos domésticos y de cuidados no remunerados.

La perspectiva con que se está abordando esta reforma laboral tanto desde el oficialismo como desde las críticas es sumamente neoclásica (en términos de las perspectivas de teoría económica). Esto es, se entiende al trabajo como un elemento que se desenvuelve en medio de las fuerzas de oferta y demanda, como algo que hay que equilibrar en un eje cartesiano o cuadrito de Excel. Además, rige la vieja idea de la teoría del derrame: si a los empresarios les va bien,entonces los trabajadores estarán mejor. Esas ideas ya mostraron muchas veces que distan de la realidad. En Francia o Brasil, las reformas que se han llevado adelante reproducen las mismas limitaciones. A nivel mundial el futuro del empleo es una incógnita mientras avanza la automatización a pasos agigantados y con ella el desplazamiento de sectores enteros que no encuentran la manera de reinsertarse en el tejido productivo. La respuesta de estos gobiernos, anacrónica y que nos remite a épocas anteriores, es la flexibilización bajo el lema de “bajar costos” y avanzar sobre los derechos de lxs trabajadorxs. Esto no solo es injusto o antiobrero, sino que además no ha dado resultados. Es un parche de corto plazo que no vislumbra soluciones a un problema que solo promete empeorar.

El otro aspecto que no aparece en la discusión pública en torno a la reforma laboral es el hecho de que las mujeres están en una situación desigual en el mercado de trabajo, y esto hace que sus derechos se vean especialmente vulnerados. Ellas realizan el 76% de los trabajos domésticos no remunerados, lo que redunda en que tengan una doble jornada laboral. Una de estas jornadas es no paga,pero tiene grandes costos en términos de las posibilidades para estas mujeres de acceder a empleos de tiempo completo o desarrollarse económicamente. Estas variables no forman parte del imaginario de la economía mainstream o de los ideólogos reformistas, dejando de lado un factor que explica gran parte de los problemas de empleo que enfrenta hoy el 42% de la fuerza de trabajo del país.

El trabajo es una relación social, y quienes lo entendemos de este modo pensamos que la discusión en torno a la precarización afecta no solo al “mercado de trabajo“, sino también a nuestras relaciones sociales. La precarización laboral es la precarización de la vida, y por eso es que necesitamos incorporar otras dimensiones a este debate.

66 años del voto para las mujeres

El 11 de noviembre de 1951 las mujeres de Argentina votaron por primera vez en elecciones nacionales. En 1951, las mujeres representaban casi el 49% del padrón. Eran 4.225.467 inscriptas. Votó el 90%. En estas elecciones también fueron elegidas 23 diputadas y 9 senadoras.

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