Chicas que programan un mundo mejor

Por Aldana Vales

Son pocas. Puede que la culpa la haya tenido Barbie, que prefería ser princesa o bailarina, o Juliana, que por lo menos daba valijitas para futuras doctoras o periodistas. En ningún caso, una carrera vinculada a la informática o a la computación. “Las representaciones que alejan a las mujeres de la informática se hallan en buena medida ya estabilizadas en la adolescencia tanto entre los varones como entre las mujeres”, decía en 2013 la Fundación Sadosky en un informe para explicar la baja presencia femenina en esas carreras. Contra esa tendencia, cinco mujeres jóvenes fundaron Chicas en Tecnología, una ONG para motivar la vocación en las adolescentes.
Las mujeres representan apenas el 18 por ciento de quienes estudian una carrera universitaria relacionada con la computación o la informática en la Argentina, según datos del Ministerio de Educación. Para las Chicas en Tecnología, ante ese “desequilibrio alarmante”, es necesario que más mujeres “se interesen en el sector tecnológico y desde temprana edad”.

Así nació Programando un mundo mejor (#PUMM), un evento que convoca a chicas de entre 13 y 16 años para que ellas mismas creen aplicaciones y brinden soluciones a sus comunidades. Casi un juego de palabras, porque sembrar en las adolescentes las ganas de ser profesionales de la tecnología también es diseñar un futuro con paridad de género en ese ámbito.
“Lo que queremos es mostrarles el poder, el impacto que pueden tener con la tecnología, la programación y el diseño y hacer que ellas mismas se puedan transformar en creadores de tecnología y no sólo en consumidores de aplicaciones que otros crearon”, explica Carolina Hadad, una de las cinco cofundadoras de Chicas en Tecnología.
En la edición más reciente de #PUMM, 21 chicas participaron de la convocatoria. Tuvieron una experiencia de aprendizaje intensiva: fueron desafiadas a detectar un problema que les inquietaba en su comunidad y dar una solución a través de la programación. Cada equipo de tres adolescentes trabajó en conjunto con un mentor o una mentora para imaginar, diseñar y desarrollar las aplicaciones.

Una de las mentoras de la última edición fue Victoria Martínez de la Cruz, de la empresa de software Red Hat. Es licenciada en Ciencias de la Computación, una carrera en la que siempre notó la falta de chicas que compartieran sus mismos intereses. “Un problema”, considera, “porque la falta de diversidad afecta al producto que finalmente se genera”. La única manera de atacar esa problemática, dice ella, “es dando el ejemplo y llegar a las chicas que estén tomando la decisión de qué seguir en su carrera profesional”.
Las ganadoras de esta edición fueron las alumnas de la escuela Mano Amiga Santa María, de Pilar, con una app que bautizaron Manos en red y conecta ONGs con voluntarios para mejorar la comunicación y las necesidades en caso de emergencia. Las tres adolescentes de ese colegio fueron al evento inscriptas por Gladys Cabral, una profesora de computación que recientemente incluyó la programación entre los temas de su materia. “Siempre son los varones los que tienen estas oportunidades”, cuestiona.

Los distintos proyectos permiten ver qué preocupa a las adolescentes: ¿Cómo abordar el bullying escolar en las instituciones educativas? ¿Cómo denunciar las situaciones de acoso callejero? ¿Y los altos índices de suicidios en Campana? ¿Qué se puede hacer para prevenirlos?
Con eso en mente diseñaron las aplicaciones. Tres grupos ganaron. Las demás, igualmente, se llevaron un proyecto para su barrio o su comunidad y, tal vez, las ganas de seguir en unos años una carrera vinculada al sector tecnológico.

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(Fotos cedidas por Chicas en Tecnología)

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