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CIENCIA Y FICCIÓN: frente a la dicotomía patriarcal, la singularidad feminista

Por Lucía Ciccia*

 

En un mundo que divide sus elementos entre “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”, la ciencia quedó del lado de las primeras. Y esto no sólo habla de quiénes ocupan espacios en laboratorios, aulas y comités de investigación. Este mundo separado por sexos también cuenta la historia de lo que conocemos. Las condiciones estructurales que hoy impiden a la “mujer” acceder desde las mismas posibilidades que los “hombres” al terreno de las ciencias exactas reflejan los roles de género, asociados a los sexos, que continúan asignando al género femenino la responsabilidad del cuidado. Dicha asignación se refleja en la propia producción de conocimiento científico. En primer lugar, por los presupuestos e hipótesis de las que parten las investigaciones orientadas a la búsqueda de diferencias “entre los sexos”. En segundo lugar, por la metodología implementada en tales estudios, según los criterios de objetividad y neutralidad que caracterizan la ciencia¹.

Respecto del primer punto, estamos ante un discurso científico que legitima una lectura dicotómica de los sexos². En este sentido, una de las críticas hecha a ciertos feminismos es el apriorismo de caracterizar las diferencias reales “entre los sexos” como un sinónimo de subordinación; que “hombres” y “mujeres” sean diferentes, no implica que las “mujeres” sean inferiores. Es cierto que las actuales categorías con las que contamos para describir los sexos pueden ser útiles en términos de salud, como así lo describiré posteriormente. Sin embargo, no significa que tales diferencias equivalgan a la existencia de dos sexos dicotómicos.

La noción dicotómica de los cuerpos responde, más bien, a una lectura inherentemente jerárquica; su emergencia fue el resultado de ajustar la jerarquía de los sexos al nuevo orden económico del siglo XVII, a fin de polarizar los roles sociales y circunscribir a la “mujer” a la esfera privada. En dicho contexto, lo que hasta ese entonces había sido una lectura jerárquica de los sexos sobre un cuerpo unisex, siendo el útero concebido como un pene invertido cuya exteriorización era impedida por la falta de un calor vital en la “mujer”, se transformó en dos cuerpos claramente diferenciables (Laqueur, 1994). Durante el siglo XVIIII, el sistema reproductor de la “mujer” adquirió nombres propios (Ibid.), y el discurso acerca de las diferencias “entre los sexos” legitimó la idea de anatomías opuestas y complementarias (Schiebinger, 2004).

En otras palabras, el motor para traducir una jerarquía explicada por un principio metafísico (falta de calor en la “mujer”) en términos físicos (falta de pene) fue el capitalismo emergente. Es prudente replantearnos el vínculo existente entre el patriarcado y el capitalismo: este último no se trata de un sistema económico al cual se han ido ajustando los valores patriarcales. Por el contrario, el capitalismo es la máxima expresión del sistema patriarcal, siendo su esencia la doble explotación del género femenino al asignarle la responsabilidad del cuidado. Una lectura dicotómica de los sexos fue entonces la justificación para naturalizar la división sexual del trabajo (Fox Keller, 1991).

De esta manera, legitimar las categorías “hombre” y “mujer” como verdades biológicas incuestionables es incorporar en nuestra subjetividad los principios sexistas y androcéntricos sobre los que se construyó un sistema de valores dicotomizado, proyectándolos luego en el discurso científico acerca de la diferencia sexual; “ser hombre” significó tener ciertas habilidades y capacidades, y “ser mujer”, otras. Al mismo tiempo, este sistema de valores conservó el orden jerarquizado de los sexos: los valores propios del “hombre” se describieron como superiores (razón, objetividad, neutralidad, etc.). Por eso, incluso si desde el feminismo reivindicáramos que las características “propias” de las “mujeres” son igualmente valorables, estaríamos al mismo tiempo, paradójicamente, reproduciendo el sesgo patriarcal de validar la idea dicotómica de los sexos. Tal validación automáticamente reordenará, por supuesto que no de manera lineal, las características de la “mujer” como inferiores³. La verdadera ruptura con el régimen patriarcal es interpretar las categorías “hombre” y “mujer” como construcciones políticas que, a través de la historia, cambiaron su “esencia”, supuestamente inmutable, acorde al contexto socioeconómico.

 

“Hombre”- “Mujer”: ilusiones biológicas

Si pensáramos que debido al avance científico la lectura de los cuerpos actual es indudablemente la correcta, es porque creemos que dicho avance garantiza “acceder cada vez más y mejor al verdadero conocimiento”. Sin embargo, estamos nuevamente reforzando valores patriarcales: asumimos que la verdad se encuentra asociada a la ciencia, ámbito históricamente de los “hombres”, y que la objetividad y la neutralidad caracterizan, y legitiman, el discurso científico acerca de la diferencia sexual. Pero ¿qué es la verdad? Cuando se sostuvo que el útero era un pene invertido, se construyó una realidad en la que las acciones que “hombres” y “mujeres” manifestaban en su práctica cotidiana hacían de esa construcción una verdad. Sin embargo, hoy la idea nos parece hasta absurda: ¿Y si el día de mañana también se viera esta realidad, de dos sexos, como algo evidentemente irrisorio? ¿Y si lo que hoy interpretamos como verdad es tan sólo otra construcción de la realidad ajustada al actual contexto socioeconómico?

Después de todo, cuando durante el Renacimiento comenzaron a abrirse los cuerpos se continuó observando un pene invertido y no un útero (Laqueur, 1994). Es decir, no fue la observación o un avance científico lo que habilitó una nueva lectura de los cuerpos, sino un cambio socioeconómico. Crear genitales sexualmente dimórficos, esto es, sólo dos formas dentro de la especie, instaló la idea de cuerpos cualitativamente diferentes y opuestos, garantizando además una barrera infranqueable entre los roles sociales que cada cuerpo encarnaba. A fin de compararlas en términos cuantitativos, tales diferencias se proyectaron en un órgano en común: el cerebro, que consecuentemente debería “funcionar de manera distinta” en ambos casos, para garantizar las funciones del resto del cuerpo. Desde entonces, el ejercicio de la maternidad y el ejercicio intelectual se plantearon como dos actividades antagónicas, y la energía (esto es la actividad cerebral/mental) debía invertirse según el destino biológico que a “cada sexo” le correspondía.

Les propongo que pensemos por qué la lectura dicotómica es “más verdadera” que la lectura unisex de los cuerpos que prevaleció hasta adentrado el siglo XVIII ¿Es el avance científico alcanzado en nuestros días garantía de un mayor entendimiento de las diferencias biológicas entre los sexos? Proyectémonos dentro de 100 años y veamos qué argumentos fundados en nuestro conocimiento actual habría para respaldar por qué la lectura que hoy tenemos de los sexos es evidentemente incorrecta.

No es cierto que existan sólo dos composiciones de los cromosomas sexuales, XX o XY ˆ. En efecto, se conocen múltiples cariotipos en relación con tales cromosomas (Fausto-Sterling, 2006). Asimismo, este hecho es válido tanto respecto de las gónadas como de los genitales: no son sólo dos formas, ovarios o testículos/vagina o pene, las que existen en la naturaleza. En estos niveles —genético, gonadal y genital—  me parece pertinente subrayar que el criterio de excepcionalidad como desvío de una naturaleza dicotómica es una creación androcéntrica sustentada por la estadística normativa implementada desde el siglo XIX. ¿Es ético referirnos a “desvíos” dentro de la especie humana”? En efecto, esta manera tajante de interpretar los sexos también sesga nuestro conocimiento respecto de otras especies, donde no todas tienen los mismos mecanismos de diferenciación sexual, incluso dentro de los mamíferos.

Por ejemplo, se encontraron ciertos roedores machos que no tienen cromosoma Y, siendo aún desconocido cómo opera la diferenciación del tejido genital (Rosenfeld, 2017). Además, existen ciertos reptiles y peces cuyos mecanismos de diferenciación sexual son dependientes de la temperatura del ambiente (Ibid.), mostrando que las expresiones fisiológicas son adaptables al entorno y mucho menos rígidas que la descripción hasta hoy hecha por la ciencia occidental. Sumada a estos hechos, la manera en que interaccionan genes y hormonas se encuentra lejos de responder a formas dimórficas. Por ejemplo, del 33 al 50 % de los “hombres” desarrolla ginecomastia. Es decir, presentan pechos con forma de “mujer”. También, entre un 5 y un 10 % de las “mujeres” presentan formas faciales y crecimiento de vello característico de los “hombres” (Joel, 2011).  

En otras palabras, a medida que avanzamos hacia la complejidad que supone nuestra expresión biológica nos alejamos de los criterios normativos dicotómicos. Asimismo, nuestra constitución biológica —genes y gónadas—  también se encuentra afectada por nuestras prácticas sociales. Es decir, nuestros estilos de vida, inherentemente asociados a nuestros roles de género, impactan en nuestra constitución biológica, confluyendo en una expresión biológica singular para cada uno y cada una, expresión indisociable de nuestra experiencia individual. Debido a su alta plasticidad, nuestro cerebro es el órgano que mayor manifiesta este hecho: cada cerebro es único.

Ante este escenario, las investigaciones neurocientíficas que justifican en términos evolutivos divergencias en el funcionamiento de los cerebros de “hombres” y “mujeres” reproducen los sesgos sexistas y androcéntricos que sostuvieron que el ejercicio intelectual antagonizaba con el ejercicio de la maternidad. Es decir, partiendo del supuesto de que existen dos cerebros, buscan correlaciones a las que le asignan un rol causal debido a la diferenciación cerebral durante el estadio fetal. Tales correlaciones son usadas para explicar las diferentes habilidades cognitivas y conductas sociales “entre los sexos”. Sin embargo, en primer lugar, al igual que la craneología del siglo XIX, se comete el error de equiparar estructura y función. Entonces, cuando supuestamente se encuentran estructuras propias para “cada sexo”, suele asumirse que tales diferencias son el reflejo de distintos funcionamientos. Pero distinta estructura no implica distinta función. En segundo lugar, nuevos hallazgos sugieren que clásicas estructuras identificadas como supuestamente dimórficas, asociadas a distintos desórdenes neuronales más prevalentes en “uno u otro sexo”, no lo son (Tan et al. 2015; Marwha et al. 2016). Las mayores prevalencias ¿no podrían deberse entonces a nuestras prácticas de género? Es decir, de encontrarse correlaciones entre determinada patología y cierta estructura o patrón de activación, o incluso correlaciones sexo-específicas para ciertas habilidades y conductas, pueden ser consecuencias de nuestras prácticas culturales, y no deberse a una programación biológica. Sin embargo, el hecho de que no exista un cerebro igual al otro sugiere que aún las prácticas normativas del género son trascendidas por nuestra capacidad de agenciamiento individual.

Ante estos argumentos podríamos pensar en actividades que claramente comprueban la validez de caracterizar las categorías “hombres” y “mujeres” como verdades biológicas. Por ejemplo, el deporte. Pareciera que la testosterona fuera un agente causal, si no el único sin duda el principal, para argumentar la segregación por sexo. Sin embargo, es asombroso corroborar que en realidad no existen estudios que analicen directamente la correlación entre los niveles endógenos de testosterona y la habilidad atlética.

Aún así, actualmente se implementa la medición de testosterona en mujeres cis, y se excluye a las mujeres trans, para comprobar si alguna “es muy masculina” para competir con otras “mujeres”, asumiendo que mayor concentración de testosterona implicaría una ventaja (Karkazis, 2012). Sin embargo, aunque en los “hombres” los niveles endógenos de testosterona son aproximadamente diez veces superiores a los de las “mujeres”, las diferencias en la fuerza y el desempeño atlético “entre los sexos” no reflejan este hecho, dado que son pequeñas, existiendo solapamientos. En este sentido, no se conocen los efectos de la testosterona en términos individuales, habiendo además una gran variación en las concentraciones entre individuos de “un mismo sexo”. Estudios realizados en personas, utilizando placebo como control, tampoco encontraron una correlación entre el aumento de testosterona y el estado anímico, la libido, el desempeño cognitivo o la agresión (Ibid.).

En cambio, otras variables biológicas no son exploradas a la hora de evaluar posibles “ventajas” en el deporte. Por ejemplo, muchos corredores, corredoras y ciclistas tienen una variación rara en su ADN que les da una mayor capacidad aeróbica e increíble resistencia contra la fatiga. También existen mutaciones en el gen ACE, asociado al crecimiento y la eficiencia muscular, y en el gen NOS, que afecta el flujo sanguíneo y el músculo esquelético. Estas mutaciones no son tenidas en cuenta. Tampoco se evalúa como posible ventaja una visión perfecta en juegos como el béisbol, o la acromegalia en básquet, que se caracteriza por manos y pies excepcionalmente grandes (Ibid.). En definitiva, la hiperandroginia (mayores niveles de testosterona de lo “normal”) es un fenómeno que ocurre de manera natural y otra variable más del cuerpo humano, pero está lejos de haberse probado que es una, o la única, variable a tener en cuenta para explicar las diferencias en el rendimiento deportivo entre las personas.

Lo que sí puede explicar las pequeñas diferencias “entre los sexos” en la fuerza y el desempeño atlético, son las condiciones estructurales. Asumiendo que la fuerza física de las “mujeres” es inferior, en las competencias juegan menos sets en tenis o corren menores distancias en patín.  Asimismo, la división por sexo en deportes como el billar o el ajedrez evidencia que dicha segregación trasciende supuestas verdades biológicas físicas que implicarían ventajas, siendo su real objetivo continuar sosteniendo las categorías dicotómicas de los sexos.

 

¿Cómo debemos interpretar la lectura de los sexos?

Entender la actual lectura de los sexos como un modelo dual, no dicotómico, para aproximarnos a la contribución que nuestra constitución biológica tiene en la prevalencia, vulnerabilidad, desarrollo, y tratamiento de ciertas enfermedades, es un recurso metodológico válido. Asimismo, el género como categoría de análisis no debe ser sólo implementado por las ciencias humanas y sociales, sino también por las ciencias biológicas, dado que se ha comprobado cómo los hábitos asociados a los roles de género impactan en nuestra expresión biológica, siendo ciertas prevalencias el resultado de los roles de género, independientemente del sexo de las personas.

Este modelo dual nada debe decirnos acerca de nuestras capacidades, siendo cada unx de nosotrxs seres con significación propia, caracterizados por nuestra singularidad, algo también necesario de contemplar en la investigación biomédica y la práctica clínica. Romper con una lectura dicotómica es esencial para diluir la lectura jerárquica de los cuerpos, deconstruyendo un sistema de valores que desalienta al género femenino a orientarse hacia intereses que son etiquetados por el régimen patriarcal como propiedad masculina (y viceversa).

Quizás, en sociedades futuras sea evidente que la razón no se encuentra disociada de la emoción, que la objetividad sólo se alcanza a través de consensos intersubjetivos y que la neutralidad es un valor en sí mismo. Que ni “hombres” ni “mujeres” están predispuestos de manera innata hacia tareas específicas, siendo, en el caso de existir tal disociación y predisposición, la construcción de los roles de género la que las explica. Quizás, el día de mañana logremos interpretar las nociones “hombre”- “mujer” como categorías ideales con fines prácticos en términos de salud, al servicio de la expresión biológica de cada uno y cada una de nosotros, sexos reales, singulares, y no como limitantes de nuestras potencialidades.

 

¹ Debido a que utilizaré las nociones de “hombre” y” mujer” en el marco del discurso científico, las asumiré como conceptos biológicos (xy y xx respectivamente). En otras palabras, me referiré a ellas desde una perspectiva cis, prefijo usado para remitir a aquellas personas que no son trans. El uso de comillas es para enfatizar que las considero categorías normativas, y no naturales. En el mismo sentido, usaré comillas al remitirme a los sexos como dicotómicos, dado que caracterizo que dicha lectura es propia del régimen patriarcal. Asimismo, caracterizo dicho régimen como jerárquico, heteronormativo y cisexista. Es decir, construye la idea de “hombre” como superior a la idea de “mujer”, y la heterosexualidad y la cisexualidad como equivalentes de sanidad psíquica y física.
² Como describe Diana Maffía, la dicotomía presenta dos características fundamentales. Es excluyente, es decir, en este caso, se es “hombre” o se es “mujer”. Además, es exhaustiva, no existen nada más que esas dos categorías (Maffía, 2008).
³Destaco que el sistema de valores dicotómicos trasciende los sexos, encarnándose en los roles de género femenino/masculino, independientemente del sexo de quien asuma dicho rol. Sin embargo, tal como describí al comienzo, al ser el discurso científico predominante cisexista, y biologicista, el género termina siendo leído como una consecuencia inherente al sexo, por lo que el rol de género se interpreta como una consecuencia de ciertos subyacentes biológicos.
ˆLa especie humana tiene 23 pares de cromosomas. Un par son los cromosomas sexuales. De acuerdo con el discurso científico actual, dicho par es dimórfico (esto es sólo dos formas), siendo XX el correspondiente a la “mujer”, y XY al “hombre”, cualquier otra variante, es considerada un “desvío” de la composición “normal”.

 

*La autora es Doctora en Estudios de Género por la Universidad de Buenos Aires.

 

Bibliografía
Fausto-Sterling, A. (2006). Cuerpos Sexuados, la política de género y la construcción de la sexualidad. (Trad. A. García-Leal). Barcelona: Melusina
Fox Keller, E. (1991). Reflexiones sobre Género y Ciencia. (Trad. A. Sanchez). Valencia: Alfons el Magnánim.
Joel, D. (2011) Male or female? Brains are intersex. Frontiers in Integrative Neuroscience, 5, art. 57. doi: 10.3389/fnint.2011.00057
Karkazis, K (2012) Out of Bounds? A Critique of the New Policies on Hyperandrogenism in Elite Female Athletes Am J Bioeth. 12(7): 3–16. doi:10.1080/15265161.2012.680533
Laqueur, T. (1994). La construcción del sexo, cuerpo y género desde los griegos hasta Freud. (Trad. E. Portela). Madrid: Ediciones catedra
Maffía, D. (2008). Contra las dicotomías: Feminismo y epistemología crítica. Recuperado el 6 de febrero de 2017, de http://dianamaffia.com.ar/archivos/Contra-las-dicotom%C3%ADas.-Feminismo-y-epistemolog%C3%ADa-cr%C3%ADtica.pdf
Marwha, D et al. (2016) Meta-analysis reveals a lack of sexual dimorphism in human amígdala volumen NeuroImage 147, 282–294
Rosenfeld, C (2017) Brain Sexual Differentiation and Requeriment of SRY: Why or Why not? Front. Neurosci. 11:632. doi: 10.3389/fnins.2017.00632
Schiebinger, L. (2004). ¿Tiene sexo la mente? Las mujeres en los orígenes de la ciencia moderna. (M. Cóndor). Madrid: Ediciones Cátedra.
Tan, A et al. (2015) The human hippocampus is not sexually-dimorphic: Meta-analysis of structural MRI volumes. NeuroImage 124, 350–366
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