Cómo pedir igualdad en el capitalismo (o sentarse a esperar que realmente suceda)

Por Manu Martinez para Revista Palta

 

No tuvo que ver con dejarme crecer pelos en las axilas, convertirme en una persona malhumorada y empezar a odiar a los hombres. Nada de eso pasó. Fue más bien empezar a cuestionarme un rol que me había sido impuesto, y al que -durante muchos años- obedecí sin preguntar.

Nací machista. Fue lo que me enseñaron. Y si bien jamás dije, o me dijeron, -explícitamente- que los hombres eran “superiores” a nosotras, me llené de mandatos y de exigencias inconscientes sobre lo que significaba ser mujer, que tuve que aprender a desprogramar cuando decidí volverme feminista. Fue un acto consciente.

Creo que siempre lo es; y que cuesta. Tiene que ver con desprogramar una mentalidad y una cultura que están arraigadas en la formación que recibimos: tenemos una educación machista, una economía machista, una política machista. Y tenemos, a la vez, un movimiento cada vez más arrollador de mujeres que viene pidiendo derechos con una potencia infernal, invadiendo las plazas, recuperando las calles. Mujeres que le pedimos a un Estado que no otorga, que nos sentimos abrumadas por una sensación de impotencia. Llenas de consignas feministas a las que les falta -o les faltaba- una perspectiva, un qué, un cómo.

De eso se trata Economía Feminista, de darnos una base sobre la que construir el camino para marchar. De desmenuzar criterios, conductas, estereotipos y enfoques de la economía mundial con un filtro feminista. De poner en datos empíricos ejemplos de desigualdad, mostrar la ausencia, hacerla visible. Cuestionando prejuicios que van desde temas más urgentes como la violencia machista o el derecho al aborto legal; hasta la pobreza sexista, la publicidad, la educación sexual, la falta de tiempo, la maternidad, el ejercicio del amor propio, la inclusión de variables LGTB en los modelos económicos. Se trata de, pedagógicamente, recorrer e interpelar el rol que las mujeres ocupamos en el sistema económico-político-social dominante: el capitalismo.

La autora argumenta que si la desigualdad es una cuestión económica, entonces el principal problema económico es el género: las mujeres, mitad de la población mundial, hoy son minoría en todos los ámbitos en los que se toman decisiones de peso y donde se piensa nuestra época. Parlamentos, gobiernos, ciencia, medios de comunicación, empresas multinacionales, tecnología, arte, filosofía, literatura. Y disputar estos lugares tiene que ver con transformar la manera en la que pensamos el rol de la mujer en toda la historia pasada.

¿Podemos aspirar a un mundo igualitario cuando ni siquiera reconocemos el trabajo cotidiano de millones de mujeres? ¿por qué nunca está en juego que quien se quede en la casa sea el padre?

A pesar de que ya no vivimos como en los años 60 -en la fantasía de la mujer ama de casa y el hombre proveedor-, algo de esa distribución se mantiene: “En la Argentina, nueve de cada diez mujeres hacen labores domésticas (trabajen fuera del hogar o no), mientras que cuatro de cada diez varones no hace absolutamente nada en la casa (aunque estén desempleados)”.

Mercedes hace visible la actividad -indispensable en el funcionamiento de toda la sociedad- que realizamos las mujeres de manera gratuita. Y explica que, si bien está muy naturalizado, esa es la razón por la cual trabajamos menos por fuera del hogar, con empleos más precarios, salarios más bajos, y que también seamos las más afectadas en situaciones de crisis: con los recortes presupuestarios lo primero que se recorta son servicios sociales, educación, salarios docentes; todos campos en los que hay más mujeres. Somos nosotras incluso las que, en momentos de recesión, dejamos nuestras propias ocupaciones para convertirnos en enfermeras de nuestros hijos o padres mayores al no haber jardines maternales o geriátricos disponibles.

Reorganizar esta estructura es fundamental. No es sólo una cuestión de hombres o mujeres, tiene que ver con pensar en quién se ocupa de tales tareas, si los servicios tienen que estar profesionalizados, quién los paga, qué les corresponde a las empresas, cuáles son las necesidades que el Estado tiene que cubrir, quién cuida y cría a los niñxs, qué lugar se le da a la familia y, también, qué es una familia.

Pasando por referencias culturales tan variadas como South Park, Virginie Despentes, Silvia Federici, Zoolander, Mafalda, Alfonsina Storni, Los Simpsons, Virginia Woolf, El diablo viste a la moda y más, que sirven para acercar y para hacer más amigable el camino; Mercedes D’Alessandro cuestiona al sistema entero, lo incomoda. Lejos de los textos académicos, nos invita lxs que la leemos a entender la relación funcional que se da entre patriarcado y capitalismo, a aprender a pensar lo personal como político, lo cotidiano como económico.

A entender la necesidad que tenemos de que más mujeres ocupen puestos de poder. Más creativas publicitarias como Peggy Olson, más periodistas como Ellen DeGeneres, más CEOs como Barbie (que es la única de nosotras que logra aparecer en el buscador de imágenes de Google) y, claro, más economistas como Mercedes.

Con su libro, me ayudó a reafirmarme como feminista y me dio herramientas para hacerlo. Material teórico que sirvió tanto para sustentar mi ideología y apoyarme en argumentos más firmes, como para hacerme reflexionar sobre otras cuestiones que me inquietaban, que me tenían dudosa, indecisa. La base que me faltaba para opinar con seguridad y cuestionar lo que es obvio y lo que no lo es tanto.

Entendí que está a mi alcance la tarea de transformar el mundo que me tocó en el mundo en el que quiero vivir. Y que puedo hacerlo con o sin maquillaje, con o sin pelos en las piernas, con tacos o en zapatillas.

Mercedes me inspira. Hablo en presente porque su libro se transformó en una suerte de Biblia a la que vuelvo cada tanto. Que me sirve para entrenar una mirada crítica en todo momento, incluso a la hora de ir a un restaurant, hacer las compras o mirar la tele.

Economía feminista funciona así, como un manual para entender al movimiento como un llamado político a la igualdad y a la diversidad. Para que lo lean mujeres y varones, lxs feministas y lxs que dudan de nuestra lucha.

No es un anexo, un capítulo aparte dedicado a las mujeres; sino una construcción teórica nueva. La revolución conceptual que tenemos que abrazar si no queremos seguir encaminándonos a un futuro como el de los Supersónicos, con una reestructuración espléndida a nivel de diseño urbano, pero donde los roles de género siguen intactos: “La economía feminista es revolucionaria o no es, porque no se puede conseguir igualdad en un mundo de opresión, porque no hay igualdad en un mundo de pobreza, porque no hay igualdad en un mundo de explotación”.

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