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¿Con los ojos cerrados ves mejor? Sobre las mujeres y las matemáticas

Por Paloma Urtizberea García

 

Estoy por terminar la Licenciatura en Física. Y, aunque no es lo que más me identifica (antes podemos hablar de que mido menos de un metro cincuenta o de que soy un poco mandona), suele ser lo más llamativo. No tanto por la disciplina , sino por ser mujer y dedicarme a eso. “Ah, debes ser la única”, es la primera frase que escucho cuando me preguntan qué hago de mi vida. No, no soy la única. Somos pocas, sí, pero no soy la única.  Dado el panorama, pensar por qué somos pocas es casi una reflexión obligada , en la que enseguida se viene a mi mente esta foto, una de las más conocidas de la historia de la ciencia:

Conferencia de Solvay, Bruselas, 1927

 

17 de los 29 retratados son premios Nobel. Todos determinaron el curso de la física moderna e hicieron aportes que cambiaron nuestra visión del Universo, en gran parte vigente hasta el día de hoy. Pero detengámonos un segundo y miremos con atención: ¿cuántas mujeres vemos? Una. Sólo una. Marie Curie, probablemente la física más extraordinaria que existió hasta el momento, ganadora no de uno, sino de dos premios Nobel y poseedora de una inteligencia que admiro. Si hubiera que hacer un “sin repetir y sin soplar” de matemáticas, físicas e ingenieras, estoy segura de que se podría ganar nombrando tan solo a diez. Y el problema no es su ausencia, o la calidad de sus aportes, sino la dificultad para conocerlas.

 

Nunca me había considerado feminista, no por rechazo al término sino por desconocimiento. Recién cuando empecé a sentir trabas en mi quehacer laboral cotidiano, sólo por ser mujer, entendí la necesidad de las feministas cada vez seamos más y lo digamos en voz alta. Porque si ser mujer significa que las preguntas que me hago son menos válidas que las de un hombre, que las conclusiones que saco deben ser puestas en duda más que las de cualquier varón, y en especial, que mi profesión “no es para mí”, entonces tenemos un problema. No es el mismo que tuvo Marie Curie en su época, pero seguimos teniendo un problema. Y el primer paso para solucionarlo es tratar de entenderlo. ¿Por qué vivimos en una sociedad que sigue fomentando estereotipos? ¿Por qué en 2017 seguimos teniendo que luchar por un espacio que siempre debió ser de todos?

 

Desde esa foto hasta hoy, las cosas en ciencia cambiaron bastante. La situación de la mujer en el mundo no es hoy la misma que la de 1927. Marie no era aceptada en la Academia de las Ciencias por mujer, y pensar en ese tipo de prohibiciones en el siglo XXI es casi inimaginable. Aunque las limitaciones, el techo de cristal y el bajo porcentaje de mujeres en STEM sigue siendo igual de preocupante. ¿Por qué somos pocas las físicas, matemáticas o ingenieras? ¿Por qué persistimos en la idea de que hay ciertas disciplinas que son cosa de varón? Hay buenos argumentos al respecto, tanto desde la perspectiva biológica como de la socio-cultural, pero no terminan de convencerme. Siempre que el determinismo biológico (área del conocimiento que describe la creencia de que el comportamiento humano es controlado por la carga genética de un individuo) se interpone en la discusión el terreno se hace pantanoso. Es cierto, hay limitaciones biológicas, las tenemos todos. Pero hasta ahora, no hay evidencia que muestre que mi capacidad cognitiva, mi habilidad analítica o mi destreza lógica sea inferior a la de los  hombres sólo por ser mujer.

 

Si nos metemos en el aún más pantanoso terreno de las preferencias, empieza a pesar el contexto social, la evolución histórica de la humanidad, y entender la biología empieza a ser mucho más complejo que entender el cuerpo. Podría ser que los cerebros de las mujeres, al ser estudiados, reflejaran menos interés o placer que el de los hombres al ver una operación matemática compleja. Eso puede llevar a la realidad de que sean menos las mujeres que decidan  estudiar ciencias duras e ingenierías. Ahora, ¿cómo se generan el interés y el placer por las cuentas? ¿Qué pasa si es la idea de que no son lo suficientemente “brillantes” o que no son “tan buenas” en matemática como los hombres la que las lleva a creer que carreras “duras” no son lo suyo?

En una reseña publicada por Harvard en 2005, Elizabeth  Spelke, psicóloga cognitiva directora  del Departamento de Estudios del Desarrollo del área de psicología concluyó que no hay evidencia para suponer algún tipo de diferencia de género en la capacidad matemática. Estudios de neuroimágenes y de comportamiento de la cognición tanto en adultos como en niños y niñas sugieren que el talento para la matemática y el pensamiento científico tienen una base genética considerable independiente del género.

Las diferencias de género en la performance en matemática se ven a partir de la adolescencia, momento en el que los roles de género ya han sido asumidos y el contexto social  marca las reglas del juego. A esa altura del partido, en la que están a punto de ingresar a la universidad, tanto hombres como mujeres ya han definido sus intereses y orientado sus prioridades en base a múltiples factores externos que, como vimos, son ajenos a una capacidad cognitiva diferenciable.

Un estudio de la Universidad de Princeton publicado por la revista Science en enero de 2015 sugiere que en el imaginario popular determinadas áreas del conocimiento, tales como la matemática, la física y la filosofía requieren determinados atributos innatos como inteligencia o brillantez, mientras que otras son más conocidas por requerir empatía o capacidad de esfuerzo. El trabajo sugiere una correlación entre aquellas áreas para las que creemos que se necesita cierto talento innato y el hecho de que los departamentos académicos de dichas áreas cuenten con menores porcentajes de mujeres desempeñando funciones.


En Argentina, los datos escasean. El último reporte de mujeres en física es del 2000 y tampoco hay datos sobre la situación universitaria de las ciencias exactas ni ingenierías desde 2013. No hay datos sobre infancia y género ni sobre desempeño según área académica diferenciado por género en la primera infancia. Este hecho dificulta la capacidad de acción en el área. ¿Cómo pensar estrategias de intervención si la información escasea? ¿Cómo plantear soluciones a un problema que supone un complejo entramado del que poco sabemos y poco nos preguntamos? Todo indica que el camino a recorrer es largo y queda mucho por investigar, aún más por hacer. Las mujeres en ciencia no superan el 30% en ninguna parte del mundo, y el porcentaje se reduce si hablamos de mujeres ocupando cargos de alta jerarquía.

En el último tiempo varios medios de comunicación cubrieron el tema adjudicando el problema a una falta de estímulo en la adolescencia además de una falta de modelos representativos (en general los científicos que estudiamos en la escuela son varones). Hoy vemos que el problema supone un entramado mucho más complejo, en el que los estereotipos están presentes en la propia construcción de conocimiento científico. La importancia de que seamos más las mujeres que trabajemos en áreas STEM es vital para sumar diversidad y una nueva perspectiva al área, que permita que la ciencia, que es la manera más confiable que tenemos de conocer las cosas, no refleje solamente la manera de ver el mundo de los varones.

Hacen falta más chicas mostrando que se puede tener una carrera exitosa en las ciencias exactas, disfrutarlo y que mujeres y matemática son dos palabras que pueden ir en una misma oración.

 

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