Por Mayra Zak y Amalia Arias Gozurreta

En el mundo se utilizan más de 5000 eufemismos para hablar de menstruación. En este artículo no se usará ninguno.

De acuerdo a un relevamiento realizado por la consultora de Recursos Humanos Mercer, la brecha salarial promedio en Argentina entre hombres y mujeres es de un 33% (por supuesto que esto cambia según la industria y los niveles jerárquicos, pero para este artículo, este dato es más que suficiente). Un 33% menos quiere decir que por cada peso argentino que gana un hombre una mujer gana sólo 66 centavos, y a esto se le suma que el número de mujeres desocupadas (57,8% según la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC) es bastante más alto que el de hombres (36,3% según la misma fuente). Hasta acá, nada nuevo bajo el sol. Las discusiones sobre la brecha en la capacidad adquisitiva, ampliamente denunciada por los movimientos feministas, comienzan a pisar fuerte; sin embargo, hay otra brecha que no tenemos tan presente. No solo las mujeres ganamos menos sino que, por tener este determinado arreglo de cromosomas, las cosas nos cuestan más. Y si bien podemos evitar comprar productos que por ser de color rosa o estar “pensados para mujeres” salen innecesariamente unos pesos más caros, hay un gasto que nos es casi inescapable: el de menstruar.

Durante casi 40 años de nuestras vidas (los años en los que menstruamos) las mujeres estamos obligadas a comprar mes a mes productos para gestionar nuestra  menstruación. Productos destinados a hacerle creer al mundo que no sangramos, no tenemos dolores, olores o incomodidad alguna. Por razones que no elegimos se nos impone un gasto que los hombres, quienes ya de por sí tienen ingresos más altos que las mujeres, al no menstruar, no tienen. Más aún, a diferencia de los métodos de planificación familiar (como preservativos, pastillas anticonceptivas y DIU) que son, o al menos deberían ser, distribuidos por el Estado de forma gratuita para ambos sexos, no hay ninguna política que asegure que las mujeres tengamos acceso gratuito e irrestricto a estos productos.

Unidas y organizadas: la Logia de las Copas

Hace unos días, entre varias chicas (mujeres que menstrúan una vez al mes regularmente) decidimos comprar las cada vez más famosas copas menstruales. Hay que admitirlo, comprando directamente a la empresa que las fabrica en packs de tres unidades el descuento que obtuvimos fue casi simbólico, pero abrió las puertas a que seis mujeres que no nos conocíamos entre sí habláramos abiertamente acerca de nuestra menstruación, de cómo lidiamos con ella y de qué expectativas nos generaba nuestra flamante adquisición.

Ilustración de  Gabrielle a.k.a. Belligera

En medio de esa excitación nos surgió una pregunta: “¿realmente ahorraremos plata con esto?” (tal como prometen todas las marcas de copas). La respuesta no necesita mucha vuelta: sí, se ahorra. El asunto queda reducido entonces a cuánto es que se ahorra en un determinado período. Acá hay que hacer un pido gancho como cuando éramos chicos: las copas menstruales están hechas de una silicona cuyo uso en seres humanos está certificado por diez años por la Agencia Ejecutiva de Consumidores, Salud, Agricultura y Alimentación de Europa y por cinco años por la local ANMAT, y todo indica que pueden durar aún más si son cuidadas y esterilizadas siguiendo estrictamente las indicaciones del fabricante. Su costo hoy en nuestro país oscila entre los 400 y los 600 pesos y aunque puede parecer una inversión inicial escandalosa, vamos a ver que se recupera más rápido de lo que podríamos haber imaginado.

El potencial ahorro, sin embargo, no es el único beneficio por el que muchas mujeres eligen comenzar a usar la copa menstrual. A diferencia de lo que ocurre con toallitas y tampones, la copa menstrual opera como método de recolección y no de absorción. Esto brinda la posibilidad de tener un mayor conocimiento del cuerpo; permite medir el volumen de flujo recolectado y observar variaciones (una posibilidad muy valorada por mujeres con alguna patología que las obliga a registrar sus sangrados). Incluso, es capaz de recolectar hasta cinco veces más que cualquier método tradicional, disminuye pérdidas y la necesidad de hacer que nuestra ropa interior entre en contacto con adhesivos, colaborando a conservarla mejor y por más tiempo. Nos ahorra tiempo de espera en colas de último momento en la farmacia ya que garantiza que no nos quedemos sin insumos para gestionar el sangrado y elimina, en un contexto en el que la menstruación sigue siendo tabú, tener que preguntarle a Laura, tu compañera de trabajo que no tenes ni idea de por qué está ahí sentada, si tiene una “entrada” o alguna otra palabra clave de las que proponen las publicidades —con chicas preciosas, jóvenes, flacas y felices con sangre color azul francia— que tratan a la menstruación como si fuera un secreto de Estado.

Por otro lado, al estar hecha con una silicona certificada, al contrario de lo que ocurre con tampones y toallitas, nos es posible conocer su composición y si tiene riesgos o contraindicaciones. Los productos de cuidado femenino no son considerados artículos médicos y por ello no están sometidos a controles rigurosos. De hecho están bastante flojos de papeles. Por ejemplo, de acuerdo a una investigación de la UNLP, el algodón que los compone, en un 85% de los casos, da positivo en testeos de glifosato. Este herbicida es bastante controversial desde el punto de vista toxicológico y ambiental. Hay opiniones encontradas, teorías conspirativas, y muy poca información respecto a cuál es el mínimo tolerable, pero al igual que otros químicos, este es absorbido por nuestro cuerpo todos los meses sin regulación alguna.

Bueno, y entonces ¿cuánto ahorro?

Nuestras preguntas iniciales (y otras) se resuelven muy rápidamente, con un Excel e ingresando a la página de cualquier farmacia con venta online. Más allá de los valores promedio que tomamos, es importante mencionar que este número puede variar de mujer a mujer y que inclusive una misma persona puede ver cambios en la duración de su período a lo largo del tiempo.

Parecieran ser todas buenas noticias. Dependiendo de cuánto menstrue cada mujer y de sus hábitos, puede ahorrar una cantidad razonable de dinero. Es decir, inclusive si consideramos el precio más caro del mercado de copas menstruales y el gasto mínimo que tenemos mes a mes con los métodos tradicionales, en menos de 12 meses amortizamos la compra, con lo que, según la certificación por la cual nos guiemos, se nos garantizan entre 4 y 9 años de pura ganancia, cumbia y sustancia.

Sin embargo, siempre podemos hablar de invertir, amortizar y ahorrar en tanto tengamos una situación económica que nos permita probar, elegir y combinar distintos métodos. En el caso de las mujeres de bajos recursos, como siempre, todo se torna más difícil. Buscando información sobre la Canasta Básica, descubrimos que el “costo” de ser mujer se calcula solamente para la información alimentaria basado en cantidad de calorías por franja etaria. Detalle: las necesidades alimenticias de una mujer de 35 años se expresan como 0,77 puntos, siendo un hombre de 35 años la vara: 1. ¿Quién habrá aprobado esto? Por otro lado, esta Canasta Básica no incluye bienes no comestibles ni servicios. Aún más, chequeando los productos del programa Precios Cuidados, válidos entre el 6 de enero y el 7 de mayo de 2017, encontramos que mientras que hay 15 opciones distintas de shampoos y 13 de desodorantes, hay una sola opción de toallitas, en un empaque de 8 unidades (aunque los de mayor cantidad sean más convenientes) y ninguna opción de tampones.

Hasta acá, éramos dos mujeres de clase media paradas frente a nuestros métodos de cuidado femenino de cabecera pidiéndoles ayuda para llegar a fin de mes, pero quisimos llevarlo un poco más allá (ver también el Índice tampón)

Los resultados, multiplicados por un montón de mujeres

Usando la información del censo 2010 (último dato oficial) disponible en la página web del INDEC, encontramos que en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires vivimos 1.560.470 mujeres. Considerando que la edad promedio de la primera menstruación es a los 12 años y la de la última, a los 52; en la ciudad somos aproximadamente 834.983 mujeres menstruando una vez cada 28 días.

Es decir, en nuestros cálculos más conservadores y sencillos (casi todas alternamos métodos y compramos de más por las dudas), solo en CABA gastamos más de $632 millones al año (sin considerar la inflación) y, lo que es peor, desechamos al menos 167 millones de unidades de productos de protección femenina.

Como somos fans de los números, la cosa no quedó acá: CABA no es el centro del país, de hecho el conurbano bonaerense es la zona más densamente poblada del país y hay varias otras ciudades con millones de habitantes. Un par de clics más y obtuvimos que en Argentina vivimos 20.593.330 mujeres, de las que unas 11.922.532 (según los mismos parámetros utilizados para hacer el cálculo en CABA) estamos en edad de menstruar. Este número es estimativo y fluctuante porque —y esto es muy importante— no todas las mujeres menstruamos ni todas las que menstruamos somos mujeres. Sin embargo, es útil para tener una idea de la magnitud del mercado a nivel nacional.

Cuando los números pierden forma: los residuos

Si bien es “sencillo” (entre comillas porque no tenemos idea de cómo se ven $7.944 millones) imaginar qué pasa con las ganancias de la industria de la protección femenina tradicional, surge una pregunta menos obvia: ¿qué pasa con los al menos 2.309 millones de unidades anuales de desechos? Bueno, pasa lo mismo que con todos los desechos que generamos: se los lleva el servicio de recolección de basura y una combinación de máquinas y personas se encargan de transformarlos en relleno sanitario de un basural, para que nosotras no los veamos más. Esto deriva en un montón de nuevos problemas, que van desde el mal olor a la reproducción de “bichitos” transmisores de enfermedades, relacionados con el empeoramiento de la calidad de vida de las zonas aledañas que justamente suelen ser barrios carenciados y con escaso acceso a los servicios de salud.

Otra cosa importante es que los desechos femeninos no se separan de la basura común, incluso aunque contengan lo que en cualquier hospital, clínica o sanatorio se consideraría residuos patogénicos. Y, como si fuera poco,  la degradación de un tampón o una toallita es de entre 500 y 800 años. Sí, más años que los que pasaron desde que Colón llegó a América le lleva al producto que usaste unas horas dejar de ser residuo. Recolectando más data disponible en Internet (gracias, pestaña de incógnito de Chrome) intentamos cuantificar la cantidad de basura que generamos por el simple hecho de menstruar utilizando los métodos más tradicionales que el mercado tiene para ofrecernos:

Lo que ese cuadrito quiere decir es que cada mujer, dependiendo del método de protección que decida utilizar y la capacidad de absorción de éste de acuerdo a su período, tira entre 1 y 5 kilos anuales de residuos de este tipo. Si todas las mujeres en edad fértil de Argentina usáramos sólo tampones (3 unidades al día durante 5 días cada mes) y cada tampón llenase su capacidad mínima de absorción (unos 6 gramos) estaríamos desechando al menos 130.257 toneladas, que equivalen a 21.710 elefantes adultos rellenitos (perdón elefantes, son lo más pesado que se nos ocurrió). En el peor de los casos, hablamos de más de 5 millones de toneladas, que posiblemente sean más que todos los elefantes que habitan la tierra. (*)

A este artículo, y a estos números, llegamos casi sin quererlo. Surgió charlando sobre nuestros hábitos de salud menstrual mientras una hacía trámites y la otra perseguía programadores, en medio de nuestra vida cotidiana, algo que para las que estamos alrededor de los 30 hasta hace unos años era impensado.

Sin embargo, lo curioso no son nuestras preguntas iniciales sino los interrogantes con los que nos quedamos después de realizar nuestra pequeña investigación: ¿Qué pasaría si la distribución de copas menstruales fuese una política de Estado, al igual que los métodos de planificación familiar? ¿Las vidas de cuántas mujeres de sectores vulnerables se verían simplificadas por tener mejores condiciones de higiene, comodidad y no tener que pensar en llegar a comprar cada mes su actual método de protección femenina o en tener acceso a un baño varias veces al día para poder cambiarse?

Para nosotras, mujeres de clase media, la copa menstrual es uno entre varios métodos que nos pueden ayudar a tomar conciencia sobre lo que gastamos, lo que usamos en nuestros cuerpos y los desechos que producimos; al mismo tiempo puede ayudarnos a ahorrar tiempo y dinero o a adoptar hábitos más sostenibles y derribar muchos de los tabúes con los que fuimos educadas. En los estratos socioeconómicos más bajos, UNICEF señala, por ejemplo, que la menarca tiene vinculación directa con el ausentismo y la deserción escolar. En algunos casos, prácticas poco saludables que pasan de generación en generación combinadas con falta de recursos y de acceso a sanitarios derivan en un ineficiente manejo de la menstruación que puede tener importantes riesgos para su salud. Para ellas, la adopción de la copa menstrual tiene el potencial de cambiarles y hasta salvarles la vida.

La menstruación es un problema feminista, pero no por ser “cosa de chicas”, sino porque su gestión se nos impone como una práctica ineludible, aún hoy fuente de vergüenza y secreto, que supone costos que ni políticas estatales de control de precios ni de salud reproductiva nos ayudan a afrontar. Menstruar se vuelve, para la población menstruante – que además es la más desfavorecida por la brecha salarial– un acto político.

(*) Dato de color: de 2014 a 2016 se llevó adelante un “gran censo de elefantes”. Se calcula que hay algo así como 352.000 ejemplares. Sobrevolaron 18 países africanos para hacer el registro y creen que solo ahí están concentrados más del 93% de la población de elefantes del mundo.

Mayra Zak es Licenciada en Relaciones Internacionales (USAL), Maestranda en DDHH y Políticas Sociales (UNSAM)

Amalia Arias Gozurreta está en vías de Ingeniera electromecánica (UADE)

La PPA del tampón, o el índice tampón, nos dice qué tipo de cambio debería tener cada moneda para que los tampones cuesten lo mismo en todo el mundo