De techos de cristal y pisos pegajosos

Por Magalí Brosio

 

 

Resulta innegable que en la actualidad la agenda de géneros (o al menos una parte de ella) ha ganado peso a nivel global. Hoy en día, incluso los grandes conglomerados de medios o los organismos internacionales que históricamente menos preocupaciones de índole social mostraron parecen estar de acuerdo en que los “problemas de las mujeres” deben ser abordados con urgencia (aunque aquellos vinculados a la población LGBTTTIQ aún no gozan de tal jerarquía y continúan siendo postergados). Sin embargo, si bien este proceso ha sido progresivo para los movimientos feministas en muchos sentidos, no ha sido gratuito. La masividad conseguida a través de los segmentos más reticentes dentro de las esferas políticas y económicas ha tenido el costo de lavar las líneas y reivindicaciones históricas del feminismo para poder hacerlas “tolerables” (y en ocasiones incluso funcionales) para éstos.

Esto se ve claramente, por ejemplo, en la lucha por romper los “techos de cristal” aislada de un programa más amplio. Dentro de la literatura de la economía feminista, se denomina “techo de cristal” a una serie de barreras invisibles que impiden que las mujeres asciendan a puestos jerárquicos y de decisión en una figurativa escalera organizacional. Según un relevamiento realizado por Glue Consulting, en Argentina sólo el 4% de las empresas está dirigido por mujeres. Esto no es un fenómeno exclusivamente local: en la lista de CEOs de las 500 empresas más grandes del mundo solamente aparecen veinte mujeres (que representan también un 4%). Tampoco es algo que suceda solamente en el sector privado: la academia, los sindicatos, los partidos políticos y el sector público en general exhiben asimetrías notorias entre los lugares que ocupan varones y mujeres.

Cuando se exploran las causas de estos “techos de cristal”, si bien hay una multiplicidad de factores que contribuyen al fenómeno, se hace evidente que la asimétrica distribución del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado se encuentra en el núcleo mismo de la problemática. Es que las mujeres han logrado insertarse en el mercado laboral (aunque aún en peores condiciones que sus pares varones), pero este proceso se ha dado sin una redistribución más equitativa de las tareas hogareñas. Así, de acuerdo con los datos de la Encuesta de Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo realizada por el Indec en 2013 (único dato a nivel nacional del que disponemos ya que no se realiza este tipo de relevamientos de manera periódica), el 88,9% de las mujeres participan en este tipo de labores, a las cuales les dedican 6,4 horas diarias. Entre los varones, sólo un 57,9% declara haber realizado trabajo doméstico y por un total de 3,4 horas. Esta asimetría difícilmente sea producto de una desigual repartición del trabajo remunerado: las mujeres empleadas full time fuera de su hogar, por ejemplo, dedican incluso más tiempo a este tipo de labores que los varones no ocupados. De esta manera, la explicación que se presenta como más plausible es aquella vinculada con los roles y estereotipos de género que aún perduran. En este sentido, una investigación realizada por Gallup y la Organización Internacional del Trabajo mostró que aún en 2017, el 37% de los varones encuestados prefería que las mujeres de su familia se “quedaran en casa”.

Así, que una mujer avance en su carrera laboral implica necesariamente que “deje vacantes” las tareas domésticas que la sociedad le impuso. Entre las economistas feministas se suele hablar de “crisis del cuidado” para referirse al problema del trabajo de cuidados que queda “desorganizado” a partir del ingreso de las mujeres al mercado. Y ante la ausencia de políticas públicas que contribuyan a resolverlo, para aquellas que aspiran a ascender en la escala laboral se les presenta como única solución recurrir a la mercantilización del cuidado, que quedará justamente en manos de otras mujeres.

Sin embargo, la asimétrica distribución de las labores en el hogar no es solamente problemática para las mujeres que intentan acceder a cargos jerárquicos. Los “techos de cristal” se complementan con otro fenómeno que goza de menor fama (y cuenta con un nombre con bastante menos glamour) conocido en la literatura como “pisos pegajosos”, que hace referencia al proceso mediante el cual las mujeres tienden a quedar “estancadas” en los puestos de trabajo de menor calificación. Este tipo de empleos se caracterizan por ser de baja calidad, part time, a menudo informales y con salarios bajos; pero para muchas mujeres ésta constituye la única posibilidad de “conciliar” sus infinitas obligaciones hogareñas con la necesidad de acceder a algún tipo de ingreso, por más escaso que sea.

El ejemplo típico de este tipo de empleo es el trabajo doméstico remunerado. De acuerdo con datos del último trimestre de 2016, en Argentina este sector concentra a un 18% de las mujeres ocupadas y a un 22% del total de trabajadoras asalariadas. Entre estas últimas, y a pesar de las acciones dirigidas a la formalización de estos puestos de trabajo, la tasa de no registro asciende hasta un 76% (más del doble que la media de la economía), lo cual implica que tres de cada cuatro trabajadoras domésticas carecen de derechos básicos como aportes a la seguridad social, licencias por maternidad, aguinaldo, vacaciones pagas, etc. Entre quienes están empleadas en esta actividad, un 41% son migrantes, especialmente provenientes de otras provincias de Argentina y de países limítrofes y el 63% tiene el secundario incompleto o un nivel de formación incluso inferior. En relación con su rol familiar, un 42% se constituye como jefas de hogar (la mayoría de ellas son solteras, divorciadas o viudas).

De esta manera, queda claro que mientras no haya una redefinición del rol del Estado a través de políticas públicas que permitan una verdadera redistribución social radical de las tareas domésticas y de cuidado, la contrapartida de más mujeres CEO es necesariamente muchas otras ocupándose de este tipo de labores, a menudo en condiciones precarias. El feminismo nos enseña que la lucha por un mundo más justo e igualitario no puede desembocar en liberación para algunas a costa de más opresión para muchas otras. Así, romper los techos de cristal es, sin duda, una tarea fundamental del feminismo, pero esto poco nos acercará a una sociedad más equitativa si no está acompañado por una comprensión completa del panorama y por una exigencia de una redistribución más justa del trabajo doméstico y de cuidados.

 

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