Economía de Muñecas

Por Florencia Merino*

En Casa de Muñecas (1879, Noruega), Henrik Ibsen deja en evidencia como el dinero, facilitador del entramado económico que hoy conocemos, reparte determinados roles entre el varón y la mujer de la sociedad de ese entonces. Aquella bondad del medio de cambio, la de destrabar y aceitar las transacciones financieras, se inmiscuye en el hogar, modelando el comportamiento de una protagonista sumisa pero derrochadora, Nora, y su marido, Helmer, encargado de introducir el dinero en el núcleo familiar. En esta obra teatral, considerada como la primera expresión del feminismo, la economía se cuela casi sin querer, autorizando a que el dinero condicione la trama.

El conflicto que genera el dinero en Casa de Muñecas, se repite en la ciencia económica; aunque aquí el problema no radica sólo en quien lo maneja, sino en quien lo define. Los aportes al pensamiento económico de aquellas mujeres que se atrevieran a hacerlo, serían recibidos como de quienes juegan un juego de varones. Por esto, ellas harían Economía de Muñecas. En este masculinizado rubro, las pocas mujeres que trascendieron, comenzaron siendo economistas por hobby. La historia ha cristalizado a muchos nombres masculinos por su contribución a la teoría económica, más no el de muñecas.

Las fundadoras

Las primeras autoras relevantes fueron Jane Marcet, Harriet Martineau y Millicent Fawcett. Situadas entre el siglo XVIII y principios del XIX, dichas británicas escribieron cuando la teoría económica y el mismo capitalismo recién empezaban a desarrollarse. Como Adam Smith, consideraban que la economía como ciencia estaba cercana a la filosofía moral. Además, la forma en que se expresaban, en una época de pasiones refinadas, era a través de la literatura elegante que no se circunscribía sólo a cuestiones económicas. Mención aparte merece Harriet Taylor Mill, reconocida no sólo por sus obras sino por la influencia que ejerció sobre el pensamiento de su segundo marido, John Stuart. Harriet hizo reflexionar a Mill sobre la fuerza de trabajo de la mujer y su incorporación al incipiente sistema capitalista. Además, lo inspiró para desarrollar la teoría de la distribución de la riqueza en la famosa obra Principios de Economía Política, en la cual sólo figura el nombre de él como autor. Sin embargo, John recordó el arduo trabajo y dedicación de Harriet en su Autobiografía y en sus cartas a Friedrich Hayek (economista emblemático de la escuela austríaca).

A diferencia de las tres primeras, Harriet se caracterizó por ser menos muñeca, siendo su aporte más original para aquella época. Esto no significa que Marcet, Martineu y Fawcett no hayan sido “avanzadas”, ya que fueron las primeras mujeres en documentar ensayos de economía; sin embargo, Harriet propuso ideas radicalmente nuevas en un contexto que recién nacía.

Las graduadas

Pionera. Mary Paley Marshall (1850-1944) fue una de las primeras mujeres en estudiar economía en la Universidad de Cambridge, donde conoció a quien sería su compañero de vida –en ese entonces profesor-, Alfred Marshall. Durante los años en Cambridge, y hasta la muerte de su marido, Mary Paley ocupó el rol de secretaria, editora y ayudante de investigación en los escritos de Alfred. Además de ser profesora en varias universidades, fue anfitriona en las reuniones que se organizaban en la casa del matrimonio con personajes de la política y economía de la época, y alumnos de licenciatura que eran atendidos para sugerirles libros.

En el momento que ella desarrolló su vida profesional como economista no era corriente que las mujeres elijan ganarse la vida de manera autónoma a la de su marido. Esto influyó a que, conforme pasaban los años, las tensiones en el matrimonio crezcan: mientras Mary aumentaba sus esfuerzos para incluir a las mujeres en la educación superior, Alfred adoptó la postura contraria pese a que en su juventud se había mostrado simpático con la idea. En lo personal, Mary decidió aceptar un rol subordinado a su marido, pero también más pacífico que le permitió un mejor matrimonio. Sin embargo, esto no fue una complicación para ella dado que su educación durante su infancia  le enseñó a respetar y aceptar cómo eran los hombres de principios exigentes. Pese a la hostilidad, Alfred reconoció en el prefacio de Industry and Trade y  Principles of economics la ayuda y consejo de su esposa, aunque sin mención específica al contenido.

Su aporte como economista no fue ostentoso, no produjo ensayos ni libros importantes. Pero su paso por Cambridge no pasó desapercibido: no sólo enseñó allí, también intentó que el trato a las estudiantes sea el mismo que a los varones, luchó por conseguir puestos altos dentro de la universidad para las mujeres y guió a los estudiantes con esmero sin distinguir género.

Eminencia. Austera, vegetariana estricta y temperamental, una joven economista inglesa irrumpió en escena en el siglo XX. Esta muchacha enseñó, investigó y tuvo dos hijas. Leyó a Marx con empatía pero ojo crítico, intentando extraer los argumentos puramente económicos que demostraran que eran la base de la obra magna de John Maynard Keynes, la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero (texto que desencadenó una revolución en el pensamiento económico). Esto llevó a esta “keynesiana de izquierdas” a escribir sobre la teoría del capital y el crecimiento económico, tópicos que quedaron perpetuados en La Acumulación del Capital, título-homenaje a Rosa Luxemburgo. Aquel no fue su único aporte trascendental a la ciencia oscura, ya en 1933 había publicado Economía de la Competencia Imperfecta, donde reformó los postulados sobre la morfología del mercado hasta entonces vigente, que ofrecía competencia perfecta o monopolio, sin lugar a estructuras intermedias ni más realistas. Ella fue Joan Violet Robinson (1903-1983); una mujer que se formó de la escuela neoclásica en la Universidad de Cambridge, dejándose seducir luego por el marxismo, pero sin olvidar a Keynes: la economista inglesa era el único miembro femenino de un grupo selecto de intelectuales keynesianos, el Cambridge Circus, que contribuía a la exposición y difusión de la obra ya mencionada de Keynes. Su audacia y tenacidad le permitieron pasear por escuelas de pensamiento categóricamente distintas, aprendiendo de cada una algo y dejando su huella en todas.

Otras esposas-economistas relevantes fueron Elizabeth Boody Schumpeter (1898-1953; Universidad de Radcliffe) y Rose D. Friedman (1910-2009; Universidad de Chicago). Los nombres y aportes de sus respectivos maridos quedaron perpetuados en la historia del pensamiento económico. Por otro lado, vale destacar dos mujeres que sin tener título de economistas, dejaron su impronta en la ciencia oscura: Rosa Luxemburgo, crítica acérrima del capitalismo y su antítesis, Ayn Rand (1905-1982), defensora moral de él. La diversidad de pensamientos no debe opacar el factor común que une las une.

Al igual que Nora, que al final de la obra de Ibsen se quitó el disfraz de muñeca y se reveló contra la opresión ejercida por la estructura económica  y social, estas economistas se animaron a sentirse libres en un ambiente que no les pertenecía. Las mujeres citadas –y tantas otras que aquí no se nombran y otras más que la historia las dejó anónimas- hicieron Economía de Muñecas. Siendo su destino “natural” el de muñecas, ninguna permitió que el dinero (o la teoría económica) imprima esa estampa sobre ellas. Más de un siglo después de la obra de Ibsen, la distancia entre varones y mujeres afortunadamente se acorta, pero no se cierra. La economía y la ciencia en general necesitan más mujeres como Nora, no por su tremendismo final sino por su valentía para no pasar desapercibida.

 

 

*Economista (UBA). Analista económico en Consultora Exante. Podes escribirle a flor.merino@live.com

BIBLIOGRAFIA

 

1 comentario
  1. mercedes dalessandro
    mercedes dalessandro Dice:

    Qué lindo artículo. También entre las “esposas” está Peggy Musgrave, del famoso manual de Finanzas Públicas.

    Responder

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