, ,

Economía en bombacha

Este capítulo pertenece a la edición española del libro Economía feminista de Mercedes D’Alessandro. Si tenés la versión de Argentina o de México podés complementar la lectura aquí.

 

 POR QUÉ ES NECESARIA LA PERSPECTIVA DE GÉNERO EN LA ECONOMÍA

 

La Economía Política nace como ciencia con Adam Smith y la publicación de La riqueza de las naciones, allá por 1776. Unos 240 años después, la única mujer que entra en un top ten (e incluso en los 40 principales) de la historia del pensamiento económico es Joan Robinson.[1]Desde 1969 en que se entregó el primer Premio Nobel de Economía hasta ahora, una sola mujer lo ganó: Elinor Ostrom, politóloga estadounidense que compartió el reconocimiento con Oliver Williamson. Lejos de ponernos muy under, en 2015 la revista The Economist presentó un ranking de los 25 economistas más influyentes en el mundo. ¿Adivinen cuántas chicas había en la lista?… Cero.

El fenómeno es incluso más curioso porque no faltan mujeres en el oficio. En los Estados Unidos, alrededor del 35 por ciento de los doctores y el 40 por ciento de los masters en Economía son mujeres. Sin embargo, en 2017 ellas eran solo el 15 por ciento de los profesores titulares (su participación es más alta en cargos más bajos: por ejemplo, son alrededor del 30 por ciento de las ayudantes). Claudia Goldin, de la Universidad de Harvard, dice que hay una brecha del 16 por ciento en la probabilidad de ser promovido a profesor titular entre varones y mujeres, mucho mayor que en otras disciplinas. En esa universidad, probablemente la más prestigiosa en el mundo, la foto institucional muestra a 43 varones y solo 3 mujeres. En Europa, según la información consignada en los sitios web de las universidades, el 20 por cuento de los economistas senior son mujeres (dice una nota de The Economist). Lo mismo sucede en la Argentina, en donde la carrera de Economía de la Universidad de Buenos Aires (la más grande del país)[2]tiene una composición en las aulas bastante pareja, pero ellas no llegan al 15 por ciento de los profesores titulares y asociados. El techo de cristal también está instalado en este terreno, así como los estereotipos y el machismo.

 

 

La economía feminista, un camino en construcción

Vivimos inmersos en un reino de discusiones –sea en la sobremesa o en el Facebook- acerca de política, economía y posverdad. Más allá de las opiniones personales, hay muchas capas detrás de una medida o variable económica: discusiones políticas, conceptos, leyes de funcionamiento del sistema capitalista, planteos morales, ideología. Así como en la historia de la economía hay diferentes corrientes de pensamiento, en la economía feminista también nos encontramos con discusiones muy ricas acerca de conceptos, estrategias, metodología, entre otras, que posicionan a sus portavoces en diferentes cuerpos teóricos y líneas de acción política.

Una de las visiones más extendidas de la economía es la que solemos llamar neoliberal. Para el neoliberalismo, el capitalismo es un sistema que —si bien puede dar lugar a la desigualdad— permite y promete un camino hacia la felicidad y el bienestar social en tanto y en cuanto se dejen funcionar plenamente los mecanismos del mercado. El mercado es el lugar donde los individuos se encuentran e intercambian las cosas que produjeron y que necesitan; sus fuerzas fundamentales son la oferta y la demanda, las que deciden qué trabajos/productos son necesarios y a qué precio. Además, cada participante recibe lo que se merece en función de lo que aporta al proceso productivo, el trabajador recibe como salario el equivalente a su esfuerzo. No hay conflicto entre trabajadores y capitalistas, sino más bien una comunión de intereses: producir más y mejor, cuanto mejor le vaya al capitalista habrá más inversión y por tanto más trabajo. La desigualdad, desde este punto de vista, es el fruto de individuos que han tomado malas de decisiones, o han trabajado menos (no se han esforzado lo suficiente), o de un Estado que interfiere en el proceso económico con políticas distorsivas (impuestos, subsidios, fijación de precios, entre otras).

En el opuesto, encontramos la perspectiva económica marxista según la cual el capitalismo es una forma de organización de la producción social con una fuerza progresiva nunca antes vista en la historia de la humanidad, pero que está destinada a aniquilarse dando lugar a una forma superior de organización. El gran motor de ese cambio hacia otro orden social es la lucha de clases. Y la idea de aniquilación proviene de que «la acumulación de riqueza en un polo es al propio tiempo acumulación de miseria, de tormentos del trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto», como dice Marx en El capital. Es decir, el capitalismo funciona generando desigualdad a su paso, es su característica central; luchar contra la desigualdad es luchar contra el capitalismo. Marx ve, sin embargo, en esta fuerza productiva de la humanidad que se abre paso en los últimos 250 años, la posibilidad histórica de avanzar hacia una sociedad que pueda producir de acuerdo con sus necesidades (y no las necesidades del capital, que son crear más capital). Rosa Luxemburgo lo pone de un modo muy simple: las góndolas de los supermercados están llenas de alimento y miles de niños que no pueden consumirlos mueren de hambre. Entonces, ¿a qué fines se orienta la producción?, ¿cómo participamos de ella (qué le toca a cada uno y sobre la base de qué se distribuye lo producido)? Además, ¿por qué si la humanidad tiene la capacidad de pensar, organizar y planificar deja que «el mercado» sea el que organice la producción social de su existencia?, ¿es el mercado algo tan abstracto como parece?, ¿por qué el mercado favorece más a unos que a otros? El problema no es la capacidad productiva del capitalismo, sino sus relaciones sociales (de clase, de dominación).

En un lugar intermedio entre las dos posiciones anteriores, están aquellos que encuentran que el mercado no es tan eficiente como se cree para organizar la producción social, pero que la revolución socialista tampoco es la Tierra Prometida. Por tanto, transitando la amplia avenida del medio, proponen soluciones en las que el Estado tiene un rol preponderante a la hora de ofrecer bienes y servicios públicos, intervenir en los desequilibrios económicos (desempleo, falta de inversión, entre otros) con políticas activas (obra pública, incentivos al ahorro o al consumo, cambios en el sistema impositivo) y mantener de este modo el sistema funcionando: se proponen domar al capitalismo.

Cada una de estas formas de entender el funcionamiento del mundo presenta una construcción teórica, le asigna un lugar más o menos central al comportamiento individual, al mercado, al Estado o a la lucha de clases. Las relaciones entre los conceptos son diferentes, los objetivos de los sujetos económicos también. En la posición marxista, obrero y capitalista tienen intereses contrapuestos; entre neoclásicos y keynesianos, simplemente tienen intereses diferentes y que pueden entrar en contradicción o tejer alianzas —por eso el Estado tiene un rol allí a la hora de mediar entre ellos—.

La economía transita por estos caminos con frecuencia y la historia del pensamiento económico se nutre de las discusiones en torno a problemas cotidianos y conceptuales. Un denominador común de estos debates, sin embargo, es la ausencia de la perspectiva de género. Como hemos visto a lo largo del libro, no se trata de un capricho intelectual o una moda, sino más bien de reconocer que la realidad ha cambiado y que la mujer hoy ocupa un rol distinto del que tuvo en los últimos siglos en el sistema productivo. Es necesario un esfuerzo intelectual que incorpore esta pieza al entretejido teórico, porque no habrá ni políticas económicas, ni estrategias de acción o participación política para las mujeres si la dimensión de su aporte al desarrollo social no es debidamente reconocida en el campo conceptual. No se trata simplemente de hacer encajar un concepto en el andamiaje teórico, sino de transformar la teoría para que sea capaz de comprender su objeto de estudio.

 

El trabajo y las trabajadoras invisibles

Lo que marca el inicio de la Economía como ciencia —en ese larguísimo tratado que publica Adam Smith— es la aparición de su objeto de estudio: la sociedad capitalista naciente. A veces todos parecemos olvidar que el capitalismo es un sistema social con fecha de inicio, y que previo a él hubo otras formas de organizar la sociedad y su producción: sociedades sobre la base de la servidumbre o la esclavitud; mundos en los que el dinero desempeñaba un rol secundario (si es que había) y en donde la dominación de unos sobre otros se justificaba a través de la religión, el poder físico, atributos suprahumanos, entre otros. Smith, contemporáneo de Newton y fascinado por la teoría de la gravedad, encuentra en el mercado su propia ley de gravitación universal: hay algo que hace que los precios se muevan alrededor de un punto de equilibrio y converjan a él. Más aún, ¡hay precios! ¿Por qué una cosa se intercambia a un determinado valor y no más o menos? ¿Cómo es que productores que quizá ni se conocen o que trabajan de maneras distintas (en tiempo o capacidad) terminan ofreciendo una cosa al mismo precio que el otro? En definitiva, ¿cómo diablos se determinan los precios? ¿De dónde salen? Smith encuentra leyes, ordena conceptos, expone un sistema, enuncia cómo se comportan estas leyes en ese sistema y orienta la discusión económica fuera del terreno de la opinión: ahora se trata de indagar los fundamentos y mecanismos que desenvuelve el mundo ante nuestros ojos. Para Smith, los humanos tenemos una propensión natural al intercambio y es el mercado el que ordena mágicamente cuánto, cómo y qué producir, es quien resuelve todas las incógnitas de trabajadores y capitalistas en un precio de equilibrio.

Pero en el idilio mercantil de Smith hay varias cosas que no aparecen. A lo largo de sus miles de páginas enfocadas en el sistema de precios, omite incorporar los trabajos que hace una gran parte de la población, que quedan situados fuera del mercado. Esta es una discusión conceptual, que tiene que ver con la construcción de la teoría económica no solo de Smith, sino de casi todas las teorías que continúan sus ideas o las critican. Ya en este punto inicial del viaje de la ciencia económica podemos encontrar un primer traspié teórico. Por eso es que Katrine Marçal apunta muy bien sus cañones cuando pregunta en su ensayo «¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?». Ni Smith ni quienes lo siguen en la historia (neoliberales, keynesianos, marxistas o austríacos y sraffianos, entre otras tantas corrientes de pensamiento económico que quizá no son tan famosas) consideran el trabajo cotidiano de hombres y mujeres en sus hogares que no tiene un precio y, por tanto, tampoco tiene un lugar en el mercado —que es el reino del análisis económico moderno—. Queda en una especie de limbo teórico.

Es justo, sin embargo, mencionar que Federico Engels, en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado“, expone con una claridad brutal las consecuencias de la división social del trabajo patriarcal establecida en el sistema capitalista sobre las relaciones de género y de poder. “La emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluida del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado.” No es casual que sea sobre este terreno donde florece uno de los capítulos fundacionales de la economía feminista: la discusión acerca del trabajo doméstico no remunerado o, en otros términos, la teoría de la reproducción social.

El trabajo doméstico es una de las bases del funcionamiento del mundo en el que vivimos: hay que preparar la comida, para eso hay que hacer las compras, tener las ollas y sartenes limpias; alguien se ocupa de eso[3]. Nadie va a su trabajo con la ropa toda sucia y sin comer (bueno, en general), por eso estas tareas tan fundamentales como ineludibles llevan muchísimas horas de esfuerzo y si bien es posible pagar por ellas, en general se hacen gratuitamente como parte de una actividad familiar. Pero como vimos antes en una colección de datos de todo el mundo, la carga de su ejecución está asimétricamente distribuido y su peso recae mayoritariamente sobre las mujeres. Así es como, en consecuencia, las mujeres tienen menos posibilidades de incorporarse en el mercado laboral y, cuando lo hacen, es en peores condiciones, con salarios menores y mayor informalidad. Además, la mayoría de las veces ello es a costa de una doble jornada laboral: en el mercado y en el hogar. Esto no aparece incorporado en el sistema teórico de Adam Smith, ni de los neoclásicos, ni en Keynes o Marx. Podríamos pensar que se debe al contexto histórico, con mujeres que —en el caso de Smith o Marx— ni siquiera tenían el derecho a votar. Sin embargo, tampoco lo ve Paul Krugman, o el último Premio Nobel de turno. Para todos ellos el foco del análisis está en las cosas que tienen precio.

A partir de esta discusión que toma un elemento fundamental de la teoría económica como lo es el concepto de trabajo, se abren muchas otras. Marilyn Waring (1999) planteaba que el sistema de medición del Producto Bruto Interno, más conocido como PBI, es directamente arbitrario y desconoce en absoluto el aporte que las mujeres hacen día a día a la economía de un país. El PBI es una medida de lo que se produce en un país durante un período de tiempo; de hecho, una de las más importantes que indica cuán grande y pujante puede ser una economía; pero en esta contabilidad se omiten las tareas que se hacen en los hogares de manera gratuita y se subestima así la contribución económica de las mujeres; las pone en las filas de los llamados trabajos no productivos. La mayor parte de la economía feminista coincide en la necesidad de medir y asignarle un lugar en las cuentas nacionales a los trabajos de cuidados. Como hemos mostrado a lo largo del libro, para desempeñar esta función doméstica, las mujeres están dejando de estudiar, trabajar en el mercado, están perdiendo años de aportes para su jubilación del futuro y posibilidades de desarrollo y realización personal. Son costos muy altos. Pero además, el hecho de no incorporar su medición tampoco permite evaluar el impacto de medidas económicas y, muchas veces, se termina empeorando la situación de las mujeres, provocando mayor desigualdad: la variable invisible de un modelo es la primera que se ajusta (por omisión). Los recortes presupuestarios en salud o educación, por ejemplo, son absorbidos por las mujeres en sus casas: ellas son las enfermeras de sus hijos o padres mayores, son quienes tendrán que dejar sus propias ocupaciones para atenderlos porque no hay disponibles jardines maternales o geriátricos.

En muchos modelos económicos se supone que las decisiones que toman los individuos pasan entre trabajo y ocio, por ejemplo, y en ninguna de estas opciones aparece algo como el trabajo doméstico. No es ocio porque nadie podría decir que barrer, planchar y cuidar enfermos son actividades de descanso y distensión, pero a su vez tampoco se compran y venden, no tienen precio, ergo no son «trabajo». Hay muchos esquemas de microeconomía laboral que explican (o intentan explicar) cómo se distribuye en cada hogar cuánto tiempo dedica cada miembro de la familia al trabajo en el mercado y al trabajo doméstico. «Básicamente, la decisión se toma basándose en las famosas ventajas comparativas de cada individuo: de esta manera, la elección racional sería que el que gana más dinero (que, como habrán adivinado, es el varón) tenga un empleo remunerado y la que gana menos se quede en la casa. Este tipo de razonamiento toma como dada la brecha salarial y adapta los comportamientos a ella», comenta Magalí Brosio, economista feminista. Es que, en gran parte de la teoría económica, los factores culturales o educativos están aislados y parecen no formar parte de la investigación económica. También hay quienes distinguen trabajos femeninos (psicóloga, maestra, enfermera) de trabajos masculinos (ingeniero, programador, gobernador): las fuerzas de la oferta y la demanda hacen que los masculinos se paguen mejor y los femeninos peor. Al parecer, la mujer económicano es tan racional (o inteligente) como el homo economicus, que rápidamente se hubiese cambiado de carrera persiguiendo un mejor pago.

Pero además de la crítica cuantitativa, también hay debates conceptuales. Silvia Federici pone el acento en el rol de la mujer en el proceso productivo: el hecho de que el trabajo doméstico aparezca como un atributo de la feminidad lo convierte en un trabajo que se hace por amor. En un mundo en que todas las cosas tienen precio, Federici reclama salario para esa ama de casa desesperada de la que hablábamos antes. Esto no solo le permitiría a la mujer participar en la lucha de clases (a la que antes solo estaba invitado su marido), sino que ese salario sería una forma de poner a hombres y mujeres en pie de igualdad. «El simple hecho de reclamar un salario para el trabajo doméstico significa rechazar este trabajo como expresión de nuestra naturaleza y, a partir de ahí, rechazar el rol que el capital ha diseñado para nosotras», explica Federici. Mientras Engels distingue el carácter privado del trabajo doméstico, Federici señala el carácter no pago del mismo. Sin embargo, ella es conciente que una profesión tampoco implica una liberación para la mujer, «el segundo trabajo no solo aumenta nuestra explotación sino que reproduce nuestro rol en diferentes formas (…) No solo nos convertimos en enfermeras, sirvientas, maestras, secretarias —todas funciones para las cuales estamos bien entrenadas en casa—, sino que estamos en el mismo aprieto que entorpece nuestras luchas en el hogar: el aislamiento, el hecho de que dependan de nosotras las vidas de otras personas y la imposibilidad de ver dónde comienza y termina nuestro trabajo, dónde comienzan y acaban nuestros deseos. ¿Llevarle un café al jefe y charlar con él acerca de sus problemas maritales es trabajo de secretaria o un favor personal? El que tengamos que preocuparnos acerca de nuestra imagen en el trabajo, ¿es una condición laboral o resultado de la vanidad femenina?».

Añadiendo una capa más a la discusión, Amaia Perez Orozco, economista feminista española, dice que la economía feminista constituye una crítica a la economía mainstreamen tanto no se enfoca en los procesos de mercado sino que amplía la mirada a los procesos de sostenibilidad de la vida. En palabras de Federici, podría decirse “no hay nada tan asfixiante para la vida como ver transformadas en trabajo las actividades y las relaciones que satisfacen nuestros deseos. De igual modo, es a través de las actividades cotidianas por las que producimos nuestra existencia que podemos desarrollar nuestra capacidad de cooperar, y no solo resistir a la deshumanización sino aprender a reconstruir el mundo como un espacio de crianza, creatividad y cuidado”. Pensar en cómo se lleva adelante lareproducción socialde la existencia permite ampliar nuestra visión de lo que llamamos trabajo doméstico, sumando otras prácticas. “También hace que sea posible extender el análisis fuera de las paredes de la casa, ya que el trabajo de reproducción social no siempre se encuentra en las mismas formas: ¿qué parte de éste proviene del mercado, del estado de bienestar, y de las relaciones familiares?”, se pregunta Cinzia Arruzza, otra filósofa italiana con sede en New York. “El concepto de reproducción social, por lo tanto, nos permite localizar con mayor precisión la calidad móvil y porosa de las paredes de la casa, es decir, la relación entre, por un lado, la vida doméstica en el hogar, y el fenómeno de la mercantilización, la sexualización de la división del trabajo y las políticas del estado del bienestar, por el otro”, completa. Es decir, la definición de qué es económico aquí cobra otro sentido y desafía a la lógica de acumulación de capital.

 

 

El feminismo económico

“El capitalismo es además heteropatriarcal“ afirma Orozco. El desafío no hace más que  crecer. ¿Cómo hacemos para que la economía mainstream que no es capaz siquiera de ver conflictos distributivos entienda que el género atraviesa nuestras relaciones productivas? Nancy Fraser, filósofa y escritora feminista estadounidense, escribe un artículo en 1995 (que no ha perdido vigencia), titulado “¿De la redistribución al reconocimiento? Dilemas de la justicia en la era «postsocialista»”. Los ejes de Fraser se pueden sintetizar en tres: cómo abordar una realidad en la que las discusiones en torno a la explotación se han reemplazado por otras sobre dominación cultural; de qué manera la pertenencia a un movimiento no se basa en la pertenencia a una clase social; y, por último, qué sucede cuando no hay una demanda por redistribución socioeconómica en el conjunto de objetivos políticos de las organizaciones.

Por un lado, “para acabar con la homofobia y el heterosexismo hace falta transformar valoraciones culturales (así como las expresiones legales y prácticas que las acompañan) que privilegian la heterosexualidad, niegan el mismo respeto a gays y lesbianas y rechazan el reconocimiento de la homosexualidad como una manera legítima de ser. Se trata de revalorizar una sexualidad despreciada, otorgando reconocimiento positivo a la especificidad sexual de gays y lesbianas”. Este es el aspecto ligado a lo que Fraser denomina reconocimiento. Al mismo tiempo, muestra cómo el género “estructura la división fundamental entre trabajo «productivo» asalariado y trabajo «reproductivo» y doméstico no pago, asignando a las mujeres la responsabilidad principal sobre este último. Y, además, el género estructura la división en el seno del trabajo pagado: ocupaciones industriales y profesionales mejor pagadas y ocupadas predominantemente por hombres; y ocupaciones de «cuello rosa» y de servicio doméstico, mal pagadas y ocupadas predominantemente por mujeres.” Esto conduce a una estructura económico-política que explota, margina y priva según el género. Es decir, el conflicto redistributivo – en un sentido amplio- está atravesado por el género.

Reconocimiento y redistribución se entrelazan en tanto las normas culturales, institucionales, las leyes, las definiciones políticas, las relaciones económicas son sexistas y androcéntricas, y el Estado las valida. Del mismo modo, se validan las desventajas económicas que enfrentan las mujeres a través de restringir su voz en la arena de lo público, limitando su participación igualitaria en todas las esferas de la producción cultural. “El resultado es un círculo vicioso de subordinación cultural y económica. Por tanto, para combatir la injusticia de género hace falta cambiar tanto la economía política como la cultura”, concluye Fraser.

 

Puesto así, el feminismo tiene un doble desafío: necesita buscar soluciones económicas y políticas que socaven la diferenciación de género y, además, necesita que esas soluciones revaloricen culturalmente el rol de las mujeres, aun hoy en un escalón inferior. Claudia Korol plantea que “el feminismo puede, y creo que debe aportar también, a discutir conceptos y prácticas propias de las dominaciones, como el de propiedad privada, que se extiende a todas las dimensiones: propiedad privada sobre los medios de producción, sobre las relaciones amorosas, sobre las personas. Y la mercantilización de la vida, de los cuerpos, de los vínculos, de la naturaleza. En ese sentido, el feminismo no es un apéndice que mejora o complica -según quien lo mire- las luchas socialistas o antimperialistas, ‘agregando’ derechos de las mujeres. Es una propuesta que interactúa con todas las luchas del pueblo, integrando la necesidad de avanzar hacia la descolonización efectiva de nuestros territorios y cuerpos, sueños y proyectos.” Es decir, el feminismo tiene que tener un proyecto económico.

Como revisamos a lo largo de estas páginas, la desigualdad de género atraviesa las clases sociales: podemos observar desigualdad entre varones y mujeres ricas, menor cantidad de mujeres en puestos jerárquicos, obstáculos para que ellas avancen en las grandes empresas o en el liderazgo político. En el otro extremo, las mujeres son las más pobres en el reino de los pobres, sufren más el desempleo, la precarización laboral y la sobrecarga de trabajo doméstico las perjudica en varias dimensiones. Además, las mujeres negras, latinas, indígenas ganan menos que las blancas de centros urbanos y están expuestas a mayores dosis de discriminación y desigualdad. Las mujeres trans y las travestis chocan con todo tipo de obstáculos para tener una vida laboral digna, desde el acceso a la educación a la salud, pasando por el tipo de trabajos a los que pueden aspirar. Entonces, ¿cuál es el sujeto político del feminismo? ¿Da lo mismo el feminismo de las elites o el feminismo popular? ¿Enfrentan todas las mujeres los mismos problemas? ¿Es que acaso las mujeres de un extremo no explotan a las del otro?  “Para mí, el feminismo no es simplemente una cuestión de conseguir que un puñado de mujeres ocupen posiciones de poder y privilegio dentro de las jerarquías sociales existentes. Se trata más bien de superar esas jerarquías. Esto requiere desafiar las fuentes estructurales de la dominación de género en la sociedad capitalista (…) Esta división jerárquica y de género entre ‘producción’ y ‘reproducción’ es una estructura que define a la sociedad capitalista y una fuente profunda de las asimetrías de género en ella. No puede haber ‘emancipación de las mujeres’ mientras esta estructura permanezca intacta”, es la respuesta engelsianade Fraser.

 

Todas estas discusiones en torno a la economía feminista, entre tantas otras no reseñadas en estas páginas, todavía aparecen como elementos dispersos. Es justo aquí donde está el desafío conceptual de la economía feminista que necesita inscribirse en la teoría económica pero ya no como un capítulo aparte, un anexo, sino más bien como una pieza que hasta cierto punto reorganiza la construcción teórica. Es el momento en el que el homo economicusse cruza con la mujer económica, o que el obrero explotado se da cuenta de que, entre sus condiciones de explotación, hay más explotación aún —la de sus esposas e hijas—. No se trata de «mujeres haciendo economía», sino de científicos pensando su objeto de estudio desnaturalizando y rearmando sus ideas. Hay toda una revolución conceptual en puerta. Y otra, en las calles, que ya comenzó.

 

 

Economía sin corbata

 

La economía feminista tiene muchas discusiones que dar y un largo camino que recorrer, no se mueve en un terreno ni fácil ni abierto. La profesión, como gran parte de los trabajos que comentamos aquí, está masculinizada en las primeras filas académicas, en los puestos de decisión de empresas y gobiernos, en el diseño de políticas públicas e industriales, en los sindicatos, en el periodismo. Las mujeres economistas visibles son realmente muy pocas y los estereotipos están tan presentes y naturalizados que muchas veces pasan inadvertidos.

Yanis Varoufakis, el ex ministro de Finanzas de Grecia, se hizo famoso por su participación en la negociación de su gobierno con el Banco Central Europeo (BCE) en medio de una profunda crisis económica de su país. Sus ideas cercanas al marxismo, su oratoria encendida y por momentos desafiante en un contexto de reuniones de banqueros y funcionarios importantes del mundo, hizo que ocupara el centro de la atención de las noticias mientras duró la negociación de la deuda de Grecia con el BCE y el FMI. Pero además, llamaba la atención por su look informal: usaba camisas estampadas y camperas de cuero, un estilo rockstarbastante distinto del que suele circular en esos pasillos del poder. Uno de los libros que publicó últimamente llegó al español con el título Economía sin corbata. En algunas ediciones el subtítulo hace referencia a los principios básicos para entender el mundo actual, en otras remite a conversaciones con su hija. La economía sin corbata, en todo caso, funcionaba como una metáfora de una manera de hablar simple, apta para todo público, tan accesible que hasta una niña de 10 años podría comprenderla. Esta imagen fue acogida por muchos economistas argentinos, se escribieron decenas de notas con ese encabezado, hubo un programa en la Televisión Pública con ese nombre (con cuatro conductores todos varones y el logo de una camisa) e incluso el ex ministro de Economía argentino, Axel Kicillof, sacó su propia versión de «Diálogos sin corbata», una docena de charlas en donde no había ninguna mujer participando del diálogo.

Al parecer, la corbata es algo que estructura el pensamiento económico y al sacársela, los economistas recuperan sus super-poderes para hablar claro, apuntar directo y críticamente a los grandes temas de la humanidad con total sencillez y desparpajo. La ausencia de corbata hace que el cerebro de estos seres funcione mejor, acuden las metáforas y las ideas revolucionarias. Otros piensan, además, que ese accesorio es parte del uniforme de los soldados del neoliberalismo para imponer ajustes dramáticos a la población: sería una especie de kryptonita para la heterodoxia teórica o el pensamiento crítico, así como para las clases oprimidas. Sacarse la corbata es, entonces, un símbolo de lucha contra el capitalismo salvaje, un acto de emancipación.

Yo, mujer y doctora en Economía, formada en el marxismo y la economía crítica, nunca pude experimentar todo lo que provoca liberarse de esa prenda de vestir, rémora del pasado. En todo caso a las economistas nos aprieta el corpiño, nos molestan los tacos, se nos corre el rímel o nos da pereza maquillarnos, puedo decir que muchas veces hice economía en bombacha. Muchas veces nos oprime también un pensamiento canónico y demodé que no puede siquiera incorporarnos en sus metáforas.

Al mismo tiempo, la idea de la corbata como representación de un tipo de pensamiento económico ligado a la ortodoxia o a determinadas políticas que se implementan desde los centros de poder en el mundo suena exageradamente autorreferencial de un universo pretendidamente masculino. Christine Lagarde —una mujer— es la directora del FMI, la sede central de los ajustadores que estos economistas relacionan con el mal (y con la corbata). Angela Merkel, archienemiga de Varoufakis en la Eurozona, que impulsa en gran medida las políticas de austeridad en los países en crisis como España y Grecia, tampoco luce esta prenda de vestir. Janet Yellen, una señora también, lidera la Reserva Federal de los Estados Unidos y con un mínimo movimiento de la tasa de interés puede desafiar las políticas monetarias de decenas de países, lo hace también sin corbata.

No es solo, entonces, una mala metáfora, es muy poco alentador que aquellos economistas que se sienten a la vanguardia intelectual, se reivindican críticos del estado actual de las cosas y comprometidos con una sociedad más igualitaria —entre los que además hay algunos que tuvieron responsabilidades económicas importantes—, tomen como bandera propia una idea que solo reproduce una mirada arcaica y machista de que la economía es cosa de hombres. Y tampoco es solamente una mala metáfora, hay realmente una gran ausencia de mujeres en esos espacios de poder.

Cuando era chica, con mi hermano mirábamos muchos dibujitos de superhéroes y superamigos. Aunque él tenía una gran cantidad de opciones, siempre elegía Batman y un primo hacía de Superman (nadie quería ser Aquaman, Flash o el Hombre Elástico). Yo, en cambio, no tenía tantas superheroínas; el disfraz que se conseguía para las nenas era el de Mujer Maravilla, que no tenía poderes que me gustaran especialmente, así que me ponía el traje de Hombre Araña y me convertía en la Mujer Araña.[4]Algo similar sucede con los referentes de la economía. Los chicos eligen mayoritariamente Keynes y algunos Marx; las chicas tenemos a Joan Robinson (tampoco me fascinan sus poderes), así que, como en la infancia, hay que usar un trajecito teórico «de varón» con un poco de makeup y pelo largo. De a poco, supongo, empezaremos a ver más claros nuestros super-poderes ¡y rediseñaremos nuestros trajes de batalla!

 

[1]Por supuesto, hay otras economistas aunque no tan ampliamente reconocidas en sus aportes. Rose Friedman escribe con su marido Milton acerca del mercado y la libertad; Peggy Musgrave comparte cartel en el manual clásico de finanzas públicas junto con su esposo Richard. Rosa Luxemburgo se cuela entre los libros rojos de la biblioteca al lado de Karl Marx (aunque muchos no la reconocen por no tener el título de economista aunque haya vivido en tiempos en los que las mujeres rara vez accedían a la educación). De a poco, otras como Janet Yellen o Carmen Reinhart se van sumando a la lista en virtud de los altos cargos en la gestión económica que han desempeñado.

 

[2]Entre 1958 y 1996 la población femenina en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA se multiplicó por siete, mientras que la masculina solo llegó a duplicarse. Hoy las mujeres son mayoría entre sus estudiantes.

 

[3]«Durante un largo período histórico, producción material y reproducción humana compartieron el mismo espacio físico y geográfico. No es hasta la aparición y posterior desarrollo del capitalismo que se produce una separación creciente entre ambos procesos, estableciéndose una clara frontera entre el lugar destinado al trabajo social y el lugar destinado al trabajo privado. A partir de este momento, el trabajo doméstico pasa a ser el vínculo esencial entre la esfera de producción capitalista y la esfera doméstica de reproducción humana (…) El trabajo doméstico asume de esta forma una posición muy particular: es esencial directamente para la reproducción de la esfera doméstica y lo es también para la reproducción de la esfera industrial», explica Cristina Carrasco.

 

[4]Como ya lo decía Madonna, la mayoría de los padres se toma mucho más liviano el hecho de que su hija se ponga un traje de varón que al revés.

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *