¿Economistas Para Qué?

Corina Rodríguez Enríquez

Licenciada en Economía (UBA). M. A. in Public Policy and Administration (ISS, La Haya).

Doctora en Ciencias Sociales (FLACSO). Investigadora Principal del CIEPP-CONICET.

Profesora adjunta de Género y Economía, FCE-UBA.

Podemos plantear esta pregunta en términos singulares o plurales. Economista para qué, aludiría a una cuestión individual: ¿para qué soy o quiero ser economista? Economistas para qué, en plural, podría entenderse como una pregunta a la razón de ser de los y las economistas en la sociedad. La pregunta también puede hacerse en términos normativos (cuál debiera ser el rol de los y las  economistas en la sociedad) o empíricos (cuál es el rol que hoy cumplen los y las economistas en la sociedad).

Creo que cualquiera de estas variantes es relevante, porque los y las economistas, tanto como analistas del mundo, como productores de conocimiento y como hacedores de política pública, han ido ganando mucho reconocimiento y espacio. Y… ¿para qué?

Considero que la predominancia que la Economía como disciplina y los y las economistas como actores han ido ganando se deriva del desarrollo hegemónico del sistema capitalista. En este contexto, la visión dominante en Economía y quienes la ejercen se han vuelto garantes de la reproducción del sistema. Los y las economistas que producen y reproducen (mediante la enseñanza de la disciplina) conocimiento económico desde la corriente ortodoxa que hoy lo domina, proveen una visión sesgada del mundo que sólo sirve para justificar la regulación del mercado como forma de organización social.

Esto se refuerza con la tarea de los y las economistas “opinólogos”, aquellos que desde los medios de comunicación nos dibujan (o desdibujan) la realidad, asegurando que la realidad es lo que ellos y ellas dicen, que los problemas económicos son los que a ellos y ellas les preocupan, y la manera de solucionarlos las recetas que ellos y ellas enuncian.

Y finalmente están los y las economistas que ocupan posiciones de poder y de toma de decisión en las empresas y en el Estado. Quienes trabajan en empresas privadas, activan en la práctica el principio de optimización que tanto pregona la teoría: ¡maximizar la ganancia! Entre quienes participan en la gestión de las políticas públicas podemos encontrar variedad según las épocas y los gobiernos, pero lo cierto es que no abundan aquellos y aquellas economistas que utilizan la herramienta de la política para desafiar al sistema.

Entonces… ¿economistas para esto? Ciertamente esa no es la idea cuando enuncio la pregunta de manera singular. ¿Para qué soy economista? ¿Para qué me hice economista? Para entender la realidad y para cambiarla en un sentido positivo. Cuando me gradué como economista en la Universidad de Buenos Aires sentí que ninguna de las dos cosas iba a ser posible con las herramientas recibidas de la formación ortodoxa que brindaba (y sigue brindando) la carrera tal como se dicta en la UBA. Y temí convertirme en una economista como la de los párrafos anteriores.

Pero hay otras miradas desde la Economía. Miradas heterodoxas que reconocen la Economía como una ciencia social, y su práctica como un compromiso político, se ejerza desde el lugar donde se ejerza. Yo encontré esa posibilidad de reconciliarme con la Economía a través de la mirada de la Economía Feminista. Desde esta visión pude entender que no todo lo que había aprendido era inservible, que había además otras herramientas posibles, que existían otras y otros economistas que compartían mi preocupación central por la desigualdad, y que era posible entender la Economía y su práctica como un programa académico, pero también político.

También entendí que la mejor forma de ser economista es en relación con otras disciplinas. Que las visiones desde otras ciencias sociales suman y complejizan. Que puede ser tan riguroso un desarrollo econométrico, como un estudio cualitativo bien hecho. Y que con ambos se “hace Economía”. Que tiene tanto valor encontrar nuevas preguntas, como dar con las respuestas más adecuadas. Que lo mejor que nos puede pasar, es desconfiar de los supuestos.

Yo me “crié” como economista en los 90. Era una época hostil para entender la Economía desde este punto de vista. Pero sobreviví, como economista, porque no me conformé. El inconformismo me permitió encontrar otras maneras de entender, pensar y vivir la Economía, como disciplina teórica y como práctica académica y política.

La pregunta que inspira esta reflexión debiera ser práctica habitual de las y los economistas. Por suerte, no hay formalización matemática posible para su respuesta.

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