Editorial

Ya pasaron 69 años desde que en nuestro país se consiguiera el voto femenino, y 97 desde que la primera mujer se graduara de nuestra Facultad, en la cual –de acuerdo al censo de 2011- el 52% de lxs estudiantes son mujeres. A aquellos hitos debemos sumar otros recientes: desde el #NiUnaMenos, que convocó a cientos de miles de personas en todo el país para repudiar los femicidios, hasta la concurrencia récord en el 30º Encuentro Nacional de Mujeres, que contó con 65.000 asistentes. Estos sucesos, lejos de ser hechos aislados, son la expresión de que las discusiones en relación al género han crecido exponencialmente en nuestra sociedad y han ganado una mayor visibilidad. Sin embargo, nuestra casa de estudios parece ser completamente ajena a ello: estos debates no sólo están completamente ausentes en las discusiones en las aulas sino que se encuentran estructuralmente olvidados en los planes de estudio.

En este contexto, el primer interrogante que puede presentarse es: si la economía es una ciencia que se pretende “objetiva”, ¿por qué nuestros planes de estudio deberían incluir un enfoque de género en su currícula? Sin embargo, el problema de esa pregunta es intrínseco a su propia formulación: no existe tal cosa como una ciencia social “neutral”, por más de que en la Economía a menudo quieran disfrazarse  ideologías de leyes objetivas. De manera que abogar por no incluir un enfoque de género en nuestra ciencia no implica preservarla como neutral (pues no lo es), sino que conduce a continuar ignorando las diferencias de género por considerarlas fuera del campo de estudio. Desconocer que estas cuestiones hacen al objeto de estudio de la economía impide hacernos las preguntas relevantes para estudiar y transformar esta realidad, limitándonos entonces a simplemente describirla. A modo de ejemplo, todas las decisiones de política tienen implicancias en términos de género: los planes sociales tienen consecuencias distintas en hombres y mujeres, así como también las políticas de austeridad. El estudio actual de la economía, cimentada en la síntesis neoclásico-keynesiana, ignora el rol del trabajo de cuidado y su asimétrica distribución, además de que se muestra incapaz de analizar diferencias salariales más allá de diferenciales de productividad (es decir, no puede reconocer brechas salariales por discriminación de género o etnia, entre otras).

Queda entonces claro que para poder empezar a preguntarnos todas estas cosas existe un paso previo necesario: el de crear otra economía, una que no desconozca su naturaleza social ni su contexto histórico dentro del sistema capitalista, y que, por lo tanto, pueda reconocer relaciones sociales y económicas (en las cuales se enmarcan aquellas atravesadas por cuestiones de género) y analizarlas en esta tónica. Una economía que sea capaz de dar cuenta de las transformaciones y problemáticas actuales de nuestra sociedad, de sus límites, y de su capacidad de superación.

Así, en esta edición de nuestra revista “EPQ?” buscamos poner en evidencia por qué cuando nos definimos como economistas críticxs necesariamente nuestro aporte científico debe ser feminista. En pos de ello, le preguntamos a Corina Rodríguez Enríquez, docente de Economía y Género en nuestra Facultad e investigadora especializada en economía feminista, sobre el rol de lxs economistas en nuestra sociedad. Asimismo, presentamos brevemente algunas de las problemáticas de género actuales en Argentina, describiendo la acuciante situación que enfrentan las mujeres y el colectivo LGTTTBQI. Luego, dedicamos algunas páginas a introducir la Economía Feminista y la necesidad de su desarrollo. Asimismo, presentamos trabajos empíricos que dan cuenta de las desigualdades que sufren las mujeres en el mercado laboral, en particular con respecto a sus remuneraciones, y cómo ciertas visiones de la economía parecen simplemente poder brindar las herramientas para describir esta situación pero ninguna para solucionarla. A su vez, contextualizamos históricamente estos aportes analizando la relación entre el capitalismo y el patriarcado, y también las transformaciones en el valor de la fuerza de trabajo y en la división sexual del trabajo que acontecen en distintos momentos del proceso de acumulación de capital.

Esperamos que este número lleve a sus lectores no sólo a tener presente el grave cuadro de situación que se presenta con respecto a las desigualdades de género sino también a cuestionarse sobre la imposibilidad de cierta parte de la ciencia económica para resolverlas. La construcción de una economía crítica y por tanto -como esperamos demostrar- feminista, se presenta entonces como el horizonte al cual alcanzar. Creemos importante destacar también que, si bien en general el foco de este número está puesto en analizar la situación desigual de las mujeres, es igualmente urgente y necesario atender a aquellas opresiones que sufre el colectivo LGTTTBQI, de las cuales nuestra ciencia debe dar cuenta.

El conocimiento será crítico o cómplice.

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