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El lugar de los feminismos en la construcción de un nuevo horizonte de transición

Transcribimos, a continuación, la intervención de la economista feminista española Amaia Pérez Orozco del miércoles 29 de noviembre en el contexto del Seminario Internacional “Luchas y alternativas para una economía feminista emancipatoria” organizado por CLACSO en Paraguay. Se puede acceder al video completo del panel AQUÍ.

 

  • Elaboración de un diagnóstico

Orozco elabora, en primer lugar, un diagnóstico sobre el cual luego va a trabajar: el mundo se encuentra en un momento de profundo cambio, en el que confluyen dos procesos: el fracaso del proyecto civilizatorio del capitalismo heteropatriarcal racialmente estructurado y colonialista, y una crisis ecológica en donde se plantea el escenario de tener que comenzar a vivir con menos consumo de recursos: “la pregunta ya no es si queremos que el mundo cambie, porque el mundo está cambiando, el mundo está en transición: de un lugar que conocíamos hacia algún otro lugar que no sabemos cuál es. La pregunta es si queremos hacernos responsables de hacia dónde va este cambio. Y el planteamiento de los feminismos es: necesitamos urgentemente hacernos responsables de hacia dónde va la transición porque si no la transición va hacia lo que podríamos llamar el abismo, porque el proyecto hegemónico, esa cosa escandalosa, se resiste a morir. Y es un proyecto global continuista: en parte continúa el proceso de expansión global del capital, de la mercantilización de la vida (y aquí tenemos el extractivismo y el neoextractivismo, tenemos la nueva oleada de tratados de  comercio inversión), pero es mucho más violento, es todavía más violento que el proyecto del que veníamos.”

Sostiene que se ha roto lo que denomina el “neoliberalismo de colores” que prometía una globalización del capital, acompañada de derechos civiles y culturales para todas las personas, junto con un ideal de éxito y progreso individual, como el expresado en la retórica del empoderamiento: “se ha roto el neoliberalismo de colores y lo que se impone es un proyecto mucho más violento. Se han caído las máscaras, se ha hecho evidente lo que antes se nos quería ocultar: que aquí no cabemos todas y no cabemos todos”. Agrega que, además de expulsivo, este proyecto busca garantizar “que quienes se quedan dentro, se queden bien ordenados: las mujeres en su sitio, los hombres en su sitio, las clases sirvientes en su sitio, las clases patronas en el suyo. Es un proyecto de orden profundamente racista y heteropatriarcal, que se impone mediante la violencia.”

  • La idea del conflicto capital-vida

Una vez establecido este diagnóstico, naturalmente, surge la pregunta del “¿qué hacer?” y de  la responsabilidad que tiene el conjunto de movimientos emancipatorios frente a este panorama. De acuerdo a Orozco, lo que necesitamos es construir lo común como punto de partida, esto es, la idea de que tenemos un problema en común del que hacernos cargo, y lo común como punto de llegada, esto es, construir un horizonte común de transición. Ahora bien, ¿qué es lo que puede aportar el feminismo a esta construcción común de movimientos emancipatorios? Orozco introduce aquí la importante noción de conflicto capital-vida como un aporte central a poder comprender cuál es el problema nodal a resolver dentro del diagnóstico establecido:  “creo que los feminismos pueden hacer aportes claves en esa construcción de lo común como punto de partida mediante la idea del conflicto capital-vida. ¿De qué hablamos cuando hablamos de conflicto capital-vida? Lo que decimos es que este proyecto hegemónico, esta cosa escandalosa, se instala sobre un conflicto que es estructural e irresoluble. Recuperamos en parte la idea marxista de que la lógica de acumulación de capital  es una lógica del despojo, es una lógica donde el poder y los recursos se van acumulando por despojo a otros sujetos (…). Recuperamos, por tanto, la idea del conflicto y la noción del despojo, pero la reformulamos al menos en dos sentidos: por un lado, el ecologismo, el ambientalismo, los movimientos campesinos nos insisten en que la lógica  y el proceso de acumulación de capital se da a costa del expolio del planeta, por tanto, en ataque y en contradicción directo con la vida del ecosistema. Y lo que los feminismos dicen, (…) es que lo que está en conflicto no es el capital con el trabajo asalariado, es el capital con todos los trabajos incluidos: los trabajos invisibilizados, de los que no hablamos o, más allá, es un conflicto del capital con la vida, y la vida no es reductible a la mano de obra”  Este conflicto capital-vida es, además de estructural, irresoluble: “decir que es irresoluble significa decir, entre otras cosas (…) que el Estado de bienestar nunca puede resolver esta contradicción, aunque nos han vendido que era la  manera de resolverla.”

Aquí se abre una encrucijada: o se garantiza el proceso de acumulación del capital o se garantiza el proceso sostenible de la vida. Ahora bien, dentro del sistema actual, esta pregunta es tautológica y Orozco explica por qué: “por lo que hemos optado, entre comillas, como conjunto social, es por garantizar el proceso de acumulación de capital. Hemos puesto los mercados capitalistas en el epicentro de nuestra estructura material: definen qué se produce, cómo se produce, cómo se distribuye, cómo se organizan los espacios, a qué se dedica la tierra, cómo pensamos y organizamos los tiempos colectivos. Pero también los hemos puesto en el centro en términos simbólicos, construyen nuestra propia idea de la vida a la que aspiramos: aspiramos a un ideal de consumo y a un ideal de éxito individual en los mercados que es absolutamente funcional, construyen la idea misma de cómo es la vida construyéndonos esa noción autosuficiente donde parece que la vida de las personas no depende ni de la vida de quienes están en nuestro entorno ni de la vida del planeta. Negamos la ecodependencia y la interdependencia que, decimos, son condiciones básicas de la existencia. Tenemos una idea de la vida que está en contradicción con la vida misma. Por tanto, los mercados están en el epicentro en todos los sentidos, por decirlo de alguna manera, y esto significa decir que ni existe ni puede existir nunca en el marco este sistema una responsabilidad colectiva en cuidar la vida.”

  • Ética reaccionaria del cuidado

Si nos preguntamos cómo es que aún continúa la vida dentro de este sistema, la respuesta se encuentra orientando la mirada hacia lo que Orozco denomina los “malos cuidados”, algo que los feminismos han puesto sobre la mesa: “uno de los mecanismos clave para mantener la vida en el marco de un sistema que la ataca son lo que a veces llamamos cuidados, o lo que yo  preferiría llamar los malos cuidados. para diferenciarlo de lo que querríamos que fueran los cuidados. Lo que se construye en el marco de esta cosa escandalosa como contracara del trabajo asalariado son los malos cuidados que hacen al menos tres cosas: primero, cierran el ciclo económico, es decir, garantizan que la vida sale adelante en el marco de ataque al que está  sometida; en segundo lugar,  sanan  la vida  de los ataques de los  procesos de acumulación de  capital;  y en tercer lugar,  proporcionan esa fuerza  de trabajo y consumidora disponible para los mercados de la que nos hablaba ayer Silvia [Federici].  Hacen estas tres cosas los malos cuidados bajo tres condiciones: en primer lugar, privatizados,  no son responsabilidad  de lo colectivo y de lo común  sino que son responsabilidad de cada quien con sus redes domésticas y privadas; en segundo lugar, feminizados en un sentido material, porque la mayor parte de trabajos que resuelven la vida, insisto, en el marco de un sistema que la ataca, los hacen mujeres; pero también en un sentido simbólico, porque se construyó una idea de feminidad que está asociada al cuidar la vida ajena sin pedir nada a cambio y en las condiciones tan duras como sean. Es una lógica de la inmolación y del sacrificio a la que a veces llamamos una ética reaccionaria del cuidado, y la feminidad se construye en el  marco, insisto, de este sistema, en torno a  esta ética  reaccionaria el cuidado. En ese sentido los malos cuidados están profundamente feminizados. Y en tercer lugar, decimos  que están invisibilizados porque no hay datos, porque no  hay números, aunque se  estén haciendo esfuerzos por conseguirlos y se está avanzando  mucho, pero todavía nos queda infinito. Pero más allá, no generan derechos sociales  ni económicos, no generan ciudadanía, pero sobre todo no constituyen sujetos políticos,  no hacemos la lucha política desde el ámbito de lo que ayer Silvia [Federici] llamaba reproducción de los malos cuidados. Dicho de otra manera, la única manera de aceptar que vivimos en un sistema donde la vida está constantemente sometida a ataque es no ver el conflicto, y la manera de no ver el conflicto es meterlos en el lugar  de lo inexistente, de lo no político, de lo que no cuestiona el marco en el que vivimos. Por todo ello, decimos que es un sistema biocida: es un sistema capitalista que pone la vida al servicio del proceso de acumulación y es un sistema heteropatriarcal que garantiza que existan sujetos, esferas y trabajos subordinados que se encargan de mantener la vida en el marco de ese sistema que la ataca.”   

 

  • Lo común como punto de partida

Orozco señala que debemos estar muy atentos y atentas dentro de los movimientos emancipatorios a los distintos modos en los cuales se somete y excluye dentro de este sistema, para poder dar lugar a la construcción de esta formulación de un problema común: “el ataque sobre la vida no es igual a todas las personas, como es obvio. Por otro lado, el capital no es ningún ente abstracto que flota por ahí, el capital es gente, son personas. El capital, como nos decían las feministas marxistas, tiene rostro. ¿Y cuál es el rostro del capital? Es un rostro blanco, es un rostro de hombre, es un rostro urbano, es un rostro del norte global, es un rostro heterosexual, es el rostro de alguien sin diversidad, con una funcionalidad normativa. Lo que decimos es que esta cosa escandalosa acumula poder y recursos en torno a la vida de este sujeto que se impone como mayoritario, aunque sea la radical minoría, y que construye su vida como la única digna de ser sostenida a costa de las vidas del resto. Es una vida que sostenemos a costa del ataque a la vida del planeta, y a costa de ataques radicalmente desiguales al resto de las vidas en función de cuánto se alejen de este sujeto. Por tanto, necesitamos construir la idea que tenemos un problema común porque este problema está ahí, es colectivo, pero nos afecta de manera sumamente desigual según la posición que ocupamos en el marco de un sistema sumamente complejo de relaciones de poder.”

 

  • Lo común como punto de llegada: poner la vida en el centro

El punto de llegada de esta tarea común tiene que ver, para Orozco, con poner la vida en el centro: “Poner la vida en el centro implica recorrer al menos tres caminos: primero, construir otra idea de la vida que queremos vivir juntas y juntos, otra noción de buen convivir que respeta al menos dos criterios: o es para todas o no es: si lo que entendemos en un contexto social por bienestar es a costa del tiempo y de los recursos de la explotación de otro, no lo es; y en segundo lugar, que respete la diversidad de la vida, que no convierta a la diversidad y la diferencia en desigualdad. Construir otra idea de lo que sería el buen convivir en ese horizonte de transición. En segundo lugar, ir construyendo esos espacios de lo común que quiten poder y recursos al capital para ponerlos a circular en estructuras socioeconómicas que se hagan responsables de poner las condiciones de posibilidad de ese buen convivir, sacando esta responsabilidad de los hogares y de las casas. Y en tercer lugar, construir soberanía sobre ese buen convivir colectivo y soberanía sobre el lugar donde se arraiga la vida.”

 

 

  • El lugar de los feminismos en la construcción de un nuevo horizonte de transición

Orozco enumera una serie de motivos que hacen especialmente necesaria la contribución de los feminismos en esta construcción común: “en primer lugar, porque si los feminismos no están, no está la reproducción, no están los malos cuidados, no están las dimensiones invisibilizadas heteropatriarcales del sistema; en segundo lugar, porque necesitamos entender el carácter heteropatriarcal de ésta violencia.(…) [En tercer lugar], o deshacemos el género o no hay cambio sistémico; en cuarto lugar, para entender que esto va sobre la vida, pero no sobre una vida futura sino sobre la vida ya hoy, que no vamos a renunciar ni a sacrificar la vida hoy por una vida mejor futura, sino que queremos una vida distinta cambiando la vida hoy mismo.”

 

Finalmente, Orozco hace una serie de advertencias en torno a la relación entre los feminismos del norte y los feminismos del sur: “los feminismos tienen que estar en primera línea, pero los feminismos del norte global tenemos que dar un paso atrás, yo diría, porque somos incapaces de entender o tenemos serias dificultades para entender las dimensiones coloniales y colonialistas de este sistema ,de este proyecto, y por tanto las dimensiones decoloniales, por decirlo de alguna manera, de un proceso de transición emancipadora al menos en tres sentidos: en primer lugar, para entender la dimensión colonialista de la geopolítica global que divide el mundo en esas zonas de acumulación y de despojo; en segundo lugar, para entender la dimensión colonialista de la construcción de esas subjetividades cómplices con el sistema que tenemos (…). Cuando atacamos al individualismo y a la competitividad como este modo de estar en el mundo que se nos impone, a veces nos olvidamos de que tiene una contracara: no hay individualismo posible si no hay quienes sirven a ese supuesto sujeto competitivo individualista. El individualismo tiene la contracara de la ética reaccionaria del cuidado: hay sujetos que pueden pensar sólo en sí mismos porque hay otros sujetos que están dando su vida por la suya. Y aquí está la ética reaccionaria el cuidado, pero también está la lógica de la servidumbre, y la lógica a la servidumbre colonialista no la logramos entender. Entonces, esto es fundamental, desde el norte global queremos entender que es fundamental, pero somos incapaces, realmente, de verlo. Y, en tercer lugar, porque cuando queremos construir esos otros espacios de lo común que se hagan cargo colectivamente de poner las condiciones, que hagan posible el buen convivir, no tenemos que inventarnos las cosas de la nada, tenemos que partir de esas economías otras que ya están, esa economía social y popular, las economías campesinas, sin idealizarla como feministas, lo sabemos, pero sí sabiendo que el monstruo no ha ocupado todos los territorios por completo y que todavía hay espacios de resistencia.”

 

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