Emprendimiento en Chile: una mirada desde la economía feminista

Por Mirla Utreras Tapia

De acuerdo a Carrasco (2006), la economía feminista se ha desarrollado como línea de investigación propiamente tal, en las últimas tres décadas. Sus cuestionamientos y reflexiones se extienden a todos los campos temáticos de la economía y en todos sus niveles, es decir, micro, meso y macro; y en relación a las distintas escuelas de pensamiento (Rodríguez, 2010).

En este sentido, la economía feminista, ha realizado cuestionamientos epistemológicos y metodológicos al paradigma neoclásico –hegemónico en la economía- relevando su carácter androcéntrico, en especial el referido a la racionalidad del hombre económico. En términos generales, se caracteriza por poner en el centro del análisis la sostenibilidad de la vida, vale decir, el objetivo del funcionamiento económico es la reproducción de la vida, no la reproducción del capital, por tanto, el énfasis radica en la mejor provisión para sostener y reproducir la vida, con miras a una mayor equidad socioeconómica (Rodríguez, 2015).

La visibilización y problematización de lo anterior, ha permitido ampliar las perspectivas de la economía como disciplina, incorporando dimensiones antes excluidas del análisis económico, como el nudo producción/reproducción, realizando contribuciones significativas respecto de la participación económica de las mujeres, al relevar los mecanismo de discriminación en el mercado laboral (Rodríguez, 2010 – 2015). “Así, ha venido dando cuenta de la menor y peor participación laboral de las mujeres, de la existencia de brechas de género en los ingresos laborales, de procesos de segregación de género, horizontal y vertical, de concentración de las mujeres en diferentes espacios de precariedad laboral y desprotección social” (Rodríguez, 2015: 34).

Ahora bien, en virtud de los planteamientos generales de la economía feminista, y en particular respecto de sus aportaciones sobre la situación y posición de las mujeres en el mercado de trabajo, es posible indagar desde dicha perspectiva en la situación de las trabajadoras por cuenta propia en Chile y a la misma vez, reflexionar sobre los alcances de los programas de emprendimientos y/o microemprendimientos para éstas.

El emprendimiento es considerado como el principal motor de crecimiento y desarrollo económico, además contribuye a disminuir las brechas de ingreso y por consecuencia la desigualdad (Ministerio de Economía, 2013: 16). Conjuntamente, se considera que es una alternativa viable y sobre todo positiva, frente a las dificultades de inserción y permanencia de las mujeres en el mercado de trabajo. Cabe destacar, que Chile presenta una de las tasas de participación laboral femenina más bajas de América Latina (OIT en INE, 2015). Por ende, dada su relevancia en el último tiempo, resulta interesante comprender y abordar el emprendimiento desde una perspectiva que amplía los márgenes tradicionales de la economía y proporciona nuevas explicaciones sobre la desigualad de género.

El emprendimiento no posee una definición unívoca, mas es posible destacar ciertos puntos de convergencia, en particular, el énfasis en las características idóneas del emprendedor/a.

“La primera tiene que ver con que el emprendedor es un evaluador. Es decir que calcula beneficios y costos numéricos, en base a los mismos realiza elecciones, y al realizarlas descubre nuevas necesidades y nuevos factores de producción. A su vez, construye imágenes de las futuras acciones que pueden realizar otros individuos que actúen en el mercado. La segunda característica es la de empresario, el emprendedor construye la decisión de cómo utilizar los factores, para producir mercancías. Por último, […] el emprendedor “soporta” la incertidumbre, ya que actúa en función del futuro y no conoce exactamente las acciones que otros seres humanos llevarán a cabo” (Formichella, 2004: 12).

La definición anterior, está en línea con los planteamientos de la economía neoclásica, en tanto supone una racionalidad que en todo momento evalúa costos y beneficios con independencia de su contexto socio-histórico. Entonces, así como las mujeres tradicionalmente han estado excluidas de los análisis económicos neoclásicos, dicha definición tampoco contempla a las mujeres, pues ellas, en su mayoría inician sus emprendimientos por necesidad, en la medida en que requieren complementar el ingreso del hogar, obtener mayor libertad y flexibilidad y construir alternativas ante la falta de oportunidades de trabajo asalariado o tras haber sido despedidas (Comunidad Mujer, 2013; Ministerio de Economía, 2013). En este sentido, los mayores emprendimientos se encuentran en las mujeres mayores de 40 años, pertenecientes a los primeros quintiles y con menores niveles de educación (Comunidad Mujer, 2013).

 

Cuadro 1

 

Jefatura de hogar
Categoría laboral Femenina (%) Masculina (%)
Empleadores/as 3,6 7,5
Cuenta propia 26,6 21,5
Asalariados/as 58,5 70
Servicio doméstico 10,7 0,2
Familiar no remunerado 0,4 0,5
Porcentaje de jefes de hogar ocupados/as 27,3 72,6

Fuente INE.  Nueva encuesta suplementaria de ingresos, trimestre Oct.- Dic. 2013

 

De acuerdo a los datos presentados (cuadro 1) las jefas de hogar se concentran en las categorías  por cuenta propia y servicio doméstico, a diferencia de los jefes de hogar que tienen una mayor participación en empleos asalariados y en menor medida en trabajos por cuenta propia. Las categorías laborales de cuenta propia y servicio doméstico, se caracterizan por su precariedad laboral y desprotección en términos de derechos laborales y sociales.

Ahora, una caracterización de los emprendimientos en Chile, en función de variables tales como actividad económica, situación de formalidad, nivel de ingresos o ventas y generación de empleos, evidencia diferencias sustantivas entre los emprendimientos masculinos y femeninos.

En relación a la actividad económica, las mujeres se concentran en comercio (45, 3%) y manufactura (18, 1%), mientras que los varones están más presentes en construcción (15,4%) y en transporte y comunicaciones y logística (12,0%). Diferenciación que evidencia una segregación horizontal, pues hombres y mujeres están ubicados de manera diferente entre los tipos de ocupaciones del mismo nivel (Espino, 2013: 224), situación que condiciona los niveles de ingreso de hombres y mujeres, pues ellas tienden a desempeñarse en ocupaciones de menor calificación y de menor remuneración (Ministerio de economía, 2013).

Estrechamente vinculado con lo anterior, se encuentra la situación de formalidad de los emprendimientos. Alrededor de un 53, 9% de los emprendimientos de los hombres son formales y un 46,1% son informales. Mientras que, en el caso de las mujeres las cifras se invierten, puesto que un 47,7% son formales, mientras que un 53,3% son negocios informales (Ministerio de Economía, 2013).

Por consecuencia, el nivel de ingreso de hombres y mujeres, presenta significativas brechas de género, debido a que más de la mitad de las mujeres con emprendimientos obtienen el salario mínimo, mientras que entre los hombres, sólo es un 29,6%. En contraste, un 15,9% de los hombres obtiene ganancias por sobre los 2,5 millones, a diferencia de las mujeres donde sólo un 6,1% se ubica en tal tramo (Ministerio de Economía, 2013).

Por último, al comparar la generación de empleos de los emprendimientos de hombres y mujeres al inicio del negocio y en la actualidad, se observa que en el primer periodo los porcentajes de contratación son similares, (25,4% y 20,0% respectivamente). No obstante, al comparar las cifras actuales, el porcentaje de hombres que tiene trabajadores/as contratados/as aumenta considerablemente (34, 9%), mientras que en el caso de la mujeres experimenta un aumento leve (23,6%) (Ministerio de Economía, 2013).

A la luz de lo expuesto, es indudable que hay una tendencia hacia la reproducción de las inequidades de género, en tanto, las mujeres continúan ocupando posiciones asimétricas respecto de los varones debido a los escasos y/o nulos cuestionamientos en torno a la división sexual del trabajo  y del  papel social de hombres y mujeres. Para Maruani (1998 en Prieto), la desigualdad varón/mujer no desaparece, sino que se desplaza hacia nuevas fronteras. En este sentido, es pertinente reflexionar sobre los alcances del emprendimiento para aminorar las desigualdades de género y/o para mejorar la situación social de las mujeres.

Tal como se ha expuesto en párrafos anteriores, los supuestos sobre los cuales reposan las “políticas” de emprendimiento, son coherentes con el paradigma neoclásico. De modo que su conceptualización y lineamientos en términos políticos excluyen las experiencias de las mujeres, y por consecuencia las relaciones de género son invisibles, pues tales iniciativas se despliegan sobre un escenario ideal que soslaya o más bien naturaliza la división sexual del trabajo, al incentivar el emprendimiento como un mecanismo que posibilita “la flexibilidad suficiente para llevar a cabo las labores del hogar y el cuidado de los niños” (Ministerio de Economía, 2013). Así, el trabajo doméstico no remunerado ha devenido en un atributo natural de la psique y la personalidad femenina (Federici, 2013: 37).

Por lo demás, se termina por privatizar una problemática que tiene un carácter estructural y cultural, en tanto responde por una parte, a la creciente desregularización y flexibilización del mercado de trabajo, y por otra, a los condicionamientos que presenta el ejercicio casi en exclusiva del trabajo doméstico no remunerado realizado por las mujeres.

La reciente encuesta del uso del tiempo libre en Chile (INE, 2015), reafirma entonces, la tendencia a nivel internacional respecto de la asimetría de la distribución del trabajo doméstico no remunerado entre hombres y mujeres, siendo una de las principales fuentes de las desigualdades de género. Dicha situación se traduce en que las mujeres poseen menos accesos a recursos, materiales, sociales, culturales y políticos, hecho que redunda en la persistencia de su posición desventajosa en la esfera social.

En un día tipo, las mujeres destinan en promedio a nivel nacional 5,89 horas al trabajo no remunerado, mientras que los hombres destinan 2,74 horas. Estas diferencias se presentan también en los días de semana y fin de semana, donde los hombres a nivel nacional destinan en un día de semana 2,74 horas en promedio al trabajo no remunerado y las mujeres 6,07 horas en promedio. En día de fin de semana el tiempo destinado al trabajo no remunerado se incrementa, ya que los hombres destinan 3,50 horas en promedio y las mujeres 6,12 horas. De este modo, el tiempo que se destina al trabajo no remunerado, aumenta la carga de trabajo de las mujeres, aun cuando destinan menos (INE, 2015).

Por tanto, frente a la interrogante sobre los alcances de los emprendimientos en mejorar la situación y posición social de las mujeres con vulnerabilidad social y disminuir las desigualdades de género, al menos a raíz de la caracterización presentada, es posible inferir que de presentar alcances positivos, estos serían más bien mínimos, puesto que finalmente tales iniciativas reposan sobre la base de un sistema sustentado en las diferencias biológicas y sexuales de hombres y mujeres y en la organización de los tiempos derivada de ello.

Entonces, resulta fundamental apostar por construir alternativas que posibiliten cuestionar la división sexual del trabajo y por extensión los imaginarios en torno a la masculinidad y la feminidad, pues es absolutamente necesario trasformar las directrices y lineamientos políticos actuales de incentivo y fomento a los emprendimientos, debido a que contribuyen a reforzar y profundizar las desigualdades de género, y en definitiva a potenciar el papel tradicional de las mujeres. Es imprescindible identificar, reconocer y al mismo tiempo “comprender la instituciones políticas, sociales, económicas como instituciones generizadas. También es fundamental revelar la forma en la cual las instituciones reflejan, refuerzan y estructuran las relaciones de género y las desigualdades de poder que estas entrañan” (Mackay & Meier, 2003 en Espino). Ello, con miras a reflexionar e interrogar (nos)  por las alternativas y/o medios que nos permitan ampliar los escenarios posibles para las mujeres, de manera de contribuir a aminorar las desigualdades de género y por sobre todo a tensionar y problematizar la persistencia en la dicotomía producción/reproducción.

 

Bibliografía

 

 

  • Instituto Nacional de Estadística. INE (2015) Encuesta Nacional sobre el uso del tiempo libre.

 

  • Espino, A. (2010). Economía feminista: enfoques y propuestas. Instituto de Economía. Serie de Documentos de Trabajo DT 5/10.

 

  • Formichella, M. M. (2004). El concepto de emprendimiento y su relación con la educación, el empleo y el desarrollo local. Buenos Aires.
  • Maruani, M. (1998). Les nouvelles frontiéres de l’ inegalite. Hommes et femmes sur le macrhé du travail, París, L’Harmattan. Citado por Carlos Prieto (1999) Los estudios sobre mujer, trabajo y empleo: caminos recorridos, caminos por recorrer. Política y sociedad, núm. 32, pp. 141 – 149.

 

  • Mackay, F. & Meier, P. (2003), Institutions, Change and Gender Relations: Towards a Feminist New Institutionalism? ponencia presentada en el seminario del European Consortium of Political Research “Changing Constitutions, building institutions and (re)defining gender relations”, Edimburgo. Citado por Alma Espino (2010) Economía feminista: enfoques y propuestas. Instituto de Economía. Serie de Documentos de Trabajo DT 5/10.

 

 

  • OIT (2008). Chile: Tasa de participación laboral fe­menina entre las más bajas de América Latina en Mujeres en Chile y mercado de trabajo INE, 2015

 

  • Rodríguez, C. (2010). Análisis económico para la equidad: los aportes de la economía feminista. Saberes, n° 2, pp. 3 – 22. Disponible texto en: file:///C:/Users/mirla/Downloads/Dialnet-AnalisisEconomicoParaLaEquidadLosAportesDeLaEconom-4061198.pdf

 

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