Feminización de la pobreza: “la pobreza tiene rostro de mujer”

Por Mariana da Silva Évora

Por un mundo donde seamos

socialmente iguales,

 humanamente diferentes,

y totalmente libres

(Rosa Luxemburgo)

 

La pobreza tiene rostro de mujer

El CIP (Centro Internacional de Pobreza) define a la feminización de la pobreza como un cambio en los niveles de pobreza que muestra una tendencia en contra de las mujeres o los hogares a cargo de mujeres. Más precisamente, es un incremento en la diferencia en los niveles de pobreza entre mujeres y hombres, o entre los hogares a cargo de mujeres por un lado y aquellos a cargo de hombres o parejas por el otro.

Como evidencia de esto, vemos en los últimos datos del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), que la tasa de desempleo promedio del tercer trimestre de 2016 es de 8,5%, ese total surge del 6,5% correspondiente a varones, y del 10,5% restante a mujeres, dando cuenta que el mayor desempleo lo sufren las mujeres. Esto mismo ocurre con la tasa promedio de pobreza, que de un total de 32,2%, el mayor porcentaje corresponde a mujeres. Esta mayor precarización en la calidad de vida es casual? Lo cierto es que no.

En principio, esta desigualdad se podría explicar por la cantidad de horas que las mujeres le dedican a las tareas del hogar, ya sea con los quehaceres domésticos, el apoyo escolar y al cuidado de niñxs y/o personas adultas. En el 2013 el INDEC realizó por primera vez una encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo, según la cual las mujeres de Argentina dedican en promedio 6,4 horas de tiempo diarias a estas tareas y los varones 3,4 horas a las mismas tareas de trabajo no remunerado.

Estas tareas de por sí, aunque no sean reconocidas socialmente ni remuneradas, implican una jornada laboral, y en los casos donde las mujeres también trabaja asalariadamente y/o en actividades para la comunidad, hablamos de doble y hasta triple jornada laboral.

Trabajo productivo y reproductivo       

La división del trabajo por sexos, está asociada a la pobreza de las mujeres, por las menores oportunidades de éstas para acceder a los recursos materiales y sociales y a la toma de decisiones en materias que afectan su vida y el funcionamiento de la sociedad (Bravo, 1998).

La división sexual del trabajo es resultado de la construcción social de estereotipos de género y la asignación de roles en función del mismo. Así es que los hombres históricamente se dedican principalmente al trabajo productivo remunerado, y las mujeres gratuitamente al trabajo reproductivo, la CEPAL define:

“El trabajo productivo indica aquellas actividades humanas que producen bienes o servicios y que tienen un valor de cambio, por lo tanto que generan ingresos tanto bajo la forma de salario o bien mediante actividades agrícolas, comerciales y de servicios desarrolladas por cuenta propia. El trabajo reproductivo constituye un conjunto de tareas necesarias para garantizar el cuidado, bienestar y supervivencia de las personas que componen el hogar. Este trabajo reproductivo se entiende en dos niveles fundamentales: a) La reproducción biológica: la gestación, el parto y la lactancia del niño. b) La reproducción social: mantenimiento del hogar y la reproducción de hábitos, normas que, incluye la crianza, la educación, la alimentación, atención y cuidado de los miembros y organización y, leyes, costumbres y valores de un grupo social determinado.

Pero por qué le dedicamos tanto tiempo a estas tareas? siguiendo a la filósofa marxista Silvia Federici, quien sostiene que “eso que llaman amor es trabajo no pago”, al disfrazar el trabajo no pago como un acto de amor (y de mujeres) se esconde que estas tareas son trabajo propiamente dicho y de este modo, se realiza una actividad indispensable para el funcionamiento de toda sociedad de manera gratuita en un mundo en que el consumo de todas las cosas tiene un precio.

Precio que se visibiliza cuando estas tareas se tercerizan, ya sea en instituciones privadas de cuidado, o contratando a alguien para que haga las tareas.

En este sentido, la pertenencia a determinada clase impacta en la organización del trabajo doméstico, ya que las mujeres de clases media y alta poseen el nivel de ingresos necesario para delegar en terceras personas estas tareas, quienes generalmente son mujeres de las clases populares, a quienes su dinámica familiar cotidiana y su formación y capacitación,  les permiten acceder a este tipo de trabajos, generalmente precarizados, en cuanto a cumplimiento de derechos e ingresos.

Con el fin de cuantificar el ingreso que genera este trabajo, se han realizado estudios sobre Sudáfrica, Tanzania, Corea, India, Nicaragua y Argentina, y se estima que si se le asignara un valor monetario al trabajo reproductivo que realizan las mujeres, representaría entre el 10 y el 39% del PBI de estos países. Otro resultado es que la reducción de las cargas de estas tareas sobre las mujeres, mejoraría su productividad fuera del hogar, con el consiguiente impacto positivo en toda la sociedad.

 

Discriminación en el mercado laboral y brecha salarial por género

En nuestro país, según un informe del Ministerio de Trabajo, las mujeres ganan en promedio 27% menos que los varones, un número que varía según las zonas del país, la composición del grupo familiar (hijos/as y/o familiares a cargo) y las condiciones del trabajo productivo de que se trate. Es de las tasas más altas de Latinoamérica; y aumenta la brecha para el empleo no registrado. Esta diferencia salarial se calcula comparando el salario promedio de hombres con el de las mujeres. Pero cuáles son las cusas de esta brecha?:

Cantidad de horas trabajadas: cuando se comparan los salarios por hora, la brecha disminuye considerablemente, y la diferencia responde a la cantidad de horas disponibles de las mujeres para trabajar en el mercado, pese a ello, incluso las mujeres que trabajan más de 45 horas semanales en el mercado, le dedican mayor cantidad de tiempo a las tareas domésticas que los varones desempleados.

Segregación vertical y horizontal: a nivel vertical, generalmente existen obstáculos invisibles que llevan a que las mujeres tengan poco acceso a los puestos de poder y decisión, y permanezcan en los escalones más bajos de las instituciones (puestos menos calificados, y de menor salario). A nivel horizontal, sectores de educación, salud y trabajo doméstico están sobre ocupados por mujeres, siendo estos los segmentos peor pagos, y vinculados a las actividades de cuidado asignadas dentro del hogar.

Por otra parte, en el 2013 el INDEC realizó por primera vez una encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo, según la cual las mujeres de Argentina dedican en promedio 6,4 horas de tiempo diarias a estas tareas y los varones 3,4 horas a las mismas tareas de trabajo no remunerado.

 

 

Estos datos, así como los datos referidos a la brecha de participación entre varones y mujeres en el trabajo no remunerado, nos permiten dimensionar la asimetría existente en la distribución de tareas del hogar entre hombres y mujeres. La brecha de participación en el trabajo no remunerado entre varones y mujeres, se calcula para saber cuán importante es la diferencia entre la participación masculina y femenina en el trabajo doméstico no remunerado, y permite medir qué tan asimétrica es la distribución de las tareas dentro del hogar.

 

La cantidad de horas diarias que las mujeres dedican a estas tareas que garantizan la supervivencia, y no a otras como estudiar, trabajar en forma remunerada fuera del hogar, e incluso descansar. Esta falta de tiempo libre, limita en cuanto a las posibilidades de desarrollo tanto personal, como profesional, teniendo que muchas veces aceptar trabajos más flexibles, peor pagos y precarizados.

Asimismo, cuando la situación económica se torna adversa, las primeras que pierden el trabajo remunerado son las mujeres, precisamente por las condiciones precarizadas bajo las cuales son contratadas, aumentando la probabilidad de caer y permanecer en la pobreza.

Pese a ello (o debido a ello), las mujeres ocupan un rol protagónico en períodos de crisis, ya que tienen gran capacidad de organización, generando diversas estrategias para mantener el hogar, como por ejemplo aumentando su participación en comedores, roperos comunitarios, trueque, ferias, merenderos, cooperativas y demás organizaciones barriales, como alternativa al hambre y la pobreza. Es importante notar que estas  actividades generalmente son una continuación del trabajo desarrollado en el ámbito privado, del trabajo reproductivo no remunerado.

 

Rol del Estado

Las políticas orientadas a la reinserción de las mujeres en el mercado laboral (como guarderías en lugares de trabajo, esquemas de horarios flexibles para la lactancia, espacios de cuidado de niños/as que permita a las madres capacitarse para poder mejorar sus oportunidades laborales, desarrollarse profesionalmente, y/o disfrutar del ocio, etc.) son escasas y a cuando existen, a menudo poseen grandes falencias en su implementación.

Políticas Afirmativas y Transformativas con perspectiva de género

Nancy Fraser, propone entre los objetivos del feminismo, un modelo de articulación entre la justicia social, el objetivo de las políticas sociales y la igualdad de género. Plantea conectar dos problemáticas actualmente disociadas, la igualdad y redistribución material, con el reconocimiento de diferentes identidades sociales. De los tres grupos sociales pasibles de justicia social que analiza, la a clase trabajadora le correspondería un modelo redistributivo, dado que la raíz de la injusticia sería la mala distribución económica. Para lograr justicia social en la comunidad LGTBI, sería necesario un modelo de políticas de reconocimiento, dado que la injusticia está definida por la estructura cultural valorativa. Las comunidades bivalentes por su parte, para corregir la injusticia social a la cual son sometidas, necesitan soluciones de redistribución y reconocimiento. Tal es el caso de la categoría “género”.

Fraser continúa diciendo que una de las principales características de la injusticia de género es el androcentrismo, la construcción de normas que privilegian los rasgos asociados a la masculinidad, y menosprecian lo femenino, así es que el género tiene una faceta política económica, y también la cultural valorativa, por ello para su reparación, se necesitan políticas sociales que den soluciones redistributivas y de reconocimiento.

Estas soluciones a su vez pueden ser afirmativas y/o transformativas. Mientras que las afirmativas están orientadas a corregir los resultados inequitativos de los acuerdos sociales, lo hacen sin afectar el marco general que los genera, son propias del Estado de Bienestar que no busca cambiar el modo de producción, sino que mantienen las diferencias de clase. Por otra parte, las soluciones transformativas, pretenden corregir las inequidades reestructurando el marco general implícito que las origina.

Hay alternativa?

Lo principal e imprescindible, aunque proceso a largo plazo, es deconstruir los estereotipos de género asociados al patriarcado y al capitalismo, para eliminar la discriminación por género, precarización laboral, feminización de la pobreza, múltiples violencias y demás impactos negativos sobre otros aspectos de la vida de las mujeres.

En cuanto al Estado es necesario exigir a lxs gobernantes que implementen fuertes políticas que redistribuyan ingresos y servicios accesibles en términos de costos y adaptados a las necesidades de las familias. En paralelo, implementar acciones específicas para poder reducir la brecha salarial, trabajar en políticas públicas orientadas a las mujeres para compensar la discriminación laboral. En términos de Nancy Fraser, políticas sociales que den soluciones redistributivas y de reconocimientos, del tipo transformativas, que promuevan una estructura cultural que valore las diferencias, eliminen las jerarquías y el androcentrismo.

Por su parte, Gala Díaz Langou, coordinadora del Programa de Protección Social del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), aporta que es necesario avanzar en una extensión de las licencias maternales, paternales y familiares. El escenario ideal es: contar con una licencia por maternidad que respete el piso mínimo establecido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de 98 días, universalizándola a todas las trabajadoras madres (incluyendo a las trabajadoras informales); extender la licencia por paternidad a treinta días y universalizarla a todos los trabajadores padres (formales e informales); crear una licencia familiar de 90 días que pueda ser usada indistintamente por el padre o la madre (o los padres y las madres). Este escenario facilitará la inserción de las mujeres en el mercado laboral y favorecerá la construcción de una más justa división de roles intrahogar”.

Asimismo, fortalecer los espacios de construcción colectiva, donde se promueva el empoderamiento de las mujeres, en los cuales la despatriarcalización sea el horizonte que traccione las acciones destinadas a cambiar las relaciones sociales capitalistas vigentes.

Con esto en mente, de nosotras depende seguir organizándonos y luchar por el cumplimiento de nuestros derechos a una vida y libertad plenas, y una sociedad con iguales oportunidades donde exista justicia social, en ese camino estamos…

 

Referencias bibliográficas

  • Aguilar Paula Lucía, “La feminización de la pobreza: conceptualizaciones actuales y potencialidades analíticas”. Universidad de Buenos Aires (UBA).
  • CIP (Centro Internacional de Pobreza). ¿Qué queremos decir con “feminización de la pobreza”?. Marcelo Medeiros y Joana Costa, (2008).
  • Corina Rodriguez Enriquez. Nota de página 12 “Uso del tiempo”
  • Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo. INDEC 2013
  • Estadísticas Ministerio de Trabajo de la Nación.
  • Fraser Nancy. Entrevista disponible en https://www.youtube.com/watch?v=3j8drI8lOd0&list=PL8eeXWjDe9Te1MPZJD- TSU9ag2wVzS6eB&index=36
  • Datos pobreza y desempleo. INDEC
  • Material de clase teórico, videos, notas periodísticas.
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