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Filosofar con niñes. Reseña de Amanda, pensadora

Por Danila Suárez Tomé


El asombro y la curiosidad han sido consideradas desde los orígenes de la filosofía como los estados de ánimo por excelencia que nos disponen a la búsqueda del saber. Y aunque la infancia es una etapa de la vida en la que ambas cualidades nos brotan por los poros, la filosofía, en su representación cultural, se encuentra más bien asociada a la vejez del sabio. Sin embargo, el nuevo milenio ha traído una tendencia en investigación y enseñanza que busca estimular la práctica temprana de la filosofía [1].

“¿Filosofía e infancia? ¿En serio? ¿A quién se le ocurriría hablarle de Schopenhauer a une niñe?” Estas preguntas que podrían surgirnos al pensar el nexo entre la filosofía y la infancia son el producto de una concepción muy arraigada de la filosofía como historia de sistemas de pensamiento filosóficos. Pero la filosofía no es solamente su historia ni sus figuras, sino una práctica humana que, como hemos dicho, requiere de un asombro y una curiosidad ante la vida. Y si les niñes las tienen en abundancia, ¿por qué no aprovecharlas para filosofar junto a elles?

La editorial Capital Intelectual publicó recientemente Amanda, pensadora, un libro para niñes producido por la filósofa Mariana Gardella Hueso y la ilustradora Mariela Califano. La propuesta surge de la consideración de la infancia como “el inicio del nacimiento de lo imprevisible, de la novedad, de la sorpresa”. La filosofía se presenta aquí como un juego de preguntas sin reglas fijas, en donde se invita a toda la familia a conversar y trabajar con los disparadores que les propone Amanda, a lo largo de una serie de dibujos muy estimulantes y preguntas reflexivas que se enraizan en la propia experiencia de la infancia: en los pensamientos, deseos, deberes y miedos que tienen les niñes, y en las relaciones de su entorno, como sus amigues, familiares y mascotas.

Pero la reflexión no es únicamente sobre su experiencia de la niñez, sino que Amanda les invita a pensar, también, sobre el propio proceso del pensamiento, de cómo se formula una pregunta, de cómo surge una idea. Es decir, les invita a hacer filosofía. A través del diálogo, Amanda invita a les niñes a cuestionar lo obvio, a interpretar los enigmas que ya se presentan en el mundo de la infancia, a trasladar su asombro a preguntas, a enfrentar la angustia que genera enterarse de que no todas las preguntas tienen respuestas e incluso a pensar en la nada. Y también hay una exhortación a les adultes a entrar en la dinámica del pensamiento filosófico. Amanda, pensadora no es un libro para que les niñes lean en solitario, sino que está pensado para generar junto con elles una primera comunidad de pensamiento, en donde niñes y adultes puedan intercambiar preguntas, aprender juntos, elaborar ideas y conceptos.

No es un dato menor que quien te invite a filosofar sea una niña: Amanda, y que la cita que introduce al libro sea de Safo de Lesbos. La filosofía es una de las disciplinas más masculinas del espectro de las Humanidades. A lo largo de la historia, han sido los varones quienes han podido acceder a su ejercicio, y hoy en día a nivel mundial sigue existiendo una brecha de género considerable en la práctica filosófica académica. Uno de los problemas más severos a la hora de despertar vocaciones filosóficas y científicas en niñas es que, mientras que culturalmente se considera que para ejercer la filosofía (entre otras disciplinas) es necesario “ser brillante”, estudios sobre la percepción de la inteligencia en la infancia han demostrado que a partir de los seis años, las nenas dejan de asociar la inteligencia con su género. El hecho de que todavía hoy se siga asociando la inteligencia a lo masculino es uno de los grandes obstáculos culturales para el ingreso de las mujeres en el ejercicio de la filosofía y otras disciplinas que cargan con los mismos estereotipos.

Amanda, pensadora, en este contexto, es una invitación desprejuiciada a cultivar la curiosidad filosófica de manera inclusiva, por fuera del androcentrismo y adultocentrismo que se apropian de una actividad que, antes de ser académica, sabe ser humana, demasiado humana. Si las preguntas existenciales nos acompañan desde que nacemos hasta que morimos, ¿por qué no aprender desde temprano a canalizarlas a través de la filosofía?

[1] El grupo “El pensadero”, por ejemplo, es reconocido en nuestro país por su investigación, trabajo y divulgación de filosofía con niñes.

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