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Hacer ciencia: historia de varoneras empecinadas

Por  Agostina Mileo a.k.a La Barbie Científica*

 

“La ciencia del siglo XXI tiene muchísimo en común con la tradición medieval de los aprendices. Los científicos jóvenes se incorporan a grupos de investigación liderados por un investigador principal prestigioso, que rara vez se involucra en el trabajo de campo pero tiene autoridad absoluta para elegir al personal. Solo cuando este periodo de entrenamiento se completa, un científico joven puede aspirar a formar un grupo de trabajo independiente, pero siempre será conocido como «el que trabajó con tal»” — Dra. Sarah Clatterbuck Soper en su artículo para el New York Times

Con este relato, Clatterbuck contesta a la polémica por los dichos del Dr. Hunt, un Premio Nobel que fue despedido de su cargo como profesor luego de afirmar que “el problema con que haya mujeres en el laboratorio es que te enamorás, se enamoran y después cuando las criticás lloran”. El artículo del Times propone que, como en general los que dirigen los grupos de investigación son varones heterosexuales, suelen elegir a otros varones para trabajar y así ahorrarse problemas.

Los datos son claros; las mujeres en ciencia somos pocas y generalmente tenemos jefes varones. Como señala Diana Maffía “La mayoría de las científicas atribuye su inspiración para la carrera y su decisión vocacional a maestros varones, dado que pocas veces tuvieron la oportunidad de conformar equipos de investigación con mujeres. Esto sólo les está ocurriendo a las científicas más jóvenes. Hacer ciencia, entonces, es hacerla como sus maestros… varones”. Pero antes de llegar al laboratorio, fuimos nenas que se preguntaban qué les copaba del mundo. Y antes de chocarnos con un Premio Nobel misógino que no nos eligiera para transmitir su valioso conocimiento, muchas tuvimos un papá que tampoco quiso gastar pólvora en chimangos.

 

Ilustración de Lina Castellanos

¿Cómo sabemos lo que afirmamos? ¡Con ciencia, obvio!

En un estudio publicado en Psychological Science, se relata que un grupo de investigadores puso cámaras y micrófonos en 18 instalaciones interactivas de ciencia en un museo para niños de California y observaron las interacciones entre las familias que concurrían. Después se fijaron qué explicaciones recibían los chicos de parte de sus padres; si hablaban de conexiones causales entre acciones y resultados (“cuanto más rápido muevas la manivela más electricidad se genera”), de relaciones entre lo que sucedía y fenómenos más generales (“ves tantos colores porque la burbuja refleja distintos tipos de luz”) o si hacían analogías para explicar los fenómenos. Al comparar la cantidad de explicaciones con si los que las recibían eran nenes o nenas y si el que las formulaba era el padre, la madre o los dos resultó que la mayor cantidad se daba entre papás y sus hijos varones. Las mamás explicaban menos en general y también dirigían la mayor cantidad de explicaciones a sus hijos varones. Cuando ambos padres se encontraban presentes, la cantidad de explicaciones se mantenía relativamente constante para varones, pero crecía muchísimo para las nenas.

Cuando los padres ayudan con la tarea a hijos adolescentes, la tendencia parecería continuar. Tanto madres como padres (pero de nuevo, más los padres) creen que a sus hijos varones les interesa más la ciencia y tienen más condiciones que sus hijas, aunque los resultados obtenidos por unos y otros no varíen significativamente. Así, puede verse cómo utilizan vocabulario más complejo de manera más frecuente con varones porque creen que lo comprenden mejor.

 

De casa a la facu y de la facu al trabajo: ¿qué pasa con las científicas en las instituciones?

Como veníamos viendo, la falta de estímulo para que las mujeres se incorporen a la actividad científica tiene que ver con cuestiones muy arraigadas en la cultura que se combinan con un sistema de valoración académica que muchas veces resulta hostil. Los obstáculos tan familiares para las mujeres en la ciencia (menosprecio de los colegas, dificultades de ascenso en la carrera) son el lujo de quienes resistieron un desaliento sistemático. Y pareciera que el origen está en la asociación de la ciencia con la brillantez (asociación que me resulta errada y contribuyente a la dificultad de acceso al conocimiento científico).

Respecto a esta idea de inteligencia y masculinidad, Diana Maffía señala que “el peso de una cultura con predominio masculino, que marca a la niña desde pequeña para actuar como “mujer”, [la aleja]  de las “cosas de hombres”. En esta cultura se naturaliza una distribución por género de cualidades (razón o emoción, fuerza o sensibilidad, objetividad o subjetividad), en las que la valoración cognitiva está asociada con las atribuidas tradicionalmente al varón”. El peso de esa cultura recae sobre nuestros padres, sobre nosotras y sobre la ciencia. Cuando lo empezamos a pensar desde la cita de Clatterbuck haciendo hincapié en que las mujeres en ciencia en general tenemos referentes varones, nos estábamos perdiendo de algo muy importante si queremos dejar de replicar este esquema. Podemos hablar sin parar de cómo modificar el sistema científico para igualar las oportunidades de las personas que se insertan en él independientemente de su identidad de género y probablemente se nos ocurran ideas bastante buenas. Pero por ahora, ni la ciencia más avanzada nos permite viajar al pasado para impedir que las nenas pierdan el interés genuino por la ciencia, aquel que el célebre físico Michio Kaku le atribuye por naturaleza a cualquier niño.

Recientemente, la revista Science identificó que entre los 5 y los 6 años las niñas dejan de asociar la inteligencia con su propio género. El equipo realizó cuatro experimentos con diferentes muestras de niños de 5, 6 y 7 años (75% eran blancos y todxs de clase media insertos en el sistema escolar formal). En uno, se les contó una historia sobre una persona que era “muy pero muy inteligente” sin darles ninguna pista acerca de si era varón o mujer. Después les mostraron 4 imágenes de adultxs que no conocían (dos varones y dos mujeres) elegidos especialmente en función de su atractivo y de las pistas que ofrecían por su vestimenta acerca de su profesión para que fueran parejos y los niñxs tuvieron que decir quién creían que era el personaje de la historia. En otra instancia, veían pares de adultxs y tenían que adivinar quién era muy inteligente y, por último, tuvieron que unir objetos (como un martillo) y atributos (como inteligente) con fotos de varones y mujeres. Los investigadores después clasificaron los resultados según los niñxs hubieran manifestado asociaciones entre la inteligencia y su propio género y los contrastaron con los resultados de asociar amabilidad y género (rasgo estereotípicamente femenino). A los 5 años, no había mayores diferencias entre la asociación de la inteligencia con el propio género, pero las nenas de 6 y 7 eran mucho menos propensas a pensar que otras mujeres eran inteligentes. La amabilidad como atributo dio resultados similares a la inversa. También se testeó la percepción de los logros académicos con experimentos similares en los que en vez de preguntar por la inteligencia se preguntaba por “tener muy buenas notas”. En este caso, tanto las niñas como los niños tendían a asociar el buen rendimiento académico con personajes femeninos (cosa que se corresponde con la realidad a esa edad), pero aún así los resultados respecto a la inteligencia se mantenían y tendían a pensar que las historias sobre gente brillante eran sobre varones. Esto indica que, aunque reconocen que las nenas tienen mejor rendimiento académico, no les parece que sea porque son más inteligentes, o que no hace falta ser especialmente inteligente para sacarse buenas notas.

En una segunda etapa, se presentaron dos juegos a los niñxs de 6 y 7 años. Uno diseñado para “chicxs muy muy inteligentes” y otro para “chicxs que se esfuerzan mucho”. Después se les hicieron cuatro preguntas para determinar su interés en estos juegos y se repitieron algunas instancias adaptadas de los otros experimentos para establecer la correlación entre el interés y la asociación de la inteligencia con la masculinidad. Las nenas demostraron mucho más interés en el juego para perseverantes que en el juego para inteligentes, y los resultados de la asociación fueron los mismos que en los experimentos de las historias. Al presentar los mismos juegos a niñxs de 5 años, los resultados no variaron entre géneros.

 

A la hora de diseñar políticas de equidad para el fomento de la vocación científica, esto no solo tiene importancia porque permite identificar la edad en la que estos estereotipos terminan de instalarse en la cabeza de las nenas, sino que también podría ser un factor específico a considerar cuando analizamos la distribución de las mujeres por área del conocimiento en función de su asociación con la necesidad de una mente brillante.

A mi curiosidad y a mi metodología les queda la duda de qué sucede con las personas trans. Sería bueno saber si al atravesar una transición, la percepción de la propia inteligencia se modifica. Si los resultados en niñxs trans se correspondieran con la elección de área del conocimiento en personas que transicionan de adultas (o sea, si los niñxs trans adjudicaran la virtud de la inteligencia o no al propio género según sea el asignado al nacer o el percibido y si esto se verificara en la elección de áreas del conocimiento según fueran típicamente femeninas o masculinas tanto en adultxs que transicionaron de niñxs como de grandes), buscaría dilucidar si este estereotipo se ancla en la presunción de la existencia de algún factor biológico.

Por ejemplo, habría que comprobar si las niñas trans luego de adjudicar historias de personajes inteligentes a varones tanto como las niñas cis optan por dedicarse a ciencias para las que se cree que se necesita ser más inteligente y si las mujeres trans que cambiaron su género en la adultez también se dedican a esas áreas del conocimiento. Si así fuera, es probable que esto tenga algo que ver con que los discursos deterministas que se han anclado en la cultura de manera tal que hacen creer que los varones tienen algún tipo de disposición biológica que los hace “naturalmente” más inteligentes.

La asociación de la brillantez con los varones se convierte en un camino de explicaciones que se nos niegan, áreas del conocimiento que se nos niegan y puestos laborales que se nos niegan. Si además consideramos que a las bajas expectativas salariales de un científico en nuestro país le tenemos que descontar la brecha salarial y los obstáculos para avanzar hacia posiciones jerárquicas, ¿quién carajo quiere ser científica?

Por eso, las distractoras del laboratorio a las que la furia uterina llevó a amar el conocimiento el 8 no laburamos y nos autoadjudicamos la historia de brillantez que es el conocimiento científico. Porque queremos todo.

 

*Agostina es comunicadora científica. Doctoranda en historia y epistemología de la ciencia.

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