Ingresos más concentrados y pobres cada vez más pobres

Martín Kalos (Director de EPyCA Consultores)
Publicado en  BAE Negocios

 

La distribución del ingreso en Argentina empeoró notablemente en el último año. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), en el 2º trimestre de 2015 el 10% de las personas con menores ingresos contaba con $1.063 por mes para vivir, en promedio. Un año después, cuenta con $1.311, apenas un 23,3% más —muy por debajo del 42% de inflación acumulado en ese año—. Lo grave de esta evolución es que sólo la población de menores recursos perdió poder adquisitivo. En cambio, el 10% de las personas de mayores ingresos incrementó el dinero del que dispone mensualmente en un 53%, pasando de $19.845 en el segundo trimestre de 2015 a $ 30.374 un año después.

Quienes más ganan sí lograron subas mayores a la inflación, que se explican en buena medida por la enorme transferencia de recursos que el Estado Nacional propició: desde la quita de retenciones a las exportaciones agropecuarias hasta la modificación del impuesto a las ganancias, las principales medidas redistributivas de Cambiemos por ahora fueron a favor de la población de mayores ingresos. Incluso la marketinera “reparación histórica” a jubilados favorece a las personas que cobran haberes más altos, pero mantienen sin cambios a quienes cobran la jubilación mínima y bajan la perspectiva de ingresos futuros para quienes no llegarán a los 30 años de aportes (que a partir de ahora cobrarán menos que la mínima). Las políticas a favor de los sectores más vulnerables, como la devolución del IVA (con un tope de $300 por mes) para quienes cobran planes sociales o jubilaciones mínimas, son paliativos necesarios pero que no alcanzan a compensar la pérdida en los ingresos reales.

Así, empeoró la diferencia entre quienes más ganan y quienes menos ingresos perciben: hace un año era de 18,7 veces y ahora es de 23,2 veces. Esta cifra es similar a las de los años 2010-2011, lo cual implica un retroceso rápido de varios años en la distribución del ingreso. En términos de hogares, en cambio, casi no hubo impacto: en el 2º trimestre de 2016 la brecha es de 17 veces, contra 16,1 veces un año antes y 17,2 en el 2º trimestre de 2014.

Esto significa que los hogares más pobres pudieron implementar estrategias para incorporar ingresos adicionales que compensaran por ahora el deterioro de los ingresos de cada uno de sus miembros. Por ejemplo, se está produciendo un marcado ascenso en las mujeres que salen a buscar trabajo: la tasa de actividad entre mujeres pasó, en un año, de 45,9% a 49%. Esto es producto directo del deterioro laboral: desde diciembre de 2015 se acumulan más de 130.000 despidos en el sector privado (de acuerdo a datos del Ministerio de Trabajo), con decenas de miles de suspensiones, vacaciones anticipadas u otras variantes de ceses laborales a la espera de una reactivación económica que aún no llega. Con una tasa de desempleo del 9,3% (que es mucho más acuciante entre trabajadores jóvenes y aún más entre trabajadoras mujeres de menos de 29 años de edad, y en los grandes centros urbanos) y una política gubernamental clara de no impedir los despidos, la preocupación por la estabilidad laboral también obliga a que otras personas miembro del hogar salgan a buscar trabajo. Además, quienes mantienen sus puestos perdieron salario real: más de 10% para trabajadores del sector público, 15% para trabajadores del sector privado registrados, y aún peor para quienes se encuentran fuera de convenio o no registrados (“en negro”).

Entonces: en los hogares más pobres, más miembros (sobre todo, mujeres) deben salir a buscar trabajo para compensar la pérdida de ingresos (o el miedo a perderlos en breve) de quienes ya trabajaban. Esto no es inocuo: esas personas cumplían tareas reproductivas al interior del hogar, tareas que en hogares de mayores ingresos pueden tercerizarse en empleados domésticos. La pobreza de ingresos se complementa, entonces, con una mayor pobreza de tiempos. Se incrementará la presión sobre esas mujeres, que deberán cumplir una “doble jornada laboral”, primero por un salario y luego para las tareas domésticas (que rara vez toman otros miembros no mujeres de la familia, según muestran las estadísticas de uso del tiempo en el hogar). Que más mujeres de hogares pobres salgan a buscar trabajo (para compensar la pobreza de ingresos) significa en muchos casos una intensificación de la pobreza de tiempos que también son necesarios para que esos hogares puedan vivir dignamente. Esto es particularmente grave para casi la mitad de los niños menores de 14 años, que hoy viven en la pobreza. Tampoco el ingreso que puedan aportar esas mujeres al hogar será el mismo: en Argentina, cobran un 27% menos que los hombres por el mismo trabajo, según datos del grupo “Economía Feminista”.

 

 

Los indicadores de distribución del ingreso se habían ya estancado entre 2012 y 2015, tocando mínimos de 16 veces (diferencia en el ingreso per cápita familiar) y 18 veces (para la brecha entre individuos, sin importar el hogar al que pertenezcan). Sobre esta base ya muy desigual, en el último año los hogares más pobres se han visto sumamente perjudicados, mientras que el 10% de mayores ingresos se apropió de ganancias aún mayores. Tal como ironizaba en 2007 la Revista Barcelona, “la redistribución ya se hizo, pero lamentablemente no alcanzó para los pobres”. Hoy, las políticas públicas se orientan a concentrar aún más los ingresos en el segmento más favorecido de la población, mientras la mayor parte de los trabajadores enfrenta condiciones de trabajo y vida cada vez más complicadas.

 

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