La docencia en la Universidad de Buenos Aires desde una perspectiva de género (1992-2011)

Martina Matarasso

Licenciada en Economía (UBA)

 

Introducción

El mercado de trabajo presenta diferencias entre hombres y mujeres. Esta desigualdad se refleja en la cantidad de horas trabajadas, la remuneración, la distribución de tareas realizadas y sectores de actividad. Una explicación cultural de este fenómeno refiere a que la mujer estuvo tradicionalmente ligada a la dinámica de los hogares y al bienestar. A lo largo de la historia se formaron diversos estereotipos de género, tanto “positivos” como “negativos”, en los cuales se asocia a la mujer con habilidades para el cuidado de las personas, destreza manual, tareas del hogar y honestidad.

Las desigualdades de género se materializan tanto en la proporción de hombres y mujeres por rama de actividad (segregación horizontal), como en la distribución dentro de la jerarquía ocupacional (segregación vertical). Es por esto que, debido a los estereotipos mencionados anteriormente, los sectores más feminizados son los relacionados a las tareas del cuidado como la educación y la salud. Sin embargo, el caso de la docencia universitaria es particular. Si bien la educación es un sector con mayor representación femenina, a medida que se avanza desde el nivel primario al superior, va aumentando el predominio masculino.

A partir de lo mencionado anteriormente, el objetivo general de este trabajo es analizar las características de la docencia universitaria de grado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) desde una perspectiva de género. En este sentido, estudiaremos a la UBA entre los años 1992 y 2011, como estudio de caso de las brechas de género en el mercado laboral. Asimismo, inicialmente se llevará a cabo una breve reconstrucción conceptual del mercado laboral desde una perspectiva de género.

Las teorías feministas como marco teórico

En el mercado de trabajo se encuentran grandes diferencias basadas en el género, presentes en todos los países, más allá de sus diferencias económicas, políticas y sociales. Esta inserción diferencial se debe a que los hombres y las mujeres poseen diferentes posibilidades a la hora de elegir un empleo, las cuales la economía feminista, a diferencia de la teoría neoclásica, no explica en términos de costo de oportunidad y de maximización de utilidad, sino que incorpora factores sociales, preferencias construidas socialmente y diferencias construidas cultural e históricamente. Por ejemplo, Fraser (1997) analiza que la formación del género se basa en la creación de normas que privilegian los rasgos que se asocian a la masculinidad. Esto es el “androcentrismo”, que va en conjunto del sexismo cultural que desprecia y devalúa lo que se codifica como femenino,  aunque no sea exclusivo de las mujeres.

Gran parte de esta teoría busca explicar estas diferencias sobre la base de las nociones de trabajo productivo y reproductivo, necesarias para comprender la segregación femenina en el mercado laboral. Por trabajo reproductivo se refieren al que se lleva acabo al interior del hogar, cuya realización estuvo tradicionalmente a cargo de las mujeres, y engloba todas aquellas actividades necesarias para la reproducción de la vida de los miembros del mismo. El trabajo doméstico es considerado trabajo sólo cuando no son las personas pertenecientes al hogar las que lo realizan, es decir, se terceriza. Sólo en este caso tiene valor económico y se visibiliza. Por su parte, el trabajo productivo es el trabajo realizado fuera del ámbito familiar y remunerado por el mercado. Esta relación entre el trabajo productivo y reproductivo trae consecuencias en términos de discriminación tanto por el lado de la demanda, como de la oferta de trabajo.

La forma en que se distribuyen las obligaciones para ambos sexos, tanto fuera como dentro del mercado, determina la división sexual del trabajo, que alude a la manera sesgada por género en que se divide el trabajo entre hombres y mujeres. Ésta permite comprender cómo las diferencias culturales determinan una asignación diferenciada de tareas y funciones entre hombres y mujeres. Según Oliveira y Ariza (1997), éste es uno de los pilares de donde parte la organización económica de la sociedad, la cual genera inequidades entre hombres y mujeres. Aún con la posterior incorporación de la mujer al mercado laboral, dada la forma en que se divide en el núcleo familiar el trabajo en el hogar, continúan siendo éstas quienes en su mayoría se encargan del trabajo doméstico. De aquí se desprende el concepto de “doble jornada femenina” que incluye al trabajo de la mujer en el mercado y en el hogar. Hochschild (1989) explica que la noción de “doble jornada” busca retratar que muchas mujeres trabajan a tiempo completo y además realizan casi la totalidad de las tareas domésticas. Así, a la jornada laboral del mercado se le suma la transcurrida dentro del ámbito del hogar.

Además de este tipo de discriminación en la realización del trabajo doméstico, la economía feminista destaca la existencia de una segregación por género tanto vertical como horizontal al interior del mercado de trabajo. La segregación vertical es la que divide por puestos de trabajo y jerarquías, mientras que la horizontal es la división por sectores y por tipos de trabajo. Cuando se encuentra una gran segregación, ello indica que tanto hombres como mujeres se concentran en ocupaciones que están compuestas por personas de su mismo sexo (Oliveira y Ariza, 1997). Ambas formas de segregación son fruto de los estereotipos que vinculan a la mujer con tareas del cuidado donde se le asigna un rol subordinado a la mujer en el hogar y en el mercado. Esta asociación de las mujeres a las tareas de reproducción condiciona y restringe las posibilidades de acceso al mercado de trabajo. En este sentido, las ocupaciones femeninas reproducen los estereotipos comunes y dominantes de la sociedad que caracterizan a las mujeres con ciertas aptitudes.

Estos estereotipos pueden dividirse entre “positivos” y “negativos”. Entre los positivos, se encuentra la capacidad para ocuparse de los demás y tareas del hogar, destreza manual y aspecto físico (Anker, 1997). En este sentido, se puede ver que los empleos que se desprenden de esta caracterización son también los que mayor representación femenina tiene, como educación, cuidado de personas, enfermería, salud, comercio, industria textil y trabajo doméstico. Los estereotipos “negativos” explicados por Anker (1997) engloban menor fuerza, menor capacidad para las ciencias y menor disposición a afrontar problemas. También se suman los estereotipos de mayor docilidad, mayor disposición a aceptar un salario más bajo y capacidad para recibir órdenes, menor tendencia a sindicalizarse, mayor disposición a realizar tareas repetitivas.  Así, se descalifica a la mujer de los puestos de director o jefe, trabajadores de la construcción e industria mecánica. Esto explica la segregación vertical, es decir, que existen más mujeres operarias y muy poca representación en puestos jerárquicos, descripto como “techo de cristal”, donde se figura la dificultad de ascenso o como “piso pegajoso”, es decir, que cuesta empezar a ascender.

Oliveira y Ariza (1997) explican entonces que la segregación ocupacional restringe los empleos disponibles y las opciones destinadas para mujeres son de menor prestigio social, poca perspectiva de movilidad y gran inestabilidad. La segregación de las mujeres también se manifiesta en el ámbito de la investigación. En este caso, Davenport y Snyder (1995) desarrollan que hay evidencia de una desventaja para las mujeres en los índices de citación: las mujeres son relativamente menos citadas que los hombres investigadores porque estos últimos las citan menos.

Así, se genera y refuerza la brecha salarial impidiendo la igualdad de oportunidades y desvalorizando las actividades que se califican como femeninas. Como resultado, se genera una brecha de participación en el empleo entre hombres y mujeres, es decir, que la tasa de actividad femenina es menor que la masculina. Asimismo, las condiciones de trabajo femenino son más precarias, existe sobre representación de las mujeres en los trabajos de tiempo parcial  y por cuenta propia y poseen menores ingresos (Oliveira y Ariza, 1997). Los autores agregan que incluso existen diferencias salariales aun cuando las mujeres cuentan con mismo nivel educativo. Es por esto que las mujeres necesitan mayores niveles educativos relativos para aproximarse a los salarios de los hombres.

Si bien en Argentina las brechas salariales varían a lo largo del país, se observa que las mujeres ganan en promedio un 27% menos que los hombres, y la diferencia es mayor en el trabajo no registrado (D’Alessandro et al, 2015). La discriminación laboral hacia las mujeres produce que las posibilidades de acceso a un trabajo se acoten, lo que genera que dejen de solicitar esos trabajos, ampliando la brecha. Un estereotipo en los que se basan es que las mujeres son trabajadoras y madres por lo que deben hacerse cargo de sus hijos y tienen mayor ausentismo. Este criterio es aplicado a todas las mujeres aun cuando no sean madres, y también trae como resultado que las mujeres participen menos y en peores condiciones en el mercado laboral.

Dados todos los elementos que incorpora la economía feminista (la distinción entre trabajo productivo y reproductivo, la división sexual del trabajo, la doble jornada femenina, la segregación horizontal y vertical y la noción de estereotipos asociados a construcciones sociales) encontramos que es el marco teórico más enriquecedor para abordar las diferencias de género de la docencia universitaria en la UBA.

Problemáticas de género en la docencia en la UBA (1992-2011)

Mientras que el Censo Nacional Docente de 2004 evidencia que el 79,4% de los docentes en la totalidad del sector educativo eran mujeres, la composición del plantel docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA) cuenta con características distintas. A medida que ascendemos en los niveles de enseñanza en Argentina la participación femenina va disminuyendo. Para analizar la participación femenina en esta institución, analizamos los datos obtenidos en todos los censos docentes realizados hasta la actualidad. Éstos corresponden a los años 1992, 1996, 2000, 2004 y 2011. La cantidad de docentes censados fue modificándose año a año, dando cuenta de la evolución general del plantel docente de esta Universidad, e incluye a los docentes rentados y a los ad-honorem. Es necesario destacar que la UBA cuenta con gran cantidad de ayudantes no nombrados que no están incluidos en los censos, por lo que no están incluidos en el presente análisis.

Participación femenina en los cargos de profesores y auxiliares

El personal docente se divide entre profesores y auxiliares. El porcentaje de auxiliares, a lo largo de los períodos censados, siempre fue mayor al de los profesores. Mientras que en el año 1992 los auxiliares eran el 68.8% de la planta docente, en el 2011 ese porcentaje había trepado al 76,9%.

Entre las categorías docentes se puede distinguir la participación femenina para cada año. Se observa que los puestos de auxiliares están sobre-representados por mujeres, mientras que ocurre lo contrario en los puestos de profesor. En el año 1992, la proporción de profesores varones era 68,7%. Ésta disminuyó a 56,5% para el año 2011, lo que significó una caída del 19%. El porcentaje de auxiliares hombres también disminuyó, pero en menor medida. Ahora bien, a pesar de aumentar la participación femenina en ambas categorías, las mujeres siguen estando más representadas en los puestos de auxiliares, lo cual aportaría evidencia a la hipótesis de segregación vertical. Toda esta información se presenta en el Cuadro 1 a continuación.

Cuadro 1. Distribución del personal docente de la UBA según máxima categoría

1992 1996 2000 2004 2011
  Prof. Aux. Prof. Aux. Prof. Aux. Prof. Aux. Prof. Aux.
Varones 68,7% 48,8% 63,9% 46,6% 60,9% 43,9% 62,3% 44,4% 56,5% 42,4%
Mujeres 31,3% 51,2% 36,1% 53,4% 39,1% 56,1% 37,7% 55,6% 43,5% 57,6%

Fuente: Censo de Docentes de la Universidad de Buenos Aires, Coordinación General de Planificación Estratégica e Institucional.

Diferencias de composición del plantel docente entre facultades

Al hacer un análisis de la composición dentro de cada unidad académica, observamos que la estructura de su plantel docente varía según los estudios que se desarrollan dentro de cada una. En este sentido, los planteles docentes de cada facultad replican la segregación horizontal, delimitando facultades más feminizadas, aquéllas en las cuales se enseñan disciplinas o profesiones asociadas a trabajos típicamente femeninos.

En el año 1992, la UBA contaba con mayor cantidad de profesores hombres en 10 de sus 13 facultades. Las excepciones eran las Facultades de Farmacia y Bioquímica, Filosofía y Letras y Psicología. Sin embargo, la mayor representación de mujeres auxiliares se extendía a la mayoría de las facultades[1]. En total, el 54,4 % de los profesores eran hombres.

En el año 2011, las Facultades de Farmacia y Bioquímica, Filosofía y Letras y Psicología continúan teniendo mayor cantidad de profesoras mujeres, y se suma la de Odontología. Además, se acortó la brecha entre la cantidad de profesores hombres y mujeres debido a que aumentó la cantidad de profesoras mujeres. En el caso de los auxiliares, desde el año 1992 hasta el 2011 la cantidad de varones auxiliares disminuyó. Esto generó que la mayor representación de mujeres auxiliares se extienda a otras Facultades que en 1992 tenían mayor representación masculina en este segmento[2]. En cuanto a la composición total de docentes, ésta se invirtió respecto al año 1992. Mientras que en 1992 había mayor porcentaje de docentes varones, en 2011, la proporción total de docentes –considerando conjuntamente profesores y auxiliares- varones pasó a 46,5%.

El descenso de la cantidad tanto de profesores como de auxiliares hombres, sumado al aumento de las profesoras y auxiliares mujeres, produjo un cambio de composición del plantel docente. Esta nueva estructura se asemeja más a la del resto del sector educativo. No obstante, en la categoría de profesores, sigue habiendo una mayor representación masculina que, como mencionamos, se puede asociar a la segregación vertical.

Nivel de educación y brecha salarial entre hombres y mujeres en 2011

En cuanto a nivel educativo, en el año 2011, un 60,8% del personal docente indicó que su nivel máximo alcanzado es el estudio de posgrado. Desagregando por sexo, observamos que el 62,7% de las mujeres señaló como máximo nivel alcanzado el estudio de posgrado, en tanto que ese porcentaje fue algo menor en el caso de los hombres (58.7%). Diferenciando ahora entre auxiliares y profesores, encontramos que, entre los primeros, el 53,2% de los hombres señaló al estudio de posgrado como su máximo nivel educativo alcanzado. Ese porcentaje fue mayor para las mujeres auxiliares (59,4%). A nivel de profesores, para ambos sexos los porcentajes fueron aún más importantes: los profesores varones con estudios de posgrado representaron el 71,9% y las mujeres el 80,7%.

Estos valores muestran que las mujeres presentan niveles de estudio más altos. Como podría esperarse, los estudios de posgrado son aún más predominantes entre profesores que para los auxiliares, aunque en ambos casos la mayoría de los docentes los haya realizado. Ahora bien, a pesar de que las mujeres cuentan con un nivel de educación superior sus salarios son generalmente menores a los de los hombres. En este sentido, para el año 2011, pueden encontrarse evidencias de brecha salarial entre el personal docente rentado en la UBA. Si bien dentro de los profesores, tanto para hombres como para mujeres, el nivel de ingresos más frecuente es el correspondiente a la categoría “más de $10.000 y hasta $15.000” y dentro de los auxiliares la categoría “más de $5.000 y hasta $8.000”, se observa una diferencia al analizar los totales. La mayor cantidad de mujeres rentadas (el 19,2%) se encuentra en la franja de “más de $5.000 y hasta $8.000”. Los hombres, en cambio, se encuentran mayormente representados (18.1%) en la categoría “más de $10.000 y hasta $15.000”.

 

Conclusiones y perspectivas

En este trabajo procuramos contribuir a las explicaciones sobre las desigualdades entre hombres y mujeres en el mercado laboral a partir del estudio de caso de la docencia universitaria de grado en la UBA. Retomamos los aportes de la teoría feminista, que explica el nudo entre trabajo productivo y reproductivo, en el cual las mujeres son las encargadas de las tareas del hogar. Esto genera estereotipos (su capacidad para ocuparse de los demás, destreza manual y aspecto físico) que refuerzan el rol de la mujer asociado a tareas del cuidado. Se genera así una división sexual del trabajo en la cual se segrega a las mujeres tanto horizontal como verticalmente.

Los resultados vistos para la UBA muestran que en el año 1992 la cantidad de hombres era mayor a la de las mujeres pero esta proporción general se revirtió desde entonces, ubicando al sector universitario en línea con las características del sistema educativo en general. Ahora bien, a partir de un análisis en mayor detalle, en el cual diferenciamos entre profesores (agrupando aquí a los puestos más altos de la jerarquía docente universitaria desde el adjunto hasta el titular) y auxiliares, observamos matices en relación al resultado general. Los cargos de profesores son en su mayoría hombres. En este sentido, podemos decir que la UBA satisface el análisis de la teoría feminista producto de la asociación de la educación a las tareas del cuidado relacionado con los estereotipos femeninos y que existe segregación vertical como resultado de la mayor representación de las mujeres en los puestos de auxiliares y la mayor cantidad de hombres en los puestos de profesores.

A modo de conclusión y retomando los conceptos vertidos por Lamas (1996), podemos afirmar, luego de la presente investigación, que el análisis del mercado laboral desde una perspectiva de género no es sólo un medio para terminar con la desigualdad en beneficio del género femenino, sino que es un planteo en función de la mejora de toda la sociedad. Los supuestos injustos que pesan sobre las mujeres a la hora de sobreponerse a los estereotipos que las excluyen de ciertos ámbitos pesan también sobre los hombres que no desean avocarse a las tareas asociadas a la masculinidad. Entendemos que el reconocimiento de que la perspectiva propuesta en el presente trabajo favorece a toda la sociedad es la herramienta mediante la cual es posible sembrar la semilla del cambio cultural necesario.

La elaboración de una agenda económica sin perspectiva de género se revela hostil a un crecimiento económico equitativo, reproduciendo viejos esquemas que excluyen a ambos géneros de su pleno desarrollo. El apego al androcentrismo ata al género femenino un destino ligado a las tareas reproductivas y no remuneradas, imponiendo con un fatalismo biológico límites al desenvolvimiento del género en su conjunto y a sus millones de individualidades que lo componen. Esto genera un golpe no solo a la equidad como valor, sino también al propio crecimiento y desarrollo económico de las sociedades contemporáneas. Para que el crecimiento económico venga de la mano de desarrollo, por lo tanto, es necesario que se realicen políticas que apunten a modificar la dinámica que restringe en la actualidad las posibilidades de desenvolvimiento del género femenino en el mercado laboral. Podemos afirmar entonces, y a la luz de lo desarrollado precedentemente, que es menester la existencia de políticas públicas que refuercen e impulsen un cambio cultural que apunte progresivamente a disminuir las cargas familiares que atan a la mujer a las tareas de cuidado, que busquen desterrar los estereotipos vetustos y que, sobre todas las cosas, impulsen políticas de igualdad real entre ambos géneros. Es decir, en pocas palabras, necesitamos sin excepción una agenda económica con perspectivas de género que sea acompañada por un cambio cultural.

Referencias

Anker, R. (1997), “La segregación profesional entre hombres y mujeres. Repaso de las teorías”, Revista Internacional del Trabajo, No. 3, Vol.116, pp. 343-370.

Burin, M. (2003), “El deseo de poder en la construcción de la subjetividad femenina. El techo de cristal en la carrera laboral de las mujeres”. En Hernando, A. ¿Desean las mujeres el poder?, pp. 33-78, Minerva Ediciones, Madrid.

D’Alessandro, M., Brosio, M. y Guitart, V. (2015, julio 3), Las mujeres ganamos un 27% menos que los varones. Las 12, Diario Página 12.

Davenport, E. y Snyder, H. (1995), “Who cites women? Whom do women cite?: An exploration of gender and scholarly citation in sociology”, Journal of documentation, 51(4): pp. 407-408.

Espino, A. (2012), “Perspectivas éticas sobre género, trabajo y situación del mercado laboral latinoamericano”, en Esquivel, V. (ed.) La Economía Feminista desde América Latina. Una Hoja de Ruta sobre los debates actuales en la región, pp. 190-246, ONU Mujeres, Santo Domingo.

Esquivel, V. (2012), “Hacer economía feminista desde América Latina”, en Esquivel, V. (ed.) La Economía Feminista desde América Latina. Una Hoja de Ruta sobre los debates actuales en la región, pp. 24-43, ONU Mujeres, Santo Domingo.

Fraser, N. (1997), Iustitia Interrupta: Reflexiones críticas desde la posición postsocialista, Universidad de los Andes, Siglo del Hombre Editores.

Lamas, M. (1996), “La perspectiva de género”, La Tarea, Revista de Educación y Cultura de la Sección 47 del SNTE, No. 8.

Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, (2012), “Boletín de estadísticas de género y mercado de trabajo”, Dirección general de Estudios y Estadísticas Laborales. Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales.

Oliveira, O. y Ariza, M. (1997), “División sexual del trabajo y exclusión social”, Revista Latinoamericana de Estudios del Trabajo, No.5, pp.183-202.

[1] Se agregan aquí Agronomía, Ciencias Exactas y Naturales, Ciencias Sociales, Derecho, Farmacia y Bioquímica, Filosofía y Letras, Odontología, Psicología, Ciclo Básico Común y el Rectorado.

[2] Se agregaron Arquitectura, Diseño y Urbanismo, Ciencias Veterinarias y Medicina.

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