La migración tiene género: cuando las mujeres migrantes se vuelven visibles

 

Por Chris Gruenberg

 

La población migrante como el enemigo

Desde la construcción de un muro para separar la frontera entre México y Estados Unidos hasta la reforma de la ley de migraciones en Argentina para restringir el ingreso, precarizar  la permanencia, y acelerar las expulsiones de migrantes, la derecha racista avanza globalmente fijando nuevos controles y límites a la movilidad humana.

Aunque el racismo biologicista perdió toda validez científica después de la experiencia genocida del holocausto judío, con el tiempo  logró transformarse en un nueva forma de racismo sociocultural. En la práctica, esto significa que las diferencias entre poblaciones ya no son codificadas en base a una escala descendente de diferencias biológicas, sino culturales.

Este nuevo racismo sin razas funciona seleccionando a la población migrante como su nuevo objeto de exclusión, control y eliminación, señalándola como portadora de un estigma de marginalidad, inseguridad y atraso cultural. Como resultado, el racismo sociocultural opera como un sistema clasificatorio que convierte a la población migrante en una amenaza inminente para la seguridad, el bienestar y la homogeneidad de las poblaciones nacionales.

En los últimos años el racismo sociocultural se intensificó a partir del nuevo escenario global condicionado por la crisis económica mundial, la guerra antiterrorista post 11 de septiembre (11-S)  y el ascenso de la derecha en Estados Unidos, América Latina, y Europa. En este nuevo contexto político las crisis económicas tienden a exacerbar el racismo porque el aumento del desempleo se explica desde los gobiernos y los medios de comunicación hegemónicos como un problema causado principalmente por la población migrante. Sin embargo, en la vida real, las personas migrantes son las más afectadas porque trabajan informalmente en los sectores económicos más precarios y están más expuestas a la inseguridad ciudadana y la violencia social.

Por el otro lado, a partir del atentado terrorista del 11-S se profundizaron dos nuevas tendencias en el campo de las políticas migratorias: la externalización de las medidas de control y la criminalización de la migración irregular. La primera implica acuerdos bilaterales con los países de origen y tránsito, convirtiéndolos en zonas de amortiguación para reducir la presión migratoria sobre los países receptores. La segunda tendencia recodifica como delitos penales las faltas administrativas relacionadas con la migración irregular, desprotegiendo los derechos humanos de las personas migrantes. La combinación de estas dos tendencias ha generado como efecto colateral el aumento de oportunidades para la violencia, la corrupción y la impunidad contra la población migrante más allá de las zonas de control fronterizo de los países receptores, incluyendo los territorios externalizados de los países de origen y tránsito.

En este nuevo contexto de inseguridad global, el racismo juega un papel clave en la protección de la población nacional frente a la alteridad cultural representada por la población migrante, la cual supuestamente pone en riesgo la sustentabilidad del Estado y la sociedad. El racismo opera estigmatizando a la población migrante como una población insegura que circula libremente, amenazando el orden social y compitiendo por la prestación de servicios públicos y la escasa oferta laboral.

Imagen de Patricia Barrachina

 

La colonialidad del poder

Para poder pensar y abordar críticamente el concepto de raza es necesario comprender la idea de “colonialidad del poder” . Para Quijano “la colonialidad es uno de los elementos constitutivos y específicos del patrón mundial de poder capitalista. Se funda en la imposición de una clasificación racial de la población del mundo como piedra angular de dicho patrón de poder y opera en cada uno de los planos, ámbitos y dimensiones, materiales y subjetivas, de la existencia social cotidiana y a escala societal. Se origina y mundializa a partir de América”.

La colonialidad del poder es un concepto clave para comprender que la idea de “raza” nació con la conquista de América, a partir de la distinción jerárquica entre la supremacía europea blanca y los “otros”: los pueblos indígenas clasificados como naturalmente inferiores. Después, en una segunda fase de la conquista se incluyó en la escala social descendente a los pueblos africanos sometidos por el sistema esclavista.

Desde esta perspectiva la raza no es más que un invento, un artefacto ideológico de clasificación social para justificar determinada forma de ejercicio del poder y naturalizarlo hasta que en apariencia se vuelve incuestionable. Básicamente se trata de una tecnología de dominación para legitimar un régimen específico de exclusión en base a la explotación del trabajo humano y los recursos naturales.

En consecuencia, desde el enfoque de la colonialidad del poder el mundo todavía no ha sido completamente descolonizado. La descolonización iniciada en las colonias españolas durante el siglo XIX y después en las colonias inglesas y francesas durante el siglo XX fue incompleta, porque se limitó a conseguir la independencia jurídico-administrativa de la organización política de las colonias. Entonces todavía queda pendiente un proceso de descolonización de las múltiples relaciones jerárquicas de poder basadas en la raza, la etnia, la clase, la sexualidad y el género.

 

La colonialidad del poder y las relaciones de género: la migración invisible

La colonialidad del poder implica inevitablemente la colonialidad del género. Desde la teoría feminista se sostiene que el Estado es masculino: que las leyes y las políticas públicas ven y tratan a las mujeres como la masculinidad hegemónica ve y trata a las mujeres . Consecuentemente, por más que hoy las mujeres representan la mitad de la población migrante, las teorías y estudios dominantes sobre las migraciones –desde la microeconomía hasta los enfoques macro-estructurales– insisten en explicar las causas y los patrones de la migración asumiendo que la migración es un dominio esencialmente masculino, ignorando completamente la experiencia particular de las mujeres y subestimando el hecho de que las relaciones de género reguladas por el patriarcado local y global son un factor clave para determinar la oportunidad de las mujeres para migrar, el tipo de trabajo disponible, el destino final, y los riesgos que deben enfrentar.

Una segunda explicación sobre la invisibilidad de las mujeres migrantes se relaciona con el relato hegemónico sobre la globalización económica, resaltando las comunicaciones globales, la neutralización de las distancias, y el flujo de capital humano educado y sofisticado. Sin embargo, la gran mayoría de las mujeres migrantes no encaja correctamente en esta descripción de la economía global.

Las mujeres migrantes, por el contrario, se insertan en lo que sería la infraestructura material que sostiene a la economía global: el servicio doméstico, el cuidado, la prostitución, el entretenimiento, etc. Así, la imagen que proyecta este discurso dominante sobre la economía global tiende a invisibilizar el verdadero papel reservado y asignado a las mujeres migrantes en la supervivencia global. La intersección entre la colonialidad del poder y las relaciones de género empuja a las mujeres migrantes contra el sector de las cadenas globales de cuidados y las redes de trata, promovidas por la demanda global de cuidados, explotación laboral y sexual desde los países del norte.

En este sentido, el análisis feminista sobre las relaciones de género en el campo de las políticas que regulan la migración permite explicar la invisibilidad de las mujeres, niñas, transexuales y lesbianas y las formas particulares de explotación y violencia que deben enfrentar a lo largo de todo el proceso de migrar.

Desde esta perspectiva feminista las mujeres migrantes sufren una doble invisibilidad estadística. Primero por ser mujeres, y en segundo lugar porque los trabajos de cuidados en general son invisibilizados en los países de destino por realizarse en el ámbito de lo privado y porque además son socialmente subestimados. Por la misma causa, por restringirse al ámbito doméstico, las trabajos de cuidados sobreexponen a las mujeres migrantes a abusos físicos, sexuales y psicológicos. De la misma manera, cuando las mujeres son engañadas u obligadas a migrar para ser explotadas laboral o sexualmente en el país de destino, todos estos riesgos se intensifican hasta poner en riesgo sus vidas.

En la práctica, esta doble invisibilidad estadística tiene implicancias concretas para los derechos de las mujeres migrantes: la falta de datos para medir los cuidados; la inexistencia de conceptos para aprehenderlos; la falta de garantías de derechos sociales asociados al trabajo de cuidados; la inestabilidad de la remuneración; la falta de regulación y debate público sobre las condiciones del trabajo; y la inexistencia de canales formales para denunciar abusos y violencia de género.

En este contexto el racismo puede ser particularmente peligroso para las mujeres migrantes. En muchas situaciones, a diferencia de la migración masculina, las mujeres son extorsionadas sexualmente por funcionarios de migración y de las fuerzas de seguridad a cambio de no ser expulsadas o criminalizadas, o simplemente como condición para acceder a servicios públicos. Por ejemplo, la experiencia de migrar sobreexpone a las mujeres migrantes a distintas circunstancias de riesgo para su salud sexual y reproductiva: la exposición permanente a la violencia sexual durante todo el proceso de migrar y en los mismos lugares de trabajo, las barreras médicas para acceder a métodos anticonceptivos y a servicios de aborto seguro, la violencia médica durante la atención de abortos incompletos, y la violación sistemática del secreto profesional en los hospitales públicos donde son denunciadas y criminalizadas son las principales causas que determinan, por ejemplo, que la tasa de abortos inseguros sea dos o tres veces más alta entre las mujeres migrantes.

Desde la construcción de un muro antimigración entre México y Estados Unidos, hasta la reforma conservadora de la Ley de Migración en Argentina, la experiencia ha demostrado que las políticas migratorias que buscan limitar la movilidad humana estigmatizando y discriminando a la población migrante, sólo logran exponerla a mayores peligros: trabajos más precarios, mayor violencia institucional, y exclusión del sistema educativo y de los servicios de salud. Pero son las mujeres, lesbianas y transexuales migrantes las que sufren de manera desproporcionada los efectos de las políticas antimigración. Porque la derecha racista es esencialmente machista.

 

 

 

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