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La salud de las mujeres en el mundo

Por Laura F Belli*

 

 

Ser mujer no sólo incide en nuestra economía, los puestos a los que podemos acceder o en nuestras responsabilidades familiares, también tiene un impacto significativo en nuestra salud. Como resultado de diferencias tanto biológicas como relacionadas con el género, la salud de mujeres y niñas es para la Organización Mundial de la Salud (OMS) un motivo de preocupación prioritario.

Mujeres y varones afrontan muchos problemas de salud semejantes, pero algunas diferencias son de tal magnitud que la salud de las primeras se ve más afectada. Hay situaciones que son exclusivamente femeninas y solo las mujeres experimentan sus repercusiones negativas (como el embarazo y el parto) y hay otros problemas afectan tanto a varones como a mujeres, pero tienen un efecto mayor o diferente en nosotras (como el caso del VIH) que requieren de respuestas adaptadas específicamente a nuestras necesidades. Las desigualdades de género, en materia de educación, ingresos y empleo, limitan el acceso a los cuidados en salud.

Si bien las mujeres solemos vivir más años (73,8 años para las mujeres y 69,1 años para los varones aproximadamente), eso no asegura que tengamos una buena calidad de vida. Además, en la mayoría de las regiones del mundo, especialmente en los países en desarrollo, nos vemos perjudicadas por la discriminación de género basada en factores socioculturales. Si bien en los últimos decenios, en relación con la atención médica a mujeres, se han logrado ciertos progresos (la mortalidad materna a escala global cayó casi un 44% por ciento desde 1990) la desigualdad sigue impactando en la atención en salud: en 2015, la tasa de mortalidad materna (MMR) -el número de muertes maternas por 100.000 nacidos vivos- se estimó en 216 a nivel mundial (más del 40% de los nacimientos en África y en el Sudeste Asiática no fueron atendidos por personal sanitario capacitado). En Argentina es de 52 mujeres por cada 100.000 nacidos vivos. Casi todas estas muertes ocurrieron en entornos de bajos recursos y podrían haberse evitado .  

La problemas en el acceso a salud sexual y reproductiva son los más profundos: 44 por cada 1.000 mujeres de entre 15 y 19 años han tenido al menos un embarazo. Este número es cinco veces mayor en los países de ingresos bajos que en los países de ingresos altos (en 2014 más de 700 millones de mujeres fueron casadas antes de los 18 años de edad; de ellas, cerca de 250 millones antes de los 15 años).

Si bien se han registrado avances en la Región de las Américas y en todo el mundo en relación con la salud de mujeres, esa transición ha sido lenta y compleja. La falta de datos desglosados sobre salud sigue ocultando disparidades en ámbitos como los de las muertes provocadas por abortos (especialmente en los países en que  la práctica no es es legal), enfermedades cardiovasculares, diabetes y accidentes de tránsito.  

 

Las mujeres tenemos mayores gastos de salud que los hombres

Las mujeres consumimos más servicios de salud que los varones. Sin embargo, esto no constituye necesariamente un privilegio. Tiene que ver con diferentes tipos de necesidades de atención, diferencias con respecto al reconocimiento de los síntomas, percepción de
la enfermedad y conducta de búsqueda de atención (el ejercicio del rol de “cuidadoras” de la salud hacen que aprendamos a detectar síntomas de enfermedad y sepamos manejarnos mejor que los varones en relación con los procesos formales o informales de cuidado de la salud).

Las mujeres tenemos una necesidad mayor de hacer uso de servicios de salud dado que las funciones reproductivas generan un conjunto de necesidades particulares de atención (desde anticoncepción hasta embarazo, pasando por parto y puerperio y llegando a la menopausia). Además, en comparación con los varones tenemos tasas más altas de morbilidad y discapacidad a lo largo de la vida y, dado que también nuestra expectativa de vida es más alta, tenemos mayores probabilidades de sufrir enfermedades crónicas asociadas con la edad.

Como puede verse con claridad, la salud no es un asunto privado sino público, es un aspecto central para el desarrollo de un país. El estado de salud de la población de un país o una región no depende exclusivamente del modelo de prevención y atención de enfermedades o de las oportunidades de acceso a los servicios médicos. Existen otros factores que poseen una gran incidencia sobre el estado de salud de la población como la condición de género, el acceso a la educación, las oportunidades de empleo decente y la distribución del ingreso. Por nuestro mayor nivel de necesidad, como grupo social, consumimos más servicios y debemos pagar más que los hombres para mantener nuestra salud. Esta desigualdad se profundiza al considerar la menor capacidad económica que, también como grupo, tenemos frente a los varones.

La economía influye directamente en la calidad de los cuidados de salud. A pesar de que en las últimas décadas se ha avanzado a nivel mundial en materia de educación de las niñas, aún persiste una gran diferencia entre ambos sexos por lo que respecta a la educación superior, el acceso al empleo y la igualdad de paga. A nivel mundial las mujeres estamos menos protegidas en los lugares de trabajo y gozamos de menos beneficios que los varones. Además, en mayor medida que ellos, las condiciones de trabajo son más precarizadas y ponen en riesgo nuestra salud y seguridad. Por causa de estas desigualdades (por ser más pobres, sufrir el desempleo en mayor medida, acceder sólo a trabajos de medio tiempo o en el sector informal) no tenemos el mismo nivel de acceso a prestaciones sanitarias. Es por ello que eliminar la brecha salarial es un factor clave para poder mejorar la salud de todas las mujeres del mundo.

En la región de las Américas la participación de las mujeres en el mercado laboral es de 53% en las zonas urbanas, frente a un 77% en el caso de los varones. Además, el 79% de las mujeres con empleo trabajan en los sectores de baja productividad o informales, donde el  acceso a la protección social es bajo o inexistente.Sumado a eso, las mujeres realizamos entre el 71% y el 86% del total del trabajo no remunerado, lo cual limita nuestras oportunidades de formar parte del sector formal de la economía y de tener mejores sueldos, con prestaciones como la jubilación y el seguro de salud. El número de mujeres empleadas es menor al de los varones, pero trabajamos más horas y recibimos menor paga.

No deja de resultar paradójico, sin embargo, que los mismos sistemas de salud que con frecuencia desatienden nuestras necesidades, en gran medida se sostienen gracias a que las mujeres cumplimos la función de cuidadoras principales de nuestras familias (sin recibir apoyo, reconocimiento ni remuneración) y como prestadoras de asistencia sanitaria tanto en el sector informal como en el formal. Y si bien constituímos  la columna vertebral del sistema sanitario, pocas veces ocupamos puestos de decisión: de las ocho personas que han ejercido el cargo de dirección de la Organización Mundial de la Salud, sólo dos han sido mujeres (Gro Harlem Brundtland de 1998 a 2003 y la actual directora general, Margaret Chan). A nivel regional el panorama se replica: sólo las últimas dos directoras de la Organización panamericana de la Salud son mujeres (Mirta Roses Periago y la actual directora Carissa F. Etienne).

Si bien los problemas de salud que afrontamos las mujeres muestran rasgos comunes en todo el mundo, se pueden observar variaciones determinadas según las diferentes condiciones de vida. En los países de ingresos elevados la expectativa de vida es mayor y se presenta menor morbi-mortalidad que en los países de ingresos bajos (además la mayor parte de las muertes en los primeros países son de mujeres de más de 60 años, mientras que en los países más pobres la mayoría de las defunciones de mujeres corresponden a adolescentes y adultas jóvenes).

 

La necesidad de equidad de género en salud

La consideración de los factores de género es absolutamente relevante en el análisis de la igualdad en el acceso a los servicios de salud. La equidad de género en salud no se traduce en tasas simétricas de mortalidad y morbilidad en mujeres y varones, sino que apunta a la eliminación de la desigualdad en las oportunidades de acceso a la salud y a evitar enfermedades, discapacidades o muertes de mujeres por causas prevenibles.

No alcanza con ofrecer iguales recursos y servicios para varones y mujeres: debemos exigir que se preste atención a nuestras necesidades particulares como mujeres y de acuerdo a cada contexto socioeconómico. Desde una perspectiva de género, el eje del análisis de la atención de la salud debe estar puesto en el impacto de la división por sexo del trabajo y el acceso a empleos y calidad de vida que posibilitan el pago de servicios salud o la participación en seguros de salud públicos o privados.

Si se quiere mejorar la salud de las mujeres en las mujeres en todo el mundo es importante identificar desigualdades de género en el acceso a los servicios de salud y su financiamiento, no perder de vista la relación entre estas desigualdades y otros factores socioeconómicos y evaluar examinar la relación entre estas desigualdades y las diferentes modalidades de la atención en salud.

* Bioeticista – Doctora en filosofía (UBA)

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