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Las mujeres al poder

Este artículo fue publicado en el libro Recuperar la política (2017)

 

LAS MUJERES AL PODER

 

Por Mercedes D’Alessandro

En 2014 Latinoamérica tenía por primera vez en su historia 4 mujeres en el poder al mismo tiempo: Michelle Bachelet en Chile, Cristina Fernández de Kirchner en la Argentina, Dilma Rousseff en Brasil y Laura Chinchilla en Costa Rica. Este hecho inédito, además, se inscribe en una historia reciente con escasa representación femenina: en los últimos 40 años, solo 10 mujeres ocuparon la silla presidencial en la región. Muchas de ellas, además, estuvieron en ese lugar muy poco tiempo. Isabel Martínez de Perón, en 1974, se convirtió en la primera presidenta de la Argentina y también primera en el mundo en ocupar ese cargo. Llegó al poder por la línea sucesoria —era vicepresidenta— luego de la muerte de su marido, Juan Domingo Perón. Fue derrocada por un golpe militar dos años después. Lidia Gueiler Tejada fue la única mujer presidenta de Bolivia en un gobierno interino entre 1979 y 1980. Rosalía Arteaga, fue presidenta provisional de Ecuador durante solo tres días en 1997.

Más allá de todos estos hitos, a marzo de 2017, solo 15 mujeres estaban a cargo de sus respectivos países, y representan un magro 8 por ciento de los líderes de los países miembros de las Naciones Unidas: 8 son los países con presidentas electas y 7 con primeras ministras. Más abajo en las jerarquías la situación es apenas mejor. Un estudio de ONU-Mujeres muestra que en los últimos veinte años se duplicó la representación femenina en los parlamentos del mundo. Suena bien, pero lo cierto es que el piso desde que se parte es tan bajo que aún estamos muy lejos de la paridad. En 1995 solo el 11,3 por ciento de las bancas eran ocupadas por mujeres, hoy llegan apenas al 23 por ciento. A su vez, solo el 18 por ciento de los cargos ministeriales del mundo está a cargo de ellas. En el mundo empresarial no es mucho mejor. Aunque en el 45 por ciento de los trabajadores de las 500 empresas más importantes del mundo según Standard & Poor son mujeres, menos del 20 por ciento de ellas accede a una silla en el directorio y solo el 4 por ciento es la CEO.

Las cifras no son más que el reflejo de un hecho general. Las estadísticas mundiales muestran, sin sonrojarse, que las mujeres ganan menos que los varones en todo el planeta, que hacen más trabajo doméstico no remunerado que ellos (cocinan, limpian, cuidan a los niños, atienden a los adultos mayores y enfermos del hogar), enfrentan tasas de desempleo más altas y son más pobres, cuando se jubilan ganan menos dinero, son dueñas de menos propiedades y poseen menos riqueza. Aunque hoy cuentan con más niveles de estudios que los hombres, enfrentan grandes obstáculos para llegar a lugares de poder o jerarquías en todos los ámbitos (ciencia, política, parlamentos, empresas privadas).

¿Podemos hablar de una democracia representativa mientras el acceso a la vida económica y política de las mujeres muestra tanta desigualdad? Innovar en la política a veces es simplemente identificar obstáculos y removerlos para que todo se transforme alrededor.

 

Un camino en construcción

La participación política de las mujeres como sujeto pleno de derechos aún tiene una corta vida en nuestro mundo, incluso en muchos países no se puede hablar de una participación completa. Estados Unidos consiguió el sufragio femenino en 1920 y recién en 1948 la ONU lo reconoció como un derecho universal. En Latinoamérica, Uruguay fue pionero y tuvo su primera elección con chicas en las urnas en 1927. En la Argentina, las primeras movilizaciones en este terreno fueron organizadas por las socialistas y anarquistas que fundaron agrupaciones de defensa de los derechos cívicos de las mujeres a principios del siglo pasado. Pasaron varios años más hasta que las mujeres argentinas estrenaron su voto en 1951, con el impulso de Eva Perón. En 1952 las primeras senadoras y diputadas ocuparon sus bancas.

Hacia 1960 el mundo tenía la primera mujer al mando de un Estado moderno, era Sirivamo Bandaranaike en Sri Lanka. Su marido había sido primer ministro justo hasta el año anterior, en que fue asesinado. Al parecer, no fue tan difícil para su país aceptar que los gobernara una mujer; venían de una historia con reinas y matriarcas, y además ella contaba con el apoyo del partido que había fundado su esposo. Años más tarde, En 1979, Margaret Thatcher se convertía en una de las personas más poderosas del mundo al ocupar el lugar de primera ministra de Inglaterra; muy pocas mujeres estaban en lugares tan encumbrados en ese entonces, su gobierno se extendió por más de una década y marcó a toda una generación política.

Islandia, que nos regaló la exótica música de Björk y Sigur Rós y desde donde Julio Verne sugirió que se puede llegar al centro mismo de la Tierra, fue también de los países vanguardistas: eligió presidenta a Vigdís Finnbogadóttir en 1980, quien trabajaba como directora artística de una compañía de teatro antes de convertirse en líder de su país y ser reelegida tres veces. En su primera elección compitió contra tres candidatos varones y ganó por menos de 1 punto. En su segundo mandato conquistó el 92 por ciento de los votos totales com- pitiendo contra otra mujer. Con una tercera reelección sumó dieciséis años en el poder. En 2009, Islandia volvió a marcar un hito al elegir a Jóhanna Sigurdardóttir, mujer que fue la primera del mundo en ocupar el liderazgo político de un país declarando abiertamente ser lesbiana. De hecho, aprovechó las leyes de matrimonio igualitario que ella misma impulsó en su gobierno (que ya contaba con leyes para unión civil igualitaria) y se casó con su novia, la dramaturga Jónína Leósdóttir.

Esta historia deja fuera a gran parte del mundo, incluso a los Estados Unidos, que ya lleva 45 presidentes entre los cuales no ha habido ninguna mujer. La ausencia de figuras femeninas en lugares de poder se suele relativizar. En principio, hay cierta resistencia al debate en torno a la desigualdad de género y sus consecuencias sobre la sociedad. Es cierto que hoy las mujeres ocupan espacios y hacen cosas antes inimaginables, como ganar su propio dinero y tener una cuenta a su nombre, ¡o votar! Se convierten en grandes científicas, se casan, se divorcian, se enamoran de otra mujer y hasta pueden tener hijos sin necesidad de estar con un hombre. Puesto así es como si hubiéramos superado todos los obstáculos del pasado. Sin embargo, las cosas no son tan sólidas como aparentan. ¿Somos realmente iguales? No. Las mujeres siguen estando limitadas y no por sus aptitudes e intelecto sino por mochilas culturales, sistemas económicos y políticos anacrónicos que restringen sus posibilidades y ponen numerosos obstáculos a su desarrollo. Esto no afecta solamente a ellas sino a toda la sociedad. La desigualdad no nos resulta tan evidente por eso necesitamos exponerla. A partir de ahí, tenemos el desafío de desterrarla y construir un mundo en el que viviremos mejor mujeres y hombres.

 

La gobernadora… del hogar

Se suele llamar “techo de cristal” a esa extraña fuerza invisible que impide que las mujeres (aun con educación y experiencia) crezcan en sus ámbitos de trabajo a la par que los varones. ¿Por qué en una sociedad en la cual la mujer ha conquistado tantos derechos, todavía no está en paridad de representación? Educación, roles y estereotipos de género, legislación laboral (o falta de ella) y micromachismos aparecen en casi todas las explicaciones de este fenómeno. También hay factores menos visibles pero aún así relevantes, vinculados con cuestiones subjetivas. Según explica Mabel Burin, “ocurre que la construcción del techo de cristal es externa e interna, objetiva y subjetiva a la vez. Parte del mismo está constituido por las culturas organizacionales que adoptan criterios de selección y promoción de las personas desde parámetros patriarcales, según los cuales la perspectiva masculina impone los criterios acerca de quiénes pueden ocupar los puestos jerárquicos más altos. También está constituida por los prejuicios y estereotipos respecto del género femenino: la suposición de que las mujeres no tienen las cualidades suficientes para ocupar determinados puestos de trabajo.”

Uno de los factores centrales que marca el punto de quiebre entre las carreras de mujeres y varones es la maternidad; no solo porque las licencias de maternidad y paternidad son asimétricas y significan una penalización para las madres, sino porque además se asocia a la mujer con los cuidados. Las mujeres se hacen madres, en la mayoría de los casos interrumpen en ese momento su evolución laboral, toman (cuando pueden) horarios o empleos más flexibles, priorizan sus actividades familiares y -en muchos casos- se ven imposibilitadas de sostener ambos trabajos (el que realizan dentro de la casa y el que tienen fuera de ella). Aquí es donde florecen los cursos y seminarios de cómo compatibilizar la vida familiar y la vida laboral (work-life balance); aunque el foco en estos seminarios aparece puesto en hacer equilibrio entre las múltiples facetas (hacerlo todo), en general el problema es más bien cómo lograr que no se caiga todo: familia, pareja y carrera. Es decir, no se trata solo de administrar las horas del día para ser ‘directora internacional mundial’ y madre, el desafío es propiciar los espacios para que se pueda dar esta conciliación, que no sean caminos distintos.

A excepción de los Estados Unidos y Papua New Guinea, todos los países cuentan con una licencia de maternidad paga. Sin embargo, solo el 43% de los países del mundo brinda una licencia de paternidad paga y entre los que la otorgan, hay casos en los que dura tan solo 2 días. Esta asimetría no solo convierte a las mamás en trabajadoras más caras en términos relativos, sino que además asume que las tareas del cuidado corresponden fundamentalmente a ellas. La mujer gobernadora del hogar compite con la activista fuera de él, las tareas domésticas y de cuidados aparecen como obstáculos o limitaciones para poder desempeñarse en lo público, en la actividad sindical, en organizaciones, en las luchas políticas cotidianas. Se espera de ella un rol maternal o ser el sostén emocional de la familia, cuestiones que no siempre son compatibles con la figura de una mujer que ejerce (o quieren ejercer) el poder en la órbita de lo público. Estos aspectos y tareas, sin embargo, no parecen generarle al varón  ningún tipo de desajuste. Aunque ellas podrían redistribuir el trabajo del cuidado con su pareja, contratar niñeras o empleadas domésticas, el mandato social sigue pesando: ¿quién va a cuidar de tus hijos mientras estás en campaña? Es una pregunta que nunca vamos a escuchar que se le haga a un candidato varón, pero que aparece en todas las entrevistas a mujeres que se postulan en algún cargo.

En 2015, se hizo viral una foto de la diputada argentina Victoria Donda amamantando a su pequeña hija en el Congreso. Camina Vallejo en Chile ha sido blanco de críticas por ir al trabajo con su hija. Es difícil pensar mejor ilustración de la dificultad que enfrentan las mujeres para poder cumplir con todo. Si bien hay quienes se autoimponen y esfuerzan por compatibilizar tareas tan demandantes como la lactancia de sus hijos y su trabajo legislativo —como Donda o Vallejo—, o vuelven al ruedo pocos días después de atravesar el parto, estas no son soluciones que puedan extenderse a todas las madres, ni son ideales para reproducir. En vez de que estas madres tengan que esforzarse con estas arcaicas estructuras en las que se llevan a cabo los trabajos en muchos organismos del Estado, hay que empezar —más temprano que tarde— a transformar aspectos que van desde las extensas sesiones deliberativas hasta la ausencia de jardines maternales o espacios para la lactancia en los lugares de trabajo. Organizar mejor los calendarios laborales, minimizar horarios aleatorios y viajes imprevistos. Los momentos de dispersión que se eligen también suelen cargar con sesgos. El after office no es compatible con quienes tienen que correr a buscar a los chicos al colegio; o el partido de futbol que termina con una relajada charla de vestuario en paños menores, suelen ser lugares en donde se cocinan ascensos, promociones, se acuerdan estrategias, se sellan amistades y alianzas. Y en donde las mujeres suelen quedar fuera.

 

Detrás de cada gran hombre hay un montón de grandes mujeres a las que no les dieron el cargo

Muchas de las limitaciones que enfrentan las mujeres para acceder a espacios de poder se relacionan con regulaciones laborales anacrónicas y preparadas para otro tipo de familia, como la que quizás había en los años sesenta con un macho proveedor y un ama de casa full time horneando panes y haciendo las tareas con los nenes; pero hay también otros elementos en juego (también un poco retro). La meritocracia es una de las explicaciones que se suele utilizar y, además, quienes usan este argumento también suelen hacer hincapié en que para ocupar espacios de poder no es relevante el género sino que sean los mejores entre los candidatos para llevar adelante la tarea. Al margen de la fantasía meritocrática[1]y los prejuicios que suelen convivir a su alrededor, es una idea que poco tiene que ver con la realidad. Un reciente estudio de PNUD Argentina muestra que las mujeres que acceden a cargos jerárquicos en general (jefas y directoras) no solo presentan mayores niveles educativos que mujeres en otras ocupaciones, sino también respecto de sus pares varones[2];en realidad, no solo tienen suficientes méritos sino que además se les demanda más méritos para conseguir un cargo. Incluso, hay muchas funcionarias con mayor capacitación y experiencia que la que necesitan para cumplir con sus tareas que están por debajo en la escala jerárquica de varones sobrevalorados para su posición. Es decir, si el sistema quisiera ser meritocrático en términos de experiencia y formación, debería haber más mujeres en legislaturas, gobiernos, ministerios y todos los órganos de gobierno. La foto, sin embargo, nos devuelve otra postal. Quizás podamos hablar de igualdad en estos términos cuando las mujeres que aspiran a la función pública puedan darse el lujo de ser mediocres.

En la política no solo hay un techo sino también hay paredes de cristal. A nivel mundial, según muestra la información relevada por ONU, las mujeres tienen mayor participación en ministerios de desarrollo social y todos aquellos que se ocupan de familia, infancia, educación, medio ambiente y cultura. Es decir, los equivalentes gubernamentales de las tareas que realizan tan bien en el hogar y los cuidados. En el otro extremo, casi no hay ministras en medios y comunicación, defensa, transporte, minería, economía y finanzas.

Miss Universo

Las desigualdades en todos los niveles y los estereotipos juegan un rol muy importante en la política. El doble estándar en relación a lo que hombres y mujeres poderosos enfrentan aparece también cuando abren el placard al vestirse cada mañana. “El estilo de mujeres políticas es por lo general más interesante que el de los hombres porque el armario femenino es mucho más di- verso, ambiguo y potencialmente controvertido en una arena tan hipersensible como la política”, afirma Rob Young autor del libro Power Dressing: First Ladies, Women Politicians and Fashion. Hay reglas implícitas incluso: las primeras damas lucen más femeninas que las gobernadoras o presidentas. Jacqueline Kennedy se convirtió en un ícono de la moda así como hoy también lo fue Michelle Obama. Para las funcionarias, el saquito de Thatcher o el de Hillary Clinton están entre los más elegidos. El uniforme de los muchachos es simple: traje, camisa y corbata. Quienes se quieren hacer los rebeldes se sacan la corbata y están listos para jugar al Che Guevara. Barack Obama cuenta que en su armario solo tiene camisas todas iguales para el día a día, cada tanto cambia alguna tonalidad. Mark Zuckerberg, que si bien no es político domina nuestras relaciones sociales a través de su imperio Facebook, mostró una foto de su guardarropas: buzitos con capucha y remeras grises todos idénticos. El foco en la vestimenta no es inocuo, hablar de cómo se viste una mujer en lugar de considerar sus ideas políticas contribuye a trivializarlas y mostrarlas menos poderosas. En 1984 en los Estados Unidos, Geraldine Ferraro fue presentada en un programa de televisión por un destacado periodista como “la primera candidata a vicepresidenta… ¡talle 6!”.

Cuando las mujeres llegan al poder tienen que lidiar con encontrar la imagen adecuada para proyectar. Serán criticadas si son muy masculinas o muy glamorosas, si usan poco o mucho maquillaje, el alto de los tacos, la forma, si son abiertos o cerrados, el largo de la pollera (o si tenía buenas piernas para usar esa pollera). El precio del collar o los zapatos, si la camisa le aprieta demasiado o el tipo de corpiño, todo pasa por el escrutinio público. Los micromachismos, como se les suele llamar a este tipo de comportamientos que mueven el foco del análisis a lo estético o al comportamiento de las mujeres en vez de a sus argumentos, ideas o trayectorias, son un síntoma claro de que aún hay mucho que transformar en la conciencia social. La cuestión no está en que sean comentarios negativos; en muchos casos, por el contrario, pueden ser sobre si una mujer “está buena” o “es muy dulce”. Algo que parece un halago esconde una descalificación, es como decir “mirá la rubia, finalmente tenía algo en la cabeza”, o en el caso de Ferraro, es como “a pesar de ser tan pequeña es candidata”. Hay muchos “a pesar de… puede…”.

No solo se ponen en juego el peinado, la ropa o los zapatos sino también la forma en que hablan: desde el tono de voz hasta los temas de la conversación. Es un lugar común el de señalar a una mujer que habla con convicción como una mandona, mientras que para los varones es una muestra de liderazgo. En todos los ámbitos, si dos hombres están en desacuerdo sobre algo discuten, incluso lo hacen de modo inteligente o apasionadamente. Si son mujeres las que debaten acerca de algo, enseguida es una lucha en el lodo , una cat fight(y si son medianamente bonitas, la fantasía las desnuda).

El machismo y la misoginia explícitos también tienen un rol en todo esto que no es despreciable. En los Estados Unidos, durante la campaña que tuvo como protagonista a Hillary Clinton y Donald Trump, salieron a la luz encuestas que muestran que aún hoy, en el país más rico del mundo y uno de los más educados, el 8 por ciento de los votantes piensa que las mujeres no tienen las aptitudes para ser presidentas de su país.

Las mujeres, esencialmente, tienen que desaprender el rol que la sociedad les tiene asignado tradicionalmente. Si quieren hacer política, tienen que salir del gobierno del hogar, disputar espacios y avanzar sobre lugares que no siempre están preparados para oír una voz más aguda. A veces eso implica incluso masculinizarse, en modos y vestimenta. “Carecemos de seguridad en cuanto a nuestra legitimidad para apropiarnos de lo político”, denuncia Despentes, “dejar de lado el ámbito político como lo hicimos revela nuestras propias reticencias a la emancipación. Es cierto que para pelear y tener éxito en política, hay que estar dispuesta a sacrificar la feminidad, ya que hay que estar dispuesta a luchar, triunfar, hacer alarde de potencia. Hay que olvidarse de ser dulce, agradable, servicial, hay que permitirse dominar al otro, públicamente. Hay que obrar sin su consentimiento, ejercer el poder frontalmente, sin hacer melindres ni disculparse, ya que escasos son los opositores que las felicitarán por vencerlos”, continúa. Eleanor Roosevelt solía decir que las mujeres gestionando lo público y haciendo política tienen que dejarse crecer la piel como un rinoceronte, necesitan impermeabilizarse a las críticas mezquinas y comentarios despectivos que recibirán en un lugar de tanta exposición.

Más mujeres en el poder también contribuye a transformar el concepto de liderazgo, presenta roles para seguir, nos da una dimensión que —al menos por ahora— es minoritaria en la arena pública.

 

Cómo conseguir chicas

Latinoamérica tiene un 27 por ciento de mujeres en los parlamentos, valor que está por encima del promedio mundial. Hoy son 13 los países que han implementado políticas de acción afirmativas para tener más candidatas en las listas. La Argentina ocupa el lugar 28 en el ranking mundial de mujeres en parlamentos y esto está estrechamente ligado a que, en 1991, el país se convirtió en el primero en tener ley de cupo femenino. Esto implica que las listas que se presentan a elecciones tienen que tener un mínimo de 30 por ciento de candidatas en cargos nacionales. El resultado de esta ley es contundente: en la Cámara de Diputados la participación de las mujeres pasó del 5 al 14 por ciento tras las elecciones legislativas de 1993 y llegó al 30 por ciento hacia 2001. Después de las últimas elecciones en 2015, 34 por ciento de los representantes son mujeres. En el Senado el cambio también fue abismal: antes de la ley, la representación femenina llenaba menos del 5 por ciento de las bancas y hoy 40 por ciento de las bancas son ocupadas por mujeres. Pese a que esta ley fue criticada, la implementación del sistema significó un aumento real de mujeres en el Congreso que de otro modo dudosamente se hubiera alcanzado[3].

Pero las cuotas de género no son suficientes. A veces funcionan como un techo y en muchos casos, no alcanzan para romper con estructuras machistas de reparto del poder. En la labor legislativa también se ven los estereotipos de trabajos de nena o nene. Según el relevamiento del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), las mujeres se concentran en temas mayoritariamente reproductivos (políticas sociales, salud, educación, cultura) mientras que los hombres en los productivos (economía, presupuesto, obras públicas, industria, comercio, entre otros).

Pero hay formas mucho más simples de conseguir que las chicas se sumen al poder. En la página web oficial del gobierno de Suecia se puede leer un texto que dice: “Suecia tiene el primer gobierno feminista del mundo. Esto significa que la igualdad de género es central entre las prioridades del gobierno, en la toma de decisiones y en la asignación de recursos. Un gobierno feminista asegura que la perspectiva de género se pone en la formulación de políticas en un frente amplio, tanto a nivel nacional como internacional”. En la foto que ilustra estas palabras aparecen todos los ministros, son hombres y mujeres en igual proporción.

En Canadá, Justin Trudeau formó el primer gabinete de su país con una composición de “50-50” (son 15 mujeres y 15 varones), entre los cuales además están incluidos representantes aborígenes y políticos sikh. Según él mismo cuenta, la mayor dificultad que tuvo en el proceso no fue encontrar mujeres capaces para ocupar esos cargos, sino más bien para encontrar mujeres decididas a hacerlo. “En general, cuando se le propone a un varón un trabajo así, la respuesta es rápida y simple: ¿hay que usar corbata? La mujer, en cambio, pregunta: ¿por qué yo?”, dice Trudeau. Suelen sentirse menos confiadas en sus propios talentos y capacidades, dudan de estar a la altura del desafío aun cuando tienen amplia experiencia y trayectoria. El primer ministro confiesa que a algunas tuvo que insistirles y que esto motivó también una campaña local llamada ask her to run, que sería algo así como “pídele que se postule”.

Acciones afirmativas o simple decisión, ser sensible al género es también entender que los cambios no llegan solos y que a veces hay que empujarlos. En ese acto, estamos transformando no solo la realidad, sino también los espejos de esa realidad.

 

Feministros y perspectiva de género. ¡Porque estamos en 2017!

¿Por qué es importante que haya mujeres en los ámbitos de poder? En principio, ¡porque estamos en 2017! Así respondió Trudeau cuando le preguntaron por qué tenía un gabinete de ministros 50-50, su respuesta obvia y rápida lo convirtió en referencia inmediata entre los gobiernos progresistas del mundo.[4]Además de que quedan feas las fotos y lo anacrónico que resulta a esta altura de la historia de la humanidad encontrarse con una escena llena de señores con sacos y corbatas, y muy pocas mujeres —y donde muchas están camufladas con looks masculinos—, hay otros motivos que hacen importante la presencia de las mujeres en la política… ¡Y nos toca a nosotros decidir cómo será el futuro!

Uno muy básico es la representatividad. A nivel mundial la población se divide entre varones y mujeres en similares proporciones. Es sencillamente lógico esperar que gobiernos con pretensiones de ser representativos de la población tengan una composición que la refleje. Por otra parte, el hecho de que haya mujeres en los parlamentos facilita que se reconozcan problemas que de otra manera pasarían inadvertidos o que simplemente no tendrían su debida prioridad en las apretadas agendas políticas. Hay cuestiones centrales que atraviesan sus vidas de manera muy significativa y que hacen a la salud sexual y reproductiva, el parto, la lactancia, la violencia, el acoso, la discriminación en el ámbito laboral, la trata y muchos de los temas presentados en este libro. La experiencia en la Argentina, Brasil, Bolivia, entre otros países, muestra que a partir del avance de las mujeres en la política y en los gobiernos se incluyeron más temas vinculados con estas cuestiones en la agenda legislativa, se ampliaron derechos y se presentaron más proyectos de género en todos los ámbitos. Hay numerosos estudios que muestran que una mayor proporción de mujeres impacta en los temas de las discusiones. La conclusión es tan simple como decir que hay más probabilidades de tratar cuestiones vinculadas a la agenda de las mujeres cuando ellas están legislando.

Las transformaciones en el mercado de trabajo, los conflictos con que se topan las familias modernas, los nuevos actores sociales como el movimiento LGBT —que ha conquistado visibilidad y derechos en los últimos años de manera irregular a lo largo de la región—, requieren un marco de diversidad y que se enriquezcan las perspectivas del debate. Los parlamentos y los gobiernos son lugares imprescindibles para cambiar las reglas de juego, es allí donde se dan muchas de las batallas que van transformando el día a día.

Por supuesto, no toda mujer tiene perspectiva de género sobre los problemas que atraviesa una sociedad. En el caso de la Argentina, no alcanzó con tener la primera presidenta del mundo o a Cristina Fernández de Kirchner en dos mandatos consecutivos para estar siquiera cerca de la igualdad en la representación. El poder no derrama y las políticas que apuntan a la igualdad de género o el acceso de las mujeres a distintos espacios políticos tampoco aparecen mágicamente. Algo similar sucedió con el gobierno de Dilma Rouseff en Brasil; cuando fue reemplazada por Michel Temer incluso se vivió un retroceso fenomenal: este hombre instaló en Brasil el primer gabinete de ministros sin ninguna mujer, cosa que no ocurría desde la dictadura militar que gobernó ese país de 1964 a 1985. Y más aún, cuando se hizo pública la sorpresa y el descontento que esto provocaba anunció que incorporaría a su esposa en el Ministerio de Desarrollo Social. Ese cristal que rompió Dilma fue reemplazado rápidamente por un techo de hierro, como se suele decir en Latinoamérica.

El poder sin perspectiva de género no alcanza para mejorar la situación de las mujeres, tampoco las consignas feministas sin disputar el poder. Pero nadie viene al mundo con un chip o ideas de fábrica para barrer con la desigualdad. Más bien al contrario. Estamos educados en modelos que nos hacen naturalizar muchas formas de dominación y de explotación. Más bien se trata de desaprender todo aquello con lo que estamos educados, formateados. Es por eso que la desigualdad no se soluciona simplemente con más cantidad o más protagonismo de las mujeres, las políticas públicas necesitan de gobernadores, presidentes y feministros que entiendan la importancia y urgencia de hacer grandes cambios en la forma en que funcionamos para alcanzar una sociedad más justa y a la altura de sus desafíos.

Aumentar la representación de mujeres no es solo justo, sino que además es necesario para mejorar la calidad de las instituciones, la vida política y la igualdad social. Romper el techo de cristal a costa de una mayor explotación no suma en nuestro camino. El reto más grande es entender el entramado de relaciones en el que nos movemos. No hay igualdad en un mundo de opresión, ni en un mundo de pobreza. Una democracia plena se construye apropiándose de la vida política, y apropiarse implica transformar las estructuras para abrirle paso al mundo en que queremos vivir. Tenemos a nuestra disposición todas las herramientas para hacerlo.

 

 

 

Referencias

Anderson, J. J. (2013). Women’s Rights Movement. ABDO.

Boushey, H. (2016). Finding Time: The Economics of Work-Life-Conflict. Harvard University Press.

Burin, M. (1987). Estudios sobre la subjetividad femenina: mujeres y salud mental. Grupo Editor Latinoamericano.

Butler, J. (2011). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge.

Carrasco, C (1988) Notas para un tratamiento reproductivo del trabajo doméstico. Cuadernos de economía, Vol 16 (1-20).

Catalyst (1 de Julio 2016). Women CEOs of the S&P 500. New York: Catalyst.

ELA – Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (2011). Sexo y Poder ¿Quién manda en la Argentina?

Enríquez, C. M. R. (marzo-abril 2015). Economía feminista y economía del cuidado. Aportes conceptuales para el estudio de la desigualdad. Nueva Sociedad, Democracia y política en América Latina.

Federici, S. (2012). Revolution at point zero: Housework, reproduction, and feminist struggle. PM Press.

Fraser, N. (2013). Fortunes of feminism: From state-managed capitalism to neoliberal crisis. Verso Books.

Gasparini, L., & Marchionni, M. (2015). Bridging Gender Gaps? The Rise and Deceleration of Female Labor Force Participation in Latin America: An overview (No. 0185). CEDLAS, Universidad Nacional de La Plata.

Goldin C. (2015). How to Achieve Gender Equality.

Kent, L. (30 de Julio 2015). Number of women leaders around the world has grown, but they’re still a small group. Pew Research Center.

Leme, L., & Zissis, C. (marzo 2015). Weekly Chart: Latin American Women in Leadership. Americas Society – Council of the Americas.

ONU Mujeres (enero 2016). Hechos y cifras: Liderazgo y participación. UNWomen.org.

Organización Internacional del Trabajo (2015). Panorama Laboral 2015, America Latina y el Caribe. Oficina Regional para América Latina y el Caribe.

Sandberg, S. (2013). Lean in: Women, work, and the will to lead. Random House.

Slaughter A. (julio/agosto 2012). Why Women Still Can’t Have It All. The Atlantic.

World Economic Forum (2017). The Global Gender Gap Report 2016.

 

[1]Una sociedad atravesada por desigualdades las reproduce a la hora de premiar méritos. Una niña pobre que tiene que ir caminando todos los días a la escuela y luego ayudar a cuidar a sus hermanos no tendrá nunca las mismas oportunidades que una niña en un hogar acomodado. Tampoco tendrá las mismas posibilidades que un niño, sea pobre o de medianos ingresos. Quizá sus méritos sean incluso mayores —en términos del esfuerzo y los obstáculos sorteados—, pero no necesariamente se reflejarán en sus calificaciones, diplomas, desarrollo personal o lo que sea que el sistema convalide en su concepto de mérito.

[2]Un informe del ELA muestra que, en términos generales, las legisla- doras tienen estudios superiores en mayor proporción que los varones (salvo en el caso de la provincia de Corrientes). En Misiones, por ejemplo, todas las mujeres tienen estudios superiores, entre los varones solo el 65 por ciento.

 

[3]Esto es más evidente cuando se observa que solo el 13% de los cargos ministeriales (sin cupo son ocupados por mujeres) o que en el Banco Central de la República Argentina no hay ninguna directora en su equipo de mando. Son solo 5 las gobernadoras electas en todo el país, también como un hecho inédito en la historia.

[4]La pregunta, en realidad, se la hicieron en 2015 y va a seguir siendo válida por varios años. Trudeau no fue el primero en tener un gabinete igualitario, pero esa respuesta sumada a una serie de políticas con eje en la agenda de género lo hicieron llegar a las (buenas) noticias de todo el mundo.

 

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