, ,

Las mujeres y la salud: una relación de cuidados y de olvidos

Por Laura F. Belli*

 

Mateo se despierta de nuevo afiebrado. Mientras lo saca de la cama, Julia llama a la oficina para avisar que hoy tampoco va a poder ir a trabajar: la fiebre no baja, no puede llevarlo así al jardín y no tiene a nadie que se pueda quedar a cuidarlo. Mientras tanto, en la cocina, su esposo y padre de Mateo termina de desayunar y sale hacia su trabajo.

Las mujeres somos las principales encargadas del cuidado de la salud de los miembros de nuestra familia. Estamos a cargo de tareas que van desde conseguir los turnos con el médico (no sólo para l*s niñ*s, sino también ¡para los varones adultos!) hasta oficiar de cuidadoras de ancian*s en sus últimos días, pasando por el control de la toma de medicación, cumplimiento de tratamientos médicos y esquemas de vacunación, traslado y acompañamiento a las consultas médicas, cuidado de los menores que deben quedarse en casa por enfermedad, retirar análisis clínicos, etc. Menuda tarea.

¿Esto quiere decir que los varones no participan en lo absoluto en el cuidado de los suyos? No. Hay excepciones. Pero desconocer que son sólo eso maravillosas excepciones incluso en experiencias que les conciernen directamente, repercute negativamente sobre las mujeres. Para muestra basta un botón: en la vecina República Oriental del Uruguay, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Cuidados No Remunerados en Salud publicada en 2015 alrededor del 76,6% de las tareas informales de cuidado de la salud está a cargo de mujeres. ¿Qué hay del caso concreto de la Argentina? Como en la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo de 2013 se recogieron datos sobre cómo se reparten las tareas en el hogar entre mujeres y varones, pero no se realizó una medición específica sobre salud, no podemos saber qué sucede en nuestro país. Pero podemos suponer que el resultado no sería sustancialmente diferente.

El cuidado informal de la salud es una cuestión de género y una cuestión de equidad: de género dado que recae mayormente en las mujeres; de equidad porque las mujeres con menos recursos económicos son las que tienen más probabilidades de hacer este trabajo ya que no pueden costear ayuda profesional. Esto, además, contribuye a profundizar la pobreza dado que realizar estas tareas les dificulta acceder a y permanecer en mejores empleos, educarse y participar en actividades sociales y políticas del mismo modo que los varones.

 

Las mujeres que cuidan, se descuidan

El reconocimiento del impacto en la salud y bienestar en las mujeres que llevan adelante estas tareas a menudo se pasa por alto. Aquellas que trabajan fuera del hogar se enfrentan a la dificultad de equilibrar las responsabilidades de velar por la salud familiar con sus obligaciones laborales. Y este acto de equilibrio se vuelve aún más difícil para las mujeres de bajos ingresos que muchas veces son el único sostén del hogar.

Antes de morir, la mamá de Julia estuvo internada varias semanas. Julia —aún soltera en ese momento se quedó con ella noche tras noche. Dormía en una cama improvisada en un sillón que había junto a su madre. Todas las mañanas, luego del desayuno, iba a su departamento a bañarse y cambiarse para salir a trabajar. Su papá la relevaba entre las seis y las nueve de la noche. Él también tenía que seguir yendo al trabajo. Su hermano se quedaba los domingos: era época de finales en la facultad y tenía que estudiar.

La vida cotidiana de estas cuidadoras se ve transformada por cada evento al que se enfrentan en este rol: situaciones de difícil manejo para las cuales no están entrenadas, toma de decisiones, alteraciones en el sueño, descanso, interrupción de la actividad social, agotamiento emocional, etc. Este impacto es conocido en los estudios sobre cuidado informal, tanto que a menudo se lo denomina “síndrome del cuidador” (sí, en masculino) e incluye el conjunto de alteraciones médicas, físicas, psíquicas, y los problemas laborales, familiares y económicos que enfrentan las cuidadoras.

Las consecuencias negativas para la salud de estas mujeres cariñosas están bien documentadas a nivel mundial. Cuidar de la salud de otros es una tarea que implica un esfuerzo físico como psicológico. Se suele asociar con mayores niveles de depresión y/o ansiedad y con el descuido de la salud propia, especialmente en lo relativo a alimentación y ejercicio (y algunas veces se manifiesta en hipertensión y problemas cardíacos, especialmente en las mujeres de edad avanzada).

Es verdad que cuidar de quienes queremos puede ser altamente gratificante, pero estas recompensas muchas veces puede ser sobrepasadas por pesadas cargas en ausencia de apoyo económico, práctico y emocional.

 

La medicina nos está fallando a las mujeres

Las mujeres somos importantes proveedoras de la asistencia sanitaria en nuestros hogares y en comunidades. Pero curiosamente, la medicina no parece estar pensando en nosotras. El informe de 2009 publicado por la OMS “Las mujeres y la salud: los datos de hoy, la agenda de mañana” mostró que las sociedades no tienen en cuenta aún las necesidades sanitarias que las mujeres tenemos en momentos clave de nuestra vida, especialmente en la adolescencia y la vejez. Y tampoco se nos proporcionan los cuidados apropiados en salud sexual (en muchos países los servicios de salud sexual y reproductiva se centran exclusivamente en las mujeres casadas, dejando de lado las necesidades de solteras, mujeres trans*, lesbianas y adolescentes), acceso a instrumentos de higiene menstrual, atención durante el embarazo, acceso libre, gratuito y seguro al aborto, atención en salud mental, atención por violencia sexual y detección y tratamiento de enfermedades propias de nuestro sexo como el cáncer de cuello de útero.

A esto se suma el hecho de que durante la mayor parte de la historia de la medicina, el cuerpo de las mujeres no ha sido preocupación de los profesionales de la salud. Este sesgo muchas veces no percibido, otras desestimado hace que a menudo los problemas de hombres y mujeres se consideren equivalentes y por ello se asuma que los tratamientos pueden ser extrapolados: numerosos ensayos clínicos, estudios de prevención, métodos de diagnóstico y programas de intervención se han probado sólo en hombres y, al comprobar su eficacia, se han usado en mujeres, sin haber sido incluidas en los estadios de prueba.

La falta de representación femenina en estudios y ensayos clínicos pone en riesgo nuestra salud, especialmente en lo relacionado con efectos secundarios de tratamientos o medicinas (y lo mismo sucede con mujeres trans*, poblaciones de afrodescendientes o asiáticos). La inclusión en estos estudios es necesaria dado que existe evidencia de la variación entre los sexos frente a las enfermedades y de las diferencias en las respuestas de los varones y las mujeres a las drogas y resultados de tratamientos.

Para ilustrar este problema se puede mencionar el hecho de que entre 1997 y 2000, el 80% de los medicamentos que fueron retirados del mercado en los Estados Unidos fue por causa de los efectos secundarios que su uso tuvo en las mujeres. Es decir, al no haber incluido mujeres en los años en los que fueron parte de ensayos clínicos para probar su seguridad y eficacia, fueron lanzados al mercado con la ¿esperanza? de que no nos causaran daño alguno. El ejemplo de Ambien (zolpidem) droga que se utiliza para tratar trastornos del sueño es uno de los más conocidos: luego de haber estado 20 años en el mercado, recién en 2013 se redujo por la mitad la dosis recomendada para las mujeres a pesar de haber recibido durante años numerosos reportes por parte de usuarias de que se sentían mareadas durante el día al tomar la medicación de acuerdo a las indicaciones médicas (con los riesgos que esto implica en caso de que maneje un vehículo, cuide niñ*s pequeñ*s, etc.).

No se trata sólo de que las mujeres tendemos a ser más pequeñas que los hombres, también metabolizamos los medicamentos de manera diferente entre otras cosas porque poseemos un mayor porcentaje de grasa corporal y experimentamos más fluctuaciones hormonales (por ejemplo durante el ciclo menstrual). Esto hace, entre otras cosas, que respondamos de manera diferente a la anestesia: despertamos más rápido que los hombres cuando se suspende la anestesia general después de una cirugía (lo cual explicó reportes que los colegios de anestesistas recibieron durante décadas de parte mujeres que relataban haber estado conscientes durante algunas intervenciones quirúrgicas). Y hay muchos otros ejemplos.

Julia prefiere no hablar mucho del nacimiento de Mateo, cuando le preguntan se limita a sonreír, decir que le cambió la vida y que nunca fue tan feliz como cuando finalmente lo pudo tener en sus brazos.

Julia llegó con contracciones al hospital junto a su marido cuando aún le faltaban algunas semanas para la fecha probable de parto. Además, su obstetra estaba de viaje. Llegó nerviosa y asustada y lo que siguió fue una experiencia que prefiere no recordar: nunca la llamaron por su nombre (mami o mamita fue el apodo no pedido que le dieron) y la “retaron” reiteradas veces cuando se quejó del dolor de las contracciones porque “si elegís parto natural, tenés que bancártelo y no hacer escándalo”.

El sexismo en medicina es responsable de que el dolor que siente una mujer sea muchas veces desestimado o considerado como “una exageración” por parte de los profesionales de la salud, considerándolo sólo una expresión desmedida característica de un modo de ser “femenino”. Y esto es tristemente habitual durante los partos: en los reportes de violencia obstétrica es usual que las mujeres refieran que lxs profesionales de la salud se molestaban, reprimían o se burlaban de sus expresiones de dolor, entre otro tipo de maltratos.

 

Hacia un mundo más poquito más justo

Hace casi un año al esposo de Julia le ofrecieron en su trabajo trasladarse a la Capital. La propuesta incluía un puesto más alto y un aumento de sueldo considerable. Mateo recién estaba por comenzar la primaria y el momento era el ideal para los tres. Con casi quince años de experiencia en su área y excelentes recomendaciones, Julia contaba con conseguir trabajo en poco tiempo. Con lo que no contaba era con escuchar, entrevista tras entrevista, preguntas como “Ah… ¿tenés un nene chico? ¿con quién se queda cuando se enferma?… porque tu familia vive lejos ¿no?” para nunca volver a oír de sus posibles nuevos empleadores.

La suposición de que el cuidado de l*s hij*s es responsabilidad de la madre, disfrazada muchas veces por un discurso de “amor y cuidado” oculta lo injusto de la situación y no permite ver lo desigual que esta visión tan arraigada resulta a las mujeres. Tenemos que reclamar que la tarea del cuidado sea una tarea compartida: no es menos amorosa (ni descuidada, ni mala madre, mala hija, hermana, nuera, o suegra) la mujer que reclama participación equitativa en la realización de estas tareas.

Por otro lado, la misma medicina que se apoya en nosotras para brindar estos cuidados, está a la vez en deuda con nosotras. Es necesario alzar la voz y dejar de naturalizar situaciones de violencia en la atención de la salud de las mujeres: tenemos derecho a una atención respetuosa, justa y libre de prejuicios y a que se nos tenga en cuenta en las investigaciones y en el desarrollo de políticas públicas de salud.

Es tiempo de que se nos escuche.

 

* Laura Belli es Bioeticista y Doctora en filosofía (UBA). Docente de Ética (FFyL – UBA). Investiga sobre la relación entre humanidades y ciencias de la salud en el contexto de la ética médica. Vegetariana y fan de las papas fritas. Buffy es mi role model.

 

 

1 comentario

Trackbacks y pingbacks

  1. […] no previstas y el retiro del mercado de muchas drogas y dispositivos. Sin ir más lejos, el 80% de las drogas retiradas del mercado representan un mayor riesgo para las mujeres que para los […]

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *