Las Nadies: aquellas que no son, aunque sean. Un análisis exploratorio de la inclusión del ama de casa como jubilada para el PIP

 

 Por Tatiana Pizarro

 

Dicen que las “Nadies” tienen un paso sigiloso, una voz que se mezcla con susurro, la mirada entrenada para manejar cual máquina perfecta cada espacio y una piel curtida de los ojos que las ven sin ver. Mi bisabuela, Corazón, fue una de ellas.

Sí, curioso modo de iniciar el trabajo final de Economía. Quizás, sólo quizás, por la necesidad de contar su historia como la de tantas que quedaron en el anonimato y que subsistirán en el recuerdo de pocos/as hasta que su existencia se desvanezca transformándose en esa colonia de Nadies.

Cuando Corazón llegó al mundo lo hizo con las lágrimas de absorber todo un espacio nuevo  y  también entre las que dejó la muerte de su madre cuando la dio a luz.

Son muy pocas cosas que recuerdo de Cora –y creo que la mayor parte son memorias creadas en base a relatos de anécdotas-. Por ella sé que para aclarar el agua que trae el río con greda debés dejarla reposar con unas gotas de leche en un cántaro durante toda noche y al día siguiente ya podés consumirla[1]. Tengo grabada a fuego su receta 666[2] para los bizcochuelos cocinados en horno de barro… porque no, no tenía cocina convencional. No prendía un fósforo y de pronto podía poner una tetera para el mate. No. Ella debía buscar leña y hacer fuego para cocinar. Tampoco tenía electricidad[3], de ahí que su día iniciaba a las 6 am y culminaba a las 7 pm para aprovechar la luz que le regalaba el Sol.

Día tras día, la misma rutina.

A los 60 años, Corazón poco recordaba de sí misma. Cual péndulo, a veces, la memoria recorría su mente y, en ese momento de claridad, colocaba un jarro con agua sobre las brasas para echarle una papa y prepararle así el almuerzo a su marido. A los 66 años, Corazón murió con demencia senil, con ella 20.440 almuerzos diarios y la misma cantidad de desayunos, meriendas y cenas. Poco se puede decir de su vida. De hecho, pocos/as se acuerdan de ella. De su paso por esta materialidad, ella se llevó la tarea diaria y una quemadura de alto grado en su mano porque en los últimos días de su vida quería seguir cocinando pero no recordaba que el trébede ardiendo no debía tocarse sin protección.

Cora nunca manejó dinero propio, su marido –mi bisabuelo- que era un pequeño productor era el proveedor del hogar, ambos trabajaban a la par pero sólo su fuerza de trabajo era la intercambiable por una remuneración económica.

 

¿Si trabajo? No, soy ama de casa

Aquí es donde radica la cuestión: discutir la concepción prevaleciente del trabajo exclusivamente como la actividad que produce bienes y servicios destinados al consumo o intercambio con vistas a satisfacer necesidades humanas, y darle relevancia a las actividades vinculadas con lo reproductivo del mundo del trabajo. La diferenciación entre lo “productivo” y lo “reproductivo” tiene que ver con que el primero se resume en un proceso de acumulación que utiliza las energías humanas como mercancía, mientras que el segundo aboca su tarea en reproducir esas energías como parte integrante de las personas (Picchio, 1994).

El escenario en el que se crean y reproducen las acciones que dan forma a la cohesión social es el seno familiar, y a su vez, es en éste en el que se reparten las cartas de poder entre las mujeres y los varones. Es así que la mujer quedó principalmente a cargo de las tareas reproductivas dentro del hogar, en tanto el hombre pasó a desempeñarse en tareas productivas fuera de ese espacio, por las que empezó a recibir una remuneración.

De este modo las construcciones culturales transformaron esa rígida división sexual del trabajo en un compromiso  “natural” de las mujeres, en el que la familia y el hogar pasaron a ser considerados espacios de afecto y crianza, a cargo de ellas. Así, se racionalizaron dos creencias: la primera sostiene que el trabajo no remunerado en el hogar era trabajo de mujer y, la segunda, que en realidad no era trabajo, ya que no produce recursos materiales ni cuenta con prestigio social.

Respecto a esto, la economista Mercedes D’Alessandro (2016) postula que:

La asimetría en la distribución del trabajo doméstico es una de las mayores fuentes de la desigualdad entre varones y mujeres. Al ser las mujeres quienes más tiempo dedican a estas tareas no pagas disponen de menos tiempo para estudiar, formarse, trabajar fuera del hogar; o tienen que aceptar trabajos más flexibles (muchas veces precarizados y peor pagos) y, en general, terminan enfrentando una doble jornada laboral: trabajan dentro y fuera de la casa. El fenómeno se repite virtualmente en todos los países y es muy poco visible porque, en mayor o menor medida, todos asumimos que estas tareas son de mujer y que se realizan por amor (p.6).

También es claro que en la actualidad es la mujer quien carga con la pretendida decisión de retirarse de la oferta de trabajo para dedicarse de manera principal o única al cuidado de los hijos/as. Ésta representa una acción en la que no sólo pesa el ideal “tradicional” de la división sexual del trabajo, sino también la evaluación acerca de la conveniencia (o no) de participar en un mercado laboral con oportunidades estrechas (o escasamente remuneradas) para mujeres pobres, frente a la escasez de servicios de cuidado gratuitos, así como los riesgos latentes que se asocian al cuidado por parte de personas desconocidas (Pereyra, 2012).

Esta realidad en la que la mujer se inserta en el mundo del trabajo remunerado y asume una enorme sobrecarga de trabajo doméstico por la desequilibrada distribución del trabajo reproductivo denota factores que hacen que la vida laboral y familiar sean totalmente inequitativas y contrastante con la realidad  masculina. El trabajo reproductivo debe considerarse como un elemento necesario e imprescindible que influye en ámbitos que van más allá de lo meramente privado, ya que contribuye en forma directa en la persistencia del modo capitalista de producción –entiéndase que el sector capitalista requiere personal que ofrezca su fuerza de trabajo en toda su extensión–. Es decir, el trabajo doméstico proveería fuerza de trabajo al mercado para su venta.

Entonces, ¿es justo que a las amas de casa se las considere como población inactiva?

Tal como lo describe Magalí Brosio (2016), la contrapartida de la población económicamente activa –PEA- es aquella que se considera inactiva, entendiéndose ésta como aquella “compuesta por adolescentes, jubilados, estudiantes, gente que vive de pensiones o rentas, amas de casa y todo el resto de los individuos que no están englobados dentro de las categorías de empleo o desempleo” (p.3).

 

“Jueves antes de almorzar una niña fue a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que cocinar”

 

En Argentina, durante el periodo que corresponde a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner –también conocido como “década ganada”-, se hizo un intento de revertir el hecho de haber soslayado la importancia de la labor del ama de casa a lo largo de su vida, dotándola de beneficios ya en su etapa de actor económicamente pasivo. Esto, a través de políticas de inclusión previsionales que permitieron a miles de ancianos y ancianas –entre ellas amas de casa-  recibir una jubilación, pese a no haber realizado aportes para gozar de este beneficio.

En el 2003, con la llegada al gobierno de Néstor Kirchner y  teniendo en la formulación de políticas sociales como ejes conductores a la inclusión, solidaridad y universalidad, se estipularon distintas normas que permitieron la incorporación al sistema previsional de los/as más desventajados/as en la última década: autónomos/as, cuentapropistas y amas de casa.

Una de las políticas que cumplía con ese objetivo fue el Plan de Inclusión Previsional (PIP). Éste surge como medida de corto plazo para incorporar al ámbito de la seguridad social a aquellos adultos mayores que, castigados por los cambios registrados en el mercado de trabajo y en el sistema previsional en los años ´90, en particular referidos a la edad jubilatoria y los años de contribución necesarios para acceder a la prestación previsional, se encontraban en una situación de vulnerabilidad social al no contar con un haber jubilatorio. Para acceder a este “beneficio”, las ancianas se vieron en la obligación de declarar alguna actividad “productiva” a fin de acceder a este beneficio, y no presentarse a sí mismas como “amas de casa” al no considerarse éste un trabajo propiamente dicho, excluyéndola así del derecho que el trabajador en su etapa de retiro tiene: la jubilación.

En esta misma línea, es preciso recalcar lo que postula Nancy Fraser (2003) al plantear que las políticas de redistribución y las de reconocimiento no deben ser excluyentes entre sí, sino que por el contrario, deben armonizarse para alcanzar esa justicia social e inclusión. Es decir, es necesario “una política que pretenda combatir la exclusión social debe combinar una política de redistribución con  una política de reconocimiento” (p.56). Y es que el trabajo de las mujeres constituye un todo inseparable y el proceso de reproducción social está interrelacionado con otros procesos socioeconómicos por lo que si se analiza el trabajo reproductivo aislado del trabajo productivo y del proceso de reproducción social, se contribuye a ocultar la importancia, la complejidad y dimensión del trabajo doméstico. Al relacionar el trabajo reproductivo con su papel social, el trabajo femenino es entonces un tema para todo el sistema, no se trata ya de un problema específico de las mujeres (Lagarde, 1990).

 

“Que sepa coser, que sepa bordar”

 

Teniendo como fuente a la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) y después de haber realizado una sistematización y procesamiento de información cuantitativa referente a la situación de ingresos monetarios de la población mayor de 60 años y de sus hogares[4], se pretende hacer una estimación del impacto potencial de la percepción del beneficio previsional por inclusión en el PIP. A continuación se graficará el contraste de la  situación vivida en el tercer trimestre de 2003 –antes de la implementación del PIP- y el tercer trimestre de 2013 –nueve años después de la implementación del PIP-.

Durante el tercer trimestre de 2003, el ingreso por todo concepto promedio de los varones mayores de 60 años correspondía a $694 mientras que el ingreso por todo concepto promedio de las mujeres mayores de 60 años era de $330 –menos de la mitad de lo que percibían los hombres-.

Diez años después, durante el tercer trimestre de 2013, el ingreso por todo concepto promedio de los varones mayores de 60 años correspondía a $4.837,983; mientras que el ingreso por todo concepto promedio de las mujeres mayores de 60 años correspondía a $3.314,725 –si bien la brecha aún existía, no era tan pronunciada- (Ver Gráfico 1).

Gráfico 1

 

Gráfico 2

Como se puede observar, hay un cambio abrupto en la realidad de los/as ancianos/as y como contrapartida en sus hogares.

Durante el tercer trimestre de 2003, el ingreso promedio de los hogares de varones mayores de 60 años correspondía a $1.178. Mientras que, por entonces, el ingreso promedio de los hogares de las mujeres mayores de 60 años era de $1.017. Una década después, en el mismo trimestre que se analizó anteriormente, el ingreso promedio del hogar de los varones mayores de 60 años correspondía aproximadamente a $9.842; mientras que el ingreso promedio de los hogares de las mujeres mayores de 60 años era cerca de $8.772 (Ver Gráfico 2).  Con esta información se puede apreciar que los hogares de los/as ancianos/as de esta franja etaria era similar, lo que permite deducir que, en términos económicos, la incorporación de las amas de casa al PIP y el cobro del haber tuvo sobre la situación monetaria de los hogares de las mujeres beneficiarias y sobre su autonomía económica.

Esta “evolución” en esa autonomía mencionada deviene a que, tal como lo postula Peker (2016), en la primera moratoria previsional en 2004, de los 2,7 millones de personas que  pudieron acceder al beneficio (con un promedio de ocho o diez años de aportes), el 73% fueron mujeres. Diez años después, durante la segunda ola de la moratoria previsional, del total de beneficiarios/as un 86% fueron mujeres y el 14% varones. La diferencia es notoria: ocho de cada diez beneficiarias de esta medida son mujeres.

Se puede deducir mediante los datos antes mencionados que la implementación del Plan de Inclusión Previsional tiene implicancias de género como una externalidad positiva de su objetivo original –extender la cobertura previsional a personas sin registros contributivos suficientes-. Sin proponérselo, esta política desafió la desigualdad de género y la naturaleza de la actividad como persona trabajadora activa, reconociendo el valor que tiene la labor del ama de casa al suministrarles beneficios monetarios básicos, que pueden interpretarse como reconocimiento de su trabajo no remunerado. Se puede decir entonces que el PIP resultó ser para las amas de casa un vehículo para alcanzar un nivel de autonomía económica desconocida y una concepción de sujetas merecedoras de este derecho.

 

Conclusiones

Sin dudarlo, el Plan de Inclusión Previsional fue un camino al reconocimiento tácito hacia la tarea realizada por las Nadies, un modelo ejemplificador de la importancia de articular políticas sociales, económicas y culturales con una perspectiva de género.

Por medio de esta moratoria previsional las Nadies alcanzaron una autonomía económica desconocida para ellas, se reconocieron a sí mismas como trabajadoras con derechos adquiridos.

Teresa poné la mesa, sino tenés pan poné tu cabeza”, dice una tonada del Dúo Salteño[5]. Me obligo a pensar que no es una frase cargada de violencia, sino que “invita” a poner la cabeza con diversas ideas, tácticas y estrategias para que ese día existiese alimento sobre la mesa[6].  Es que las Nadies tienen esa capacidad inventiva. Bien recuerdo a mi nona –hija de Cora- incitando nuestra imaginación para que los tallos de acelga empanados se convirtiesen en “palitos de pescado” o que el pan con crujiente corteza se transformase en una suerte de bizcochuelo en los cumpleaños. Todas ellas ponen su cabeza sobre la mesa.

En palabras más “académicas” la valoración del trabajo de cuidado no remunerado debe incidir necesariamente en políticas públicas que reconozcan y velen por una mayor equidad y autonomía para las mujeres, contribuyendo en su bienestar y en su propio desarrollo. Si bien los Estados tienen el deber de proteger y promover los derechos de toda la ciudadanía, principalmente los de los oprimidos o desventajados socialmente -en ambas categorías encaja la mujer-, comprender y desnaturalizar la labor doméstica como propiamente femenina y realmente visualizarla como trabajo no remunerado, es una tarea ecuménica.

Este tipo de cambio transformativo en el sistema previsional se basa justamente en el desaprender y en liberarse de aquellas mentalidades, relaciones, identidades que entorpezcan las creaciones de nuevas realidades más justas y equitativas en términos políticos, sociales y económicos.

 

Referencias

Brosio, M. (2016). Clase 3: El trabajo y las mujeres. En: Curso de Economía Feminista. Buenos Aires: Economía Femini(s)ta.

D’Alessandro, M. (2016). Clase 2: Trabajo doméstico no remunerado. En: Curso de Economía Feminista. Buenos Aires: Economía Femini(s)ta.

Fraser, N. (2003). Redistribución, reconocimiento y exclusión social. En: Inclusión social y nuevas ciudadanías. Bogotá, Colombia: Departamento Administrativo de Bienestar Social. DABS & Pontificia Universidad Javeriana.

Lagarde, M. (1990). Cautiverio de las mujeres: madres, esposas, monjas, putas, presas y locas. México: UNAM.

Pereyra, F. (2012). La regulación laboral de las trabajadoras domésticas en Argentina: situación actual y perspectivas. En: Esquivel, V; Faur, E y Jelín, E. (2012) Las lógicas del cuidado infantil. Entre las familias, el Estado y el mercado. Buenos Aires: IDES 2012.

Peker, L. (18 de marzo de 2016). Sin Resguardo. Suplemento Las 12. Página 12. Recuperado de http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-10464-2016-03-18.html

Picchio, A. (1994) El trabajo de reproducción, tema central en el análisis del mercado laboral. En Borderías, C., C. Carrasco y C. Alemany (1994) Las mujeres y el trabajo. Recuperado en  http://www.ccee.edu.uy/ensenian/catgenyeco/Materiales/2011-08-10%20M3%20%20Picchio(1994)-ElTrabajoDeReproduccion.pdf

 

Páginas web consultadas:

 

INDEC: www.indec.gov.ar

[1] No, no es apta para consumo humano. Recién hace unos cuantos años, llegó el agua potable a La Pampa del Chañar –un poblado de Jáchal, San Juan-.

[2] 6 cucharadas de harina, 6 cucharadas de azúcar y 6 huevos.

[3] La fiambrera permitía conservar algunos alimentos http://cloud10.todocoleccion.online/antiguedades/tc/2014/07/21/16/44339184.jpg

[4] Con la ayuda y paciencia de Magalí Brosio, quien se apiadó de esta comunicadora que hacía su primer acercamiento a la EPH y al análisis de datos.

[5] https://www.youtube.com/watch?v=qFrW9GRJ6BQ (Escuchar detenidamente, especialmente el final).

[6] Sí, tiene un alto grado de violencia implícita la tonada.

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