Legal en el hospital

Por Dana Madera para Revista Palta 

Hace un tiempo discutí con un amigo por los cortes de ruta y las huelgas. Él estaba en contra de cortar la calle para reclamar un derecho, yo estaba a favor. Su argumento más sólido para intentar ganar la pulseada fue “mi derecho termina donde empieza el tuyo, lo dice la Constitución.”

Aunque no pareciera tener nada que ver con una nota sobre aborto, creo que esa frase refleja lo que la mayoría de nosotrxs construimos desde chicxs sobre nuestros derechos. Esa frase mentirosa “mi derecho termina donde empieza el del otro”, es una afirmación falaz (la Constitución no dice eso en ninguna parte) que nos hace creer que entendimos todo y que no hay nada que explicar. El derecho es complejo y tiene aristas difíciles de transitar. Quizás porque nos toca a todos de un lugar o de otro o porque escuchamos pluralidad de voces opinar sobre qué corresponde y qué no, es que nos sentimos dueños de una especie de verdad absoluta en una disciplina que es dinámica y relativa. Como resultado de la misma desinformación que circula, construimos una ciudadanía endeble y manipulable, que desconoce hasta la exigibilidad de sus propios derechos.

Soledad Deza -abogada de “Católicas por el Derecho a Decidir”- se presentó en Locademia de Feministas para discutir sobre la despenalización del aborto en Argentina. Me acerqué a escucharla para proveerme de las herramientas correctas a la hora de hablar de aborto desde un lugar técnico-jurídico y también para reconocer las distintas incongruencias que implican que la Argentina tenga el aborto entre los delitos del Código Penal.

Nuestro país tipificó el delito de aborto en su legislación liberal de los años 20. Y a pesar de que el artículo 86 del Código Penal enumera las excepciones que permiten un aborto legal en algunos casos, la práctica fue siempre la de prohibición total en cualquiera de sus formas. En el año 2012, la Corte Suprema de Justicia de la Nación dijo, en el caso F.A.L, que toda mujer violada tiene derecho a abortar y que las excepciones al aborto punible son conforme a derecho y compatibles con todos los compromisos en materia de Derechos Humanos adoptados por la Argentina en la reforma Constitucional de 1994. No hace falta aclarar lo difícil y eterno de la lucha de las mujeres por conquistar nuestro derecho: primero dejar asentado que una legislación de más de 80 años era legal. Después convencer al sistema de salud de que nos tomara en serio.

Una mujer embarazada producto de una violación puede ir a un hospital a pedir que se le practique un aborto y le puede ser denegado. Años de una gestión pública pobre en compromiso al cumplimiento de la norma hacen que lxs profesionales de la salud sigan creyendo que no están obligadxs a realizar un aborto a una mujer violada por sus propias creencias religiosas, éticas o morales opuestas a la práctica abortiva o peor aún: son las mismas mujeres que requieren el aborto las que no creen tener el derecho a exigirlo.

Esto es importante a la hora de pensar las miserias que rodean la criminalización del aborto. No solo desde el obvio corte de género que lo atraviesa sino también desde su pronunciada marca de clase. Una mujer blanca, clase media, heterosexual, propietaria o religiosa puede practicarse un aborto en condiciones seguras aún en la ilegalidad. Pero ¿qué hace el gran universo de personas que no encaja dentro de estos privilegios? Si unx construye la noción de ciudadanía como el derecho a tener derechos, es altamente improbable que cualquier grupo de ciudadanxs que se encuentre en situación debilitada o vulnerable exija un derecho si no sabe que existe. La maternidad no planificada está cortada por este sesgo de clase y la injusticia social atraviesa cualquier posibilidad de autogobierno, haciéndose carne en quien menos recursos tiene.

Soledad Deza fue la abogada de Belén, acusada de asesinar a su hijo en el contexto de un aborto espontáneo. Lo que nos cuenta es que si bien ese fue un caso con mucha repercusión, no fue el primero que le tocó defender como abogada feminista. También habló del enorme peso simbólico que tiene el delito de aborto, aun cuando no es seguido por una política activa de encarcelamiento. Abortar desafía mucho más que el tipo penal: cuestiona un mandato de maternidad obligatorio, cuestiona la heteronorma y la autonomía de la voluntad de toda persona que tenga la capacidad biológica de gestar, así como también su libertad sexual.

Por eso entendemos que lo que se discute en el Congreso excede la vigencia o no del tipo penal. Estamos discutiendo la conquista de un derecho, entendiendo que la maternidad es política y los cuerpos también. “Históricamente las mujeres o los cuerpos con capacidad biológica gestante no nos hemos preguntado si queremos reproducirnos o no”. Los sectores más conservadores o religiosos pelean la noción de aborto legal porque desafía el mandato de la familia tipo, la vigencia de una única forma de familia y más importante, el mandato de la maternidad como único destino. Lo que se combate es la autonomía, que es lo que supone la libre toma de decisiones. La pregunta es ¿por qué le reconocemos autonomía a un embrión diciendo que quiere vivir cuando sabemos que eso es físicamente imposible? O mejor aún ¿por qué molesta tanto la autonomía de la mujer que dice que no quiere prestar su cuerpo para gestar una vida?

Hace cuatro años me recibí de abogada en la Universidad de Buenos Aires. En mis cinco años de carrera nadie me explicó las implicancias de la criminalización del aborto. El relativismo con el uso de la norma cuando se la prohíbe pero no se la persigue en la calle. Que las cárceles no abunden con mujeres presas por abortos habla de un desinterés del Estado en efectivamente perseguir un delito tipificado. Y habla también de la intención de que el aborto se considere delito para generar una prohibición simbólica de peso en el inconsciente colectivo. Un doble estándar de la política criminal diseñado para crear un tabú que controle los cuerpos. Las mujeres presas por aborto, las mujeres muertas en abortos clandestinos y las mujeres sobrevivientes marcadas por su ilegalidad son la injusticia profunda y la deuda histórica de un sistema perverso.

Antes de terminar su charla, Soledad Deza dijo: “A mí me parece que la cuarta ola del feminismo tiene que ver con romper la idea de lo femenino asociado a la maternidad como destino del cuerpo. Creo que el ADN de las mujeres tiene lucha. El ADN de lo femenino tiene lucha y esa es nuestra naturaleza”.

Históricamente a las mujeres no se nos ha regalado ningún derecho. Todas nuestras conquistas fueron luchadas de forma incansable e incremental. De la calle a la academia. De la calle a las casas. De la calle a las urnas. Hoy nos toca de nuevo, cada vez más juntas y más organizadas. ADN de lo femenino. ADN de lucha. Un grito único que lleve la fuerza de los años, del amor, y de los cuerpos: Aborto Legal Seguro Y Gratuito. Que sea Ley compañeras, nos vemos en la plaza.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *