Mary y la poca consideración

Por Valeria Edelsztein

 

En 1654, con la Biblia bajo el brazo, James Ussher, arzobispo de Armagh entre otros títulos aspaventosos, resolvió el origen del Universo. Nada de Big Bang, nada de fluctuaciones, nada de nada: el mundo había comenzado a las seis de la tarde del sábado 22 de octubre del año 4004 a.C. Ni un minuto más ni un segundo menos. Para calcular la fecha había seguido paso a paso el Génesis, contando las generaciones desde la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, el lunes 10 de noviembre de 4004 a. C.

Por desgracia para Ussher y el teólogo inglés John Lightfood (que corrió la fecha de la creación al 17 de septiembre de 3928 a.C., a las nueve de la mañana), la caída de su teoría estaba cerca. Las cosas dieron un giro “inesperado” cuando empezaron a aparecer huesos enormes enterrados en todo el mundo. No eran fémures de hombres gigantes (como supuso en 1676 un reverendo inglés) ni de dragones mágicos (como sospechaban los antiguos chinos) ni de búfalos “extra large” (como imaginaron algunas tribus norteamericanas). Eran dinosaurios que habían vivido hacía millones de años. Y al tacho con la teoría de Ussher.

Con la aparición de estos restos, importantes cazadores de fósiles como el naturalista francés Buffon, Charles Lyell, padre de la geología moderna, y Georges Cuvier pasaron a formar parte de las academias científicas y la historia de la paleontología. Pero año tras año alguien quedaba oculta y nadie la sacaba a la luz, a diferencia de los huesos que ella misma había encontrado. No debería llamarnos la atención que fuera una mujer. Su nombre: Mary Anning.

Mary pertenecía a una familia pobre. De diez hijos sólo habían sobrevivido ella y su hermano Joseph. Su papá era ebanista y para sumar unas libras al presupuesto familiar buscaba fósiles y los vendía a los turistas. Los hermanitos lo acompañaban y cuando este buen hombre murió en 1810, tuvieron que hacerse cargo del “negocio familiar” porque tenían deudas hasta el cuello. Joseph empezó a rebuscársela como aprendiz de tapicero y Mary iba a la playa, se metía en los acantilados, buscaba fósiles y los llevaba a su casa para limpiarlos, sacarles el cieno y pulirlos.

En 1812, con sólo 12 años, encontró, reconstruyó y vendió un fósil fascinante de casi cinco metros de largo que no se parecía a ningún animal conocido. El comprador, un científico llamado William Bullock lo expuso en su mansión de Londres. ¡Flor de revuelo se armó! El descubrimiento fue furor en los círculos científicos: ¿qué era ese monstruo? Al principio pensaron que era un pez; más tarde concluyeron que era un ancestro del ornitorrinco e incluso conjeturaron que era una mezcla entre salamandra y lagartija. La realidad era más increíble aún: lo que había encontrado Mary Anning era ni más ni menos que el primer ejemplar completo (y maravillosamente conservado) de un ictiosaurio, un bicho marino de la época del Jurásico con forma de delfín y dientes de tiburón que actualmente se exhibe en el British Museum de Londres.

¿Mary alcanzó la gloria? ¿Logró la fama? Ni cerca. Sólo se llevó las 27 libras que le pagó Bullock y múltiples encargos de la comunidad científica para que encontrara más huesos fabulosos.

Los Anning vivieron en la pobreza y el anonimato, vendiendo fósiles a los turistas y entregando los ejemplares llamativos para su estudio científico sin cobrar nada por ello hasta 1820. Durante ese tiempo, Mary, que no tenía educación formal, se la pasó leyendo libros científicos, copiando los artículos que le interesaban y dibujando los fósiles que encontraba. Así se convirtió en una experta anatomista.

Para esa época, con 22 años, realizó otro descubrimiento que la convirtió nuevamente en el centro de atención. Encontró el primer fósil registrado de un plesiosaurio, un animal de 5 metros que vivió en el Jurásico.

Tanto descubrimiento, tanto descubrimiento… obviamente alguien tenía que desconfiar. Después de todo, ¿cómo una mujer tan joven y sin estudios podía alcanzar semejantes hallazgos? Así que Cuvier (el que nombramos más arriba) dudó de la veracidad del fósil y quiso examinarlo por sí mismo para comprobar si era un fraude (en esa época se “armaban” fósiles con huesos de distintos animales para venderlos a compradores desprevenidos). Sin embargo, después de una investigación junto a la Sociedad Geológica de Londres, tuvo que tragarse su desconfianza y aceptar que el fósil era legítimo. Mary Anning se ganó el respeto pero, pese a ello, nunca fue admitida en la Sociedad (que no permitió el ingreso de mujeres hasta 1904). La mayoría de sus descubrimientos terminaron en museos y colecciones personales sin que le dieran crédito. Para muestra…

El geólogo William Conybeare escribió el artículo más importante sobre el Plesiosaurio (es más, fue el que lo bautizó) pero en ningún momento mencionó a Mary como su descubridora (ni tampoco como la responsable de muchos de los bocetos que acompañaban al artículo).

Para 1826 y con una larga carrera como coleccionista de fósiles, Mary decidió abrir su propio negocio. Ya era hora. Geólogos de todo el mundo viajaban para comprarle esqueletos. Hasta el rey Federico Augusto II de Sajonia se dio el gusto de encargar un ictiosaurio para su colección particular.

Mary realizó muchos más descubrimientos que, a pesar de no ser tan espectaculares como los anteriores, fueron importantes para el avance de la ciencia. Por ejemplo, en 1828 encontró partes del esqueleto del pterosaurio, ese famoso vertebrado volador que convivió con los dinosaurios y descubrió también muchas cosas sobre los belemnites, un grupo de moluscos ya extinto parecido a los calamares actuales. Es más, Mary llegó a la conclusión de que los belemnites usaban la tinta para defenderse igual que lo hacen los cefalópodos hoy en día.

Los fósiles que aportó fueron un enorme apoyo a la teoría de la extinción de las especies, indispensable en la teoría de la selección natural. Muchos años antes de que Charles Darwin publicara El origen de las especies, las cartas de Mary Anning nos muestran que ella ya tenía una teoría parecida. También fue una de las fundadoras de la ciencia geológica que hoy conocemos como paleontología y el análisis de la historia de la tierra tuvo su momento de auge gracias a muchos de sus descubrimientos.

Cuando su mamá murió, Mary quedó sola y las malas lenguas dijeron que se dedicó a la bebida. Era cierto. Pero no tomaba whisky, licor o vino. Lo que bebía eran grandes dosis de láudano, una tintura alcohólica de opio, para calmar el dolor del cáncer que le ganó en 1847.

Después de su muerte la comunidad científica olvidó a Mary Anning. Científicos e historiadores la borraron de sus libros y sus descubrimientos se los acreditaron a los naturalistas que compraron sus fósiles.

Mary nos legó su trabajo y una frase: “El mundo me ha utilizado con tan poca consideración que me ha hecho sospechar de la humanidad en general“. Tristemente, tenía razones de sobra.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *