Parir calladitas

Por María Pichot *

 

Parir es un hecho determinado por la cultura, sucede según la sociedad en la que vivimos. La nuestra, sede de un patriarcado (del que también participan mujeres) tiene para con las madres tres grandes deudas:

  1. La forma que el poder hegemónico nos impone para parir y nacer.
  2. La creencia en un “instinto” maternal que estaría presente en toda mujer haciéndola sabia y dispuesta a la maternidad por el solo hecho haber nacido mujer.
  3. El vaciamiento de contenidos conceptuales y sensibles a los valores de la maternidad, a los que transforma en meras recomendaciones, mandatos, mitos y deberes, en combinación con la condena bíblica “parirás con dolor” y el maltrato que el sistema de salud impone sobre las mujeres a la hora de parir y las coloca en situación de desvalimiento frente a la hija o al hijo por venir.

En cuanto al parto, resulta muy desafortunado que el sistema médico hegemónico retacee a las mujeres la posibilidad de dar a luz en forma fisiológica y que las instituciones “extraigan” a sus hijxs (aún en partos vaginales[1]) como si no fueran más que un producto del sistema[2].

La realidad es que los partos son hechos que suceden, acontecen, a veces en los lugares más inesperados, en un transporte público o en un lugar apartado sin atención médica, con buenos resultados.

Cuando el parto se inscribe en el sistema de salud prevalente, avalado por la cultura, “se lo cuida” despojándolo de ese acontecer espontáneo, que es el motor que la naturaleza nos tiene reservado para el gran evento de nacer[3] provocado por un baño hormonal que después del nacimiento genera plenitud y euforia sin igual, lo cual ayuda a encarar el sostén, el amamantamiento y los cambios corporales que caracterizan al puerperio constituyendo la base del apego. Es algo bastante diferente al instinto y a la condena del “parirás con dolor”.

Hay mujeres que relatan, para quienes estén abiertas a escucharlas, que han tenido partos maravillosos, orgásmicos, que se han sentido tan poderosas como para tocar el cielo con las manos después de parir.  Al sistema no le conviene que se sepa demasiado… no sea cosa que todas quieran sentir el placer no ya de parir, sino de haber parido… fisiológicamente.

Aunque la gran mayoría de las mujeres desconozca este fenómeno que tanto la beneficia, igualmente desea y puede parir sin intervenciones innecesarias[4] y si el sistema de salud pudiera respetar el hecho fisiológico que es dar a luz, contribuiría a empoderar a la parturienta.

Hay un silencio cómplice al sistema, continuador del padecimiento condenatorio antes mencionado. Es el que deseamos llenar poniendo palabras donde hay oscuridad, instalando preguntas donde hay angustia y elaborando respuestas que corresponden al mundo de las mujeres, de lo femenino, de las vivencias y de las lógicas de cuidados de cada grupo familiar, saberes de la vida que exceden al campo de la medicina y de las convenciones sociales. Están inscriptos en el cuerpo, siempre y cuando dichas inscripciones no se borren con medicamentos que apuran y anulan las sensaciones [5].

Necesitamos palabras que diriman y esclarezcan que el sufrimiento de las mujeres a la hora de parir no es el dolor de las contracciones. Es el dolor de estar solas, sin nadie que las conozca. Es el dolor de ser tratadas como objeto de estudio, sin informarlas ni mirarlas a la cara cuando están en un hospital y es el dolor de permanecer inmóviles mientras inducen  los partos -porque los días son largos y el sistema no puede esperar 15 horas a que un cuello de útero dilate-, cuando están en una clínica privada. Entonces, se pone en marcha una catarata de rutinas acríticas[6] que dejan a las mujeres impotentes, sin poder alguno, cuando más lo necesitan: en el acontecimiento fundante de una familia y de una sociedad, el nacimiento.

No somos iguales todas las mujeres, sin embargo, sabemos del misterio de parir y de ser madre, aunque elijamos no serlo. Por eso no nos quedemos calladas, tomemos el poder de reconocer nuestro saber ancestral que no es instinto, es saber, para rescatarlo, darle forma a sus contenidos y transmitirlo de generación en generación, sólo así sentiremos que para sentir poder, alcanza y sobra con ser mujer.

Es difícil explicar a una mujer que espera su primer niñx cómo será su vida con la llegada de él/ella. Un niñx no se “agrega” a la vida de su madre o padre, un niñx “tiñe” la vida de su/s madre/s padre/s… no deja aspecto sin ser alcanzado por este nuevo color.

En una sociedad donde los valores individuales, la idea de libertad personal, autodeterminación, búsqueda del éxito, etcétera, tienen tanta importancia, el retiro hacia el centro del hogar, hacia la intimidad del tiempo sin reloj, causa inquietud, cuando no angustia y miedo a lo desconocido.

La mayoría de las mujeres en edad de ser madre, acusa falta de convicción en el ejercicio del rol maternal y en sus capacidades de embarazarse o parir. Para compensar estas dudas que la angustian, se coloca incondicionalmente en manos del médico (hombre generalmente) porque cree que es quien  sabe y puede frente a lo que se viene.

En la serie de visitas médicas acordadas, se va dando cuenta, que eso no es tan así, que en quince minutos, tanto en el sistema privado como en el público, sus expectativas de ser contenidas y acompañadas no se cumplen y la angustia por esa falta crece junto con la panza.

Lo que ella ha de comprender es que el médico sabe de medicina y que ella aunque no se dé cuenta, sabe de sí misma, de su propio cuerpo, de sus necesidades, inclinaciones, tendencias y preferencias. Sólo ella podrá construir “su” forma de atravesar el nacimiento de la/el hijx   cuestión que excede  la propuesta médica y que otra mirada, no patriarcal puede alcanzar con profesionalismo y corazón[7].

Y vaya el parto como testigo silencioso y sufrido del sistema perpetuador del padecimiento al que intentamos dar una respuesta poniendo palabras.  Si no nos alcanza con estas palabras, busquemos otras, pero no nos quedemos calladitas. Legitimemos nuestro saber, más allá de la medicina y de las normas establecidas.
Creemos que este silencio dejará de ser cómplice de un sistema injusto cuando pueda llenarse con palabras que diriman y esclarezcan una de las cuestiones más injustas del sufrimiento de las mujeres.

 

 

[2] La denominación “parto natural” no posee un significado unívoco. Un parto vaginal no es necesariamente un parto fisiológico

[2] La idea está en conseguir un buen producto: un niño sano. Los partos no resultarían confiables para el capital que rige sobre el sistema de salud

[3] La Organización Mundial de la Salud afirma que de cien mujeres sanas sólo el 15% requeriría a la hora de parir alguna asistencia médica incluso cesárea.

[4] La ley 25929 “Derechos de madres padres e hijos en el nacimiento” contempla y explica las arbitrariedades e intervenciones innecesarias a las que se somete a una mujer en trabajo de parto.

[5] La aplicación de anestesia en forma rutinaria despoja a las mujeres de la información que proviene de sus propias sensaciones corporales y la mayoría de las veces conduce a una cesárea que podría haberse evitado.

[6] Intervenciones necesarias como la inducción al trabajo de parto por oxitocina sintética que suelen emplearse para activar o apurar un parto que no lo necesita, también se emplea cuando conviene a los tiempos del sistema médico.

[7] Los grupos de mujeres encabezados por educadoras, parteras, doulas, preparadoras corporales, recuperan y renuevan un saber antes reservado al seno familiar. Hoy este saber se ha sistematizado sin quedar dentro del poder médico.

 

 

* María Pichot es profesora de Técnicas Corporales (UNA) y miembro de dandoaluz.org.ar

 

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