¿Qué propone la economía feminista?

Patricia Laterra

Licenciada en Economía (UBA). Maestranda en Estudios Interdisciplinarios de Género.

Activista feminista en la Colectiva Desde el Fuego.

Miembro del equipo coordinador de las Jornadas Interdisciplinarias

de Géneros y Disidencia Sexual Degenerando Buenos Aires.

 

 

 

Lo que ellos llaman amor, nosotras lo llamamos trabajo no pago

Silvia Federici

 

Sin nosotras, no se mueve el mundo

Territorio Doméstico, en las manifestaciones de Madrid por los derechos de las trabajadoras domésticas

Revolución en Punto Cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas.

No solo estamos oprimidas como mujeres: estamos oprimidas

por tener que ser mujeres (u hombres, según el caso).

El sueño que me parece más atractivo (…)

es el de una sociedad en que la anatomía sexual

no tenga ninguna importancia para lo que es una persona,

lo que hace y con quien hace el amor.

Gayle Rubin

El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo.

La economía –a pesar de ser la disciplina social menos sensible a las rupturas conceptuales (Carrasco, 1999)- no fue ajena al proceso de crítica teórica y metodológica de las disciplinas sociales y humanas ocurrido en las últimas décadas. A partir de los años sesenta, la masiva entrada de las mujeres occidentales de clase media a los estudios superiores y al mercado de trabajo asalariado, junto con la renovación y difusión de las ideas y los movimientos feministas, surgieron cambios que también impactaron en el ámbito académico. Este impacto afectó no sólo en la inclusión de las mujeres en las temáticas a investigar, sino también en el modo en que se replantearon los problemas de investigación y las formas de enfocarlos y resolverlos. Dos cuestiones fueron de particular relevancia para este cambio en la teoría social: la discusión de la categoría género y, con esa discusión, la aparición de nuevos enfoques.

Este artículo se propone aproximar someramente conceptos fundamentales que hacen a la perspectiva de género y la epistemología feminista de la economía. Se desarrollará la importancia de la aparición de la categoría género y cuál es la función del androcentrismo en la economía. Asimismo, se aportará en la crítica a los supuestos de la Escuela Neoclásica que hacen de ésta una perspectiva casi incompatible con las miradas feministas. Por otra parte, se desarrollarán las diferentes miradas sobre la economía y el género y la economía feminista desde una perspectiva epistemológica. Por último, y lejos de entenderse como un conjunto monolítico, se desarrollan brevemente algunas miradas que conviven dentro de la economía feminista.

¿Qué plantea la aparición de la categoría género?

El género es ante todo una categoría polisémica y no unívoca. Además de ser una construcción social, es también una construcción histórica y cultural que se organiza a partir de la diferencia sexual. En todo momento de la historia y en las variadas dinámicas sociales las relaciones de género no se comportaron de una misma manera. Un acercamiento posible[i] nos puede llevar a retomar su origen médico y biológico, y su posterior apropiación por parte de la academia y el feminismo, para luego explicar que el sexo biológico, la sexualidad y la identidad son factores que hacen a la diferenciación social de las personas.

Parafraseando a Amaia Pérez Orozco y Sara Lafuente (2014) entendemos que es ampliamente reconocido que en todas las sociedades y contextos socioculturales existe un orden de género, con jerarquías que subordinan a las mujeres y las y los sujetos feminizados, que establecen el privilegio de lo masculino y su mayor valoración, y por ende subvaloran lo femenino. Este orden configura un entramado de relaciones de poder y control (que no escapa a la división sexual del trabajo) sobre la esfera de lo femenino y las mujeres. Opera en la realidad configurando modelos de interacción y significación permeados por valoraciones inequitativas de lo femenino y lo masculino y sitúa a las mujeres, lesbianas, trans*[ii], bisexuales, gays y toda aquella persona que se aleje de la norma heterosexual en una posición de desventaja y condiciones de vida no equitativas.

Ahora bien, la existencia de la categoría género se plantea como herramienta necesaria pero insuficiente a la hora de ofrecer tanto una explicación como un tratamiento adecuado para un mejor acercamiento a la desigualdad de género en la sociedad.

Es posible encontrar acepciones que suponen, erróneamente, que género constituye una manera más académica de decir mujeres (Scott, 1986; Faur, 2008). Lejos de esta acepción, desde fines de los 70 en adelante, el pensamiento feminista introduce en la categoría género un factor clave para cualquier análisis. El género es ante todo una categoría relacional que refiere a las dinámicas jerárquicas que se dan a partir de la diferencia sexual en el universo de la masculinidad y feminidad, entre varones, mujeres y personas que migran de la heterosexualidad y la heteronorma. La categoría género ayudó a visibilizar que el problema no eran “las mujeres” sino cómo las relaciones de poder desigual entre varones y mujeres, cuya afirmación es cotidiana, construye identidades y vínculos marcados por una asimetría simbólica y material (Faur, 2008).

Una década más tarde, otro concepto complejizaba el resultado de pensar las opresiones construidas socialmente. La interseccionalidad, proveniente de los estudios del feminismo negro pone de manifiesto que la raza, la etnia, la orientación sexual, la edad, el lugar en la estructura de clases, la diversidad funcional, son factores determinantes para analizar las realidades y la socialización de las personas. Este concepto señala que un tipo de discriminación interactúa con dos o más grupos de discriminación y crea una situación única.

A partir de tales incorporaciones, aparecen nuevos enfoques que develan el sesgo androcéntrico de la forma de conocimiento predominante de esta época, el saber científico.

Como subyace en el texto de Diana Maffía “Contra las dicotomías: feminismo y epistemología crítica” el saber científico se formaliza a través de transformar en universales las normas y los valores que responden a una cultura construida por el dominio masculino y defensora del mismo. Este fenómeno se conoce como androcentrismo, y se expresa como la perspectiva que tiene al varón blanco y heterosexual como la medida de todas las cosas, como el parámetro y el enfoque de todas las investigaciones y que toman los resultados  como válidos y extrapolables a la generalidad de los individuos, hombres y mujeres (Sau, 1981). Éste permea en la producción de conocimiento como en el imaginario colectivo y moldea la estructura del lenguaje a sus reglas.

El androcentrismo y la producción de conocimiento en la economía

Ya desde el siglo XIX, con la primera ola del feminismo, diversas autoras escribieron sobre los derechos de las mujeres que incluían, entre otros, el derecho a tener un empleo, denunciando las desigualdades en las condiciones laborales y salariales. Sin embargo, como se describió anteriormente, no es hasta la entrada masiva de las mujeres de clase media, blancas, al mercado de trabajo, las formalizaciones de las prácticas de los movimientos feministas y la entrada a la academia, que se inicia lo que ha venido a denominarse miradas de la Economía Feminista, con la crítica a los paradigmas y escuelas existentes y sobre todo a la concepción neoclásica de la economía. Vale aclarar la importancia de la crítica a dicha escuela:

“(…) a diferencia de otras disciplinas, la economía está claramente bajo el control hegemónico de un paradigma –el neoclásico- que se nos presenta sin fisuras y con unos supuestos que hacen prácticamente imposible que pueda dar respuesta a las problemáticas planteadas desde la economía feminista. Más aún, cuando estas problemáticas se asumen y analizan dentro del paradigma neoclásico, la forma de enfocarlas no conduce a una explicación del fenómeno que ofrezca posibilidades de transformación social; sino que, por el contrario, lleva a justificar la situación social de desigualdad por razones de sexo de las mujeres (Humphries, 1995)” (Carrasco, 2006). (…)

De aquí, que muchas autoras sostengan que la economía feminista y la teoría dominante son totalmente incompatibles (Carrasco, 2006).

Además de esta matriz fundamental para la crítica, la Escuela Neoclásica es criticada por la tendencia a esencializar los roles respecto del sexo biológico, que simplifica y estereotipa la naturaleza de la vida de las personas, las relaciones sociales y las motivaciones económicas. Asimismo, la propia definición de las fronteras de la economía (según la Escuela Neoclásica y otras concepciones allegadas) –que considera sólo la economía de mercado- es estrecha y excluyente (Carrasco, 2006). Al enfocarse de modo exclusivo en el mercado, se invalida una dimensión de análisis tan necesaria y real como la realización de trabajospara la reproducción de la fuerza de trabajo, indispensables para que pueda funcionar el propio mercado. Con esta perspectiva se impide debatir sobre lo que es un elemento esencial de la economía feminista: la satisfacción de las necesidades básicas de subsistencia y la calidad de vida de las personas (Carrasco, 2006).

Economía, ¿con perspectiva de género o feminista?

A pesar de tener un recorrido común, la economía vista desde un punto de vista feminista, no puede considerarse como un conjunto monolítico. Tanto por la diversidad -investigadores/as provenientes de distintas escuelas de la economía y diversas tradiciones del feminismo- como por la interdisciplinariedad con otros campos de estudio cercanos -como la sociología, la antropología, la historia- lo habitual de una perspectiva feminista es la multiplicidad para poder analizar los diferentes fenómenos sociales.

Sin pensarse como compartimentos estancos, se pueden identificar tres grandes miradas desde una perspectiva feministas de la economía (Pérez Orozco, 2014).

La economía del género plantea que para poder mejorar la situación de las mujeres, es necesario su inclusión y visibilización. Una herramienta clave para la tarea es la desagregación de datos por sexo biológico, para percibir las diferencias en el reparto de trabajos y los recursos. Su ámbito de incidencia fundamental es el mercado. Las relaciones de género se introducen para explicar las discriminaciones en el mercado laboral y las desigualdades en el acceso a recursos, prestaciones y el mercado. Por consecuencia, el problema central y un objetivo político es la eliminación de las barreras visibles e invisibles que impiden el acceso a las esferas económicas (Pérez Orozco, 2014). Desde posturas críticas en la epistemología feminista, este tipo de enfoques se describen cómo “añada mujeres y revuelva” (Harding, 1986; Hewitson, 1999), ya que se percibe la creencia que el sesgo androcentrista se puede superar de esta manera. Para esta mirada, el problema de la subvaloración de las mujeres es en última instancia “algo social” producto de la construcción ideológica y cultural que impacta posteriormente en la estructura económica pero que esencialmente es distinta a ella, revelando una escisión entre las dinámicas del mercado y las de género (Pérez Orozco, 2014). Sin embargo, su perspectiva de resolución es fundamentalmente individual, a través de la eliminación de barreras y la mejora de la igualdad de oportunidades como un cúmulo de procesos individuales, desconociendo este problema como un entramado de procesos sistémicos.

¿Qué propone la Economía Feminista?

Dentro de las perspectivas que se plantean como feministas, se pueden encontrar dos grandes miradas que comparten elementos distintivos de la perspectiva de género. El primero es la ampliación del ámbito de análisis que se extiende a todos los procesos de aprovisionamiento social, más allá del mercado. El segundo es la inclusión de la categoría analítica género que, como vimos, se entiende como un concepto relacional y constitutivo de la desigualdad de los sistemas socioeconómicos. El tercer elemento es la convicción de que el conocimiento tiene una función social y sirve a objetivos políticos, de aquí que se establece un compromiso ético para su transformación desde una perspectiva feminista.

Para estas miradas ponerse las gafas de género conocidas como violetas (¡aunque no olvidemos las multicolor!) es una necesidad tanto para romper con el paradigma androcentrista como para no crear falsas metanarrativas sobre el lugar desde donde se entiende y se enuncia a “las mujeres”. Lejos del “homo economicus”, del sujeto “objetivo” ceteris paribus, de “la mujer”, la economía feminista plantea que la diversidad de subjetividades, trayectorias de vida, pertenencias de clase, raza, etnia e identidad genérica y sexual no son indiferentes para explicar y actuar ante los fenómenos que suceden en ésta: las mujeres podemos ser pobres pero también pertenecer a diferentes estratos sociales, algunas además decidir ser mujeres y lesbianas, bisexuales, trans, travestis, ser de la periferia, del centro, negras, hispanas, caucásicas, musulmanas, algunas deciden ya no ser ni sentirse sexo-biológicamente mujeres pero sus cuerpos se leen como sujetos mujeres por eso también hablamos de sujetos feminizados. Partir de este punto de vista tiene como objetivo político la enunciación de experiencias que no remitan a un sujeto “único” mujer para crear verdades universales sobre su discriminación.

Las gafas sirven para visibilizar todo aquello que quiere ser invisibilizado y silenciado. El descubrimiento del otro oculto manifiesta que las mujeres (y todos aquellas sujetxs feminizadas) que no están en el mercado laboral, bien lejos de estar inactivas, están muy presentes en la economía (Pérez Orozco, 2014). Al respecto, Silvia Federici acerca una cita muy acertada para entender el trabajo invisibilizado:

(…) la jornada laboral que efectuamos para el capital no se traduce necesariamente en un cheque, (que) no empieza y termina en las puertas de la fábrica (…) observamos que, aunque no se traduce en un salario para nosotras, producimos ni más ni menos que el producto más precioso que puede aparecer en el mercado capitalista: la fuerza de trabajo.  El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos ―los futuros trabajadores― cuidándoles desde el día de su nacimiento y durante sus años escolares, asegurándonos de que ellos también actúen de la manera que se espera bajo el capitalismo. Esto significa que tras cada fábrica, tras cada escuela, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres que han consumido su vida, su trabajo, produciendo la fuerza de trabajo que se emplea en esas fábricas, escuelas, oficinas, minas [o universidades] (Federici, 2013).

A la visibilización en la economía de estos trabajos se le otorgan diversos nombres que, a su vez, responden a diversos posicionamientos teóricos y políticos: reproducción, reproducción de la fuerza de trabajo, hogares, trabajo doméstico, de cuidados, etc. (Pérez Orozco, 2014). Esta visibilización reconstruye el mapa visible e invisible con un concepto fundamental para la economía (feminista): la división sexual del trabajo, que se dará en el mercado o fuera de él, que será remunerado o no se verá la más mínima retribución[iii] (monetaria) por el mismo.

La incorporación al objeto de estudio de más esferas propone el desafío de reformular el análisis para abarcar aquellas dimensiones socioeconómicamente ocultas y poder contar con un panorama integrador de la economía. Esto también implica la tensión de abandonar los viejos ropajes metodológicos para dar paso a nuevos conceptos, categorías analíticas, métodos que puedan dar cuenta de las experiencias de las esferas feminizadas, poniendo en tensión andamiajes que habían sido pensados para comprender los procesos mercantiles y las experiencias de aquel homo economicus, varón, blanco, burgués u obrero, occidental y heterosexual. Ejemplo de esto son las críticas asociadas a las herramientas diseñadas para comprender el mercado laboral (Pérez Orozco, 2014), como las divisiones estrictas entre actividad e inactividad, empleo y desempleo que no se asocian a las dinámicas económicas feminizadas, que son más móviles y flexibles.

Otro aspecto que tensiona, al mismo tiempo que se incorpora como un desafío enriquecedor, es la capacidad de estas miradas de trascender los análisis ahistóricos y desterritorializados. Sobre abundan los textos que generalizan la realidad occidental eurocéntrica moderna como universal y el mercado en el capitalismo como si siempre hubiese existido este elemento y este modo de producción, negando la existencia de relaciones de poder que condicionan el funcionamiento de la economía y la articulación de múltiples sistemas y dinámicas.

En este sentido, se fomenta la incorporación de un análisis multinivel que introduzca de forma transversal las preguntas relativas a los sistemas y las relaciones de poder. Asimismo, existe una clara apuesta a la interdisciplinariedad del análisis, donde los límites de “lo económico” se difuminan, sin pretender (como las personas amigas les gusta recordarnos) que todo sea economía/economicista. Al respecto, y porque conocemos que al derribar los límites de lo que se considera estrictamente “económico” se critica si las perspectivas son pertinentemente científicas, nos es necesario traer a colación la cita de Diana Maffía del texto “Epistemología feminista: La subversión semiótica de las mujeres en la ciencia” (2007) en la cual nos recuerda que quizás uno de los motivos que explican que a casi veinte (treinta) años del desarrollo de la epistemología feminista, sus críticas no hayan penetrado suficientemente las comunidades científicas, sea que es vista como una ideología o una crítica social por fuera de los métodos legitimados por la ciencia misma para evaluar conocimientos. Para la autora, el desafío del feminismo en la academia consiste en mostrar que el proceso y producto del quehacer científico está intrínsecamente relacionado con el vínculo sexista entre las teorías científicas y la propia comunidad académica, y señalar que una mayor apertura en las comunidades conducirá a una ciencia menos sesgada (y por lo tanto, si se desea, más genuinamente “universal”) (Maffía, ¿Es sexista la ciencia?).

Por último, estas miradas encuentran una pérdida de confianza a la retórica de la igualdad de oportunidades. Entienden a la desigualdad de género como una categoría relacional y constitutiva del sistema por lo que encuentran una fuerte limitación si no se viabiliza una transformación en el sistema que degenere roles y estereotipos endilgados a las personas según el tipo de sexo biológico con el que nacen. Al mismo tiempo, consideran necesario para llevar adelante vidas más dignas transformar tanto las relaciones de producción como la organización social de la sexualidad.

Sin embargo, este planteo no descarta que son bien vistas las tácticas y estrategias de políticas públicas y discriminaciones positivas que permiten ganar terreno y mejores condiciones de vida que permitan generar un tránsito hacia esa transformación del sistema planteada.

En síntesis, retomando a Corina Rodríguez Enríquez (2005):

(…) la economía feminista es una corriente de pensamiento que se concentra en reconocer, identificar, analizar y proponer cómo modificar la desigualdad de género como elemento necesario para lograr la equidad socioeconómica. En este sentido, la economía feminista es un programa académico pero también político. No tiene una pretensión aséptica de describir la realidad (como aquella que se atribuyen los economistas neoclásicos), sino un objetivo político de transformarla en un sentido más igualitario.

Miradas dentro de miradas

Siguiendo el análisis de Amaia Pérez Orozco en el libro Subversión feminista de la economía (Perez Orozco, 2014) podemos clasificar diferentes miradas que se encuentran contenidas en las perspectivas que podemos identificar como feministas. Un elemento distintivo sustancial son los diferentes grados de ruptura de la “caja de herramientas” tanto del mainstream ortodoxo como de las estructuras epistemológicas más tradicionales de la heterodoxia económica. Otros elementos a considerar son el grado de separación de los planteos políticos y las reivindicaciones propuestas que implican en mayor o menor medida romper o reformular el sistema socioeconómico. Cabe aclarar nuevamente que estas miradas no se entienden como compartimentos estancos, sino que no es unívoco el grado de pertenencia o alejamiento de las diferentes perspectivas en ellos por parte de las personas que se desenvuelven en la corriente de pensamiento.

Se distingue entonces una primera perspectiva denominada economía feminista integradora. Esta perspectiva, a grandes rasgos, intenta integrar los conceptos y contenidos que emana dentro del mercado y las reivindicaciones en torno a ello. El punto de partida epistemológico encuentra tensiones en la difícil renuncia de la objetividad y las metanarrativas que permitan explicar las desigualdades de género en la economía. Sin embargo, cabe destacar que apuesta en su discurso a visibilizar la diversidad de mujeres y subjetividades en la economía.

La economía más integradora saca a la luz el trabajo no remunerado, con lo cual se amplía el mundo del trabajo y aparece una esfera de actividad económica que antes no se veía (Pérez Orozco, 2014). Algunas concepciones dentro de esta perspectiva adhieren a la economía de los últimos doscientos años como parte del patriarcado capitalista, que se inscribe en un desglose dual, donde el capitalismo opera en el mercado –que es el espacio de disputa del trabajo remunerado, entendido como el espacio público- y el patriarcado opera en los hogares, donde el trabajo está invisibilizado, y opera en el ámbito privado-doméstico. La perspectiva de entender a la economía como un patriarcado capitalista es criticada por el hecho de la dificultad de interaccionar las dinámicas de ambas esferas y su entretejido, al tiempo que es difícil poder brindar explicaciones que no universalicen y despojen de historia a los fenómenos.

Poder reformular la construcción desigual y sexuada de la economía es un objetivo básico para esta mirada. Para lograrlo, y de esta manera conseguir un mayor bienestar, es necesario que las mujeres puedan acceder plenamente al mercado laboral, y para ello es necesario el reparto más equitativo de las tareas de reproducción social y el trabajo no pago, fundamentalmente a través de políticas económicas, sociales y también públicas. En este sentido, su actual hincapié es en el desarrollo de la perspectiva de la corresponsabilidad que plantea que los trabajos de reproducción son de cuidados y han de repartirse de manera equitativa, por dos vías: en el hogar, entre varones y mujeres, y entre el hogar y el sector público. Vuelve a tener relevancia cómo las mujeres ingresan al mercado de trabajo, mostrándose fenómenos de segregación vertical pero sobre todo horizontal, mercantilizando los trabajos de cuidados pero sin una redistribución concreta y una  degeneración de roles y estereotipos de las persona que encarnan esos trabajos ahora remunerados –es decir, estos trabajos los siguen llevando adelante mujeres y sujetxs feminizados. Otro aspecto a tener en cuenta es que muchos servicios de cuidados no son provistos por el sector público y su derivación al mercado no puede ser alcanzada por los estratos de más bajos ingresos.

Para esta perspectiva es un desafío instalar y desarrollar en las agendas de políticas públicas una mejor provisión de la organización social del cuidado así como también una mejor inserción en el mercado de trabajo de las mujeres y sujetos feminizados.

Una segunda mirada dentro de las perspectivas que se consideran feministas puede ser denominada como economía feminista de la ruptura. Su objetivo principal es poner de manifiesto los procesos de sostenibilidad de la vida, entendiendo la socioeconomía como un circuito integrado de producción-reproducción, trabajo remunerado-no remunerado, mercado-Estado-hogares, poniendo en el centro la generación de condiciones de vida que se desee ser vivida y corriendo del eje de los procesos de valorización de capital (Pérez Orozco, 2014).

Para ello, una herramienta fundamental es partir de conocimientos situados que no busquen una verdad absoluta, ni metanarrativas que universalizan, sino miradas que puedan encontrar diálogo y crear mapas y redes entre las perspectivas interdisciplinarias. En este sentido esta perspectiva busca desestabilizar las categorías estáticas, por ejemplo varón-mujer, poniendo de manifiesto las relaciones de poder de la organización social de la masculinidad y haciendo visible que el sistema tiene un carácter heterosexual incorporando la noción de heteropatriacado. Al mismo tiempo se propone difuminar las nociones que dividen al trabajo entre remunerado o no, y al mundo del trabajo del resto de las actividades vitales. Entienden al sistema-economía como “esa cosa escandalosa” (Haraway, 1991), término que Dora Haraway utiliza para entender una forma plausible de la conjunción entre sistema socioeconómico capitalista, heteropatriarcal, racialmente estructurado, neocolonialista, antropocéntrico y la lista sigue.

La perspectiva rupturista entiende que bajo la preeminencia de la acumulación de capital, la vida siempre estará bajo amenaza, porque no es más que un medio para el beneficio (Pérez Orozco, 2014). Se propone cuestionar tanto la relación salarial como la estructura capitalista, medioambiental, heterosexista en su conjunto, al mismo tiempo que asevera que ninguna lucha anticapitalista que no desestabilice las esferas invisibilizadas donde se está absorbiendo la dureza del conflicto capital-vida podrá cuestionar a fondo el statu quo. Su propuesta se basa en pensar y practicar qué es el buen vivir, dando en un vuelco sistémico, que proponga construir esa perspectiva democráticamente y de manera colectiva. En síntesis, entienden que no será posible la eliminación de las desigualdades de género si no se trastoca material y éticamente esa cosa escandalosa.

Conclusión

Este artículo repasó someramente algunas de las miradas de la economía de género y feminista desde un punto de vista que intentó recuperar, por sobre todo lo planteado, sus aspectos epistemológicos. Se planteó tal tarea porque en muchas oportunidades en nuestra comunidad académica no se termina de comprender que los aspectos y cuestionamientos que incorpora la economía feminista son esenciales para poder concebir una sociedad más justa. Esta incomprensión puede ser entendida en la escuela neoclásica, cuyo núcleo epistemológico no permite permeabilidades, menos aún aquellas que remitan a una transformación social. Sin embargo, nos resulta un poco más llamativo la poca apropiación de las herramientas de la economía feminista para analizar la realidad desde una perspectiva heterodoxa. Lo que nos es posible observar es que todavía se confina a esta corriente del pensamiento a producir conocimiento y dialogar consigo misma, cuando tiene muchísimos herramentales para discutir el mercado de trabajo, las políticas públicas, económicas, sociales, las estrategias nacionales y globales de desarrollo, con todo el marco teórico que inscribe a la economía heterodoxa. Creemos deseable y necesario que la perspectiva feminista se impregne en los programas académicos, las jornadas, congresos y paneles y en las hojas de los diarios.

Asimismo creemos que, para cambiar la vida de las personas, no es suficiente entender cómo funciona y cómo está organizada la vida social, también es necesaria la acción para hacer equitativo este mundo social, por lo que adherimos férreamente que la economía feminista además de ser un programa académico es un programa político. Como tal, también es deseable que las organizaciones sociales, políticas y sindicales, lo tomen como propio para comenzar a dar en nuestras manos, esa vuelta de tuerca.

Lejos de pensar que los problemas que históricamente padecen las mujeres y sujetos feminizados son solamente de aquellxs, sino una necesidad de todas las personas porque somos vulnerables e interdependientes, tomamos el compromiso feminista de una inscripción de una ética práctica y política necesaria para poder terminar con las desigualdades de los sujetos feminizados en particular, y el cambio social progresivo en general.

Referencias

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Sau, V. (1990). Diccionario ideológico feminista. Barcelona, Icaria.

Scott, J. W. (2008). Género e historia. México, Fondo de Cultura Económica.

[i][i] Existen múltiples acercamientos al concepto de género como categoría analítica. Excede a este escrito un análisis exhaustivo de la categoría. Para un mayor desarrollo véase Bach, 2015; Campagnoli, 2015 ;Faur, 2008; Scott, 2008.

[ii] Trans* consideramos a las personas trans*, travestis y transgénero.

[iii] Al respecto la escritora, profesora y activista feminista italiana Silvia Federici comenta “lo que llaman amor, nosotras lo llamamos trabajo no pagado”.

 

 

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