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Quien cuida y quien prepara la cena como un problema social

Por Mercedes D’Alessandro, publicado en La Vanguaria, dossier sobre el siglo de las mujeres

En los años 60, solo 2 de cada 10 mujeres trabajaba fuera del hogar, hoy son casi 7 de cada 10 quienes salen todos los días a sus diversos empleos, que van desde dar clases en una escuela a hacer experimentos en un laboratorio, arar la tierra, limpiar hogares, dirigir una empresa o vender pan en un negocio. Estudiar, tener un oficio, una profesión y poder ejercerlas, es algo que hoy vemos con total naturalidad, sin embargo son fruto de un largo proceso de luchas políticas, primero por el derecho a trabajar y luego por el derecho a hacerlo en condiciones igualitarias. Esto último, es una cuestión pendiente. Aun cuando trabajan a la par,  las mujeres ganan menos que los varones en todo el planeta, realizan más tareas domésticas y de cuidados en sus hogares, tienen obstáculos para acceder a cargos jerárquicos y se insertan mayoritariamente en trabajos asociados con roles de género que todavía no las pueden ver como programadoras, ingenieras o presidentas. 

Mientras las mujeres entraron masivamente al mercado de trabajo en las últimas décadas, no aumentó en la misma proporción la participación de los varones en las tareas del hogar y los cuidados. Según el World Economic Forum, la brecha global de género se ha cerrado ligeramente en 2018 con respecto al año anterior pero, al ritmo actual, todavía habría que esperar 202 años para cerrar la brecha de oportunidades económicas. Es evidente que no tenemos tanto tiempo. La asimetría en la distribución de las tareas del hogar, asociadas culturalmente a las mujeres, es una de las causas fundamentales de las desigualdades que enfrentan en el mercado laboral.  Por tal motivo, comprender que existe un trabajo invisible que necesita ser integrado a la mirada económica nos permitirá ver con más claridad cuáles son las dimensiones de la desigualdad de género. A partir de ahí, podemos preguntarnos de qué manera podemos contribuir a la construcción de una sociedad igualitaria.

El aporte de las mujeres se puede medir 

A lo largo de todo el planeta, el tiempo que destinan mujeres y varones a las labores domésticas y a los cuidados está muy desbalanceado: ellos dedican más tiempo a los trabajos con salario mientras que ellas son quienes hacen el trabajo del hogar (sin salarios). En su libro Finding Time, Heather Boushey analiza el caso de Estados Unidos y afirma que, en los 60, «las empresas estadounidenses solían tener un socio oculto». Ese socio, más bien socia, era la american wife (esposa estadounidense) que, a pesar de que no iba a las reuniones de directorio ni hacía demandas salariales, era fundamental para la rentabilidad de la empresa: «Ella se aseguraba de que el trabajador estadounidense se presentara al trabajo bien descansado (él no tenía que levantarse a las 3am a alimentar al bebé o a abrazar a su hijo en medio de una pesadilla), con ropa limpia (que tampoco tenía que lavar ni ordenar en el ropero), con su almuerzo preparado, el sandwich, café y galletitas horneadas en casa. Ella se hacía cargo de todas las pequeñas o grandes emergencias cotidianas que podrían distraer al trabajador estadounidense de su foco 100% en el trabajo mientras estaba en su oficina. ¿El pequeño Juan tuvo una pelea en sus juegos? La esposa estadounidense estaría allí para hablar con la escuela. ¿La tía Bea se cayó y se rompió la cadera? La esposa estadounidense podía dedicarle la tarde haciendo los mandados y preparándole la cena. ¿El jefe viene a cenar? La esposa americana tendría lista la carne en el horno», repasa Boushey. Este listado de actividades implica para esta american wife y para las esposas de muchos otros lugares, una larga jornada de trabajo que transcurre en la órbita de lo privado y que cae en una especie de limbo tanto para la teoría económica y las estadísticas (que no lo registran) como para nuestras propias ideas de qué es y qué no es el trabajo (dado que asociamos trabajar a trabajar por un salario). 

Si bien Boushey se refiere a una mujer de los años 60 en los suburbios de los Estados Unidos, esa realidad está presente en la actualidad. Aún cuando hoy tantas mujeres tienen un trabajo asalariado (son maestras, enfermeras, secretarias, atienden un comercio), siguen siendo  quienes se hacen cargo de los hogares y los cuidados. Esta carga horaria redunda en menos tiempo para estudiar, formarse, trabajar por un sueldo. Muchas veces tienen que aceptar trabajos más flexibles (precarios y peor pagos) y, en general, terminan enfrentando una doble jornada laboral: trabajan dentro y fuera de la casa. El fenómeno se repite virtualmente en todos los países y es muy poco visible porque, en mayor o menor medida, todos asumimos que estas tareas son de mujer y que se realizan por amor. Este ser «ama de casa» (sea de tiempo completo o después del trabajo en el mercado), además, para muchos aparece como un no-trabajo. Las horas preparando la cena, fregando pisos o llevando a la tía Bea al médico, parecen corresponderle a las mujeres por el solo hecho de serlo, como si fuera parte de su naturaleza, una especie de atributo natural de la feminidad. ¿Cuántos varones dejan sus trabajos para ser amos de casa full time mientras su esposa está en la oficina? ¿Cuántos comparten las tareas en porciones iguales? Sacrificar una carrera o profesión para cuidar el hogar, bella y sonriente es lo esperable de una buena mujer, para muchas es su punto de realización personal y es, además, una señal de amor y dedicación. Estos estereotipos, estos roles de género pre-establecidos y a veces sin mucho cuestionamiento, restringen las opciones en nuestras vidas cotidianas, más allá de nuestros deseos y posibilidades. Las estructuras del mercado laboral con las licencias de paternidad breves, por ejemplo, refuerzan estos roles. 

En las últimas 2 décadas, fruto del avance de las mujeres en el mercado laboral y de la transformación que eso significa para la organización social, se han implementado diferentes encuestas que miden el uso del tiempo. El objetivo que persiguen estas encuestas y mediciones es proporcionar información sobre la forma en la que las personas utilizan su tiempo (cuidado de los niños, de personas enfermas, limpiar la casa, entre otras), lo que permite hacerse una idea de cómo se reparten estos trabajos y también permite estimar el aporte que significan a las economías todas esas horas impagas. En México, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) recoge esta información en la Encuesta Nacional sobre uso del tiempo y encuentra que  «respecto a las actividades de cuidado, en promedio las mujeres dedican 28.8 horas a las semana, mientras que los hombres sólo le dedican 12.4 horas a la semana. El tipo de cuidado al que más tiempo se le dedica es el proporcionado a los integrantes del hogar de 0 a 14 años, y aquellos que por enfermedad o discapacidad requieren cuidados especiales. En todos los casos, las mujeres dedican más tiempo que los hombres. Respecto a las actividades domésticas, las mujeres dedican en promedio 29.8 horas a las semana, mientras que los hombres sólo le dedican 9.7 horas a la semana; es decir, triplican el tiempo registrado por los varones.» Es decir, las mujeres realizan el 75% de todas estas tareas. Algo similar sucede en la Argentina, en donde ellas se hacen cargo del 76%.

Según datos de la CEPAL (2017), en América Latina la proporción de tiempo dedicado a quehaceres domésticos y cuidados no remunerados de las mujeres más que duplica a la de los varones en la mayor parte de los países. Si sumamos el trabajo pago y el no pago, a nivel global, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que las mujeres trabajan 2,6 horas diarias más que los hombres en promedio. Pero además, si se considerara el valor económico de estos trabajos no remunerados en relación al producto interno bruto (PBI) encontraríamos que en México equivale al 24,2%, en Colombia al 20,4% y en Uruguay al 22,9%. En muchos casos, sería un sector con más participación en la economía general que la industria. 

¿En qué plano medimos qué es mejor para la sociedad?

Algunos enfoque económicos plantean que la incorporación de las mujeres al mercado laboral favorece el desarrollo económico. Sin embargo, no es una relación lineal ni el único modo de pensar la cuestión. El salto hacia la “independencia” y salir del hogar (por propia voluntad o a fuerza de la necesidad) ha sido para las mujeres –hasta ahora al menos- cargarse dos trabajos encima. Esta entrada a las filas de la fuerza de trabajo asalariado ha hecho aflorar un sin número de contradicciones: se encuentran a sí mismas sobre exigidas con un trabajo afuera pero con la responsabilidad de continuar sosteniendo las tareas del hogar. En muchos casos, las mujeres se suman al mercado laboral en contextos de crisis y en condiciones muy precarias, con bajos salarios, sin derechos. Es decir, la igualdad no se consigue por el mero hecho de que más mujeres trabajen.

Por otra parte, los trabajos hogareños y de cuidados están ampliamente feminizados y esto se refleja también en donde se incorporan las mujeres en el mercado pago: ellas son la mayoría entre las empleadas domésticas, maestras y enfermeras, mientras ellos ocupan cargos en la construcción, la industria o la energía. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), solo en Latinoamérica, más de 18 millones de personas son trabajadores domésticos, de los cuales el 93% son mujeres que llevan adelante esta tarea en donde el 77% de los trabajadores lo hace en la informalidad y cobrando la mitad de los salarios medios de estas economías. Las mujeres profesionales contratan servicios de mujeres pobres, y amplifican las brechas entre ellas mismas, en donde las blancas de centros urbanos tienen mejores oportunidades y empleos que las campesinas, indígenas o migrantes, y que las mujeres negras. Esto significa que incluso la entrada a las filas del trabajo pago para muchas significa tan solo ser una mano de obra social y económicamente vulnerable, susceptible de dificultades adicionales derivadas de la discriminación y la violencia. 

Si miramos en las mujeres que acceden al poder, también vemos cuestiones que replican roles de género. A nivel mundial, según información relevada por Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 2018, las mujeres ocupan tan solo el 18% de los puestos en Ministerios y en ellos, tienen mayor participación en los de desarrollo social y todos aquellos que se ocupan de familia, infancia, educación, medio ambiente y cultura. Es decir, los equivalentes gubernamentales de las tareas que realizan tan bien en el hogar y los cuidados. En el otro extremo, casi no hay ministras en medios y comunicación, defensa, transporte, minería, economía y finanzas. 

La crisis de los mandatos y la crisis de los cuidados

El trabajo doméstico y de cuidados, pago o no, full time o part time, sigue siendo un trabajo no valorado socialmente, gratuito o mal pago y realizado mayoritariamente por mujeres. Nuestras imágenes del presente nos muestran fantasías de millennials consumiendo un mundo tecnológico de conexiones, mientras en los países más pobres o en crisis los y las jóvenes son quienes más sufren el desempleo y la exclusión. Un futuro hipotecado con amenazas económicas y climáticas. Mientras el género se vuelve fluido, los mandatos se chocan con las restricciones de la vida cotidiana ¿A qué mundo del trabajo llegan las mujeres que logran dejar las escobas? ¿Qué hacemos con las tareas domésticas y de cuidado? ¿Hay que sociabilizarlas? ¿Es un problema privado o una cuestión política a dirimir en el debate público?

En los últimos años asistimos a una crisis de los cuidados resultado del incremento de la esperanza de vida y el envejecimiento demográfico, en conjunto con la mayor participación laboral de las mujeres y la escasez de servicios públicos de cuidados. La ausencia de una respuesta a gran escala, que resuelva el cómo organizamos socialmente estas tareas, genera por un lado mujeres viviendo una doble jornada y por otro lado una situación de desprotección de muchas familias, sobre todo en los sectores más pobres que enfrentan mayores dificultades para conciliar esta situación. 

Gran parte de la literatura de la economía feminista busca responder con propuestas que apuntan a una reorganización del modo en que actualmente se resuelven los cuidados. En muchas de estas visiones, el Estado aparece como un actor principal en tanto sus políticas contribuyen al aumento o disminución de las brechas de género. En muchos países, la provisión pública de jardines materno paternales, la reglamentación de licencias parentales, entre otras, contribuyen a redistribuir el peso entre Estado, familias y comunidades. Mientras tanto, en otros en donde el Estado no tiene un rol tan central, o en donde hay menos recursos, la dinámica se resuelve hacia el interior de los hogares (recae en las mujeres) o  en el mercado con servicios pagos, que dejan fuera a las personas que no tienen ingresos suficientes para afrontarlos.

Pero hay otras miradas sobre estos desafíos. «Escuchamos a menudo hablar acerca de la ‘crisis de los cuidados’. Muchas veces ligado a frases como ‘pobreza de tiempo’, ‘balance entre trabajo y familia’, ‘agotamiento social’. Estas expresiones refieren a las presiones que vienen de diferentes direcciones y que están exprimiendo un conjunto clave de capacidades sociales: las capacidades disponibles para parir y criar niños/as, cuidar amigos/as y familia, mantener una casa y comunidades más amplias, y sostener conexiones más generalmente. Históricamente, este trabajo de reproducción social ha sido provisto por las mujeres, aunque los varones también lo han hecho. Estos trabajos, afectivo y material, y que a menudo se realiza sin remuneración, son indispensables para la sociedad. Sin ellos no habría cultura, ni economía ni organizaciones políticas» afirma Nancy Fraser. Para Fraser, lo que está en crisis no es solamente el cómo cuidamos sino más bien la organización social en su totalidad, esto es, el sistema capitalista. Esta crisis se expresa como una crisis mucho más amplia y que afecta a lo económico, ecológico y político, al tiempo que se potencian unos aspectos sobre otros. Para Fraser, entonces, pensar en la reproducción social como un todo, es un aspecto crucial a la hora de encontrar condiciones de posibilidad para otra forma social. 

Es por esto que cobra relevancia el cómo se lleva adelante la reproducción social de nuestra existencia material, y reflexionar sobre ello nos permite ampliar nuestra visión de lo que llamamos trabajo doméstico, sumando otras prácticas, sacándolo de los hogares, y llevándolo a lo público. Necesitamos abordar un fenómeno en donde se sostiene una división sexual del trabajo anacrónica. Es decir, la definición de qué es económico aquí cobra otro sentido y desafía a la lógica de acumulación de capital. Desde esta perspectiva es que la economía feminista trae preguntas que ponen en cuestión la forma en que producimos, consumimos, distribuimos e intercambiamos. Es decir, las preguntas básicas de la economía y la política. 

Citas de: 

Bhattacharya, T. (2017), Social Reproduction Theory, London, Pluto Press.

Boushey, H. (2016), Finding Time: The Economics of Work-Life Conflict, Cambridge, Harvard University Press.

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