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Sobre la Marie Kondo, tirar cosas y las dinámicas de consumo

Por Ludmila Scheinkman (Doctora en Historia. Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género-Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires/CONICET)


En ciertos mundillos intelectuales, el éxito y boom de ventas de la Marie Kondo y su “tirar cosas para ser feliz” no pasa del chiste socarrón, del mirar por encima del hombro al “consumo idiota” de la “gente idiota”. Pero creo que, en nuestra sociedad de consumo de masas, bien vale un poco más de reflexión sobre el consumo y la Marie Kondo como epifenómeno de cosas más complejas. Es más, creo que es necesario, muy necesario, reflexionar sobre cómo nos relacionamos con los objetos que producimos, qué consumimos y cómo consumimos. Y no es un tema banal: el mercado está en el corazón del sistema capitalista. Marx arrancó su clásico best seller hablando de la mercancía y el fetichismo, y nunca es en vano recordar que el mismo proceso violento que nos constituyó como trabajadorxs, separándonos de los medios de producción, nos constituyó simultáneamente como consumidorxs dependientes del mercado para satisfacer nuestras necesidades, necesidades que se originan “en el estómago o en la fantasía”, como plantea en la primera página del librito que menciono. Para Marx “en nada modificaba el problema” dónde y cómo se originaban esas necesidades, porque estaba estudiando, creo yo, otro problema[i].

Pero el fordismo y la transformación del mercado de consumo de masas obligó a muchxs pensadores marxistas a reflexionar sobre el consumo, cómo se genera, y sus implicancias. No casualmente la hegemonía de EEUU tras la Segunda Guerra Mundial y la difusión del “American way of life” tenían entre sus pilares argumentales el acceso de la clase trabajadora a bienes de consumo masivo, y el consumo fue uno de los planos en los que éste imperio sustentó sus ventajas -y las del capitalismo- frente a la URSS durante la Guerra Fría. Uno de los efectos de la hegemonía norteamericana fue la difusión de una idea de ligazón estrecha entre consumo y “felicidad”, replicada hasta el hartazgo por las publicidades. Y la producción de bienes masivos requiere, nos requiere a lxs trabajadorxs como consumidorxs inncesantes.

Cuando Marie Kondo plantea -y “demuestra” con innumerables casos de éxito y pilas de fans- que desprendernos de objetos que no nos dan “felicidad” nos hace “más felices”, nos invita igualmente a ser más conscientes de la forma en que consumimos basura. Basura que creemos que nos hará más felices, pero al poco tiempo resulta que no sólo no nos hace más felices sino que nos ocupa espacio en la casa y nos termina generando más angustia al ver nuestros hogares repletos de mierda (disculpen la expresión). La imagen es levemente patética: ahorramos, nos endeudamos en cuotas, gastamos más de lo que deberíamos de acuerdo a nuestros devaluados salarios que tanto nos cuesta obtener, para comprar objetos que pensamos que nos darán felicidad, status, distinción o quién sabe qué cosa más allá de su mera función práctica, para que esos objetos luego terminen en el interior de una bolsa de consorcio siendo descartados, lo cual nos hace “más felices”. Como mínimo, invita a reflexionar. Y no sólo sobre la basura y el capitalismo, y cómo gestionamos la basura, que es otro gran problema de nuestra sociedad, intensificado post-boom del plástico en los años 60. Hay algo de esa ecuación consumo-felicidad que hace ruido. 

Marie Kondo (foto de Hobby consolas)

Y este no es tan sólo un problema de “llenos”, de ricos, de países del primer mundo con necesidades básicas satisfechas. Buena parte del discurso moralizador sobre “los pobres” -entre ellos, pero no sólo, el del macrismo y la militancia del ajuste- se dirige a la forma en la que consumen las personas de bajos recursos, y lo que hacen (hacemos) con sus magros ingresos. Puesto que su dinero debería dirigirse a una buena alimentación, al revoque de paredes y a salud y educación, y no en cambio a zapatillas Nike, celulares caros, televisores, Coca-Cola o qué se yo qué cosa, sus consumos son juzgados como expresiones de ignorancia que, en última instancia, hacen a esas personas responsables de su propia pobreza por consumir mal, ahorrar poco y no utilizar su dinero para mejorar su situación individual y salir de pobres, vale decir, para reforzar el discurso falaz de la meritocracia. 

El capitalismo nos propone una fiesta del consumo: a través de las publicidades, nos repite incesantemente que seremos felices y mejoraremos nuestras vidas si consumimos tal o cual cosa. Luego no podemos acceder a esos consumos, o si lo hacemos a costa de sacrificar otros consumos considerados más idóneos, somos juzgadxs. Es una de las tantas paradojas de la modernidad, esa fiesta universal a la que al final no estamos invitadxs todxs. Esto es aún más agudo para las mujeres y femineidades, a quienes se nos incita constantemente a alcanzar ciertos estándares corporales y de belleza para obtener la felicidad (léase un macho), y luego se nos juzga superficiales por nuestros consumos banales de maquillaje, ropa, permanentes de pestañas y otras mierdas (discúlpenme nuevamente la expresión).

Como dice la bella y sagaz historiadora Heidi Tinsman, “al igual que otras relaciones sociales, el consumo se produce dentro de relaciones especiales de poder y da origen a nuevas relaciones. Es más apropiado considerarlo como un terreno contencioso o un campo de fuerza. Se puede evaluar si ciertas formas de consumo son buenas o malas para quienes las practican -emancipadoras o explotadoras, generadoras de nuevos significados, productoras de continuidad, y así sucesivamente- pero no es posible evaluar si el
consumo en abstracto es o no virtuoso”. En ese sentido, plantea, es pertinente pensar en el consumo como una “categoría analítica, un terreno donde las relaciones sociales están estructuradas por actos de usar bienes y darles significado”[ii].

Hace un tiempo leí un artículo de Razmig Keucheyan sobre la crisis ecológica y la urgencia de pensar el consumo, volviendo a una teoría de las necesidades en Marx. Y esto me parece urgente, puesto que un ideal banal del socialismo como el acceso de todxs a todos los consumos (es decir, retomando la misma idea de “felicidad” que nos promete el capital, sólo que para cumplirla), no sólo sería dudosamente garante de mayor bienestar social, sino que es ecológicamente insostenible. 

Sobre lo primero, varios estudios señalan que, por sobre cierto nivel de ingresos y con las necesidades básicas satisfechas, mayor dinero y mayor consumo no redundan en mayor bienestar o “felicidad”[iii]. Para quienes historiamos, recomiendo volver a leer el clásico capitulito del historiador británico Edward P. Thompson sobre Explotación, donde plantea y creo que demuestra que para lxs trabajadorxs inglesxs, el leve aumento de salarios y el mayor acceso a nuevos bienes de consumo que trajo la Revolución Industrial fue vivido como una pérdida, una “tragedia”, ya que el mismo fue impuesto a cambio de una pérdida de control sobre los tiempos, ritmos y procesos de trabajo, una disciplina industrial férrea, una falta de autonomía, la imposibilidad de ver el sol y disfrutar el aire libre, y en suma una explotación más intensa y transparente[iv].

Sobre el segundo punto, en 2016, comenta el artículo del que hablaba hace un ratito, “Global Footprint Network calculó que se necesitarían 4,8 planetas si todos los ciudadanos del mundo vivieran con la misma huella ecológica que los ciudadanos de Estados Unidos”[v]. Acompaño estas palabras con una foto tomada de google de la isla de plástico del Pacífico, llamada también el séptimo continente, cuya superficie según Wikipedia se estima entre 700.000 km² y 15.000.000 km², es decir, entre 1 y 2 veces la superficie de Francia[vi].


Isla de plástico https://www.eluniversal.com.mx/sites/default/files/styles/f03-651×400/public/2017/06/07/isla_plastico.jpg?itok=PcHo9ixa

[i]Karl Marx, El capital, ediciones varias, 1867.

[ii]Heidi Tinsman, Se compraron el modelo. Consumo, uva y la dinámica trasnacional: Estados Unidos y Chile durante la Guerra Fría,Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago de Chile, 2016, p. 42.

[iii]Hay una extensa y creciente literatura sobre la “Economía de la felicidad”. Una puerta de entrada posible ligada al tema de este artículo es Mark A. Cohen y Michael P. Vandenbergh. “Consumption, happiness, and climate change”, Discussion Papers, dp-08-39, Resources For the Future, 2008. Especialmente la página 3: “Significativo, y de particular interés para economistas, es el papel que juega el ingreso en la satisfacción con la vida. En general es cierto que hay una correlación positiva entre el ingreso y la felicidad. Esta relación no es lineal, sin embargo, y el ingreso generalmente ingresa en una ecuación de regresión conocida como el logaritmo natural del ingreso. Intuitivamente, manteniendo todo lo demás constante en la vida de uno, $10.000 compran mucha más “felicidad” a alguien que gana $30.000 que para alguien que gana $300.000 al año. Dicho de otra manera, hay una disminución de la utilidad marginal del dinero. Por lo tanto, la relación entre el ingreso y la felicidad es más fuerte para las economías que se encuentran en una etapa de desarrollo. Aunque los ingresos generalmente se asocian positivamente con la satisfacción con la vida, también se ha observado que si bien el ingreso absoluto ha aumentado en las economías occidentales a lo largo de los últimos 50 años o más, la felicidad no” (traducción propia). Disponible en: http://www.rff.org/files/sharepoint/WorkImages/Download/RFF-DP-08-39.pdf

[iv]Edward P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid, Laia, 1977, pp. 197-222 (Capítulo 6: “Explotación”).

[v]Razmig Keucheyan, “La revolución de las necesidades vitales. Marx en la era de la crisis ecológica”, Nueva Sociedad,N°227, Septiembre-Octubre 2018, pp. 102-115. Disponible en: http://nuso.org/articulo/la-revolucion-de-las-necesidades-vitales/

[vi]Sobre la isla de plástico del Pacífico, recomiendo el siguiente fotoreportaje aparecido en la revista National Geographic el 5 de junio de 2018: https://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/grandes-reportajes/ahogados-mar-plastico_12712/3Se puede consultar asimismo la edición impresa de junio de 2018, titulada “Un mar de plástico”, y la entrada de Wikipedia correspondiente: https://es.wikipedia.org/wiki/Isla_de_basura

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