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Sororidad y praxis política feminista

Por Danila Suárez Tomé

 

Me imagino que a todas nos pasó, al menos alguna vez, que nos preguntaran: ¿y vos cuándo te hiciste feminista? Algunas de nosotras tendrán respuestas bien puntuales, otras dirán que fue un proceso y algunas dirán que fueron “feministas desde que nacieron”. Pero creo que todas en general podemos estar de acuerdo en que el feminismo apareció en nuestro horizonte allí cuando el mundo ya se nos hacía demasiado difícil y el encuentro con otras mujeres nos permitió ver por qué esto era así. Como dice Mercedes D’Alessandro en su libro Economía Feminista parafraseando a Simone de Beauvoir, “no se nace feminista, se llega a serlo”. Si bien algunas de nosotras pudimos haber vivido el mundo con más libertad que otras, creo que la toma de conciencia feminista, ese “ponernos las gafas violetas” como se dice, nos lleva a pensar el feminismo mucho más allá de nuestras experiencias personales. Adquirir conciencia feminista significa comenzar a pensarnos de modo colectivo. Sin dudas eso suena lindo en palabras. Pero cualquiera sabe que ponerse de acuerdo entre más de dos personas es siempre un dolor de cabezas, y ¿por qué entre feministas sería, en principio, algo distinto? Sin embargo, este es el desafío que nos presenta el ideal de la sororidad. Me gustaría pensar un rato con ustedes este concepto trayendo al escenario a algunas mujeres que lo han pensado antes que nosotras.  

Simone de Beauvoir sostiene en El segundo sexo que las mujeres, a diferencia de otros colectivos, nunca han dicho “nosotras”. Según la filósofa francesa, esto es así porque la mujer nunca estuvo en la posición de sujeto, si no que ella ha sido siempre “la otra” del varón — para quienes no hayan leído el libro, esta es la importante tesis que sostiene. Las mujeres, escribe Beauvoir en 1949, carecieron siempre de los medios concretos para congregarse en una unidad, en una comunidad de sujetas. ¿Por qué? Porque históricamente las mujeres han sido recluidas al dominio de lo doméstico y encerradas en sus casas separadas las unas de las otras. Además, han sido enfrentadas entre sí y se les ha hecho creer, mediante el ideal del amor romántico y de la maternidad como destino, que sus vida serían dotadas de sentido gracias al varón con el que se casaran, los hijos que tuvieran y la casa que adornaran.

El vínculo que une a las mujeres a sus opresores no es comparable a ningún otro, dice Beauvoir. Por eso se insiste en que la opresión de la mujer es un tipo de opresión particular que merece su análisis específico. Este análisis es el que ha emprendido el feminismo teórico desde hace varias décadas, el cual nos ha permitido ver cómo funcionan los mecanismos de opresión e inferiorización de las mujeres. Ahora bien, sin la formación de una comunidad, de un “nosotras”, la liberación es imposible. La sororidad es un concepto que viene a intentar dar cuenta de cómo generar una nueva ética y una nueva política feministas que puedan dar lugar a la conformación de una comunidad de mujeres, que si bien no tiene por qué ser homogénea, pueda constituirse de modo armónico y eficaz.

Antes que nada, establezcamos, mediante una definición léxica y una genealogía del término, que “sororidad” proviene del latín “soror, sororis, hermana, e-idad, relativo a, calidad de”. Se relaciona con el concepto de affidamento acuñado por el Colectivo de la Librería de Mujeres de Milán al propiciar la confianza, el reconocimiento recíproco de la autoridad y el apoyo entre mujeres. Por lo tanto, es un concepto nacido dentro de lo que se conoció en la década de los 80 como el “feminismo de la diferencia” que era, en pocas palabras, un feminismo que exaltaba la diferencia sexual en favor de las mujeres y lo femenino. Este concepto es retomado por Marcela Lagarde, una investigadora feminista mexicana, en un texto ya clásico que se titula “Pacto entre mujeres” y ese fue el pie para su popularización en Latinoamérica.

Ponerse las gafas violetas, volverse feminista, implica desaprender algo viejo y aprender algo nuevo, pero ese algo nuevo es algo a construir. El pacto entre mujeres, este pacto sororo, dentro del movimiento feminista ya viene construyendo una forma distinta de ser políticas y de hacer política. Todas sabemos que el movimiento de mujeres es un movimiento heterogéneo, sin estructura vertical y profundamente móvil. De acuerdo a Lagarde, frente a los pactos a la usanza masculina (las formas excluyentes, sectarias, supremacistas y violentas de enfrentar la disidencia y los conflictos), la sororidad emerge como alternativa. La sororidad permite a las mujeres, según Lagarde, la identificación positiva de género, el reconocimiento, la agregación en sintonía y la alianza. La sororidad, entonces, es un concepto político. En otros términos, es un modo feminista de hacer política.

Ahora bien, no hay que entender que esta sororidad se encuentra basada en alguna forma natural de “solidaridad femenina”, que pudiera sugerirnos que existe una esencia femenina que compartimos y que debemos descubrir y poner en acción. No, ya hemos dejado atrás esos esencialismos que nos perjudicaron. Es evidente que las relaciones entre mujeres son complejas y están atravesadas por numerosas dificultades. No nos olvidemos que somos, ante todo, personas. Somos conscientes de que esta solidaridad natural no existe y de que, a la vez, la dispersión entre las mujeres refuerza la dinámica sexista de la sociedad. De ahí surge, dice Lagarde, la conciencia de la necesidad de la unidad de las mujeres para tener mayor poder de incidencia y la necesidad de desmontar la confrontación misógina entre nosotras.

La sororidad no es un llamado a amarnos entre todas, llevarnos bien a la fuerza, no criticar ideas y acciones o tener desacuerdos con otras mujeres No. Ese es un malentendido que, en definitiva, nos lleva a sobrecargarnos con normas imposibles de cumplir y a evitar debates y discusiones, que son el motor de todo cambio. La sororidad nos habla de crear pactos de coyuntura en los que podamos encontrarnos cada vez más mujeres; de generar nuevos vínculos entre nosotras y en relación también con otros grupos y otras luchas; de incluir nuevas subjetividades, también, porque no todas las personas que vivimos la opresión patriarcal nos reconocemos mujeres; de ir alcanzando objetivos consensuados en acuerdos fundamentales; de potenciar las diferencias para no violentar la pluralidad con el ideal de lo homogéneo. La sororidad, en definitiva, es un pacto político entre pares, en donde quienes pactan son, justamente, quienes nunca antes habían podido pactar y que, a causa de eso, quedaron por fuera del terreno de lo público y de la arena política.

Una vez, en otro panel en el que me encontraba hablando de sororidad, me preguntaron si acaso este ideal no era algo demasiado imposible de alcanzar que, en definitiva, nos terminaba causando una gran frustración, en tanto y en cuanto los problemas, discusiones y diferencias que atraviesan al feminismo parecen ser irreparables. Y es cierto, a veces nos abrumamos y creemos que es imposible seguir avanzando. Pero podemos pensarlo desde otro lado: el pensamiento único y la ausencia de conflictos es una situación reservada para quienes sostienen el status quo y se ven beneficiados por él. Cuando lo que queremos es cambiar el mundo, cuando está todo por hacer  y construir, cuando elegimos caminos no violentos y tomamos a la diversidad como un valor, es natural que las cosas no sean tan simples y cómodas. Les propongo que tomemos estas dificultades que experimentamos en nuestro tránsito por el feminismo como un síntoma de salud, de movimiento y de potencia de cambio, y a la sororidad como un ideal regulativo que debemos tener presente en cada acción feminista, aunque nos parezca (y hasta sea) inalcanzable.  

Me gustaría cerrar esta intervención con un texto de la activista, luchadora y educadora popular feminista Claudia Korol publicado en A nuestras amigas. Sobre la amistad política entre mujeres. Rescato la palabra de Claudia, como también lo hice con Beauvoir y Lagarde, porque la sororidad también nos habla de una voz múltiple y un pensamiento conjunto. Y siempre es un gran acto feminista dar reconocimiento y traer al encuentro las voces de las mujeres que admiramos.

 

“Hay un feminismo autónomo. Hay un feminismo institucional. Hay un feminismo académico. Hay un feminismo decolonial. Hay un feminismo del sur. Hay un feminismo comunitario. Hay un feminismo negro. Hay un feminismo campesino. Hay un feminismo popular.
Hay muchos modos de feminismos, y hay feminismos que son de muchos modos. Modos y no modas, los feminismos atraviesan el siglo XX, arrancando del siglo XIX, y proyectándose hacia el siglo XXI y seguramente más allá de él… revolucionándose, cuestionándose, haciendo nuevas prácticas que a su vez saltan las tranqueras ideológicas dogmatizadas, y burlan a las burocracias que administran las teorías.
Los feminismos no son el reverso del machismo. En cualquiera de sus versiones, están promoviendo emancipaciones y no opresiones. Los feminismos no son modos de intervención política fundados en la violencia. Son experiencias de solidaridad, buscando liberarse/liberarnos de las muchas violencias que sufrimos.
Hay muchos feminismos que nos reconocemos en variadas prácticas. De estos y otros posibles feminismos, yo elijo al feminismo compañero de las feministas compañeras. Elijo esas maneras de ser feministas que tienen como signo de identidad principal el acompañar. Se llaman socorristas. Se llaman mujeres de la campaña contra las violencias, de mujeres que luchan por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, contra las redes de prostitución y trata, contra los pedófilos y los abusadores.
Se trata de las feministas compañeras que no hacen del individualismo posmoderno una moda, sino que se buscan y nos buscamos para sabernos cerca. Que nos encontramos en muchas esquinas, y nos reconocemos en el modo de abrazarnos. Las feministas compañeras que andamos los barrios, los juzgados, las plazas, las casas, los comedores populares, los piquetes, las huertas, los campos, las cárceles, las comisarías, las radios, los periódicos. Somos las que decimos y gritamos que no estamos solas. Que si tocan a una nos tocan a todas. Somos el cuerpo del Ni una menos que se vino gestando en esta larga historia de más de un siglo.
Feministas compañeras. Las que nos llamamos cuando no sabemos cómo seguir andando con las heridas abiertas. Las que nos acompañamos cuando no sabemos cómo hacer la denuncia en comisarías donde lxs canas se ríen de nosotras, en juzgados indiferentes, en medios de comunicación que nos invisibilizan o estigmatizan. Feministas compañeras. Haciendo el aguante en las duras y en las maduras. Escrachando a los feminicidas. Inquietando a los machistas. Acusando a los pedófilos. Interpelando a los violentos que están en nuestros trabajos, universidades, movimientos, aunque se presenten en el mundo como los mismísimos hombres nuevos. Audaces, valientes, tiernas, rabiosas, lúdicas, las feministas compañeras nos ayudaron alguna vez a salir del lugar de víctimas, para volvernos sujetas en la historia. Sujetas no sujetadas. Mujeres que recreamos la solidaridad, haciéndonos fuertes en el camino compartido. Feministas compañeras, activistas, luchadoras populares. Mujeres siempre pero siempre al pie del cañón. Tendiendo la mano a todas y a todos quienes sufrimos distintas opresiones. Feministas libertarias, de abajo y a la izquierda. Cuerpos disidentes del heteropatriarcado, que se reinventan a sí mismos, en el amor, en la lucha, en el placer, en la libertad. Cuerpos territorios de la dignidad y de la rebeldía. Feministas en bandadas disparando al patriarcado. Disidencias aladas, acompañando el vuelo.”

 

Claudia Korol, El feminismo compañero de las compañeras feministas, 2016

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