VER O NO VER EL GÉNERO. ESA ES LA CUESTIÓN.

Por Danila Suárez Tomé

Colaboraron: Mercedes D’Alessandro, Diego Tajer y Laura Belli [1]

Todos los días pasan por delante de nuestros ojos decenas de fotografías de gabinetes ministeriales, gobiernos municipales y provinciales, reuniones de dirigentes gremiales o “mesas chicas” de discusiones acerca de tópicos que atraviesan a la sociedad en las que no aparece una sola mujer. En los contados casos en los que hay alguna/s, suelen estar sirviendo el café o los sandwichitos. En una sociedad en la que las mujeres son el 50% de la población, más del 40% de los/as trabajadores/as y el 60% de los/as graduados/as universitarios/as ¿por qué nos acostumbramos a que las decisiones de políticas públicas estén tomadas por equipos mayoritariamente o compuestos enteramente por varones? Estos grupos no sólo no reflejan la composición de nuestro país, sino que muchas veces ellos mismos ni siquiera notan que no hay una mujer alrededor de ellos (VER GALERÍA DE IMÁGENES ABAJO).

Es así como, frente a los reclamos por gabinetes más balanceados según género o por medidas de acción afirmativa como la paridad (que se estuvo discutiendo el año pasado y se impulsó en numerosas provincias), nos encontramos con objeciones reiteradas que se podrían desglosar del siguiente modo:

  1. Para ocupar cargos políticos sólo se debe apelar a la idoneidad y al mérito.
  2. Para la elección de cargos públicos el género no debería tener ningún rol, es decir, debería llevarse adelante una política de elección que no distinga a las personas según su género.
  3. Las medidas de acción afirmativa (paridad, por caso) resultan, por lo tanto, injustas y       discriminatorias.

La cuestión en torno al ideal de la meritocracia no se sostiene y ello ha sido argumentado extensamente aquí y aquí. Nos ocuparemos entonces de mostrar por qué las medidas de acción afirmativa -como la paridad- son necesarias, tratando de reflexionar sobre el segundo punto que mencionábamos arriba (“debería llevarse adelante una política de elección que no distinga a las personas según su género”). Esto se conoce como políticas “gender-blind” (ciegas frente al género) o “gender-neutral” (neutrales frente al género) y, si bien a primera vista parecen ser progresistas y no discriminatorias, que nos dicen “a cada cual según su mérito, no importa su género”, en realidad resultan ser lo contrario.

¿QUÉ ES LO QUE LA CEGUERA DE GÉNERO NO VE?

En los últimos días circuló una imagen de la primer reunión del nuevo equipo de trabajo del Ministro de Hacienda: en ella solo habían varones. En las redes sociales algunas personas señalaron la ausencia de mujeres, a lo que otros respondieron planteando que la elección de un equipo debe ser “ciega frente al género“, que sólo deberían estar lo más idóneos. En principio, es difícil de creer que en Ciencias Económicas (o específicamente Economía) -un ámbito en el cual las mujeres hoy son casi la mitad de estudiantes y graduados-, no haya ninguna profesional que pueda oficiar de asesora, ocupar una secretaría o ser ministra. Pero más allá de esto, ¿deberíamos impulsar que haya medidas afirmativas en la conformación de estos equipos o, cómo dicen los críticos, su conformación debería ser neutral al género? “Poner más mujeres solo porque son mujeres es injusto, solo debería importara la idoneidad. Además es discriminatorio y sexista“, dicen algunos. “Es que acaso ¿no sería sexista considerar que las mujeres no pueden competir en igualdad de condiciones con los hombres?”, dirán además. Estas objeciones buscan invertir la denuncia que subyace al requerimiento de buscar paridad: el sexismo contra las mujeres.


Lo que la ceguera de género no ve, en primer lugar, es el privilegio que nuestra sociedad otorga a los varones usualmente llamados “hegemónicos” (blancos, heterosexuales, educados, cisexuales, propietarios). En segundo lugar, tampoco ve la discriminación persistente, por lo general de modo sutil pero también explícita, contra la mujer en numerosas esferas sociales. El hecho de que hoy las mujeres trabajen, ocupen cargos importantes y hayan ampliado sus derechos genera una especie de ilusión de igualdad que niega la existencia de obstáculos para el acceso y permanencia de las mujeres en espacios institucionales, que van desde licencias de maternidad y paternidad asimétricas a fenómenos como pisos pegajosos o paredes, techos y fronteras de cristal. La injusticia y la discriminación son factores intrínsecos a las políticas meritocráticas que no tienen una perspectiva de género. La ceguera de género provoca que muchos individuos no logren reconocer los roles que son asignados o impuestos a las personas de acuerdo a su género según los diversos contextos sociales, culturales, económicos y políticos. Tiende a tomar al ideal del varón hegemónico, la Humanidad con H de Hombre, como el modelo neutral. Más aún, esta ceguera contribuye a que muchas personas no logren ni siquiera percibir, para seguir con nuestro caso, la ausencia de mujeres en los espacios de gobierno. La ceguera de género, por lo tanto, contribuye a sostener el status quo y las dinámicas sexistas de las instituciones sociales y no colabora en la transformación de las estructuras desiguales de las relaciones de género.

¿POR QUÉ TAN POCAS MUJERES?

Las mujeres hoy son mayoría en las aulas universitarias (60% de las graduadas) y tienen en promedio un año más de estudios que los varones. Sin embargo, siguen sin avanzar a puestos más calificados. En el poder ejecutivo nacional, la mitad de los/as trabajadores/as son mujeres, no obstante en la cúpula (gabinete y ministros) apenas llegan al 14% (ver trabajo de CIPPEC). Es decir, tienen experiencia en la gestión pública y formación pero no acceden a los cargos altos. De hecho, si pensáramos que la idoneidad y mérito son los criterios que deberían utilizarse para estos nombramientos, entonces el sector público debería tener muchísimas más mujeres en puestos de conducción de las que hay hoy en legislaturas, equipos técnicos o ministerios (ver gráfico de ELA abajo) ¿Cómo se explica esta situación paradojal? La ceguera de género provoca la percepción de que las mujeres no acceden a estos cargos por falta de méritos, falta de iniciativa o falta de esfuerzo. Sin embargo, las mujeres tienen igual o más capacitación que los hombres, lo que demuestra que el género es de hecho un factor importante para explicar por qué las mujeres no acceden a los puestos de conducción[2].

Existe, en efecto, una relación desigual entre los géneros y una discriminación sutil pero efectiva para evitar que las mujeres accedan a los cargos públicos de toma de decisiones. Esto trastoca la explicación individualista y nos muestra que como sociedad debemos comprometernos a revertir esta situación problemática que tiene al género de las personas como un factor fundamental. Por otra parte, en el caso del Ministerio de Hacienda que mencionábamos antes, es relevante la perspectiva de género dado que hoy en la Argentina quienes más sufren el desempleo, la pobreza y la precarización laboral son las mujeres. Así también, las personas LGBT enfrentan problemas adicionales en el mercado de trabajo, siendo la discriminación un fuerte obstáculo para desarrollarse. El cupo trans en el Estado es una política que busca revertir esta situación y, por supuesto, no es neutral al género sino más bien todo lo contrario: es una medida de acción afirmativa para corregir una desigualdad que margina y excluye a un grupo social poniéndole obstáculos para participar económica y políticamente. Un equipo de trabajo, que ni siquiera repara en que no comparte espacio con ninguna mujer, difícilmente tenga perspectiva de género para resolver alguno de estos problemas.

Y vale también decir que a veces solo basta considerar que la paridad es un objetivo y actuar en consecuencia. Gobiernos como el de Justin Trudeau en Canadá tienen gabinetes 50% mujeres y 50% varones por decisión política, sin la necesidad siquiera de una ley de cupo. Es necesario visibilizar esta relación desigual de género para entonces proponer políticas que tiendan a favorecer una composición de gobierno más justa, equitativa y representativa.

[1] Mercedes D’Alessandro es Dra. en Economía, Diego Tajer es Lógico y Dr. en Filosofía. Laura Belli es Bioeticista y Dra. en Filosofía.

[2] Esto no significa que las mujeres no gobiernen, pero si que son casos excepcionales. Por ejemplo, es excepcional la situación de María Eugenia Vidal: es la primera mujer gobernando Buenos Aires (¡en 2017!), en un contexto de solo 5 gobernadoras en todo el país por primera vez en la historia. El gabinete de Vidal está compuesto por todos varones.