Ya no hay marcha atrás

Por Lucila Schonfeld *

7:45 a.m.

Enciendo redes. Teléfono móvil, computadora, radio. Al día siguiente de San Valentín –que en Argentina se “celebra” como otros rituales globales– Twitter reproduce fotos de un pasacalle que dice “Amor. Sos solo mía y de nadie más”, firmado por un tal Lucas (pero no es un título de Cortázar). “Si te amenaza no es amor”, dice, en la misma foto, otro cartel, de la línea 144, del mismo gobierno que recortó este año el presupuesto del Consejo Nacional de las Mujeres y del Plan Nacional de Acción contra la violencia de género. ¿Cuál habrá sido colocado antes?

9:15 a.m.

Cuando termino mi caminata matinal, doy una vuelta por mi TL. Muchos tuits reproducen la rabia y el estupor: pasados 43 días de 2017 en Argentina ya se conocen 57 casos de femicidios, según un informe del Instituto de Políticas de Género Wanda Taddei. La brecha se achica aceleradamente. Ya no es una mujer cada 30 horas, como hace unos meses. Nos matan de a una, cada 18 horas.

10:30 a.m.

Interrumpo mi trabajo, la corrección de un libro, para: 1. hacerme el tercer café del día; 2. vaciar el lavarropas y colgar sábanas, remeras, medias, algún pantalón; 3. renovar la botella de agua que me acompaña por otra fría, y ya que estoy regar alguna planta que encuentro en el camino con el agua que me queda; 4. tengo suerte y durante la misma interrupción, toca timbre el empleado de Metrogas que quiere ver el medidor.

11:30 a.m.

Converso con Esther, la mujer que trabaja en casa 8 horas por día y se hace cargo de una buena parte de las tareas domésticas, esas que lxs progres de clase media, si podemos bancarlo económicamente, elegimos delegar, a cambio de una remuneración económica. Pienso, hace varios días, qué pensará ella del 8M, ¿sabrá que se está organizando por primera vez en la historia un paro de mujeres para conmemorar “el día de la mujer”? ¿Hablará con sus amigas del tema? Seguro que sí. En los días previos al 19 de octubre cambió su foto de perfil del whatsapp por el viralizado dibujo de NiUnaMenos. ¿Pensará ella también en parar y vestir de negro este 8 de marzo? Aunque es un tema que me da vueltas en la cabeza hace días, no me atrevo a preguntárselo.

12:30 a.m.

Termino el libro en curso. Apuro otro café mientras con la mano libre junto ropa sucia y preparo mis cosas para trasladarme y seguir trabajando. Doy un par de indicaciones sobre las tareas de la casa y dejo dinero para pagar las verduras que “compraré” en el camino.

En ese camino vuelvo a pensar en esas mujeres que cargan sobre sus espaldas el enorme peso de la pirámide. Las estadísticas indican que el trabajo doméstico es la principal ocupación de las mujeres asalariadas en Argentina. Algunas de esas mujeres, migrantes, dejaron a sus hijxs en otras provincias, o en otros países, para darles una vida mejor. Otras lxs dejan muchas horas del día para cuidar hijxs ajenxs, es su trabajo. Otras no tienen hijxs; tal vez sí novio, marido, concubino. Me pregunto por su vida al volver a sus casas. Mi día laboral transcurre entre libros y, sin embargo, casi siempre y para sorpresa de algunos, quiero leer antes de dormir, “por placer”.

Si bien sé que hay mucha organización en barrios populares, porque hablé con esas mujeres en las manifestaciones, porque leo, también pienso a diario en cómo llegar con fuerza a las personas (mujeres, travestis, trans) más castigadas por la desigualdad de género, acentuada por la desigualdad económica y la pobreza. Me resisto a pensar que este movimiento no rompa, con la fuerza de un alud, los límites de la clase media.

15:30 p.m.

Almuerzo tarde y sola. Leo pero me distraigo. Pienso en los rostros de miles, cientos de miles de mujeres que vi en las marchas de #NiUnaMenos, el 3 de junio de 2015 y el 3 de junio de 2016, en los ojos de miles de nenas, adolescentes, mujeres jóvenes y mujeres que pasaban los sesenta años, también el “miércoles negro”, 19 de octubre de 2016, todas mojadas, pese a los paraguas, impermeables y otros recursos que no alcanzaron esa tarde de diluvio en Buenos Aires.

Muchísimas, casi todas, tenían, teníamos un secreto. Y por eso estábamos ahí.

Pidiendo igualdad. A los gritos.

Porque sólo rompiendo el silencio cambiará esta historia.

Ya sé, también había varones. Y no pocos. Pero ahora pienso sólo en nosotras, en las mujeres, en las que no nacimos con la coronita del macho, en las más castigadas. En las que ya no callan. Gritan.

17 p.m.

Los gritos se oyen, e incomodan. No sólo al hombre violento que golpea o mata a una mujer, “su” mujer. También incomoda a los guardianes del statu quo. La revista Noticias publica hoy, 15 de febrero, una nota repugnante que rebota en las redes. Se “preguntan” por el “efecto contagio no deseado” del #NiUnaMenos. “Especialistas” hablan de cómo la “postura feminista” es “contraproducente” porque el medio no está “preparado para ese tipo de cambio” (perdón, pero me superan las comillas).

Es un día cualquiera, un día más. Así son todos y cada uno de mis días hace tiempo, desde que el asco se hizo cotidiano. La violencia contra las mujeres, trans, travestis, es noticia permanente, y no siempre abordada desde los medios de comunicación con perspectiva de género. Está presente en las conversaciones cotidianas más rutinarias (con el carnicero, la cajera del supermercado, el taxista, tu hermano o tu mamá). No hay día que no esté atravesado por el asesinato de una mujer, la de ayer, la del día, la que buscábamos hace días y apareció en un basural, la que zafó –esta vez– por muy poco.

19:45 p.m.

Trato de cerrar este texto.

Recuerdo que ayer, cuando en el espejo vi que la remera blanca dejaba transparentar “bastante” mi corpiño, decidí cambiarme. Tenía que ir a controlar un trabajo a un taller donde solo trabajan hombres. Me puse una remera negra.

Sé que desde el momento en que envíe este texto hasta que se publique, varias mujeres serán asesinadas, violadas o sufrirán violencia psicológica de parte de sus “seres queridos”. También, en estos días, otras se empoderarán, animadas por la sororidad que esta rebeldía ya genera, y huirán de la violencia, buscarán ayuda o exigirán mejor remuneración por su trabajo.

La igualdad molesta. Molestamos.

Está claro que en Argentina, y en el mundo, las mujeres dijimos BASTA, y estamos dispuestas a hacerlo oír y notar hasta que la igualdad sea una realidad, contante y sonante. Porque esta “nueva ola feminista” no se detiene.

La idea de un paro internacional de mujeres, de demostrar la fuerza de nuestra presencia, de nuestro trabajo, remunerado y no remunerado, ha sido completamente innovadora.

Atrás quedan las discusiones sobre si nos gustan las flores, los bombones o la lencería para celebrar el día de la mujer. El 8 de marzo de 2017 marcará un hito, y no hay marcha atrás.

Nos gusta ser iguales, ganar lo mismo por igual trabajo, compartir tareas con equilibrio. Nos gusta estar vivas, no nos queremos muertas. Nos gusta decir sí o no, y que eso se respete. Somos personas. Nos gustan los varones, nos gustan las mujeres, nos gustan las personas. Nos gusta el sexo, igual que a los varones, igual que a otras personas. Nos gusta caminar por la calle sin miedo a ser violadas, a la hora que sea. Nos gusta viajar, también solas. Y nos pueden gustar las flores, el vino, la lencería y el chocolate.

Por todo esto, a partir de ahora y mientras sea necesario,

el 8 de marzo, las mujeres PARAMOS.

* Lucila Schonfeld. Trabajadora del libro. O editora/productora freelance. Como lo quieran llamar.

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